TRAS UN VELO DE MENTIRAS
El aire en la sala de autopsias de Santiago de Compostela estaba saturado de un frío artificial, una barrera tecnológica que, sin embargo, no lograba enmascarar el hedor dulzón y ferroso de la sangre estancada.
Era un olor que se adhería a la piel, a la ropa y, finalmente, a la memoria.
Sobre las mesas de acero inoxidable, los tres nuevos cuerpos rescatados yacían como puzles mal encajados, pedazos de humanidad que el Vákner había reclamado para su macabro inventario.
El descubrimiento de los cuerpos en una zona cercana a donde buscaban a los padres de Fátima, hacía que la joven no dejara de preguntarse si habrían corrido la misma suerte y sus cadáveres estarían pudiéndose en algún lugar de aquellos malditos bosques gallegos.
De cualquier forma, regresó a Santiago para acompañar a su amiga en las labores de investigación de las autopsias; no iba a quedarse demasiado tiempo en la ciudad, pues quería reincorporarse de inmediato a las labores de búsqueda de Concha y Alfonso.
Tania Deszchuk, con el rostro oculto tras una mascarilla que solo dejaba ver unos azules ojos cansados, movía el bisturí con una precisión mecánica.
Para ella, cada incisión era un acto de rutina; para Fátima, que observaba a su lado, era una tortura lenta.
La periodista no podía evitar sentir arcadas cada dos por tres, pues no estaba acostumbrada al minucioso proceso de realizar autopsias.
—Es el mismo patrón de siempre, Fátima —sentenció Tania sin levantar la vista del pecho abierto del difunto Germán—.
Fíjate en el esternón del policía. No es un corte limpio realizado con una hoja afilada; es una rotura por presión lateral absoluta.
Le aplastaron el pecho como si fuera una cáscara de huevo.
Lo mismo que le pasó a Claude en Porto Carreiro.
Fátima no respondió. Sus dedos se cerraban con tal fuerza sobre la bandeja de instrumental que los nudillos le blanqueaban.
En su mente no estaban los huesos rotos del policía, sino que se proyectaba algo similar hacia sus progenitores, por no hablar de la imagen de los arañazos que había descubierto por accidente en la espalda de José.
Aquellas marcas, rojas y profundas, se le antojaban ahora más peligrosas que las heridas de los cadáveres.
Los pensamientos en bucle la atosigaban, ya que todavía seguía sin recibir noticias sobre el paradero de sus padres.
Fue Tania la que le pidió que regresara a Santiago para echarle una mano con la investigación, aunque esas imágenes de cadáveres desmembrados no eran el mejor presagio para alguien que esperaba que sus padres hubieran acabado de la misma forma que aquellos incautos que estaban almacenados en la morgue.
Entretanto pensaba en ello, la puerta automática siseó al abrirse, al mismo tiempo que rompía el silencio sepulcral del recinto.
El Teniente José Santos entró con paso pesado, arrastrando el aroma a sudor de unos días que parecían no dar tregua en su empeño de convertir Galicia en un apéndice del norte de África.
Sus ojeras, grabadas a fuego en un rostro que parecía haber envejecido diez años en una semana, daban testimonio del insomnio que le atenazaba cada noche.
No solo por continuar la búsqueda de sus suegros, sino porque cada vez tenía más presión en la comandancia para esclarecer los crímenes del Vákner.
Al ver a Fátima, José intentó sostenerle la mirada, buscando quizás un refugio que ya no existía.
Ella, con un movimiento seco y cargado de desprecio, se giró bruscamente hacia el cadáver de la bañista, dándole la espalda.
Prefería ver el pecho abierto y mutilado de la pobre muchacha que el rostro del hombre que le mentía a conciencia.
—¿Qué tenemos, Tania? —preguntó José, mientras fingía que el desplante de Fátima no le había escocido en el alma.
—Tres carnicerías, José —respondió la forense, que dejó caer el bisturí con un tintineo metálico que resonó en las paredes de azulejos—.
El Vákner no solo está matando para alimentarse o por territorio; parece que está…
, cómo lo diría…, ensayando. La fuerza empleada es cada vez mayor, más descontrolada. Es pura furia animal.
Fátima soltó la bandeja sobre la mesa auxiliar. El estruendo fue como un disparo en la sala.
—¿Y tú qué vas a ensayar ahora, José? —espetó ella, encarando al teniente con una rabia que llevaba horas macerándose—. ¿Vas a decirme que estos cuerpos también se han arañado solos? ¿O vas a inventar otra de tus metáforas sobre el peso del deber?
El oficial se quedó petrificado, como si las palabras de Fátima hubieran congelado la sangre en sus venas.
Miró a Tania, que permanecía inmóvil, con las manos enguantadas suspendidas en el aire, y luego volvió a mirar a la mujer que, hasta hacía poco, había sido su único consuelo.
Comprendió que el muro de silencio que había construido se estaba derrumbando sobre él.
—Fátima, por favor… —Empezó a decir, pero su voz, siempre firme y segura, flaqueó de forma notable—. Esos arañazos en mi espalda... ya te conté dónde me los hice.
—¿Y quieres que me crea esa mentira?
—¿Qué quieres que te diga entonces?
—¡La verdad, José, joder! ¡Dime la verdad, ostias!
El guardia civil se mantuvo en silencio durante unos segundos, bajó la mirada al suelo y asintió para sí mismo.
—Está bien. Fue una amante —respondió con un hilo de voz.
Fátima soltó una carcajada amarga, un sonido quebrado que rozaba el llanto.
—¿Una amante? ¡Qué valiente! ¿Y quién es la afortunada que comparte cama con un hombre que se cae a pedazos y olía a muerto?
José bajó la cabeza, incapaz de sostener la acusación en los ojos verdes de Fátima. El silencio en la sala de autopsias se volvió tan denso que costaba respirar.
—Es Tania, Fátima. Fue con ella.
El mundo, tal como Fátima lo conocía, se detuvo.
Giró la cabeza hacia su amiga, buscando una negación, una burla, cualquier gesto que indicara que aquello era una broma de mal gusto.
Pero Tania no dijo nada; se limitó a bajar los ojos, confirmando la traición con la pesadez de sus párpados.
El dolor físico de la decepción fue tan real, tan punzante, que Fátima tuvo que apoyarse en la pared para que las piernas no le fallaran.
—Sois asquerosos —susurró, mientras las lágrimas empezaban a desbordarse, trazando surcos calientes sobre sus mejillas frías—. Los dos. Me habéis tenido aquí, jugando a los aprendices de forense, mientras os reíais de mí a mis espaldas.
—Fátima, escúchame... —José dio un paso hacia ella, extendiendo una mano que temblaba ligeramente.
—¡No me toques! —gritó ella, al tiempo la embargaba una chispa de rabia que incineró su tristeza por un instante—.
¿Sabes qué es lo más gracioso? Que no eres el único que miente.
Yo no soy la auxiliar de mierda que piensas.
No soy una estudiante perdida buscando su lugar en el mundo.
—Se arrancó la mascarilla y el gorro, dejando que su pelo rojo cayera en desorden—. Soy periodista.
»Me he infiltrado en esta carnicería, en tu vida y en tus sábanas solo para sacar la exclusiva que me saque de la miseria de redactar notas de prensa sobre fiestas locales.
Tengo todo lo que necesito: las fotos de las víctimas que no habéis enseñado a nadie, una muestra de esa cosa viscosa, vuestra incompetencia absoluta para frenar a esta bestia...
y ahora, vuestra basura personal. ¡Mañana todo Santiago sabrá quiénes sois realmente! ¡Que os jodan!
Sin esperar respuesta, se arrancó la bata verde y la lanzó con furia sobre los pies del cadáver del policía, un último gesto de desprecio hacia el entorno en el que había confiado plenamente.
Salió corriendo de las oficinas forenses, desesperada por el segundo que tardaron las puertas automáticas en abrirse.
Incluso las golpeó con una violencia que casi rompe el mecanismo hidráulico.
En la sala, el silencio regresó, pero esta vez no era el silencio de la muerte, sino el de la ruina personal. Tania se quitó la mascarilla, revelando un rostro pálido y desencajado por la vergüenza.
—Lo siento, José —dijo ella en un susurro apenas audible—. No debí dejar que esto llegara tan lejos. Fátima no se merecía esto.
—¡Ahora te arrepientes! —rugió el teniente, girándose hacia ella con los ojos encendidos de una furia ciega, la furia de quien lo ha perdido todo—. ¡Lo sabías perfectamente! ¡Sabías lo que hacíamos!
—¡Y tú también lo sabías! —le gritó Tania de vuelta, a la vez que se quebraba finalmente su compostura profesional—. ¡No me eches toda la culpa a mí de tus ganas de huir de tu propia vida y de tu matrimonio fracasado! ¡Tú me buscaste a mí porque era lo más fácil!
Tras un cruce de reproches cargado de amargura, donde las palabras dolían más que el bisturí, José se dio cuenta de la magnitud del desastre.
Estaba perdiendo la investigación, su carrera y lo único que le importaba realmente: Fátima.
Ignorando los gritos de Tania, salió tras ella a zancadas, al mismo tiempo que recorría los pasillos del juzgado con el corazón golpeándole las costillas.
Salió a la calle, donde la lluvia de junio, fría y afilada, empezaba a dar un respiro a los habitantes de la ciudad para que se pudieran deshacer del calor que habían sorportado durante los últimos días.
Gritó el nombre de Fátima una y otra vez en las inmediaciones del aparcamiento, pero solo recibió el eco del viento y el rugido lejano de los motores de los coches que salían y entraban en el mismo.
Fátima se había ido, llevándose consigo las pruebas de sus pecados.
José se quedó allí plantado, bajo el aguacero, sabiendo que la única luz que quedaba en aquel infierno gallego acababa de apagarse por su propia mano.