Vákner: Aullidos en el Camino de Santiago EL FESTÍN DE LA LUNA ROJA
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EL FESTÍN DE LA LUNA ROJA

Esa noche el aire estaba cargado de humedad y pesaba como una losa de mármol.

El calor, denso y pegajoso, no daba tregua ni siquiera a la orilla del río Tambre, donde el agua fresca fluía con un murmullo que parecía esconder algo más que el simple cauce de la corriente.

Nadie habría podido imaginar que bajo la luz de la última luna llena antes del cumpleaños de Fátima, el área recreativa que estaba a la vera del río se convertiría en la antesala de un matadero.

El policía local fuera de servicio caminaba por el sendero, tirando levemente de la correa de su perro, Thor, un animal de nervio activo —un alano español de aspecto imponente—.

El agente se había pegado muchas horas ayudando en la búsqueda del matrimonio desaparecido, dado que conocía a Concha desde hacía muchos años; todos en el pueblo la conocían.

La noticia de su desaparición fue un mazazo para los habitantes de la zona, por lo que no tardaron en organizarse para preparar patrullas de búsqueda, en las que, como era obvio, participó Fátima.

Germán estaba agotado del día que había pasado, pero el paseo a Thor era algo que no podía dejar para otro momento. Simplemente, el can no entendía de otra cosa que no fuera su propia rutina, por lo que salir a hacer sus necesidades era una de las prioritarias.

Solía sacarlo por los alrededores de su casa, no demasiado alejado del cauce del río, pues temía que pudiera encontrarse con algún otro perro o, peor aún, con un oso, o una manada de lobos.

Thor era un animal de temperamento fuerte, territorial y nada amigo de otros animales, aunque era adorable cuando trataba con niños y ancianos.

En cualquier caso, los paseos solían durar no más de veinte minutos, algo que Germán agradecía, ya que estaba deseando acostarse para madrugar al día siguiente y continuar con la búsqueda de la pareja desaparecida.

Entretanto daba vueltas en su cabeza a las pocas pistas que habían encontrado hasta ahora —el sujetador de Concha y alguna pieza más de ropa de ella y de Alfonso, y aquella extraña resina negra que le extrañó tanto encontrar—, el comportamiento del perro cambió de repente y le sacó de sus pensamientos.

El animal se detuvo en seco y comenzó a gruñir a un punto indeterminado del cercano bosque, que se mostraba como un muro oscuro más allá del discurrir del Tambre.

—Tranquilo, Thor —susurró el agente, secándose el sudor de la frente—. ¿Qué te pasa, amigo?

El animal, que debería haber sido su primer sistema de alerta, no se movió del sitio.

Sus orejas se plegaron y cambió la actitud agresiva por otra de miedo, emitiendo un gemido agudo, casi humano, que escapó de su garganta antes de que el vello de su lomo se erizara como púas.

El policía frunció el ceño y echó mano a la cintura, pero no llevaba su arma reglamentaria.

—¿Qué pasa, chico? ¿Hay alguien ahí? —preguntó, forzando la vista hacia las sombras de la arboleda.

No hubo respuesta…humana. Solo el sonido de un hueso rompiéndose antes de que una masa de músculo y pelambre oscuro se proyectara desde la oscuridad con la velocidad de un rayo.

El impacto lanzó al agente varios metros, estampándolo contra unas piedras que estaban a la izquierda.

Thor saltó sobre la bestia que le había atacado, pero apenas fue rival para la mole que tenía delante, y lo único que pudo hacer el pobre perro fue aullar de dolor mientras su cuerpo era partido en dos por las brutales garras del Vákner.

Incluso con el cuerpo dividido, la parte superior de Thor continuó con la letanía de gemidos, hasta que un pisotón del licántropo aplastó la cabeza del amigo canino de Germán.

Cuando la criatura apartó la zarpa, sólo quedó un resto sanguinolento de huesos y sesos incrustados en el suelo.

Acto seguido, se lanzó sobre él y sintió cómo los colmillos de las fauces lobunas se clavaron en su garganta sudorosa.

El policía intentó gritar, pero el aire se le escapó en una burbuja de sangre cuando el Vákner hundió sus garras en el pecho y lo abrió en canal con la misma eficacia de un fórceps.

La bestia lo miró a los ojos un segundo antes de convertir su uniforme en jirones empapados en un rojo espeso se esparcía por el suelo bajo la vigilancia de la luna.

A poca distancia de donde el Vákner se alimentó del cuerpo de Germán, donde el límite entre Santiago y Trazo se difuminaba en la corriente del río, una pareja buscaba alivio al bochorno insoportable sumergida en las aguas frías del Tambre, en una parte en la que el meandro había creado una especie de charca de aguas tranquilas y oscuras como la obsidiana.

—Está deliciosa, ¿a que sí? —dijo Sandra, mientras salpicaba a su pareja con una risa que rompió el silencio de la noche.

—Cállate, que nos van a oír —respondió Toño, acercándose para abrazarla por la cintura.

—¿Quién nos va a oír en este sitio y a estas horas, cariño? —replicó ella, al mismo tiempo que acercaba sus labios a los de su novio.

—Yo qué sé…alguien —repuso con inseguridad.

—¡No seas tonto! Estamos solos en este lugar y no pienso irme sin aprovecharlo al máximo. —Ella bajó una mano y acarició la entrepierna de Toño. Sintió que estaba excitado y eso elevó la líbido de ambos.

—Veo que tenías todo planeado, ¿eh?

—¿No te da morbo que lo hagamos aquí, en medio de la naturaleza?

—Más de lo que crees. —Toño apretó su cuerpo contra el de Sandra y un beso pasional fundió el deseo que ambos sentían en una promesa de sexo salvaje.

Sin embargo, algo llamó la atención del joven. De repente, sus sentidos se pusieron en alerta y dejó de acariciar el cuerpo de su novia, algo que a ella le disgustó.

—¿Por qué te paras ahora? —preguntó con un tono molesto en la voz.

—¿Has oído eso? Ha sonado como un golpe en los merenderos. —Toño miró en dirección al sitio en el que habían dejado sus cosas.

—Será algún jabalí. Olvida el ruido y ven aquí. —Sandra estaba en un estado de excitación absoluta y no estaba dispuesta a perder la oportunidad de tener un coito histórico con el hombre al que amaba.

De pronto, el agua comenzó a volverse densa y más oscura a su alrededor.

La cara de Toño se contrajo en una mueca que mostraba un dolor al que no fue capaz de acompañar de un grito.

El ataque fue una explosión de espuma y violencia animal bajo la superficie, aunque ella no pudiera verlo.

Una garra inmensa emergió del cauce, agarrando a Toño por el rostro y hundiéndolo con una fuerza que desafiaba cualquier lógica biológica.

En su lugar, una mancha de sangre se esparció por la superficie y se tiño de plata por el brillo de la luna llena.

Un instante después, el grito que Sandra emitió fue cortado por un zarpazo lateral que la lanzó contra las rocas de la orilla.

Intentó trepar por la maleza en busca de una huida de aquel lugar de pesadilla, mientras arrastraba sus piernas heridas, pero una sombra se alzó sobre ella, tapando la luz de la luna.

Lo último que vio fueron unas fauces que no pertenecían a ningún gran depredador catalogado y que se cerraron sobre su cara como un cepo letal.

Notó cómo su cuerpo era desgarrado sin compasión por unas cuchillas de queratina que sobrepasaban cualquier pesadilla que jamás hubiera tenido.

Luego sintió cómo la bestia le arrancaba ambos senos con las fauces ensangrentadas, a la vez que el hocico empujaba hacia el interior de la caja torácica en busca de un corazón que estaba a punto de extinguir su vida.

Con la sed de sangre saciada, la criatura abandonó el lugar con una lentitud sobrecogedora.

Sus pasos eran pesados, y dejaron huellas nítidas impresas en la sangre sobre el suelo del camino, cerca del servicio de socorrismo, que estaba vacío en esos momentos.

El Vákner se detuvo un instante, olfateando el aire cargado de muerte, y luego se internó en la espesura del bosque con un recorrido errático.

En el silencio que siguió, lo único que quedó fue el rastro de unas pisadas que solo una persona familiarizada con la existencia de la bestia lograría identificar.