Vákner: Aullidos en el Camino de Santiago EL ECO DEL BOSQUE
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EL ECO DEL BOSQUE

Esta vez la llegada a A Ribeira do Maio no fue el reencuentro que Fátima había imaginado para presentar a sus padres y a su novio.

El paisaje, que en su infancia había sido un refugio de robles y leyendas, se presentaba ahora como un escenario de guerra contra lo invisible.

La bruma, que era como una cortina intangible y fantasmagórica, no era una niebla normal, como si el propio clima se aliase de forma ominosa con las circunstancias y quisiera ser partícipe de aquel macabro escenario de incertidumbre y terror.

Al bajar del coche, el sonido de las puertas al cerrarse fue engullido por el estruendo de la cercana ría y el murmullo de los grupos de búsqueda que se habían reunido en el lugar para buscar a sus padres.

Había al menos veinte personas: hombres y mujeres de aldeas cercanas que habían dejado sus aparejos de pesca y sus miedos para acudir a la llamada de las autoridades locales.

Llevaban linternas LED de alta potencia que cortaban la oscuridad como sables láser, pero el bosque parecía devorar la luz apenas a unos metros de distancia.

Se habían organizado de forma improvisada para buscar a Concha y Alfonso, y los dirigía un policía local cuya edad estaba cerca de la jubilación.

—Buenas noches, soy el Teniente José Santos —se presentó el oficial de la Guardia Civil.

—Hola, gracias por venir —dijo el agente—. Fátima, ¿cómo estás, hija? —La saludó con familiaridad, lo que hizo pensar a José que ya debían conocerse.

—Hola, Germán —contestó ella con la voz quebrada—. Gracias por todo esto.

—No tienes que dar las gracias por nada, ¿vale? A la gente del pueblo hay que cuidarla, y más a tu madre, que siempre estaba con la mano tendida para los demás.

—¿Habéis encontrado algo? —intervino José, que quería evitar una escalada dramática. Sabía por experiencia que los sentimientos personales podían interferir negativamente en la investigación.

—Todavía nada, Teniente —contestó Germán—. Hemos dividido a la gente en tres grupos y yo me incorporaré al tercero ahora, para hacer el relevo del segundo grupo.

—¿Qué plan de búsqueda están siguiendo?

—Estamos organizados en secciones de seis personas, que peinan cada parte asignada con una separación de unos tres metros entre ellas —respondió Germán. Al parecer, tenía cierta experiencia en organizar búsquedas en el bosque.

—¿Ha pedido refuerzos? —preguntó José—. Puede que nos envíen a gente desde Santiago si los pido ahora.

—Me he puesto en contacto con la gente de la Policía Nacional y mandarán un grupo de agentes mañana. Los bomberos de Santiago también se están preparando y deben estar a punto de llegar.

—Perfecto —dijo José, complacido por la capacidad de iniciativa de Germán—. Iré con usted en ese tercer grupo, si le parece bien.

El policía asintió y se fue al coche para buscar otra linterna para el teniente.

Entretanto, José quiso calmar a Fátima y procuró ser cauteloso para elegir las palabras adecuadas.

Sabía que estaba pasando por un momento complicado, podía leerlo en su cara, y esperaba que los peores temores de ambos no se hicieran realidad.

Si Concha y Alfonso estaban vivos, haría todo lo posible por encontrarlos.

—Fátima, deberías ir a casa de tus padres y esperar allí —advirtió José, ajustándose el cinturón de servicio.

Había cambiado el uniforme de diario por uno de faena, con un pantalón verde oliva y las botas reglamentarias.

Su voz era firme, pero sus ojos escaneaban el límite de los árboles con una inquietud que no lograba ocultar.

—No voy a quedarme mirando, José. Son mis padres —respondió ella, apretando los puños.

―¿Crees que es buena idea venir con nosotros?

―Lo que no voy a hacer es sentarme en esa casa a esperar que me lleguen las noticias, ¿entiendes?

―De acuerdo, pues mantente cerca de mí ―dijo él con un tono de súplica.

Se sumaron al grupo que peinaba la zona baja, cerca de las pozas y que bordeaba los lindes interiores del bosque.

Caminaron durante horas sin encontrar una sola pista.

El terreno era traicionero; las raíces de los árboles se retorcían bajo el barro como serpientes petrificadas y Fátima tropezó más de una vez, aunque no llegó a caer.

Cada vez que una rama se rompía o un animal huía entre los tojos, el corazón de Fátima daba un vuelco.

No solo buscaba cuerpos o señales de vida; buscaba la sombra del Vákner, esa criatura que habitaba los relatos de los viejos y que ahora, según lo que habían descubierto en sus investigaciones, había despertado para reclamar todo el territorio.

La mañana avanzó y llegaron hasta las horas del mediodía, pero la búsqueda fue infructuosa durante toda la jornada.

El desánimo empezaba a calar en los voluntarios, que intercambiaban miradas de pesadumbre y murmuraban entre ellos fatales palabras sobre el destino que habría corrido el matrimonio.

El monte parecía burlarse de ellos, ocultando cualquier rastro bajo una capa de hojas muertas y silencio sepulcral, roto únicamente por el llamado lastimero de las gaviotas.

Era como si el propio bosque se hubiera tragado el rastro de la pareja desaparecida y no quisiera compartir el secreto con los humanos que circundaban el lugar en busca de respuestas inciertas.

Finalmente, cuando el cielo comenzó a mostrar un sol en decadencia y anunció la inminente llegada del atardecer, José y Fátima decidieron detenerse y regresar al improvisado puesto de mano, donde una dotación de bomberos ya se estaban organizando para sustituirles y continuar la búsqueda.

Ella les miró con esperanza y dibujó una leve sonrisa cuando se cruzó con dos de ellos, que le devolvieron el gesto a modo de comunicación cómplice en la que no se necesitaban palabras.

Sin embargo, cuando estaban llegando al coche de José sucedió algo que ninguno de los dos esperaba y que hizo que el corazón de Fátima diera un vuelco.

Fue poco antes de que la jornada se diera por perdida cuando el walkie de José rompió el silencio del grupo.

El aparato emitió un chirrido agudo antes de que la voz de Germán se hiciera audible.

—Teniente Santos, aquí Germán. Cambio. Hemos encontrado algo cerca un descampado que está en los acantilados, hacia el sureste. Es... es ropa. Tenéis que venir. Te envío las coordenadas por el móvil. Cambio.

El trayecto hasta lugar fue una carrera desesperada contra los propios pensamientos de Fátima. Ese kilómetro y pico que recorrieron fueron como una maratón para ella, un viaje interminable hacia un lugar incierto en el que un atisbo de esperanza parecía iluminar la oscuridad de sus sentimientos.

Al llegar al sitio indicado, el cuadro que encontraron era desolador.

Germán estaba de pie, con la linterna apagada apuntando hacia un montón de ropa desgarrada que yacía sobre un lecho de musgo ensangrentado.

El suelo aparecía lleno de huellas enormes con forma de garra y, cómo José sospechaba, también encontraron rastro de la resina oscura que tantas incógnitas seguía despertando en el oficial.

Fátima se adelantó, empujando a los que le bloqueaban el paso.

Cialquier sensación térmica de su cuerpo desapareció, sustituido por un calor súbito e insoportable que le subía por el cuello.

Allí, entre el barro, reconoció un sujetador blanco, con los encajes destrozados por una fuerza que no parecía humana.

Pero lo que realmente le rompió el alma fue la otra prenda.

Una camiseta de algodón, de un azul marino que el tiempo y los lavados habían convertido en grisáceo.

En el pecho se podía distinguir todavía el emblema bordado de la Armada Española.

—Es de mi padre —susurró Fátima, cayendo de rodillas sin importarle el lodo—. Hizo la mili en Ferrol. Mi madre me decía que nunca se separaba de ella. Decía que era su amuleto de buena suerte.

La ironía de la frase la golpeó como un martillo.

José se puso detrás de ella y le puso una mano en el hombro, pero ella se zafó con un escalofrío.

La brutalidad con la que la ropa había sido arrancada sugería un ataque rápido, feroz.

No había restos de los cuerpos, solo la tela rasgada y con manchas oscuras que contaba una historia de violencia antinatural.

Por su mente cruzó el fatal desenlace que su su fantasía atormentada imaginó y del que no podía librarse: el Vákner les había cazado y se había llevado los cadáveres.

El regreso a la casa de sus padres fue un tránsito por el purgatorio que sumió a Fátima en un estado de ausencia de la realidad, en la que no era capaz de mostrar sentimiento alguno; simplemente, su mente se había bloqueado por completo.

José conducía con las manos apretadas al volante, mientras Fátima abrazaba la camiseta de la Armada contra su pecho, como si al hacerlo pudiera recuperar el calor de su padre.

Sobre sus rodillas reposaba el sujetador de su madre, al que acariciaba con la otra mano, como si fuera un gatito indefenso que necesitaba protección y calor.

Cuando llegaron a la vivienda de los Pontes, encontraron que la casa estaba fría.

Al entrar, las fotos familiares en las paredes parecían observarles con una tristeza infinita.

Cada objeto —el reloj de pared, el plato de cerámica en la cocina, el olor a café rancio— recordaba la ausencia.

Fátima se sentó en la mesa de la cocina, procesando la información con la frialdad de quien ha visto demasiado horror en poco tiempo.

—No pueden estar muertos, José. Si el Vákner los hubiera matado allí mismo, habríamos encontrado...

algo más —dijo ella, intentando convencerse a sí misma de una lógica que se desmoronaba por momentos―.

No había rastro de vísceras o miembros arrancados, como las otras víctimas.

Sólo había unos pocos restos de sangre y esa cosa negra y viscosa.

—Lo sé, Fátima. Mañana ampliaremos el radio de búsqueda. No nos detendremos —respondió él, aunque su tono era extrañamente distante.

Cenaron en silencio algo de sopa caliente y pan para recuperar fuerzas.

El sonido de las cucharas contra el plato era lo único que llenaba el vacío de la estancia y fue la única conversación que eran capaz de mantener en ese momento.

Después de eso, buscaron el refugio del agua caliente de la ducha.

Fátima fue la primera en meterse en la tina, dejando que el vapor empañara el espejo y sus recuerdos.

Cuando salió, José entró en el baño. Ella se puso un pijama viejo de su madre y se metió en la cama, tiritando bajo las mantas.

El dolor era más del que podía soportar y los temblores le trajeron recuerdos de su infancia, cuando Concha la arropaba y la abrazaba para quitarle el miedo visceral que tenía a los relámpagos.

Minutos después, José entró en la habitación.

La luz del sol del anochecer luchaba por filtrarse entre las rendijas de la persiana, dibujando rayas doradas sobre el suelo de madera.

José corrió las cortinas y logró que la oscuridad fuera casi total en la habitación.

Él se desvistió en silencio y se deslizó bajo el edredón junto a ella.

Pensó que dormía y no quería despertarla.

En todo caso, buscando un consuelo que las palabras no podían darle, Fátima se giró y lo rodeó con un abrazo desesperado.

Quería sentir que, en medio de la desaparición de sus padres y la sombra de la bestia, todavía había algo sólido a lo que agarrarse.

Pero al deslizar sus manos por la espalda de José, bajo la tela fina de su camiseta interior, sus dedos se detuvieron en seco.

Sintió una serie de relieves lineales, costras frescas que todavía emanaban un calor febril.

—José, quédate quieto —dijo ella, con una chispa de sospecha en sus ojos.

Se incorporó y encendió la lámpara de la mesilla accesoria. La luz amarillenta iluminó la espalda de su pareja mientras él intentaba, torpemente, volverse hacia el otro lado.

—No es nada, de verdad. Déjalo —murmuró él, pero ya era tarde.

Fátima apartó la prenda y ahogó un grito.

Cruzando la espalda de José, de arriba abajo, había cuatro surcos rojos y profundos.

No eran cortes limpios de cuchillo ni marcas de una caída.

Eran arañazos simétricos, donde la piel se había desgarrado en jirones que empezaban a cicatrizar de forma irregular.

Parecían las huellas de una garra que hubiera intentado aferrarse a él con una fuerza descomunal.

—¿Qué es esto? —preguntó ella con la voz temblorosa—. Estas marcas...son recientes.

José suspiró, cerrando los ojos con fuerza, como si estuviera ensayando una mentira que no quería mencionar.

—No quise decirte nada para no asustarte.

El otro día tuvimos que reducir a un demente que decía ser el Vákner en una cafetería.

Estaba atacando al dueño y a su familia, así que forcejeé con él y tuvimos una lucha bastante dura para poder reducirle.

Me destrozó una de los polos del uniforme y me hizo esta herida.

Pero no te preocupes, que no es nada grave.

Fátima observó las marcas. Eran demasiado paralelas, demasiado deliberadas para ser obra de un demente. Podría ser que tuviera las uñas largas y hubiera arañado a su novio en la espalda, pero unas manos humanas no dejarían esas huellas de depredador.

—Esto no son uñas, José. Parece que algo más..., no sé...

—Estás cansada y sugestionada con todo lo que está pasando —respondió él, volviéndose a cubrir y apagando la luz de un manotazo—. Tenemos que descansar un poco para continuar con la búsqueda.

Fátima se quedó en la oscuridad, escuchando la respiración pesada de José.

Sabía que él le ocultaba algo. Sus respuestas eran evasivas, carentes de la transparencia que siempre habían compartido.

Aceptó sus palabras a regañadientes, cerrando los ojos para intentar descansar, pero la imagen de los arañazos en la espalda de su amante se mezclaban en su mente con la camiseta desgarrada de su padre y la sombra del Vákner acechando entre los árboles de aquella tierra de leyendas hechas realidad.