Vákner: Aullidos en el Camino de Santiago DIME QUE NO ES VERDAD
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DIME QUE NO ES VERDAD

La calidez de una tarde cercana al comienzo del verano era el momento ideal para que Concha y Alfonso salieran a dar un paseo por el pueblo y los alrededores del mismo.

El cielo estaba teñido de tonos anaranjados y violetas, acompañado de la letanía de las gaviotas, que anunciaban una sesión de tranquilidad que no querían dejar pasar.

Además, una suave brisa marina ayudaba a que la sensación térmica fuera también agradable y fresca.

Los pulmones de ambos se llenaban con el olor del salitre, y ese aroma era un reclamo para el matrimonio, que amaba el mar y lo que se sentía viviendo a su vera.

Cada momento juntos, cada segundo que pasaban en compañía mutua, era un tesoro que guardaban con excelso mimo, pues la herida de la anterior separación todavía era reciente, y aunque el perdón se había impuesto al rencor y la desconfianza, Concha todavía parecía no creer que Alfonso hubiera regresado.

Era un sueño que había anhelado toda su vida y que ahora se había hecho realidad, pero tenía miedo a que se esfumara de nuevo.

Para él, por otra parte, el regreso había supuesto un viaje al pasado, a un tiempo en el que la felicidad que sentía junto a Concha se vio truncado de repente por una circunstancias inesperadas.

El miedo le había atenazado en aquellos años de tal manera que la única solución que encontró en su aterrada cabeza fue la de huir.

Siempre se arrepintió de haber tomado tal decisión, y por eso había decidido regresar, a pesar de que sus temores todavía estaban presentes.

Quería enfrentarse a ellos y salir victorioso de semejante lid, una lucha a la que no iba a renunciar esta vez.

Entretanto ambos estaban en silencio, cogidos de la mano, y disfrutando del atardecer y del paseo, sus pasos les llevaron hasta un bosque cercano.

El mismo tenía una parte, situada hacia el oeste, que acababa en unos acantilados escarpados y que regalaban unas vistas impresionantes del ocaso sobre el océano.

Allí se dirigían, como habían hecho hacía décadas, cuando eran novios.

No necesitaban hablar entre ellos para dejarse llevar hasta aquel lugar en el que su amor nació y creció, el mismo en el que engendraron a Fátima, según recordaba Concha a menudo.

Cuando alcanzaron el descampado, que todavía estaba rodeado de una densa arboleda, se sentaron en la hierba mullida, humedecida por el rocío de salinidad marina que traía la brisa norteña.

El espectáculo que tenían ante sus ojos era sobrecogedor, con un disco solar a punto de ocultarse en el horizonte oceánico y que teñía de oro las diminutas olas que, decenas de metros más abajo, chocaban contra las rocas y emitían el ruido tan característico de queja que hacía el dios Neptuno cuando tocaba tierra de forma abrupta.

―No sabes cuántas veces soñé con este momento, amor mío ―confesó Concha, a la vez que cogía la mano de Alfonso y la apretaba contra su pecho―.

Lloré tanto cuando te fuiste de esa forma; primero por creer que estabas muerto y luego al recibir tu carta.

Fue algo que me devastó por completo y que hizo que me planteara si abortar a Fátima.

Esto es algo que jamás le he dicho, por supuesto.

―Yo también te eché de menos, cariño, pero…

―Lo sé ―le interrumpió―. Sé por qué te fuiste y ya te dije que no te lo reprocharé nunca.

―Fue muy difícil para mí tomar esa decisión, Concha ―continuó él.

Necesitaba soltar lo que llevaba guardándose durante tantos años―.

Todo este tiempo he pensado en ti y en Fátima.

Por muy lejos que navegara, siempre os he tenido en mis pensamientos, y precisamente por eso tuve que alejarme de vosotras.

No quería que cargarais con algo que sólo es responsabilidad mía y de mi familia.

―¿Crees que no lo entiendo? ―Ella le agarró suavemente de la barbilla y le obligó a girar la cara para mirarle a los ojos―.

Los dos sabíamos que la llegada de Fátima traería cambios drásticos a nuestras vidas.

Te viste superado por las circunstancias, y no te lo reprocho. Éramos jóvenes e inmaduros.

―Te dejé sola, cielo, y eso no me lo perdonaré jamás. ―Las lágrimas aparecierom en los ojos de Alfonso―. Debí haber estado a tu lado y tendría que haber sido el marido y el padre que se suponía que debía ser. Pero, sinceramente, estaba acojonado.

―¿Por ser padre?

―No, eso me hacía mucha ilusión. ―Alfonso volvió a mirar al horizonte, en el cual ya no había rastro alguno del sol, salvo los residuos luminosos de un inminente anochecer―. Ya sabes a qué me refiero.

―Te prometí que lo afrontaríamos juntos, ¿recuerdas? ―Concha sabía a la perfección a qué se refería―. Lo que me contaste sobre tu familia no es responsabilidad tuya, mi amor, por eso estaba dispuesta a luchar a tu lado para superarlo entre los dos.

―¿Cómo, cariño? ¿Cómo íbamos a solucionar algo que ninguno de los dos era capaz de controlar?

―No lo sé, Alfonso, pero de alguna forma lo habríamos afrontado juntos ―respondió ella, con un tono de tristeza en la voz―. A día de hoy, y por lo que sabemos, nadie ha encontrado la forma de hacerle frente, pero nosotros lo habríamos logrado.

―Todo eso es una locura, como una pesadilla de la que no se puede escapar. ―Alfonso se inclinó hacia Concha y la besó en los labios con pasión―. De todas formas, eso ya no importa. Me importa una mierda, la verdad. No pienso volver a separarme de vosotras ―susurró.

Ella no contestó y se limitó a dejarse llevar por los labios y las manos de su esposo, como si fuera la primera vez que las pasiones se desataran entre ellos.

Como aquella tarde de hacía veintiochos años, cuando el anochecer también les envolvió y se dejaron llevar por la pasión y fecundaron a Fátima.

Era como si el tiempo no hubiera pasado entre ambos momentos, o como si tan solo hubiera transcurrido un día, pues el fuego de la lujuria ardía de igual forma.

El ardor subió a cada segundo y las ropas comenzaron a despojarse de sus cuerpos de forma automática, sin que ninguno pensara en nada más que rozar piel con piel, sentir aliento con aliento, y permitir que el amor que había quedado en pausa durante tanto tiempo volviera a deslizarse por las invisibles sábanas del placer entre los enamorados.

La noche fue abriéndose camino en el cielo, mientras la copulación se volvía cada vez más intensa, las caricias se acumulaban y los juegos se intercambiaban de unas manos a otras, o de una boca a otra.

Concha sintió varios orgasmos que estremecieron su cuerpo y la dejaban exhausta durante unos instantes, para luego reclamarle a Alfonso que no dejara de hacer volar las alas de la líbido que había entre ambos.

Los susurros de palabras lascivas resonaron más allá del rugir de las olas y del lóbrego ulular del viento, y el vaho de dos cuerpos sudorosos invadió el claro en el que se encontraban, como si fueran sombras espectrales de almas atormentadas.

Eran como tumularios sedientos de lujuria, que no estaban dispuestos a detenerse hasta que el cansancio hiciera mella en ellos.

Entretanto, las volutas etéreas comenzaron a reflejar el primer haz de luz argéntea de una incipiente luna llena, que empezaba a asomarse en esos momentos al otro lado del bosque, la cual se colaba entre las ramas de los árboles como un testigo furtivo de aquel momento de pasión desenfrenada.

Fue en ese preciso instante cuando toda la magia explotó y se esfumó de repente, ese segundo maldito hizo que Alfonso alzara la cabeza y mirara a la diosa Selene con una mezcla de rabia y desencanto.

―Tenemos que irnos, Concha ―dijo  de repente, a la vez que recogía su ropa y volvía a vestirse.

―¿Qué…por qué? ―balbuceó ella, confundida―. ¿Qué pasa?

―¡Hazme caso y vístete ahora mismo! ―le espetó Alfonso con un tono de miedo en la voz.

―Pero…mi amor… ―La mujer no entendía qué le sucedía y por qué su comportamiento había cambiado de esa forma.

―Cariño, por favor. ―Alfonso se acercó y colocó las manos sobre sus hombros―. Tenemos que irnos ahora mismo a casa, ¿entiendes? ―dijo en voz baja, pero aterrado de igual forma.

Concha asintió con la cabeza y comenzó a vestirse también con toda la prisa de la que fue capaz, a la vez que no quitaba los ojos de su esposo, que seguía en un estado de alteración y alerta que ella no lograba comprender.

No era capaz de descifrar el por qué su actitud había cambiado, o qué era lo que le asustaba tanto, o cuál era el motivo de tanta premura por marcharse a casa.

Esperaba que él se lo explicara cuando llegaran, y mientras pensaba en todo ello vio que Alfonso se alejaba del claro y se introducía en el bosque, no sin antes hacerle un gesto para que la siguiera cuanto antes.

Ella cogió la camisa y se la puso por encima, olvidándose el sujetador y abrochándose los botones mientras caminaba en la misma dirección que le había indicado él.

Justo antes de adentrarse en la foresta, sintió que algo golpeaba su espalda y cayó de bruces al suelo, a la vez que un dolor terrible recorría su columna vertebral y se extendía hacia las piernas, que dejaron de responder.

Aterrada, alzó la cabeza y sólo pudo ver la luna llena brillando en un limpio cielo nocturno.

Después su mente fue perdiendo el conocimiento y la percepción de la realidad, no sin antes dejar en sus oídos un último sonido.

El aullido cercano y profundo de un lobo.

Fátima se despertó sobresaltada al escuchar el teléfono, que emitía un sonido estridente que la puso en alerta.

Estiró la mano y cogió a tientas el aparato, en cuya pantalla aparecía la identificación de quien había osado molestar el descanso de la periodista.

Era una llamada de la comandancia de la Guardia Civil, por lo que automáticamente intuyó que no debía ser algo bueno lo que iban a decirle, e imaginó que debía tratarse del hallazgo de otra víctima del Vákner.

―¿Diga? ―contestó con la voz ronca. Tragó saliva para aclararse al garganta―. ¿Quién es?

―Cariño, soy yo ―respondió la voz de José al otro lado del aparato.

―¿Qué ha pasado? ―Miró el reloj que tenía sobre la mesa de noche, eran casi las cinco de la mañana.

―Tienes que venir, por favor. ―El tono de voz del teniente parecía débil, timorato.

―¿Para qué? ¿Ha habido otro crimen? ―preguntó Fátima, que fue recuperando el estado de vigilia.

―No lo sabemos, por ahora…

―¿Entonces?

―Es por tus padres ―dijo José con todo el aplomo que fue capaz de reunir―. Han desaparecido.

Un silencio aplastante se impuso en ese momento. Esa última frase cayó sobre ella como un cielo de acero fundido y sintió un mareo inusual que la obligó a tumbarse de nuevo en la cama.

―¿Qué pasa con mis padres? ―preguntó, con un nudo atenazando su garganta.

―Han desaparecido ―respondió José, que intentaba mantener la calma a duras penas―. Acaban de avisarnos de la policía local del pueblo donde viven. Les dije que yo te llamaría.

―Pero…¿cómo?... ―Fátima era incapaz de expresar el torbellino de sentimientos que la embargaban en ese instante.

―No tenemos muchos detalles todavía, pero me gustaría que vinieras conmigo para que nos ayudes a investigar su desaparición.

―Sí…claro ―balbuceó, mientras las lágrimas comenzaban a brillar en sus párpados―. Voy para allá.

Colgó el teléfono sin despedirse. Ese detalle era insignificante en semejantes circunstancias y sabía que José lo entendería.

Ahora tenía que vestirse y conducir hasta la Comandancia, pero cada célula de su cuerpo se resistía a recibir órdenes del cerebro, pues cada fibra de su ser le pedía tirarse en la cama y llorar, gritar y dar rienda suelta al dolor que sentía.

En los tiempos que corrían, la desaparición de sus padres era un mazazo que era incapaz de gestionar, sobre todo si tenía en cuenta la presencia de una bestia asesina en la zona.

Esa idea, pensar en si habrían sido víctimas del Vákner, era lo que se volvía más insoportable.