Vákner: Aullidos en el Camino de Santiago EN BUSCA DE RESPUESTAS
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EN BUSCA DE RESPUESTAS

El trayecto de regreso a Santiago fue agradable, al menos en lo climatológico.

La primavera se había abierto paso definitivamente en tierras gallegas y los campos mostraban tapices de flores variopintas, además de un manto verde que contrastaba con los tonos oscuros de los árboles.

Sin embargo, Fátima apenas se prestó a observar semejante vergel de exuberancia natural.

Tenía la mente centrada en otros asuntos, entre los que estaban su padre, su madre y José.

No entendió por qué su novio se mostró tan frío y distante con ella, y menos aún entendió la brusquedad del trato que tuvo cuando hablaron por teléfono esa mañana.

Sabía que había tenido depresión y problemas de ansiedad en el pasado, pero se suponía que todo eso había quedado atrás.

Tampoco imaginó qué le podría haber disgustado tanto, pues sólo había estado desaparecida durante unas horas, lo que era lógico: su padre había regresado a su vida y tenía todo el derecho del mundo a centrarse en esa nueva situación.

Por otra parte, estaba la extraña despedida que había tenido de sus padres.

Cuando se marchó de la casa, él estaba más calmado y tenía un gesto triste dibujado en el rostro.

Concha se mostró también abatida, como si cargara con un peso que le costaba soportar.

Por mucho que preguntó, ellos no le dieron explicaciones de lo que había pasado para que Alfonso se derrumbase de aquella extraña forma, así que tuvo que irse sin aclarar el sinfín de dudas que la asaltaban.

Para finalizar, supuso que Tania también estaría enfadada con ella.

No le había dado explicaciones sobre el regreso de Alfonso, ni tampoco le había cogido la llamada.

La aparición de una nueva víctima del Vákner dejaba bien claro que no se detendría en las matanzas.

La cuestión era saber cuánto durarían y si lograrían darle caza y atraparla, antes de que acabase con alguien más.

En cuanto llegó a Santiago, aparcó y respiró hondo varias veces para armarse de valor ante los frentes que tenía abiertos.

El primero de ellos era su amiga, así que se dispuso a salir del coche para ir hasta las dependencias forenses.

Accedió al edificio, se identificó en la entrada, como hacía habitualmente, y cogió el ascensor que la llevaría hasta el sótano dos.

Estaba sola en el cubículo y, por primera vez en mucho tiempo, sintió que el peso de las responsabilidades era más grande del que podía soportar.

Volvió a respirar hondo y justo después se abrió la puerta mecánica.

Atravesó el pasillo y se cruzó con dos agentes de la policía científica, que la saludaron con un leve movimiento de la cabeza.

Los dos acababan de salir del laboratorio al que ella iba a entrar.

Según abrió la puerta, se encontró con Tania.

Hablaba con otro agente y parecía tener una fuerte discusión con el miembro de la policía.

Fátima no tardó en saber de qué iba la acalorada conversación.

―¡Esto ha sido culpa suya, señorita Deszchuk! ―exclamó el agente, a la vez que señalaba a la forense ante sus ojos―. ¡Es una negligencia muy grave!

―Ya le he dicho que no tengo nada que ver con eso, García ―se defendió Tania.

―¿Y cómo explica que la información haya llegado a los medios?

―¡Ya le he dicho que no lo sé!

Fátima entendió al momento que la situación era grave, así que decidió intervenir para interrumpir el acoso al que estaba siendo sometida su amiga.

―Buenas tardes ―saludó con una falsa ingenuidad.

―Hola, Fátima ―correspondió Tania.

―Buenas tardes ―dijo el policía con un tono frío―. ¿Quién es usted?

―Es mi ayudante ―intervino la forense.

―¿Cuánto tiempo lleva trabajando con usted?

―Desde hace algún tiempo.

―¿Antes de que comenzaran los asesinatos? ―García estaba interrogando a Tania sin pudor alguno.

―Sí, unos cuantos meses antes de eso ―mintió.

―¿Cuál es su función exactamente, señorita? ―El policía se dirigió directamente a Fátima.

―Ayudo en las labores de limpieza de los utensilios de las autopsias, limpio los cuerpos cuando la doctora ha terminado…cosas así ―respondió con elocuencia.

―Pues tengan cuidado con las personas que entran aquí, porque alguien ha filtrado esos bulos sobre hombre lobos a la prensa ―apostilló el agente―. Lo último que necesitamos ahora es tener a esos moscones merodeando estas instalaciones en busca de historias fantásticas.

―No se preocupe, nos andaremos con cuidado ―afirmó Tania.

―Que tengan una buena tarde ―se despidió García.

―Igualmente ―dijo Fátima con tono frío.

Cuando el policía abandonó la sala, la forense se giró hacia su amiga y la miró con cierto malestar. Fátima ya se imaginaba cuál iba a ser la reacción a la que tendría que enfrentarse.

―¿Dónde coño has estado? ―preguntó Tania sin elevar la voz―. Tendrías que haber estado aquí desde esta mañana.

―Lo siento. ―Fátima intentó disculparse―. Mi padre ha reaparecido y quería estar con él a solas. Tenía muchas cosas que quería saber sobre él y no quería perder la ocasión de encontrar respuestas a tantas dudas que he tenido durante toda mi vida.

―Entiendo que quieras recuperar tiempo con él, pero esto se nos está yendo de las manos, Fátima. Esa cosa no para de matar gente.

―Lo sé, y sé que debería haber venido antes. Hasta José está molesto conmigo y no sé bien por qué.

―Ha sufrido mucho y tú eres la ilusión que necesitaba en su vida, así que no debes fallarle ahora.

―Lo sé, conozco bien todo por lo que ha pasado en estos años, y no era mi intención hacerle daño ―confesó Fátima, afligida.

―Otra cosa, ¿has hablado con alguien de la prensa de nuestras deducciones? ―Tania lanzó la pregunta como un dardo envenenado. Evidentemente, intuía la respuesta.

―Sí, tuve que hacerlo ―respondió su amiga―. Aunque no les di toda la información de la que disponemos.

―¡¿Estás loca?! ―Tania se indignó―. ¡A esa gente sólo les hace falta una pista para inventar mil historias! ¡Nos has expuesto con tu temeridad!

―Los medios son así, se inventan cosas para atraer público. Eso ya no es responsabilidad mía.

Justo en ese momento apareció el teniente Santos, así que ambas dejaron la discusión para otro momento.

José tenía el rostro demacrado y frunció el ceño al ver a Fátima.

Se acercó a ella y le dio un beso en la mejilla que ella sintió como si cortase como el filo de una navaja.

Iba vestido sin el uniforme, con unos vaqueros, una camiseta del disco Dark Side of the Moon , de Pink Floyd, y una chaqueta de cuero.

―Podéis continuar con vuestra charla ―dijo con un tono que congeló el aire de la habitación―. Sólo he venido a recoger el informe de Tania para llevármelo al despacho.

―José, yo… ―Fátima le agarró de la mano con ternura―. Mi padre apareció antes de ayer y…

―No importa eso ahora ―la interrumpió. Apartó la mano―. Por cierto, ya me contaréis cómo es posible que este caso esté saliendo ahora mismo en todos los periódicos e informativos del país. Alguien ha filtrado información desde dentro y me gustaría saber quién ha sido.

―No lo sabemos ―respondió Tania, que mintió para proteger a su amiga.

―Ya me lo imaginaba ―afirmó José―. Pues nada, si sabéis algo, decídmelo. ―Se dirigió de nuevo hacia la puerta, después de haber cogido la carpeta con el informe que la propia Tania le había dado. Fátima se interpuso en su camino.

―Por favor, escúchame ―dijo con todo el aplomo que pudo acumular―. Sé que estás enfadado conmigo, pero te juro que tengo una buena razón para haber estado desaparecida veinticuatro horas.

―No te preocupes, lo entiendo perfectamente ―contestó él, mirándola a los ojos.

―No, no lo entiendes. Mi padre ha reaparecido y yo nunca le conocí, lo sabes. Quería hablar con él, saber por qué desapareció hace veintiocho años y quería aclarar mil preguntas. Sólo podía hacerlo si desconectaba de todo esto durante unas horas.

―¿También tenías que desconectarte de mí? ―La pregunta fue como una estocada en el corazón de Fátima.

―No, de ti nunca. ―Agachó la cabeza y reflexionó durante unos segundos―. Por eso te pido que me perdones.

José la observó en silencio. Su mente y su corazón mantenían una lucha encarnizada entre la razón y la pasión, entre lo que sus pensamientos intrusivos dictaban y lo que sus sentimientos clamaban. Finalmente, fueron éstos últimos los que se impusieron en la batalla.

―No pasa nada, Fátima ―dijo con un tono de voz más tierno. La tomó de la barbilla y levantó su cabeza para cruzar las miradas―. Me alegro de que tu padre haya reaparecido, de verdad.

―Lo siento, cariño. ―Se abrazó a él entre lágrimas y se besaron apasionadamente.

Tania los observó durante dos segundos y sintió que una daga helada se clavaba en su pecho.

Luego se giró y regresó a la camilla donde estaba el cadáver de la última víctima del Vákner.

Impulsada por un instinto incontrolable, tomó un escalpelo de la bandeja contigua y lo clavó en el esternón del desgraciado camionero.