EL CAZADOR Y LA PRESA
El cuerpo parecía más destrozado que los anteriores, como si la bestia se hubiera ensañado con él de forma diferente, hasta el punto de dar pie a pensar que tenía algo personal contra la víctima.
José observaba con detenimiento el trabajo de sus compañeros de la Policía Nacional, mientras en su cabeza imaginaba cómo debió ser el crimen.
En su mente aparecía una escena grotesca y aterradora, salpicada de sangre y vísceras, de extremidades desmembradas y unas fauces babeantes que arrancaban de cuajo los genitales del camionero. «Debió ser horrible», pensó angustiado.
Fátima todavía no había llegado al departamento forense, por lo que se extrañó al no verla allí, a pesar de que eran pasadas las nueve de la mañana.
Tania observaba su inquietud y se acercó a él, para no interferir en la concentración de los policías, le agarró del brazo y le llevó al lado opuesto de la sala.
Allí pudieron charlar entre susurros apenas perceptibles.
―¿Dónde está Fátima? ―le preguntó a José―. No la he visto desde ayer por la tarde.
―No lo sé, pensé que estaría aquí ―respondió, confuso ante la confesión de la forense.
―Ella me dijo algo de su padre, algo de que había regresado y no sé qué más.
―¿Su padre? ¿No se supone que la había abandonado antes de nacer ella?
―Pues parece que ha vuelto ―confirmó Tania. Una mirada de soslayo de uno de los agentes la obligó a callarse. Al menos durante unos segundos―. Pensé que tú lo sabías.
―No me dijo nada ―comentó él―. Es raro, la verdad.
―Vosotros estáis muy unidos desde hace unos meses, ¿por qué no te habrá llamado para decírtelo?
―No lo sé, voy a salir un momento para llamarla. ―José se sentía mal por la situación, pues no entendía cómo Fátima no le había contado algo tan importante.
Sin tardar mucho, los pensamientos intrusivos, los que alimentaban las distorsiones cognitivas que le atacaban en otros momentos, volvieron a su mente y comenzó a sentir ansiedad de nuevo.
Era ese tipo de fantasma que le quitaba el aire y le oprimía la mente, le confundía y le hacía hundirse en un foso abisal del que no sabía cómo escapar.
Salió al exterior del edificio para tener mejor cobertura y realizó varios intentos de llamada, pero Fátima no contestaba.
El fantasma creció más todavía.
Envió un whatsapp y esperó unos minutos, pero el indicativo de recepción permanecía solitario en la pantalla, sin la confirmación de que hubiera recibido el mensaje.
El fantasma era ya gigantesco y abrumador. Entró de nuevo y fue a hablar con Tania.
―No logro contactar con Fátima ―dijo con un tono frío―. Tengo que irme, así que a ver si tú puedes hablar con ella.
―¿Estás bien? ―La forense le agarró del brazo antes de que se girase para abandonar la sala―. Te noto extraño.
―Sí, estoy bien. Tengo que regresar para continuar con mi trabajo ―afirmó con vehemencia.
―Vale, te avisaré si hablo con Fátima ―dijo Tania, que buscó algún atisbo de reacción en el rostro del teniente.
―Gracias ―fue la escueta respuesta.
Ella le observó mientras se marchaba y pensó en qué pasaría por la cabeza del guardia civil.
Le conocía desde hacía algunos años y sabía que era un hombre de talante amable, pero a veces se mostraba distante y huraño.
Sabía lo de la muerte de su mujer, incluídos los desplantes que ella le hacía, los desprecios o las situaciones de violencia que tuvo que vivir a su lado, y pensó que eso todavía le afectaba.
Sin duda, la actitud errática de Fátima tenía mucho que ver en ello, de eso estaba segura.
José fue a recoger su coche al garaje y salió hacia su casa, con la cabeza embotada por mil espíritus aterradores que le susurraban palabras ominosas: «¿Lo ves?
No eres nadie para ella», «¿Cómo pensaste que una mujer más joven y tan guapa se iba a enamorar de ti?
¡Idiota! », le decían las voces en su cabeza.
Esas voces le eran familiares y tenían el tono de su difunta esposa, el mismo que le había insultado mil veces y le había acusado de pecados que jamás cometió.
Cada frase, cada segundo, el torbellino de destrucción mental se volvía más devastador.
La idea del beso de plomo volvió a aparecer y una lágrima apareció en sus ojos cansados.
Se saltó un semáforo en rojo y no frenó hasta llegar a su casa, situada a las afueras de Santiago.
Accedió al chalé en silencio, como un gato callejero que persigue a su presa entre callejones oscuros, y fue hasta el dormitorio.
Abrió el cajón de la mesa de noche y allí estaba, su amiga metálica, la que le cantaba canciones de muerte para acabar con el sufrimiento de una vida incierta.
La tomó entre sus manos y se quedó mirando su figura, la de un revólver, de color negro y culata de madera.
La apretó entre sus manos, sin percibir que las lágrimas corrían por sus mejillas como un torrente imparable.
Su mente se consumía entre el dolor, las inseguridades y la autodestrucción de un alma atormentada.
Se sentía inútil, incapaz de llevar una vida normal, y el hecho de que Fátima le hubiera excluido de un asunto tan importante para su vida, le hacía sentirse invisible. Prescindible.
Observó la pistola detenidamente y acarició la superficie grasienta y fría con suavidad, como si lo hiciera con el cuerpo desnudo de la mujer que había comenzado a abrir su corazón en las últimas semanas.
Su recuerdo era un choque de calidez que lograba derretir el gélido susurro de una muerte cercana, rápida y sangrienta.
Era como si el propio Dios le hubiera enviado un ángel en el último momento para evitar que cometiera una estupidez.
Pero en ese momento el ángel había desaparecido y no sabía cuál era el motivo.
Estaba perdido otra vez. Así de frágil era todavía la voluntad de su alma.
―Se acabó ―susurró, apretando la mandíbula por la rabia contenida.
Acercó la bocacha a sus labios. Una lágrima cayó sobre el cañón y se deslizó por el mismo, para saltar después hasta el suelo, y no fue la única.
El pulgar de su mano derecha se colocó lentamente sobre el gatillo, dispuesto a ejercer la presión necesaria para activar el percutor que patearía el culo de la bala que estaba destinada a acabar con su vida.
Apretó los dientes alrededor de la bocacha, inclinó un poco el arma y apuntó al paladar superior.
Justo en el momento en el que iba a apretar el gatillo, sonó el móvil, que anunció la llegada inoportuna de un mensaje de whatsapp.
Fátima había pasado la noche en casa de su madre y se despertó más tarde de lo que solía hacerlo habitualmente.
Había apagado el teléfono móvil y lo había dejado sobre la mesa que estaba al lado de la cabecera de la cama.
La noche anterior había tenido una velada tranquila y plácida junto a sus padres, habían disfrutado de una buena cena, habían hablado de todos los años en los que Alfonso había estado ausente y se contaron mil historias, aunque en alguna ocasión sintió las fricciones que existían entre sus progenitores.
A pesar de eso, las conversaciones transcurrieron con normalidad y pudo conocer un poco mejor al hombre que sólo había visto en fotos, y en escasas ocasiones.
Se desperezó y encendió el teléfono, pues imaginaba que tendría algunos mensajes que debía responder para aclarar su repentina ausencia.
Imaginaba que José y Tania estarían preocupados, por lo que decidió que había llegado el momento de dar algunas explicaciones.
Se sorprendió cuando vio en la pantalla que tenía varias llamadas de su nuevo novio y de su amiga, así que le envió un mensaje a José en primer lugar, un audio revelador que, sin ella saberlo, le salvaría la vida.
―Hola, cariño ―comenzó a hablar, a la vez que pulsaba el icono en forma de micrófono en la pantalla―, disculpa que haya apagado el teléfono, pero mi padre ha reaparecido y necesitaba toda la intimidad para hablar con él y que respondiera a mil preguntas.
Sé que no es lo más apropiado, pero confío en que no te enfades y entiendas la situación.
Te quiero mucho. Biquiños. ―concluyó, emitiendo un sonoro beso con sus labios para que se grabara lo mejor posible.
Luego envió otro a Tania para disculparse, y le expresaba la misma excusa a su amiga.
Sin embargo, antes de dejar el teléfono de nuevo sobre la mesa de noche, recibió la contestación de José.
El mensaje era escueto, frío, de apenas unas pocas palabras.
Decía “ Ven cuanto antes, por favor. Tenemos otro asesinato del Vákne r”.
No había una palabra de cariño, ni una muestra de afecto en el texto.
Ella sintió que algo pasaba y decidió llamarle por teléfono, pues la intranquilidad comenzó a roer sus ideas.
Sabía que había hecho una estupidez al apagar el teléfono, pero no esperaba recibir la noticia de otro asesinato, y menos de la forma en la que él lo transmitía, como un autómata.
Buscó el contacto y pulsó el botón de llamada.
Apenas unos segundos después, la voz grave y gélida de José respondió al otro lado del aparato.
― Dime ―dijo cortante.
―¿Estás bien, cielo? ―preguntó Fátima, que se asustó al oír su voz en ese tono. Jamás le había visto de esa forma.
― Sí, ¿por qué?
―No sé…es como si estuvieras enfadado por algo ―comentó Fátima, que buscaba la forma de sonsacarle algo más.
― No, no te preocupes ―aseveró él, tajante―. Ven cuando puedas, por favor. Tenemos otro cadáver en el depósito y Tania ya ha preparado el informe preliminar .
―Sé que no estás bien, cariño, pero hablaremos cuando llegue, ¿vale? ―intentó negociar Fátima, que puso un tono dulce para apaciguar lo que parecía un volcán a punto de entrar en erupción.
― Como quieras. Hasta ahora ―se despidió José. Sin esperar la respuesta, colgó.
Fátima sintió un desasosiego que quebrantó su buen humor de golpe. Algo dentro de ella se rompió, y la respuesta no tardó en llegar.
Salió al salón y vio que sus padres estaban viendo el televisor con suma atención. Ellos ni la miraron, pues parecían estar más interesados en lo que estaban visualizando, incluso parecían totalmente absorbidos por la pantalla, como si estuvieran hipnotizados.
―Buenos días ―dijo Fátima para hacerse notar. Los dos parpadearon, sorprendidos, y la saludaron.
―Buenos días, cariño ―respondió Concha. Se levantó del sofá y se acercó a ella para darle dos besos―. Voy a prepararte el desayuno, que estarás hambrienta.
Entretanto su madre desaparecía tras la puerta de la cocina, Fátima se sentó al lado de Alfonso y echó un vistazo a lo que les atraía tanto en la pantalla.
―¿Qué tal, papá? ―preguntó con ingenuidad―. ¿Qué estás viendo?
―¿Has visto eso? ―respondió él, sin apartar la vista del televisor.
―¿El qué?
―Esos asesinatos, lo que dicen en la tele.
―Sí, algo he oído. Soy periodista, no lo olvides ―comentó con tono de broma. Alfonso se giró y la miró a los ojos con gesto triste.
―Hija mía, yo… ―No terminó la frase. Comenzó a llorar y se tapó la cara con las manos, apoyando los codos en las rodillas.
En ese momento apareció Concha, que llevaba una bandeja con un café con leche y unas magdalenas recién hechas por ella misma. Lo dejó todo encima de la mesa de centro e hizo un gesto a Fátima con la cabeza para que se llevara el desayuno a su habitación.
―¿Qué pasa? ¿He dicho algo malo? ―preguntó, confusa.
―No es culpa tuya, cariño ―respondió su madre―. Ve a desayunar y prepárate para ir a trabajar, anda.
La chica obedeció a su madre y cogió con suavidad la bandeja, aunque sin dejar de observar a sus padres.
Se movió lentamente, como si no supiera bien si terminar de hacer caso a Concha o quedarse allí para averiguar qué sucedía con Alfonso.
Al final decidió marcharse y regresó a su cuarto para tomar el desayuno, pero con una sensación extraña en el estómago.
No era fácil ingerir algo en un momento así, y menos cuando apenas hacía veinticuatro horas que había conocido a su padre.
Se preguntó qué le afectaba tanto y qué habría pasado durante tantos años para que reaccionase de esa forma, sin razón aparente.
Él había desaparecido antes de nacer ella y jamás dio señales de vida en todo ese tiempo.
Incluso llegó a pensar que estaba muerto, al menos en sus sentimientos.
Y justamente ahora, cuando ella estaba empezando a ver cómo despegaba su carrera como periodista, aparecía en su vida.
Entretanto pensaba en mil cosas, el teléfono móvil emitió un sonoro reclamo que la arrancó de sus pensamientos.
Observó la pantalla y vio que era Tania quien la llamaba, por lo que recordó lo que José le había pedido hacía apenas media hora: tenía que regresar a Santiago.
Ignoró la llamada y prefirió enviar un mensaje de wasap.
En el texto escribió unas pocas palabras, en las que confirmaba su regreso para ese mismo mediodía.
No necesitaba dar más información. De momento.