LOS RUMORES SON CIERTOS
El revuelo en la redacción del periódico era total.
Bernardo Ulloa, director de La Gaceta de Galicia, estaba que se subía por las paredes con Fátima, y no era para menos.
Ya se habían cometido cinco crímenes y la periodista no había soltado prenda en todos esos meses, a pesar de que el dueño de la editorial había autorizado su filtración en el departamento forense y le había dado un buen adelanto a la osada periodista.
La última vez que habían hablado fue un día antes de que ella se infiltrara en la investigación, y apenas había sabido nada más de ella, por mucho que hubiera intentado contactrla por todos los medios posibles.
Como respuesta, ella, en alguna ocasión, envió mensajes de wasap, pero escuetos y sin nada reseñable que mencionar.
Evidentemente, ante esa situación, Bernardo se citó con Fátima para esa mañana en la redacción, a sabiendas de que debía apretarle las clavijas para sonsacarle alguna información relevante sobre los asesinatos.
Ya había demasiados rumores circulando entre el gentío, así que había llegado el momento de esclarecer algunos puntos y así detener la montaña de bulos que se acumulaban en las redes sociales, cloacas de desinformación.
Cuando el reloj marcaba las nueve y veintisiete minutos, Fátima apareció en las oficinas y Bernardo no apartó la mirada de ella mientras se acercaba a su despacho.
Tenía los brazos en jarra y el gesto de su rostro visualizaba un evidente disgusto con la joven.
A pesar de que había aprendido a apreciar su trato cercano y su predisposición para trabajar, lo cierto era que mantenerla en nómina requería un esfuerzo para la empresa, y ésta reclamaba resultados de inmediato.
Se mentalizó sobre qué iba a decirle y repasó en su mente una y otra vez la reprimenda que iba a echarle.
―Sé lo que me vas a decir ―se adelantó Fátima, cuando apenas le quedaban unos pasos para llegar al despacho―, pero tengo algo que te va a hacer estallar la cabeza.
―Buenos días, ante todo ―dijo él, que fue a sentarse en la silla de oficina.
―Buenos días, Bernardo ―saludó ella también―.
No te vas a creer lo que tengo en este pendrive .
―Rebuscó en su bolso y extrajo el pequeño dispositivo, de color rojo y negro―.
No puedo mostrártelo todo, porque todavía es demasiado pronto, pero puedo darte algo para que saques mañana un artículo en portada.
―A ver, sorpréndeme. ―Bernardo se reclinó en la silla y suspiró. Al parecer, la reprimenda tendría que esperar.
―Te puedo dar la primicia de cómo hemos avanzado en la investigación de los crímenes ―afirmó Fátima.
―¿Qué se sabe hasta ahora? ―Bernardo se inclinó hacia adelante y apoyó los codos en la mesa de escritorio―. ¿Ya hay sospechosos?
―No exactamente. Tampoco te lo puedo contar todo, porque hay cabos sueltos todavía, pero…
―¿Entonces?
―Las pruebas forenses indican que el asesino es una bestia sobrehumana, antinatural.
―¿Qué? ¿Qué bestia mataría a tantas personas?
―El Vákner. Los viejos cuentos son ciertos, Bernardo ―rubricó Fátima, a la vez que se sentaba al otro lado de la mesa.
―¿Es una especie de animal de esos prehistóricos o algo así? ¿Es una mutación rara, o algo que se ha escapado de un laboratorio? ―Bernardo no creía lo que estaba escuchando.
―¿No conoces la leyenda del Vákner? ―se sorprendió la periodista.
―Ni puñetera idea.
―Es un mito medieval sobre un licántroop que habitaba en esta zona y habitaba en Dumbria, y que mataba a los peregrinos que realizaban el Camino de Santiago. Lo descubrió un monje armenio en el siglo quince.
―¿Me estás diciendo que un ser que tiene más de quinientos años es el responsable de esos crímenes? ―Bernardo se removió incómodo en la silla―. Coño, Fátima, esperaba que me trajeras algo mejor para publicarlo, no un cuento de viejas.
―Te juro que las pruebas que te he dejado en el pendrive van en esa dirección. Míralas tú mismo.
El director cogió el dispositivo y lo enchufó en su ordenador, abrió la única carpeta visble y revisó los datos que ella le había llevado.
No estaba todo el contenido del informe forense, por supuesto, pero sí había información suficiente como para no dejar lugar a dudas sobre la autoría de los asesinatos.
―¿Esto es en serio? ¿Se sabe quién es en realidad o dónde se le puede encontrar? ―preguntó Bernardo, incapaz de apartar los ojos de la pantalla.
―Eso es lo que todavía no sabemos, pero no creo que la Policía Científica tarde en averiguarlo ―respondió ella.
―¿La Científica? ―Bernardo volvió a reclinarse y le dedicó una mirada incrédula―. Así que los rumores son ciertos. Han tenido que mandar a gente de Madrid para investigar el caso.
―Sí, aquí no tienen los medios suficientes para resolverlo y han pedido apoyo al Ministerio del Interior.
―¿Cómo sabes tú eso?
―Bueno…yo… ―balbuceó, indecisa por contar su relación con el teniente Santos―. Digamos que tengo una fuente dentro de la Comandancia de Santiago.
―¿Una fuente? Fátima, tú me estás ocultando cosas ―comentó él, mientras la señalaba con un dedo índice acusador, dibujando una sonrisa ladina en los labios.
―Bernardo, confía en mí, por favor ―se defendió ella.
―Vale, leeré tu artículo y lo enviaré a la redacción para que salga mañana en primera plana ―se resignó al final―, pero tienes que conseguirme más información en un par de semanas.
Si empezamos a preparar esto y calentamos el horno, el pavo tiene que estar bien cocinado para el público, ¿entiendes?
Debemos darles noticias al menos semanalmente.
―Lo sé, lo sé, y tienes razón. Te traeré alguna novedad dentro de quince días.
―De acuerdo ―confirmó Bernardo―. Ahora vete y búscame algo más para entonces.
Se despidieron con un apretón de manos y con ambas partes satisfechas: Bernardo ya tenía algo que publicar y Fátima acababa de dar el primer paso para convertirse en una periodista de prestigio. Sin embargo, no era consciente en ese momento del precio que tendría que pagar para lograrlo.
Al día siguiente.
6:21 a.m.
«Sin duda alguna, es la noticia del día. Al parecer, el “Asesino del Camino de Santiago”, pues así le han denominado los investigadores, podría tratarse de un demente que cree ser una especie de hombre lobo. Algo similar a lo que aconteció con el famoso caso de Romasanta…»
José estaba preparándose un café cuando escuchó la noticia en el informativo de televisión.
Su rostro se contrajo en un gesto de indignación y agarró con fuerza la taza, hasta el punto de que tuvo que aflojar la presión para no romperla.
Se preguntó cómo era posible que dieran tantos detalles sobre la investigación, si todavía no se había hecho público ni se había contactado con la prensa para dar esos detalles.
Al menos, no hasta el punto de que se comentaran pormenores de las heridas en los cadáveres y algunas de las pruebas halladas; incluso se habían filtrado las imágenes de la cámara de seguridad que había investigado después del primer asesinato.
—Al menos no han comentado nada de la resina negra que hallamos en las zonas donde encontramos los cuerpos —comentó con resignación.
Dejó el café en el fregadero y se vistió con el uniforme a la mayor celeridad, pues quería esclarecer quién había filtrado toda esa información.
Confiaba en la forense, pues la conocía desde que había comenzado a trabajar en la morgue, así que dudaba de que hubiera sido ella.
También sopesó si podrían haber sido los miembros de la Policía Científica, con el fin de dejar en evidencia la capacidad de su equipo y de él mismo, pero tampoco creía viable esa posibilidad, pues habría sido como pegarse un tiro en el pie.
Por último estaba Fátima, pero ella apenas era una ayudante de la forense y no poseía demasiados conocimientos sobre investigación criminal como para filtrar tantos datos.
Sólo le quedaba pensar en alguien que hubiera accedido a los archivos de su ordenador, o que hubieran piratead el de Tania.
Cualquier posibilidad era plausible, algunas más que otras.
Justo en el momento que iba a salir por la puerta, y antes de apagar el televisor, observó algo que atrajo su atención.
Detuvo la imagen y amplió con el zoom de la pantalla para ver mejor la escena, una que había visto decenas de veces con anterioridad y en la que nunca había percibido lo que ahora sí veían sus ojos.
Incluso se los frotó un par de veces para asegurarse de que lo que estaba viendo era cierto.
―No está disfrazado… ―susurró, incrédulo ante lo que mostraba la imagen.
La había visto en la pantalla del ordenador de su despacho, la había revisado mil veces, y entonces cayó en la cuenta de algo.
El televisor, de sesenta pulgadas y definición 8K, le dio la oportunidad de ver mejor el corte de la cámara de seguridad del monasterio.
De pronto, sintió un escalofrío recorriendo su espalda y su frente comenzó a perlarse con una gota de sudor, producida por el nerviosismo.
―No está disfrazado ―aseguró en voz baja―. Esa bestia es real. Fátima tenía razón, el Vákner existe.
Apagó el televisor y salió de su piso a todo correr, bajó al garaje y fue con su coche hasta la Comandancia.
En su mente, mientras tanto, se agolparon los cuentos que había escuchado de niño, aquellos que le contaba su abuela y en los que recordaba a los lobishome, donde aparecían hadas, xanas y meigas.
Entonces se preguntó hasta qué punto no se estaba volviendo loco, o si todo lo que estaba pasando era real.
Y, si esa cosa era de verdad, ¿cómo iban a detenerla?
¿Cometería más crímenes? ¿Hasta dónde llegaba su sed de sangre?
Cuando llegó hasta la Comandancia, todos sus compañeros le miraron con gesto de sorpresa.
Todavía no eran las siete de la mañana, hora del relevo del turno de noche, y estaban todos los agentes allí reunidos; hasta el Comandante Artigas estaba allí.
Sin esperar a que le llamara a su despacho, José fue en esa dirección por cuenta propia.
―Supongo que también te has enterado, ¿no? ―comentó el oficial, sin saludarle previamente.
―¿Cómo coño ha pasado? ―El teniente tampoco dio los “buenos días” pertinentes. Sobraban las formalidades―. ¿Quién ha filtrado esa información a la prensa?
―No lo sé, esperaba que tú me lo aclararas.
―¿Yo? ¿Qué voy a saber yo?
―Ya me dirás, tú eres el que dirige la investigación, el que tiene contacto con la forense esa ucraniana y su ayudante. Hasta me han dicho que has hecho buenas migas con la muchacha ―comentó Carlos con cierta acritud.
―Sí, estamos conociéndonos y tenemos una relación cercana, pero…
―Pero te han engañado como a un chino, José.
―Fátima no ha filtrado la información, Carlos. ―Se atrevió a tutearle, a pesar de que era consciente de que era su superior jerárquico―. Ni Tania tampoco lo ha hecho.
―¿Cómo estás tan seguro de eso? ―El comandante pasó por alto la familiaridad con la que le hablaba―. ¿Has hablado con ellas de la investigación?
―Lógicamente, Tania y Fátima son las que tratan y analizan los cuerpos de las víctimas de los crímenes.
―¿Y de dónde han sacado los medios eso de que el asesino podría ser un hombre disfrazado de lobo?
―Eso es otro tema que quería tratar contigo ―dijo José, que quiso cambiar el tono de la conversación.
―¿A qué te refieres? ―inquirió Carlos.
―Será mejor que te sientes, porque lo que voy a decirte te va hacer caer de culo. ―José se sentó en el sofá que tenía el comandante en el despacho.
―A ver, cuéntame. ―El comandante fue hasta la silla que estaba detrás del escritorio y tomó asiento.
―¿Recuerdas el vídeo de la cámara de seguridad que sacamos del monasterio, cuando estábamos investigando el primer asesinato?
―Sí, el mismo que hoy han emitido en la tele. Verás las que nos va a caer cuando…
―Espera, espera ―le interrumpió José―. Pensábamos que era un demente disfrazado, pero no es eso.
―¿Cómo que no es eso? ―Carlos dibujó un gesto de extrañeza en su rostro.
―Esa cosa, la que aparece en el vídeo, es real, Carlos ―afirmó con rotundidad―. Esa bestia es real.
―¿Estás loco? ¿Cómo va a ser un animal real? ¡Es imposible! ―El comandante no daba crédito a lo que acababa de escuchar. Se levantó de la silla y comenzó a dar vueltas por el despacho como un animal enjaulado―. ¡Es imposible, joder! ―repitió.
―En las pantallas que tenemos aquí no se apreciaba porque eran demasiado pequeñas y no tenían una buena resolución, pero al ver esta mañana la noticia en casa, en una pantalla enorme y con alta resolución, me fijé que no había costuras, ni velcros, ni cremalleras, ni botones…
nada. La piel que cubre a ese ser es real, así como sus dientes y sus ojos.
No es un loco disfrazado, Carlos, es algo mucho peor.
―¿Me estás diciendo que lo que buscamos no es un humano?
―Así es.
―¡Es de locos, José! ―Carlos se levantó y comenzó a dar vueltas por el despacho―. ¡Es imposible!
―Créeme, a mí también me costó aceptarlo, pero no hay duda ―afirmó el teniente―. No se trata de detener a un asesino y llevarlo ante un tribunal, Carlos. Esto se ha convertido en una caza.
El comandante se detuvo en seco y miró a su amigo y subordinado.
Estuvo en silencio durante un par de minutos y al final no tuvo más remedio que aceptar el argumento de que aquella bestia era algo sobrenatural.
Y, llegados a ese punto, si no lo era, no le importaba, sólo le importaba resolver el asunto cuanto antes.
―Está bien ―confirmó―. Acaba con esa cosa como mejor te parezca, pero no digas una palabra a los de la Científica.
―Eso haré, mi comandante ―atajó José, usando el formalismo militar.
Abandonó el despacho y dejó a Carlos con sus pensamientos y elucubraciones.
Jamás se habían enfrentado a algo parecido, y dudaba de que alguna vez hubiera pasado algo semejante.
Sin embargo, entre sus recuerdos, viajando en el tiempo a cuando era un cadete en prácticas en esa misma comandancia, recordó algo que sucedió en el año 2000.
Un caso que nunca se cerró y que ahora parecía volver a reproducirse de la misma forma.