EXRTAÑO DESPERTAR
Eran casi las seis de la mañana y el reloj inteligente comenzó a vibrar en la muñeca de Tania.
Se despertó sobresaltada y miró la pantalla circular con los ojos entrecerrados, por lo que le costó unos segundos enfocar bien la imagen del mensaje que acababa de llegarle.
Era del teniente Santos, así que se levantó de la cama y fue hasta el salón para buscar el teléfono y leer el mensaje completo.
Suspiró con resignación y fue hasta la cocina para prepararse un té.
Entretanto, echó un vistazo al correo electrónico y a sus redes sociales.
En Instagram tenía más de seis mil seguidores, y el buzón de mensajes marcaba cuarenta y tres chats nuevos.
No le hacía falta abrirlos para saber cuál era el contenido de los mismos: desde propuestas para citas, hasta las famosas y desagradables “fotopollas”.
Siempre se preguntó qué impulsaba a un hombre a pensar que enviar algo tan vulgar podría resultar llamativo para una mujer.
Optó por abrir la aplicación de Tik Tok, donde sumaba menos seguidores, y vio que alguien la había etiquetado en un reel .
El perfil era desconocido, anónimo en realidad, pero accedió a ver el vídeo.
En cuanto visualizó los primeros segundos, el móvil estuvo a punto de caerse de sus manos.
Las rodillas le flaquearon y tuvo que sentarse en un taburete de la barra de la cocina para no caer al suelo.
Aparecía ella en una sesión de shibari , la cual recordaba a la perfección.
Se había prestado a ello por curiosidad, un día que visitó un local de BDSM y Swinger con alguien a quien consideraba de extrema confianza.
Por suerte, su cara aparecía tapada por una máscara blanca, y lo único reconocible del cuerpo era el colorido tatuaje en forma de dragón chino que tenía en el muslo derecho y que iba desde la cadera hasta el cuádriceps.
Su cuerpo, desnudo, aparecía colgado por completo de un gancho que estaba en el techo y del cual surgían varias cuerdas que la ataban de forma concienzuda y segura, con las manos atadas a la espalda y los tobillos sustentados en una apertura de piernas de noventa grados; en esa posición, la braga tanga que llevaba puesta apenas tapaba lo justo de su vulva.
Sujeta de forma tan grotesca, el cuerpo giró, empujado por una mano que ella conocía.
Se la escuchaba jadear de excitación y se ruborizó al contemplar la escena.
De pronto, apareció un texto en la pantalla a modo de advertencia, o aviso. O invitación.
“ Sabemos quién eres y conocemos tus más oscuros secretos. Aléjate de lo que no te conviene ”.
En ese mismo instante, el vídeo se detuvo y apareció en pantalla una llamada entrante de Fátima.
―¡Joder, qué susto! ―exclamó en voz baja. Deslizó el botón de aceptar la llamada―. Buenos días, Fátima.
―Buenos días ―contestó su amiga―. Te aviso de que hoy no podré ir al laboratorio.
―¿Por qué? ¿Estás bien? ―La forense se extrañó y se preocupó, pues el tono de voz de Fátima parecía alterado.
―Ya te contaré ―dijo con la voz quebrada por la emoción―. Confía en mí.
―Pero…
―Es mi padre, Tania.
―¿Tu padre? ―La noticia la cogió desprevenida―. ¿Cómo que tu padre? ¿No había desaparecido antes de nacer tú?
―Ha vuelto ―afirmó Fátima. Unos segundos después, continuó―. Estoy en casa de mi madre, con los dos. Ya te contaré todo.
Sin despedirse si quiera, colgó la llamada y dejó a Tania con una sensación de estupor y confusión absoluta.
Incluso antes de despertarse del todo, había recibido tres noticias que habían supuesto diferentes choques en su estado emocional, siempre tan estoico y racional.
Primero, la aparición de una nueva víctima.
Después el vídeo en la sesión de shibari y, por último, la reaparición del padre de su mejor amiga.
Sin duda, el día había comenzado de la forma que menos imaginaba.
El hombre caminaba a duras penas, dando tumbos y apoyándose en paredes, y en cualquier objeto que lograra alcanzar con las manos temblorosas para evitar caer de bruces al suelo húmedo de la calle.
A esas horas de la madrugada no había nadie en los alrededores, salvo los barrenderos y algún repartidor tempranero, pero ninguno se fijó en él.
Le daban por un borracho más, de los que alcanzaban tal estado de embriaguez que no eran capaces de dar dos pasos seguidos en línea recta.
Sin embargo, los ojos vidriosos de Eduardo se fijaron en una cafetería que estaba abriendo sus puertas en ese momento.
Se acercó con las últimas fuerzas que le quedaban y se agarró al dueño, mientras se desplomaba en el suelo cuan largo era.
―¡Pero qué…! ―exclamó el propietario del local, que estaba terminando de subir la reja.
―Ayuda… ―balbuceó Eduardo con la voz débil.
―¡Fuera de aquí, borracho de los cojones! ―Le dio una patada y el cuerpo de Eduardo giró y acabó boca arriba sobre la acera húmeda.
―¡Papá! ―gritó una chica, que apareció por la puerta de la cafetería―. Este hombre necesita ayuda.
―Lo que necesita es irse a casa a dormir la cogorza que tiene ―porfió.
―¡Paco, mira que eres salvaje! ―dijo otra mujer, más mayor, que siguió a la joven―. Alejandra, ayúdame a meterlo dentro y le daremos un café y algo de comer, a ver si se siente mejor.
―¡Ea, ya está, la labor de buena samaritana de mi mujer! ―se indignó el hombre.
―¡Deja de protestar y hazle un bocadillo, anda! ―replicó Margarita, que así se llamaba su esposa.
Paco obedeció a regañadientes y fue hasta la cocina, mientras la mujer y su hija introducían a Eduardo en la cafetería y le ayudaban a sentarse en una silla.
Su cuerpo estaba empapado en sudor y vieron que tenía los ojos entornados.
Su respiración era acelerada y todo su cuerpo parecía estar agarrotado por una parálisis repentina.
―¡Por Dios, este hombre está ardiendo en fiebre! ―aseguró Margarita―. Llama a Emergencias, nena ―ordenó a su hija.
La chica sacó el móvil de un bolsillo trasero de su pantalón vaquero e hizo lo que su madre le había pedido. Explicó la situación a la persona que la atendió al otro lado del teléfono y colgó al cabo de un par de minutos.
―Ya viene una ambulancia y la policía ―afirmó Alejandra, que regresó a la barra para preparar el café. En ese momento apareció Paco con un bocadillo de queso fresco en un plato.
―Llévatelo, no creo que este hombre pueda comer nada ahora mismo ―comentó Margarita, que daba palmadas en la cara de Eduardo para evitar que se durmiera.
―¡Coño, me vas a volver loco! ―dijo Paco con notorio malestar.
―Viejo gruñón ―murmuró Margarita.
Mientras esperaban la llegada de la ambulancia, lo único que pudieron hacer fue colocar el cuerpo de Eduardo en el suelo y remojarle el cuello con agua fresca, pero poco más pudieron hacer por él.
De repente, su cuerpo se irguió de un salto antinatural y gritó con fuerza y con un tono gutural.
Sus ojos estaban inyectados en sangre y observó a su alrededor con una expresión aterradora que hizo que madre e hija cayeran de culo.
En ese momento, Paco se asomó por la puerta de la cocina con un paño en las manos.
―¿Qué pasa ahora? ―preguntó molesto.
Eduardo fijó su mirada en él y comenzó a correr.
Dio un salto en el aire y justo en ese momento se escuchó un disparo.
Cayó al suelo de golpe y se retorció de dolor, como si estuviera poseído por algún ente maligno.
Vociferaba expresiones ininteligibles y de su boca salía una espuma blanca.
El agente que le había disparado se acercó a él con premura y pidió a otros dos que le acompañaban para que le pusieran las esposas.
El certero disparo había impactado en el hombro derecho de Eduardo, pero no le había provocado una herida grave.
La puntería del guardia civil había evitado un fatal desenlace.
No obstante, fue el número uno en tiro cuando estuvo en la academia.
―Gracias, señor ―dijo Margarita, que se incorporó, ayudada por la mano del teniente Santos.
―No me las dé, señora. ¿Están bien? ―preguntó, a la vez que echaba una ojeada a los presentes.
―Sí, gracias a Dios ―respondió Paco, que todavía hacía esfuerzos con la vejiga para no orinarse encima.
Justo en ese momento llegó también la ambulancia y atendieron la herida de Eduardo.
Comprobaron que no era tan grave como parecía, a pesar de la cantidad de sangre que manchaba el suelo; impactaba más la escena por el color rojo que empapaba el suelo blanco, pero el cautivo todavía estaba consciente.
De hecho, José comprobó que decía frases sin sentido, pero que a él le parecieron interesantes.
Exclamó blasfemias hacia Dios y todos los santos, así como contra la Virgen; y no se dejó un solo nombre de todo el santoral que no pronunciase.
―Llevaos a este loco al hospital y mantenedlo bajo arresto ―ordenó a los sanitarios y a los otros dos guardia civiles―. Ya le interrogaré mañana.
Los presentes cumplieron con las órdenes que les había dado y pronto quedó todo en completa calma. Era justo lo que el teniente esperaba, para así poder hablar con el matrimonio y su hija. Necesitaba hacerles unas preguntas que ayudaran a esclarecer lo que había pasado.
―¿Conocían a ese hombre? ―preguntó en primer lugar.
―No, era la primera vez que le veíamos ―respondió Paco.
―Cuénteme qué ha pasado, por favor ―continuó José.
Entre Margarita y Paco le contaron todo el suceso, sin olvidar ningún detalle.
Entretanto, su hija limpiaba los restos de sangre del suelo e intervenía de vez en cuando para recordar alguna cosa durante la narración.
Cuando terminaron de contar la historia, José se quedó pensativo durante unos segundos.
―Muchas gracias por su colaboración ―se limitó a decir de forma cortante, sin más explicaciones.
―¡Oiga, teniente! ―le interrumpió Paco antes de irse―. ¿Esto tiene algo que ver con lo de esos asesinatos que dicen las noticias?
―No lo creo ―fue su lacónica respuesta―. Que tengan buen día.
José abandonó la cafetería y caminó tranquilamente por la calle, pues su casa no estaba muy lejos de allí, apenas a un kilómetro.
El sol comenzaba a iluminar el cielo matutino y las vías de asfalto comenzaron a llenarse de coches, contenedores de metal mecanizados que transportaban rostros somnolientos a diferentes puntos de la ciudad.
Cada uno con sus vidas, con sus quehaceres rutinarios y aburridos.
Él los observaba pensativo, a la vez que buscaba en aquellas caras un atisbo de emoción, un leve resplandor de vida.
Pero no los encontraba, y no lo hacía por una razón.
A pesar de su atormentado corazón, la luz estaba entrando en una caverna profunda de su alma, donde guardaba sus sentimientos, y allí sólo podía entrar la imagen de Fátima.
Entretanto pensaba en ella, y en el descanso que se había ganado tras una noche de guardia, el teléfono sonó y lo sacó del bolsillo de su chaquetón de color verde oliva. En la pantalla apareció el nombre de Tania, y se extrañó al recibir su llamada tan temprano.
―Buenos días ―contestó mientras bostezaba―. ¿Ya te ha llegado el cuerpo?
―Sí, lo tengo aquí ―respondió ella sin devolver el saludo―. Es otra víctima de ese Vákner.
―¿Cómo? ―Automáticamente sus sentidos volvieron a ponerse en alerta y la somnolencia desapareció de golpe.
―Me lo han traído hace unos minutos ―continuó Tania―. Deberías venir a verlo.
―Voy para allá. ―Colgó el teléfono sin despedirse y buscó un taxi con desesperación. Tardó apenas cinco minutos en parar a uno que estaba libre.
Mientras realizaba el trayecto hasta las dependencias forenses, sopesó la posibilidad de que Eduardo fuera el asesino que estaban buscando, pero no le cuadraba que fuera él.
Era un hombre alto, cierto, pero tenía una actitud errática y el matrimonio había dicho que le encontraron desorientado y en un proceso febril y débil.
Entonces, ¿a qué se debió el ataque a Paco?
Preguntas como esta surcaban su cabeza, pero no encontraba una respuesta lógica.
Podría tratarse de algún demente, que al leer la noticia de los asesinatos y supuestos ataques de lobos, se le fuera la olla con el asunto.
También podría ser que estuviera drogado y tuviera un ataque de histeria violenta.
Eso lo determinaría el análisis toxicológico que le harían en el hospital.
De cualquier forma, tenía claro que Eduardo no podría ser el asesino que estaba buscando.