PESADILLAS REALES Y SUEÑOS CUMPLIDOS
Casi eran las dos de la madrugada y Yago estaba deseando llegar a Vigo para completar el segundo viaje que daba esa semana desde Madrid hasta la ciudad costera, donde recogía cada día pescado y marisco fresco para llevarlo hasta la capital de España.
Para colmo, ese último viaje le había obligado a pasar también por A Coruña para recoger pales nuevos y llevarlos hasta el almacén de la empresa para la que trabajaba.
Por suerte, ese trayecto adicional le iba a reportar sesenta euros más y un día libre adicional. No era un mal trato.
Lo que no soportaba de esos trayectos era la lluvia, incesante, y a veces torrencial, que caía desde un techo de nubes oscuras que no dejaban espacio para ver una mísera estrella.
Por si eso fuera poco, también hacía mucho viento, por lo que conducir un tráiler de gran tamaño, con un remolque pesado, era bastante complicado en esas condiciones.
Era difícil controlarlo sobre todo cuando pasaba sobre puentes, que le dejaban al descubierto y en los que la fuerza del viento empujaba el contenedor de tal manera que él tenía que hacer malabarismos con el volante para no derrapar y acabar volcando o, peor aún, despeñándose por el borde hasta fondos que no podía ver.
De todas formas era un conductor experimentado y estaba acostumbrado a este tipo de situaciones, las cuales había vivido en multitud de ocasiones en su dilatada carrera.
De hecho, apenas le quedaban unos pocos años para jubilarse y no pensaba en otra cosa que disfrutar de una temporada de vacaciones en las Islas Cíes o navegar por el Mar Cantábrico, ya que había nacido en Santander y se había criado a la vera del océano.
Mientras pensaba en ello, acompañado de la música de una banda de heavy metal de los años ochenta llamada Fastaway , vio que algo salió de entre la profunda arboleda que rodeaba la carretera.
Fua una sombra furtiva, instantánea, que apareció y desapareció a una velocidad que ningún animal era capaz de alcanzar.
Notó un impacto en la parte delantera derecha, así que dio un frenazo en seco y estuvo unos segundos en estado de shock, pues no sabía si había atropellado a un animal de grandes dimensiones y había provocado daños en el frontal del camión.
―¡Me cago en sus muertos! ―exclamó, presa aún de la excitación―. ¿Qué coño era eso? ―Echó el freno de mano y se despojó del cinturón de seguridad con dificultad, pues el aribag había saltado y le dificultaba el movimiento dentro de la cabina―. Parecía un oso enorme.
«Espero no haberlo matado», pensó mientras se apeaba del vehículo.
Se acercó a la parte delantera y no vio a ningún animal, ni marcas de sangre; tan sólo había una notable abolladura en el flanco derecho, donde el faro delantero también apareció roto.
«¡Joder, menudo desastre!», reflexionó con indignación.
Palpó los fragmentos rotos del cristal de la luz y maldijo su mala suerte varias veces con improperios de diferente tipo.
―Justo cuando apenas me quedaban diez kilómetros para llegar a Santiago, va y me pasa esto ―murmuró.
En ese preciso momento, una sombra pasó a toda velocidad al otro lado del camión y se metió entre la maleza. Confuso y asustado, avanzó dos pasos.
―¿Qué cojones era eso? ―dijo en voz baja―. Un oso no se mueve tan rápido, y menos si está herido.
Se atrevió a dar un par de pasos más y llegó hasta el otro lado del camión, donde la otra luz sí funcionaba y le permitía distinguir mejor lo que había a su alrededor.
De hecho, se atrevió a dar la vuelta completa alrededor del tráiler, pero no encontró nada, ni una muestra de haber atropellado a un animal.
Al comprobar que los únicos desperfectos se habían producido en la parte delantera, decidió regresar a la cabina para continuar la marcha.
«Sea lo que sea, estará asustado y se habrá adentrado en el bosque», supuso..
Todo parecía estar tranquilo, salvo por la acuciante lluvia y el fuerte viento.
Se giró y comenzó a caminar para volver al interior, pero no llegó a su destino.
A sus espaldas, un ser de pesadilla saltó sobre él, gruñendo con ferocidad.
Apenas le dio tiempo a volverse para ver qué le atacaba, y lo que vieron sus ojos le dejó helado de terror.
No tuvo tiempo de defenderse, ni tan siquiera de intentarlo.
Unas fauces lobunas se ciñeron sobre su pecho y comenzaron a rasgar la piel, a la vez que notaba como el esternón se partía en dos y las costillas quedaban aplastadas contra los pulmones, impidiéndole respirar.
Comenzó a soltar esputos sanguinolentos por la boca y su cerebro apenas fue capaz de sentir cómo unas amplias garras le arrancaban las tripas y le seccionaban la vena femoral.
Después de eso, su mente se apagó para siempre.
Lo último que surcó sus recuerdos era un mar cristalino y unas islas paradisíacas. Las playas de las Islas Cíes.
El teléfono móvil sonó varias veces, mientras Fátima se daba una ducha.
Era muy temprano y todavía no había salido el sol, por lo que se preguntó quién tendría tanta prisa por contactar con ella.
Se colocó una toalla alrededor del cuerpo y fue a coger el terminal para contestar.
Por un momento se preocupó de los vecinos y las molestias que les habría ocasionado la insistencia de aquella llamada.
Ni siquiera le dio tiempo de ver quién era, pues descolgó sobre la marcha.
―¿Dígame? ―dijo con un tono molesto.
―Fátima, tienes que venir ahora mismo.
―¿Mamá? ―Se sorprendió al escuchar a Concha a esas horas―. Son las seis y media de la mañana. ¿Qué ha pasado?
―Hazme caso, por favor ―la apremió su madre―. Debes venir ya.
―¿Estás bien? ―Fátima comenzó a preocuparse.
―Sí, sí, estoy bien… ―titubeó unos segundos―. Sí, estoy bien, pero ven cuanto antes.
―Pero… ―La periodista estaba asustada y no entendía por qué su madre reclamaba su presencia con tanta premura.
―Fátima, tu padre está aquí ―la interrumpió Concha.
La joven se quedó en silencio y no supo qué decir ante tal afirmación.
La figura paterna era algo a lo que había sido totalmente ajena durante toda su vida.
Sólo sabía que él las había abandonado antes de nacer y que durante un tiempo le habían dado por muerto, pero no sabía nada más.
Su madre jamás le habló de la carta que recibió de él tras la desapareción, por lo que siempre quedaron dudas sin responder en la mente de Fátima.
Nunca había visto una foto suya, ni tampoco había escuchado a su madre hablar de él más de lo necesario.
Pero ahora estaba en casa, después de casi veintiocho años, había reaparecido.
Sintió un sinfín de emociones que no supo identificar, pero que iban desde la alegría hasta la rabia y la indignación.
―Ya voy… ―fue su escueta y vaga respuesta.
Terminó de ducharse y arreglarse, pero su mente estaba totalmente ausente y realizó tales tareas de forma automática, como si fuera un robot.
El mero hecho de prepararse para salir de casa lo hacía como si fuera una autómata, de forma inconsciente; ni siquiera se dio cuenta de que se había puesto las bragas al revés y los calcetines en pies diferentes.
Por último, cogió el bolso y las llaves, y salió de casa con el suficiente tino como para cerrar con llave y activar la alarma.
Mientras bajaba al garaje, sus pensamientos volaron hasta José y la relación que estaban iniciando.
Tendría que explicarle que debía irse de la ciudad unos días, desaparecer, mientras iba en busca de las respuestas que se le habían escapado durante tantos años.
Él lo entendería, estaba segura de ello.
La carretera estaba empapada y el viento soplaba con fuerza.
La lluvia no dejaba de caer sobre la ciudad, pero a ella no le importaba en absoluto.
El control de inteligencia artificial del coche estaba preparado para esas situaciones y dominaba cada aspecto del vehículo para evitar derrapes o deslizamientos sobre la calzada.
Para recuperar algo de sensación de realidad decidió conectar una playlist de su cuenta de Spotify.
Se trataba de una recopilación de música variada de los años ochenta, y la primera canción que sonó fue Strangers by night , de C.C.
Catch. Acompañada de la cantante alemana, aparte de otros mitos como Cindy Lauper, Modern Talking, Ultravox o Depeche Mode, alcanzó la autovía que la llevaría hasta A Ribeira de Maio.
En su cabeza se amontonaron los recuerdos vividos con Concha, pues fue ella la que le inculcó ese amor por todo lo relacionado con la década ochentera, desde la música hasta los libros, pasando por el cine o los juegos de mesa.
En ninguno de ellos había un hombre presente, salvo los que aparecían en las revistas que ella compraba y en las que regalaban pegatinas de los ídolos del momento.
Recordaba rebuscar en un baúl que su madre tenía en el trastero y en el que había multitud de cosas que tenían referencia con aquella época: un walkman que todavía funcionaba, varias revistas Superpop , otro montón de pósters de músicos y estrellas de cine, y hasta ropa y bisutería que su madre solía ponerse para salir de fiesta por las noches.
Pero, entre tantas cosas, nunca vio una foto de su padre, ni un solo recuerdo suyo.
Era como si nunca hubiera existido en la vida de ambas.
Entretanto recorría los kilómetros que la separaban de la casa de su madre, recordó que esa mañana debía estar antes de las ocho de la mañana en el departamento forense, junto a su amiga Tania.
Sin embargo, muy a su pesar, esa mañana no tenía intención de regresar a Santiiago.
Sabía que quedaban detalles por determinar de las pruebas que había encontrado con José, por lo que comenzaba a ver algo de luz en aquel asunto tan misterioso.
Al fin sabían algo más de la identidad del asesino, y quería preparar algún adelanto para escribir un artículo para el periódico que mejor le pagara la exclusiva.
Pero todo eso debía esperar, al menos por ahora.
Tardó casi cuarenta minutos en llegar hasta su destino.
Cuando aparcó delante de la casa de su madre paró el motor y respiró hondo.
Ahora, más consciente del momento crucial al que iba a enfrentarse, sopesó las consecuencias de lo que estaba a punto de descubrir.
Iba a conocer a Alfonso Pontes, su padre.
El hombre que había sido un misterio para ella durante todos esos años.
El día comenzaba a despuntar en el horizonte oriental y el cielo parecía algo más despejado.
Se apeó del coche. La lluvia había dejado de arreciar, pero el viento continuaba soplando de forma insistente, a la vez que provocaba sonidos lúgubres y macabros cuando rozaba con esquinas, postes de madera o cualquier objeto que encontraba en su trayectoria.
Justo en el momento que estaba a punto de tocar el timbre, su móvil sonó y maldijo a quién se atrevía a molestarla en un momento tan trascendental de su vida.
Observó la pantalla y vio que era Tania.
«Espera, amiga. Esto es más importante», pensó antes de rechazar la llamada.
Apagó y guardó el teléfono y tocó el timbre.
Los segundos que pasaron entre la llamada a la puerta y que ésta se abriera fueron más largos de lo que ella había experimentado jamás.
Cada paso de la aguja del segundero parecía una década, una centuria…
un milenio completo. Hasta que la madera cedió a la acción del picaporte y una rendija se fue abriendo lentamente ante sus ojos expectantes.
Cuando vio quién le había abierto, sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
Cualquier reflexión previa desapareció de su mente.
Cualquier sentimiento que hubiera experimentado en esos veintiocho años carecía de importancia.
Cualquier idea que hubiera tenido sobre su padre se esfumó de repente.
Delante de ella, como un sueño hecho realidad, vio por primera vez el rostro de Alfonso.