PASIONES DESBORDADAS #2
Fátima se removió entre las sábanas, soltando un leve suspiro entre sueños, y se apegó aún más al costado del teniente, buscando su calor de manera inconsciente.
José la cubrió con la colcha hasta los hombros, depositando un beso efímero y suave sobre sus revueltos cabellos de fuego.
La fragancia a limpio y a intimidad que flotaba en el dormitorio parecía haber desterrado, al menos por esa noche, el olor a cervezas y a muerte que solía perseguirlo en sus jornadas infernales.
El teniente Santos se recostó de nuevo, entrelazando sus dedos con los de la joven.
Sabía que al amanecer la realidad volvería a imponerse con su habitual crudeza, que los teléfonos sonarían y que tendrían que regresar a la morgue a enfrentarse con los restos de una brutalidad inexplicable.
Pero mientras la tormenta terminaba de morir en el exterior del chalé, José se permitió el lujo de cerrar los ojos y abandonarse, sin oponer resistencia, a un sueño profundo, desprovisto de las habituales pesadillas que habían tiranizado sus noches durante los últimos años.
Mientras la paz efímera e íntima cobijaba a los dos amantes en la periferia, el destino movía hilos mucho más oscuros y ancestrales en la capital de la provincia.
A algunos kilómetros de allí, en la histórica, húmeda y perennemente lluviosa ciudad de Santiago de Compostela, otro engranaje fundamental de la misma tragedia comenzaba a deslizarse en las sombras de la noche.
Salvador llegó a la ciudad gallega justo al caer la noche, cuando las farolas empezaban a emitir su tenue luz, reflejándose en las piedras milenarias engalanadas por la humedad.
La característica niebla compostelana flotaba espesa entre las agujas góticas de la catedral y se arrastraba de manera fantasmal por las losas de la zona vieja, tiñendo el ambiente de un misticismo religioso.
Sin embargo, el exparacaidista evitó con frialdad profesional adentrarse en el bullicioso centro urbano.
Siguiendo al pie de la letra las instrucciones precisas e inequívocas que había recibido pocas horas antes a través del teléfono satelital encriptado, desvió su pesado todoterreno negro hacia las afueras de la urbe, dejando atrás el murmullo de los peregrinos rezagados y los grupos de estudiantes que abarrotaban las tabernas en busca del estado de embriaguez que les alejase de los apuntes y noches de estudio.
El punto de encuentro fijado no era un lugar común.
Se trataba de un restaurante rústico, aislado y convenientemente apartado de las rutas transitadas, oculto tras una densa y vieja hilera de castaños centenarios, cuyas ramas desnudas se retorcían bajo la llovizna.
El cartel de madera desgastada del establecimiento chirriaba levemente, mecido por las ráfagas de un viento helado.
Salvador estacionó el vehículo en la zona más oscura y deshabitada del aparcamiento de tierra, ahora embarrado, apagó el motor y se tomó un segundo de rigurosa disciplina militar para verificar el funcionamiento de la Glock de plata que llevaba oculta bajo su cazadora verde oliva.
Tras ajustar el arma a su costado, bajó del habitáculo.
Con paso firme, pero lento y cauteloso, y con las botas Dr. Martens resonando con un eco seco sobre la madera carcomida del porche, empujó la pesada puerta del establecimiento para adentrarse en el calor del local.
El restaurante estaba casi vacío, desprovisto del bullicio habitual de las cenas, sumido en un silencio que solo rompía el chisporroteo de una chimenea moribunda.
En una mesa del fondo, estratégicamente resguardada por la penumbra protectora de un reservado de piedra, se encontraba sentado un hombre de avanzada edad.
Vestía un traje oscuro de corte impecable, de una elegancia severa que contrastaba de manera notable con los muros de mampostería del lugar.
Ante él, sobre el mantel de lino grueso, descansaba una botella de vino Albariño aún sin abrir y dos copas de cristal que reflejaban la luz trémula de las velas.
Salvador lo reconoció al instante por la rigidez de su postura y por una mirada felina, fría y calculadora que se fijó en él en cuanto entró; se encontraba, por primera vez en su vida, frente a frente con el líder supremo de la Orden de los Caballeros de San Miguel Arcángel.
—Siéntate, ejecutor —dijo el anciano, rompiendo el silencio con una voz desprovista de cualquier atisbo de emoción humana, la misma modulación monocorde y autoritaria que Salvador solo había escuchado hasta ese momento a través de la estática distorsionada de la línea digital encriptada.
Salvador tomó asiento enfrente de él sin pronunciar palabra, manteniendo la espalda completamente recta y toda su atención alerta ante el magnetismo que desprendía aquel hombre.
El líder de la orden, que mantuvo en todo momento el contacto visual, procedió a descorchar la botella y sirvió el vino en ambas copas con un pulso asombrosamente firme.
—Es la primera vez que nos vemos las caras en persona, Salvador —continuó el anciano, fijando sus ojos penetrantes y gélidos en el veterano soldado—.
Pero los tiempos han cambiado y exigen de manera imperativa que la cadena de mando se acorte al mínimo.
El Vákner está completamente desatado en los montes, cobrándose vidas, y la Guardia Civil, a través de las investigaciones de ese persistente teniente Santos, está estrechando el cerco sobre el terreno mucho más rápido de lo que habíamos previsto en nuestros cálculos iniciales.
—Estoy listo para el despliegue inmediato en la zona de exclusión, señor —respondió Salvador con su habitual voz grave y decidida—. Todo está preparado en mi vehículo.
El líder de la orden asintió levemente, pero su rostro, surcado por las arrugas de toda una vida dedicada a guardar secretos prohibidos, se ensombreció aún más bajo la luz parpadeante de los candiles.
Apoyó los antebrazos sobre la mesa de madera y se inclinó hacia delante, reduciendo la distancia entre ambos para hablar en un susurro cargado de gravedad.
—Hay algo de extrema importancia que no te mencioné por la línea encriptada, Salvador.
Mis sospechas e inquietudes en este asunto van mucho más allá de un simple despertar cíclico de la bestia.
Sospecho firmemente de una persona en particular.
Un hombre que estuvo cazando activamente en estos mismos montes gallegos hace muchos años.
Salvador frunció el ceño con extrañeza, mientras tocaba de forma insconsciente con la yema del dedo la vieja cicatriz que dividía su ceja izquierda.
—¿Un cazador? ¿Se trata de un antiguo miembro de la Orden?
—No —dictaminó el anciano con una severidad que cortaba el aire—.
Es un hombre cuyo paradero exacto desconozco en este momento, pero que todas mis fuentes de inteligencia sitúan ahora mismo desplazándose por esta misma zona geográfica.
Es un viejo desafío, Salvador, una sombra del pasado que llevo décadas persiguiendo sin descanso.
Una cuenta pendiente de extrema gravedad que se remonta de manera directa a los incidentes heréticos que la Iglesia y nuestra propia organización tuvieron que enterrar con sangre en el pasado.
Se trata de alguien que conoce a la perfección los secretos más oscuros de la línea de sangre del Vákner, y tengo razones para creer que podría ser la criatura en sí mismo.
El exmilitar asimiló la revelación con un silencio sepulcral, sintiendo cómo los parámetros de la misión cambiaban de golpe, mientras adquirían una dimensión humana, turbia y peligrosa que iba mucho más allá de rastrear y abatir a una bestia salvaje en mitad de la maleza.
—¿Cuáles son las órdenes precisas si doy con él en el bosque? —preguntó Salvador, demostrando el pulso de acero y la falta de escrúpulos que lo habían convertido en el ejecutor predilecto de la organización. El mismo que había matado a brujas, vampiros y urcos en los últimos años.
El líder de la Orden tomó su copa con parsimonia, miró fijamente el líquido que reflejaba la luz de las velas y sentenció con frialdad absoluta:
—El secreto de la Orden es el secreto de la supervivencia de la humanidad. Si ese hombre se interpone de cualquier manera, elimínalo sin vacilar. Que la espada corte la sombra, ejecutor.
—Y la espada corte la sombra —repitió Salvador de manera ritual, apurando el vino de un solo trago largo, mientras en su mente de estratega ya comenzaba a trazar el mapa táctico de una cacería que, de manera imprevista, acababa de volverse profundamente personal.