Vákner: Aullidos en el Camino de Santiago PASIONES DESBORDADAS
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PASIONES DESBORDADAS

El trayecto en el Peugeot oficial se realizó en un silencio denso, que se rompía únicamente por el violento chirrido de los limpiaparabrisas contra el cristal delantero, lo que indicaba que necesitaban un cambio en breve.

La tormenta rugía fuera con la fuerza de un océano que parecía litigar constantemente contra las tierras gallegas, pero en el interior del habitáculo el aire se había vuelto cálido, pesado, impregnado del aroma a lluvia, cuero viejo y ese rastro sutil de lavanda que desprendía Fátima.

Las luces del cuadro de mandos proyectaban un fulgor verdoso sobre el perfil afilado de José, cuyas manos se aferraban al volante con una tensión que iba mucho más allá de la precaución vial.

A su lado, Fátima, con la mirada perdida en las ráfagas de agua que devoraban la carretera, mantenía una respiración pausada, aunque el temblor imperceptible de sus dedos delataba el tumulto de sentimientos que llevaba por dentro.

Al llegar al chalé adosado de José, situado en una urbanización periférica donde los árboles parecían doblegarse ante el castigo del viento, el teniente detuvo el vehículo.

Apagó el motor y, por un instante, el rugido de la tormenta se adueñó por completo del espacio.

Se miraron de reojo, compartiendo una complicidad tácita que no necesitaba de verborrea.

Salieron apresuradamente, protegiéndose como pudieron con las chaquetas, y cruzaron el pequeño jardín delantero, mientras las gruesas gotas de lluvia les golpeaban el rostro.

En cuanto la pesada puerta de madera del chalé se cerró tras ellos y José echó el cerrojo, el estruendo del exterior quedó amortiguado, convertido en un lamento lejano, que fue sustituido de inmediato por el eco acompasado de sus propias respiraciones.

La casa estaba sumida en una penumbra sepulcral, iluminada únicamente por los destellos grises y plomizos que se filtraban a través de los amplios ventanales del salón.

El olor del inmueble era el de un hombre que vivía solo: una mezcla de café frío, ropa sucia y la madera vieja de los muebles.

Fátima se quitó el abrigo empapado con movimientos lentos, revelando la silueta de sus hombros, y José lo tomó para llevarlo al tendedero con un cuidado casi ceremonial, el mismo sitio en el que también dejó la chaqueta verde del uniforme.

Cuando regresó, el espacio entre los dos pareció contraerse de golpe, reduciéndose a escasos centímetros.

La luz metálica y mortecina de la tarde perfilaba el rostro de la joven ayudante de la forense, resaltando el verde intenso de sus ojos, que miraban al teniente con una mezcla magnética de osadía, vulnerabilidad y una expectación que ya no admitía simulacros.

—Fátima… —murmuró José. Su voz, habitualmente firme y acostumbrada a dictar órdenes en los cuarteles, sonó rota, quebrada por el peso de la tensión acumulada durante una jornada donde la muerte les había mostrado su más cruel cara.

No hubo necesidad de articular más palabras, las explicaciones racionales pertenecían al mundo exterior, a ese mundo que se ahogaba bajo el diluvio y en el que una bestia antediluviana estaba al acecho.

El magnetismo salvaje que los había envuelto desde su primer encuentro aquella mañana en la morgue, esa corriente estática que se alimentaba del horror compartido y de una soledad idéntica, estalló en un impulso irrefrenable.

José dio un paso al frente y rodeó la cintura de Fátima con sus brazos, atrayéndola hacia su cuerpo con una firmeza que buscaba un ancla en mitad de la tempestad.

Ella no dudó. Respondió al instante, enredando sus dedos en el cabello entrecano del teniente, alzándose sobre las puntas de los pies para ir al encuentro de sus labios.

El beso comenzó con un impulso salvaje. Era un desahogo ciego de dos almas que habían anhelado la llegada de ese momento desde hacía semanas, un grito de rebeldía contra la muerte y el horror absoluto que los rodeaba en sus rutinas profesionales.

Sus bocas se encontraron con avidez, devorándose mutuamente con un romanticismo feroz, un pacto de sangre invisible que buscaba borrar de un plumazo el pasado doloroso, las pérdidas no digeridas y las incertidumbres del presente.

La lengua de José recorrió la de Fátima con una calidez ardiente, abrasadora, provocando un gemido ahogado y trémulo en la garganta de la joven, quien pegó su cuerpo por completo al firme y ancho torso del oficial, buscando fundirse con él, desaparecer en su fuerza.

Con movimientos pausados pero cargados de un erotismo latente y opresivo, José comenzó a guiarla por el pasillo en penumbra hacia la parte más privada de la casa.

A cada paso que daban, las prendas de ropa mojada, que hasta hacía poco funcionaban como escudos ante el mundo, iban cayendo al suelo, abandonadas como el rastro de un despojo de sus identidades públicas.

La camisa del uniforme militar, cargada de insignias y galones que ahora carecían de todo valor, cayó al suelo junto a las prendas de Fátima, dejando paso libre a la verdad desnuda de sus cuerpos bajo la tenue y fría luz que se filtraba por la ventana del dormitorio principal.

Al cruzar el umbral del cuarto, la atmósfera cambió, volviéndose aún más íntima y densa.

Sobre las sábanas desordenadas de la cama matrimonial, un espacio donde hasta entonces solo habitaban las pesadillas recurrentes de José y sus noches de insomnio, se obró una transformación milagrosa.

La frialdad del metal de las armas, los informes forenses y los recuerdos sombríos de los cadáveres mutilados en el bosque, se evaporaron por completo ante el contacto directo de la piel suave y milagrosamente cálida de Fátima.

El teniente la recorrió despacio con sus manos, marcadas por los años de servicio, memorizando cada línea de sus generosas curvas, ascendiendo con lentitud por los muslos firmes hasta detenerse en el contorno de sus senos, los cuales acarició con una delicadeza insólita, reverencial, extraña en un hombre de su porte rudo y marcial.

Fátima arqueó la espalda sobre el colchón, entornando los ojos y entregándose por completo a ese torrente de sensaciones que amenazaba con desbordarla.

Sus manos exploraron la geografía viva y rugosa de los hombros anchos de José, deteniéndose en la vieja cicatriz que surcaba su pecho, sintiendo bajo la palma de la mano los latidos desbocados de un corazón que, tras años de letargo y rigidez, volvía a la vida con una fuerza violenta.

El erotismo puro de la escena se mezclaba de manera indisoluble con una ternura infinita; los besos ya no eran urgentes ni atropellados, sino lentos, pausados, profundos, cargados de promesas silenciosas que ninguno de los dos se atrevía a formular en voz alta.

José bajó el rostro para besar su cuello, descendiendo milímetro a milímetro por su vientre, provocando que Fátima enterrara las uñas en sus hombros mientras un escalofrío de puro placer físico y místico la recorría de la cabeza a los pies.

Cuando finalmente sus cuerpos se unieron en un solo compás, el tiempo pareció detenerse por completo dentro del chalé, ajeno a las leyes de la física y de la lógica.

Fue una danza perfecta de romanticismo maduro y pasión desbordada, un encuentro donde el dolor acumulado en las almas de ambos se disolvió por completo en el calor del contacto carnal.

Se amaron con la fuerza salvaje de quienes se saben profundamente vulnerables frente a las sombras del mundo, a la búsqueda del refugio absoluto en el cuerpo del otro mientras la tormenta, en el exterior, continuaba golpeando con una violencia inaudita los cristales del dormitorio, completamente ajena al milagro de luz y vida que se acababa de encender en mitad de la penumbra.

Mucho más tarde, cuando la oscuridad absoluta de la noche se asentó por completo sobre la región, el silencio en la habitación se volvió apacible, interrumpido solo por el murmullo decreciente de la lluvia.

Fátima dormía plácidamente, con el rostro relajado y la cabeza apoyada con total confianza sobre el pecho desnudo de José.

El teniente, manteniendo los ojos fijos en el techo que por primera vez en años ya no daba vueltas mareado por los fantasmas del alcohol, la rodeaba con un brazo protector y posesivo.

Sentía sobre su piel el aliento cálido de la joven y, en lo más profundo de su ser, experimentó una paz desconocida, la certeza de que su existencia, a pesar de los monstruos que acechaban en la espesura del bosque, volvía a tener un sentido por el cual luchar.

José estiró el brazo libre hacia la mesilla de noche, buscando a tientas el reloj que descansaba junto a un ejemplar sin terminar de leer de la novela La Sombra del Viento , de Carlos Ruiz Zafón. La esfera digital indicaba que la hora pasaba de la medianoche.

En los últimos años se había acostumbrado a la única compañía de la Glock, letal compañera de borracheras nocturnas.

El contraste entre el frío acero de la pistola y el calor humano que emanaba del cuerpo de Fátima le produjo un escalofrío sutil.

Sabía que las horas de tregua eran contadas.

El caso del Vákner, la necrosis detectada en los tejidos de las víctimas y la presión de sus superiores en la comandancia de la Guardia Civil no tardarían en reclamarlo de vuelta al frente, pero en ese instante exacto, nada de eso importaba.

Se incorporó levemente con sumo cuidado para no despertarla, mientras observaba cómo las sombras de las ramas de los árboles del jardín exterior, mecidas por el viento remanente, dibujaban formas caprichosas y fantasmagóricas sobre la pared del cuarto.

Esas formas le recordaron a los árboles de los bosques prohibidos que rodeaban los escenarios de los crímenes, lugares donde la naturaleza parecía esconder un secreto milenario y macabro.

Sin embargo, al mirar de nuevo el rostro sereno de Fátima, el peso de esos pensamientos se aligeró notablemente.