Vákner: Aullidos en el Camino de Santiago HA LLEGADO EL MOMENTO
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HA LLEGADO EL MOMENTO

Las olas no daban tregua y chocaban contra el casco del Buena Fortuna con violencia, haciendo que el barco se bamboleara de un lado para otro.

Para cualquier persona que no estuviera acostumbrada a semejantes condiciones del mar, habría sido una tortura estar en la cubierta, pero para Yago Méndez era algo habitual.

Estaba acostumbrado a la bravura del Océano Atlántico y sus constantes cambios de condiciones y por ello no sentía incomodidad alguna cuando el mar decidía mostrar su lado más salvaje.

A pesar de que la tripulación estaba habituada a semejantes inclemencias, el capitán ordenó recoger los aparejos de pesca para regresar a puerto cuanto antes, debido a la cambiante y amenzante meteorología; sólo un demente se atrevería a pelear contra la furia de A Costa Da Morte en tales circunstancias.

Yago obedeció, como el resto de sus compañeros, y pronto estuvieron poniendo rumbo a puerto.

En su cabeza había un pensamiento que llevaba tiempo dando vueltas, una voz lejana que resonaba en el templo de los recuerdos ocultos.

Le llamaba de forma constante a cumplir con algo que había temido casi toda su vida y que ahora era incapaz de controlar.

Sabía que no podría escapar al mandato de la naturaleza, así que planeó con minucioso detalle el plan que iba a llevar a cabo.

Únicamente el capitán tenía cierta información al respecto, pero la amistad y la discreción evitaron que nadie más lo supiera.

Al fin y al cabo, Yago y Arturo tenían una gran amistad, forjada durante años en alta mar.

―Así que esta va a ser la última vez que naveguemos juntos ―comentó Arturo en cuanto Yago entró en la cabina.

―Sí, no puedo demorarme más ―confirmó el veterano marinero.

―Te voy a echar de menos, lo sabes, ¿verdad?

―¡Y una mierda me vas a echar de menos! ¡Si por fin de te vas a librar de mí! ―bromeó Yago, mientras daba una palmada suave en la espalda de su amigo.

―¿A quién le echaré la culpa entonces cuando las redes salgan medio vacías? ―continuó Arturo―. Y no me digas que a Moussa, que el pobre bastante tiene con lo de su novia y ese bebé que viene en camino.

―Moussa será un buen compañero ―sonrió Yago, que echó un vistazo a popa y vio allí al senegalés, el cual llevaba varios años con ellos a bordo―. Es el mejor candidato para sustituirme.

―Él también te va a echar de menos.

―No, lo que va a echar de menos son mis platos.

―Joder, y pensar que llegó famélico de Canarias y mírale ahora, cómo ha crecido ―observó Arturo, que giró la cabeza a su vez―. Se ha hecho un hombre aquí, gracias a ti.

―Gracias a todos ―corrigió Yago.

―Vale, lo que tú digas, pero te vamos a echar de menos.

―Yo también a vosotros, pero no puedo quedarme, amigo mío.

―¿Estás seguro de lo que vas a hacer? ―preguntó el patrón―. ¿Crees que es adecuado? No sé yo si…

―Créeme, si me quedo aquí, sólo estaré postergando el momento, pero esa responsabilidad me alcanzará algún día, y ya han pasado los años. ―Yago miró a proa y observó cómo la línea de tierra se agrandaba por momentos, ocultándose y apareciendo entre el velo de las olas―. Ha llegado el momento.

―De acuerdo ―dijo Arturo, que mantenía el rumbo sujetando con firmeza el timón―. Espero que todo salga bien, viejo amigo.

Los dos se miraron con una expresión de sincero afecto y respeto, sonrieron levemente y cambiaron de tema de conversación. Pocos segundos después, Moussa apareció a toda carrera en la cabina y llevaba el móvil pegado a la oreja.

―¡Motor a toda potencia, jefe! ―gritó a pleno pulmón.

―¿Qué pasa? ―preguntó Yago, sobresaltado por la irrupción repentina del joven marinero.

―¡Susana está de parto! ―exclamó, a la vez que sus ojos se llenaban de lágrimas―. ¡Corre, joder, que voy a ser padre!

Arturo aumentó la velocidad y exigió a los motores el máximo de potencia de la que el barco pesquero era capaz, pero con cuidado de no sobrecalentar los motores. Apenas faltaban seis millas para llegar al muelle y no quería tener un percance antes de tocar tierra.

Entretanto, Yago no podía dejar de mirar el horizonte.

Se preguntaba por qué había esperado tanto tiempo para llevar a cabo el plan que tenía en mente.

Habían pasado demasiados años, habían sucedido demasiadas cosas, y había demasiadas explicaciones que dar.

La cuestión era enfrentarse a todo eso y hacerlo con inteligencia y calma, pues un paso en falso podía ser fatal, para él y para otras personas.

La visita de su hija dejó un sabor amargo en el corazón de Concha.

Era consciente de que a veces tenían diferencias y chocaban en discusiones sin sentido, pero era algo que había heredado de ella: la tozudez y el orgullo.

También tenía en cuenta que Fátima no sabía toda la verdad sobre su padre, por lo que tampoco entendía por qué su madre se comportaba de esa manera tan protectora con ella.

Sin embargo, Concha siempre tuvo presente que algún día tendría que contarle toda la verdad, por mucho dolor que le causara a su hija.

Su mente voló a una época en la que el amor y la dicha ocupaban su corazón, a pesar de las penurias de la vida que llevaba como mariscadora, labor que realizaban varias mujeres de la comarca.

Sin embargo, en esos años tenía el apoyo de su novio Alfonso, quien lo era todo para ella.

Le amaba profundamente, tanto como para ir a vivir juntos y decidir que querían formar un hogar, aunque les costase tanto sacrificio.

Además, el trabajo de pescador que él tenía no era el mejor pagado, pero era el que mejor sabía hacer y con el que era feliz.

Ambos consideraban el mar como una madre que les alimentaba, sin pedir nada a cambio.

Pasaron los meses y Concha quedó embarazada y ahí fue cuando todo cambió de repente.

Alfonso se mostraba taciturno, como si quisiera aislarse de esa responsabilidad que debía asumir.

Ella intentó hablar sobre ello en varias ocasiones, pero él esquivaba el tema con frases cortantes o, simplemente, salía por la puerta y no le daba explicaciones a Concha.

Llegaba de madrugada, casi al amanecer, tambaleándose.

Por supuesto, cuando le tocaba embarcarse, ese comportamiento errático se esfumaba y volvía a ser un hombre responsable de su vida, pero seguía sin querer saber nada de Concha y el bebé que venía en camino.

Hasta que llegó el fatal día, cuando el barco en el que iba Alfonso quedó atrapado en una tormenta y se hundió a pocas millas de la costa.

Sólo se recuperaron cuatro cadáveres, de una tripulación de once personas.

El suyo nunca fue hallado y también se le dio por muerto.

Concha quedó destrozada y estuvo semanas llevando una vida que parecía una fatídica ensoñación.

Además, a causa de su estado no podían recetarle tranquilizantes ni antidepresivos, por lo que para ella fue aún más duro tener que enfrentarse a esa situación.

Pero un día recibió una carta, justo cuando le quedaban pocas semanas para dar a luz.

El corazón le dio un vuelco al ver quién era el remitente: Alfonso Pontes Murillo.

Abrió el sobre con las manos temblorosas y leyó la misiva con los ojos encharcados en lágrimas, que emborronaban su visión.

Tuvo que hacer un ejercicio de autocontrol para poder leer el contenido.

“ Mi amada Concha.

Te escribo porque no soporto la idea de que pienses que me ahogué con el resto de compañeros del Santa Marta . Pude sobrevivir gracias al chaleco salvavidas y a que el azar me llevó hasta las costas de A Coruña. Cuando llegué allí, les dije quién era y pedí que no dijeran nada a mi familia ni a ti.

Si te preguntas por qué hice eso, es porque no podía seguir a tu lado, mi amor.

No eres consciente del destino que te esperaba si me hubiera quedado contigo, y no quería que cargaras con semejante peso sobre tus espaldas, y menos en ese estado.

De hecho, esa criatura tampoco es consciente todavía de lo que podría pasarle conmigo a su alrededor.

Por eso, amor mío, permíteme esta licencia de haberme alejado por el bien de todos. Créeme, algún día me lo agradecerás.

Te amo y siempre te amaré, mi querida Concha .”

Aquellas palabras le destrozaron el corazón y nunca entendió los verdaderos motivos que habían llevado a Alfonso a tomar esa decisión tan drástica.

De hecho, la carta había dejado más dudas que certezas en la mente de Concha, pero aprendió a vivir con eso y terminó por olvidarlo y rehacer su vida, mientras criaba a Fátima ella sola.

Por otra parte, se rumoreaba sobre unos crímenes que se habían producido en Galicia durante las semanas anteriores a la recepción de la carta y no tardó en extenderse un miedo público a caminar por las calles después de la puesta del sol.

Toda la región se sumió en una sensación de pánico, lo que acrecentó las inseguridades de Concha en aquella época.

De aquello hacía ya casi veintiocho años y nunca encontraron al responsable de los asesinatos, a pesar de que se hizo todo un despligue de medios policiales para atraparlo.

De pronto, los crímenes cesaron a finales de ese mismo año 2000 y nadie encontró una explicación plausible.

Tan solo en círculos conspiranoicos se hablaba de que el proceso se repetía cada año xacobeo, es decir, cada veintiocho años exactos.

De repente, mientras esos recuerdos seguían danzando en su cabeza, un ruido estridente la sacó del rincón de la memoria y la devolvió a la realidad.

El sonido del timbre la cogió desprevenida y se sobresaltó.

El plato que estaba secando se desprendió de sus manos y cayó al suelo, rompiéndose en decenas de pedazos que provocaron un estruendo que resonó en toda la casa.

No esperaba ninguna visita, salvo que Fátima hubiera regresado para disculparse por lo sucedido el día anterior.

El timbre volvió a sonar  de forma insistente, así que pasó por encima de los fragmentos del plato roto y fue lo más aprisa que pudo hasta la puerta.

―¡Espera, carallo! ―gritó para hacerse oír desde el otro lado de la puerta.

El timbre no volvió a sonar y ella se secó las manos en el mandil antes de agarrar el picaporte para abrir.

Justo en el momento en el que vio a quién tenía delante, el corazón le dio un vuelco y estuvo a punto de desmayarse.

Se agarró al marco para no desplomarse y las lágrimas no tardaron en asomarse al balcón de sus párpados.

―Hola, Conchita ―dijo Alfonso, a la vez que una tímida sonrisa se dibujaba en sus labios.

Ella no supo qué contestar ni cómo reaccionar. Tan sólo se quedó mirándole durante más de un minuto. Habían pasado muchos años desde que había desaparecido de su vida. Un torbellino de emociones se adueñaron de su mente y buscaba la forma de dejarlas salir en tropel, sin filtros.

―¡Me cago en tus muertos! ―Fue lo primero que salió de su boca.

―Yo también me alegro de verte ―respondió él con sorna―. ¿Puedo pasar o prefieres que me vaya?

―¡Debería matarte a bofetones! ―continuó con los improperios.

―Lo siento… ―confesó Alfonso―. Yo…

―No me vengas ahora con monsergas, anda ―le interrumpió―. Entra y hablaremos con calma, si es que consigo calmarme.

Alfonso hizo caso de la invitación y accedió al recibidor, cargado con un petate de gran tamaño que parecía pesar bastante.

Ella le invitó a continuar hasta el salón, se sentaron en dos sofás diferentes y él se quedó mirando a una mesita central, en la cual había varios marcos con fotos.

Cogió una de ellas y la observó detenidamente.

―¿Es ella? ―preguntó a Concha, sin levantar la mirada de la imagen.

―Es nuestra nena, Fátima le puse, como tú querías ―respondió ella, que volvió a emocionarse―. Vive en Santiago.

―Es toda una mujer ya, y muy guapa ―comentó Alfonso, dejando el marco de nuevo sobre la mesa.

―¿Cómo me has encontrado? ―le preguntó, que hasta ese momento no había caído en ese detalle.

―Pasé por la lonja y la cofradía de mariscadoras y pregunté por ti, y tu amiga Pepa me dio tu dirección ―respondió.

―¿Todavía está trabajando allí?

―Ya sabes cómo es esa mujer.

―Es verdad, siempre dijo que a ella la tenían que matar para alejarse del mar ―dijo, a la vez que una sonrisa aparecía en sus labios al recordar los tiempos en los que trabajaron juntas―. ¿Y por qué has vuelto?

―Ya sabes por qué ―respondió Alfonso.

―No, no lo sé.

―Sí que lo sabes, pero sigues negando la verdad.

―Es tu verdad, no la mía. ―Concha se levantó y se dirigió a la cocina―. ¿Quieres un café?

―Sí, por favor. ―Alfonso la siguió―. Sabíamos que este momento llegaría algún día, por eso me alejé de vosotras.

―Pues podrías haber seguido perdido, si así te sentías mejor ―le recriminó ella.

―Esta vez no, Concha. ―Se acercó a ella y agarró su mano izquierda para girarla y mirarla a los ojos―. Ha llegado el momento.

Ella no dijo nada y simplemente cruzaron un silencio que lo decía todo, pues ambos sabían a qué se refería con esa frase.

Había llegado la hora de poner las cartas sobre la mesa y que toda la verdad saliera a la luz, por muy dolorosa que fuera.

La cuestión que surcaba la mente de Concha en esos momentos era si Fátima sería capaz de aceptarlo.