Vákner: Aullidos en el Camino de Santiago VISITA INESPERADA
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VISITA INESPERADA

Habían pasado dos días desde que Fátima y José habían encontrado las nuevas pistas y se las habían llevado a Tania para que las analizara.

Esta vez, la forense las había guardado en la caja fuerte para evitar que fueran sustraídas de nuevo.

Los resultados del laboratorio llegaron al día siguiente y fueron concluyentes con un dato inquietante: los restos pertenecían a un lobo, pero de una raza que no se conocía y que no estaba emparentada con el lobo ibérico, tan común por la zona norte de España.

Como era de esperar, la noticia impactó por completo en la investigación y también en la propia Fátima.

José había quedado con ella para ese mismo día, pero el giro de los acontecimientos le había obligado a quedarse en la comandancia.

Para colmo, el teniente también esperaba la llegada de la brigada de investigación que venía de Madrid, y que llegarían a media tarde.

Dado el cambio de planes, Fátima tomó una decisión que hacía tiempo que llevaba posponiendo, que era visitar a su madre.

Concha, que así se llamaba su progenitora, vivía en A Ribeira de Maio, una pequeña y pintoresca aldea que estaba enclavada a orillas del río Ulla.

Se había establecido allí desde hacía unos años, cuando Fátima se marchó a la universidad.

Desde entonces, pocas eran las veces en las que la joven visitaba a su madre, más por obsesión por el trabajo que por desapego emocional con ella.

Es más, tenían un vínculo muy profundo que nunca pudo explicar, como si algo las uniera más allá de la relación materno-filial que tenían.

La distancia entre Santiago y el pueblo no era excesiva, pero llovía a cántaros y Fátima tuvo mucho cuidado de no derrapar entre el amasijo de curvas del último tramo de la carretera comarcal.

Deseaba llegar cuanto antes para tomarse un café caliente y hablar largo y tendido con su madre, pues tenía muchas cosas que contarle, sobre todo la nueva ilusión que había llegado a su vida: el teniente José Santos.

En cuanto llegó, metió el vehículo en la cochera adyacente a la vivienda y subió al pórtico a todo correr, aunque de todas formas se empapó por la tremenda tormenta que caía en la zona.

Tocó el timbre y esperó a que su madre le abriera la puerta, mientras se sacudía como un perro callejero.

Sus cabellos se encresparon por la humedad, y parecía tener la melena de un león, pero con tirabuzones.

Aunque tenía llave, prefería siempre esperar a que su madre respondiera; no la había avisado de la visita y quería darle una sorpresa.

―¡Hola, madre! ―saludó Fátima a Concha, en cuanto ésta abrió la puerta.

―¡ Meu Deus, miña nena ! ―exclamó Concha en gallego cuando la vio allí―. ¡Qué alegría tan grande verte por aquí! ―La abrazó con efusividad, sin importarle que estuviera con la ropa mojada―. Pasa, pasa, y quítate esa ropa. Iré a buscarte algo de ropa seca en tu antiguo armario.

A Fátima no le dio tiempo de decir nada, salvo un leve «gracias», a la vez que su madre se adentraba en la casa y la escuchaba rebuscando entre baldas y cajones.

Finalmente apareció con un chándal de color gris verdoso, que Fátima usó cuando era apenas una adolescente.

Aun así, todavía podía ponérselo, al igual que unas bragas ―de dudoso gusto― y un sostén.

Con el atuendo adecuado y seco, pudo encontrar el momento para entablar la conversación con su madre.

―¿Quieres un café? ―preguntó Concha, mientras se metía en la cocina.

―Sí, gracias ―respondo Fátima, que la siguió y se sentó en un taburete que estaba emplazado al lado de una barra de granito que dividía el comedor y la cocina―. Quería contarte una cosa y saber tu opinión.

―¿Es sobre un chico? ―adivinó su madre, sin girarse a mirarla.

―¿Cómo lo sabes? ―Era una pregunta retórica, ya que sabía qué iba a responder.

―Siempre que me pides opinión para algo, es porque hay un chico de por medio.

―Pues sí, es por un chico. ―Fátima se acomodó en el taburete y bebió un sorbo de café que su madre le había servido previamente, justo como a ella le gustaba: con un poco de leche y un terrón de azúcar―. Bueno, más bien de chico tiene poco ―rubricó.

―¿Es mayor? ―preguntó Concha, que se giró hacia ella, extrañada.

―A ver, tiene cuarenta y ocho años y es guardia civil. Teniente, para más señas.

―¿Un guardia civil en la edad madura? ―Concha volvió a sus quehaceres culinarios, a la vez que un mohín de disgusto cruzaba su cara.

―Es una buena persona, mamá ―afirmó la joven―. Ha pasado momentos muy duros y es muy atento y amable conmigo.

―Ese hombre se está ahogando y tú quieres salvarle ―porfió Concha―.

Entiendo que te sientas atraída por él, a mí me pasó igual con tu padre, por eso te advierto que será mejor que te alejes de él.

Esa relación va a hacerte mucho daño, te lo advierto.

―Al mismo tiempo que pronunciaba las palabras, señalaba con la punta del cuchillo a su hija.

―¿Por qué siempre me adviertes contra los hombres y los comparas con mi padre? ―Fátima odiaba esa condescendencia que mostraba su progenitora―. ¿Qué te hizo que te creó ese resquemor enfermizo hacia todo lo masculino?

―Mira nena, tu padre fue un cobarde y nos abandonó antes de que nacieras, ya lo sabes ―contestó con un tono alterado―. ¿Vamos a tener la misma conversación otra vez?

―Es que siempre me dices lo mismo, pero nunca he sabido sus razones para marcharse, o qué pasó en realidad ―protestó Fátima.

―Te lo he dicho mil veces. Me quedé embarazada de ti, y cuando me faltaban tres meses para dar a luz, desapareció ―repitió el mismo argumento que había sostenido siempre―.

Nadie supo a dónde fue ni si estaba vivo o muerto.

Parecía que se lo había tragado la tierra. Así que, por favor, dejemos el tema ya.

―¿Sabes? Creo que ha sido un error venir a hablar contigo de este asunto. ―Fátima se levantó del taburete y dejó el café a medias. Fue hasta el cuarto de la lavadora y metió la ropa mojada en una bolsa de plástico.

―¡Te lo advierto, nena, no debes enamorarte de ese hombre! ―le gritó su madre desde la cocina.

―¡Ya, ni de ese, ni de ninguno, según tú! ―le recriminó la joven.

―Fátima, escúchame… ―Pero la periodista se marchó justo en ese momento y dejó a Concha con la frase sin terminar.

Se subió al coche y se marchó de allí a toda velocidad, hastiada del instinto sobreprotector de su madre.

Le daba igual el estado del asfalto, y aceleró para llegar cuanto antes a Santiago.

Deseaba regresar a su casa, acomodarse y olvidar la conversación que acababa de tener con su progenitora.

Prefería la soledad de sus pensamientos, disfrutar de la sensación de excitación que le producía pensar en José y dejarse llevar por ensoñaciones pueriles, más propias de una adolescente enamoradiza.

Eran las cuatro de la tarde y todavía no habían llegado.

José estaba harto de esperar a los de la brigada científica que venían de Madrid.

Tenía que pasarles el testigo de la investigación y compartir con ellos toda la información que había recabado durante aquellos días, en los cuales había más dudas que certezas, a causa de las pruebas que había podido atesorar.

La cuestión era cómo iba a explicar que el asesino parecía ser un lobo sacado de las leyendas gallegas.

Le iban a tomar por loco, o, peor aún, por imbécil e incompetente.

En cualquier caso, sí había una prueba que demostraba que todavía conservaba la cordura: la resina oscura.

Esa prueba, que todavía estaba siendo analizada en profundad, y de manera casi clandestina, por Tania, no pensaba compartirla con nadie por el momento.

Cansado de esperar, salió de su despacho y fue hasta una máquina expendedora que había en la recepción, eligió un sándwich de atún y de otra máquina extrajo una bebida de limón, sin azúcares.

Justo cuando la lata golpeó sobre el recipiente de recogida, aparecieron cuatro hombres y dos mujeres.

Antes de que se identificaran, ya sabía quiénes eran.

―Buenas tardes, ¿es usted el teniente Santos? ―preguntó uno de ellos, al tiempo que mostraba una placa con el emblema de la policía. La pregunta era retórica, pues los galones del uniforme de José eran visibles y le identificaban.

―Buenas, sí, soy yo ―contestó, mientras abría la lata de refresco. Bebió un sorbo y sintió un pequeño pinchazo de energía―. Han tardado mucho en llegar.

―Lo siento, mi teniente, pero tuvimos que parar en Ponferrada por un problema del tren ―se disculpó el que parecía ser el cabecilla del grupo―. Soy el subinspector Ordoñez.

―Encantado. ―Estrecharon la mano y José comenzó a caminar de regreso al despacho―. Vengan conmigo, por favor. Le pondré al día de lo que hemos descubierto hasta ahora sobre los crímenes de los peregrinos.

―Ya hemos leído los informes que nos envió ayer y estamos muy sorprendidos con las conclusiones que ha sacado hasta ahora ―dijo otro de los policías.

―Me lo imagino ―fue la lacónica respuesta del teniente.

―¿En serio cree que estos crímenes son producto de ataques de una bestia de origen mitológico? ―volvió a intervenir Ordoñez.

Era un tipo alto, de más de metro noventa de estatura, delgado y en cuyo rostro había una poblada y bien cuidada barba de color castaño. Llevaba una mochila a la espalda y tenía puesta una gorra que tapaba su incipiente calvicie; en la misma estaba el escudo de la bandera española.

―Eso dicen las pruebas que hemos recopilado hasta ahora ―respondió José, bebiendo otro sorbo del refresco a continuación―. El ADN no miente, y las heridas analizadas por la forense y su ayudante, así lo atestiguan. No hay duda sobre eso. Al menos que ustedes descubran otra cosa, por supuesto.

―Sin embargo, hemos visto la grabación en la que aparece ese loco disfrazado de lobo, y este caso tiene toda la pinta de llevarnos hacia un asesino en serie ―replicó el subinspector.

―Eso mismo pensaba yo.

―¿Ha pensado que quizá esté usando garras de lobo y que se esté vistiendo con piel real de lobo? Eso explicaría que hallase esas pruebas y que hayan llegado a una conclusión tan…

―Sí, como en esa película de Antonio Banderas…¿cómo se llamaba?... ―intervino una de las agentes.

―El guerrero número trece ―contestó otro compañero.

―¡Esa! ¿Te acuerdas de aquellos guerreros que se hacían pasar por osos? ―recordó a su vez otra compañera. Ésta asintió, sonriente―. Este caso podría ser parecido.

―No sería descabellado, Ágata ―corroboró Ordoñez.

―También puede ser alguien que se haya escapado de un manicomio y se disfrace porque le produce algún tipo de fetiche sexual ―comentó otro policía.

―Comprobamos todos los centros de salud mental del país, y no hay ninguno con esa patología ―les cortó José.

Ya habían llegado al despacho del teniente y él se limitó a dejarles el informe original, la grabación donde salía el supuesto asesino, y los sobres con las pruebas que había recogido con Fátima, excepto el tubo con las muestras biológicas que tenía la forense a buen recaudo.

Metió el sándwich en su mochila y se dirigió hacia la puerta para marcharse.

―Podéis trabajar aquí si queréis ―les comunicó con un tono apagado―. Tomaos el tiempo que necesitéis. Yo me voy a casa para descansar. Si me necesitáis, mi teléfono está en el encabezado de esa carpeta marrón.

Acto seguido, abandonó al grupo de agentes y fue hasta el garaje a recoger el coche.

Mientras conducía hacia su hogar, llamó a Fátima para que se reuniera con él allí.

Sólo ella le daba paz y le hacía sentir en completa tranquilidad y equilibrio.

Se había convertido en una especie de analgésico para el dolor de su alma, y estaba enganchado a la sensación que le hacía sentir.

Aunque le costaba reconocerlo, se había enamorado por completo de la periodista.