PORQUE LA MUERTE VIAJA EN EL CAMINO
O Abeseiro de Toiriz
Con las botas llenas de barro y el cuerpo calado hasta los huesos, Marco y Andrea continuaron caminando en silencio por el sendero que debía llevarles hasta el próximo albergue.
La lluvia había dejado de caer hacía un rato, pero los efectos permanecían intactos sobre las ropas de los dos peregrinos milaneses, cuya aventura estaba siendo muy desagradable aquella noche.
Era el precio que se habían comprometido a pagar por un vulgar juramento que habían realizado unos meses antes, sin calcular bien las consecuencias.
Dicha promesa les había llevado hasta allí, y su fe católica podía con casi todas las adversidades, excepto con soportar las inclemencias del clima gallego.
Habían prometido hacer el Camino de Santiago si el AC Milán ganaba la Champions League del año anterior, y así fue.
La competición europea la ganó el equipo italiano en una final de infarto contra el Real Madrid.
De hecho, el título se decidió en una agónica tanda de penaltis.
Por supuesto, ante tal milagro deportivo, los dos amigos, y compañeros de trabajo, debían cumplir con lo prometido.
A causa de ello estaban embarrados hasta las orejas y de un mal humor considerable.
―Sí que nos va a salir cara la promesa, Marco ―dijo Andrea con tono agrio, sin dejar de mirar al suelo para que el viento gélido no le golpeara directamente en la cara.
―¡No seas tan quejica! ―le espetó su amigo―. Prometimos que haríamos el Camino si el Milán ganaba la Champions, y aquí estamos. Y si la ganara tres veces más, te aseguro que haría esta ruta las tres veces también.
―¿Queda mucho para llegar a Vila de Cruces? ―preguntó Andrea, que se atrevió a alzar ligeramente la cabeza para mirar a su amigo.
―Está apenas a dos kilómetros, según indica el GPS ―respondió Marco, que sacó el móvil del bolsillo para comprobar la información―. Llegaremos rápido allí y podremos descansar como Dios manda.
―Ya, como siempre. ―Andrea se detuvo un momento y se agachó para atarse las botas camperas―. Según tú, todo está siempre a “dos kilómetros”.
―¡Joder, siempre igual! ―se quejó Marco―. Que si llueve, porque llueve; que si hace calor, porque hace calor; que si estamos cerca o no, pues eso…
―A ver, tío, es que me toca mucho los… ―La frase no la terminó. Un sonido hendió el aire nocturno y les sobresaltó―. ¿Has escuchado eso?
―Parece un lobo, ¿no? ―dijo Marco en voz baja.
―Venga, aceleremos el paso, a ver si llegamos a ese puto albergue ―respondió Andrea, que comenzó a andar.
El camino era ancho y estaba pavimentado de asfalto, por lo que era evidente que por ahí debían transitar vehículos de motor.
Sin embargo, no apareció ninguno y no dejaron de mirar atrás durante el tránsito hacia el cercano pueblo.
Si algo temían era verse rodeados de una manada de lobos ibéricos en medio de la nada y sin posibilidad de recibir ayuda.
No tardaron en alcanzar las primeras casas y suspiraron aliviados. Bajo las tenues luces de la aldea pensaban que estarían a salvo de cualquier ataque o amenaza, por lo que se detuvieron durante unos instantes en un cruce.
―¡Joder, qué susto! ―comentó Andrea, resollando para recuperar el aliento. De su boca salía un intenso vaho.
―No sabía que había lobos por esta zona ―replicó Marco―. Nadie me dijo que sería peligroso hacer esta parte del camino.
―¿Te imaginas si nos llegamos a encontrar a esos bichos?
―Prefiero no pensarlo, la verdad.
―Me acordé de aquella película de los años ochenta, ¿cómo se llamaba…? ―Andrea soltó la mochila un momento para coger la cantimplora y beber agua.
― Un Hombre Lobo Americano en Londres ―contestó su amigo, que era una eminencia en cinematografía―. Una obra maestra de John Landis. Tenía una de las mejores transformaciones a licántropo que he visto en el cine.
―Pues me imaginé esa situación, te lo juro ―dijo Andrea, que volvió a colgar la mochila a su espalda―. Venga, busquemos el albergue.
―¿Sabes que Landis también dirigió el videoclip Thriller, de Michael Jackson? ―apuntó Marco, mientras retomaban el paso.
―No tenía ni idea, pero no me extraña tampoco.
―Aunque la transformación de Michael fue… ―Se interrumpió de repente cuando escuchó un ruido a su espalda. Otro aullido, y esta vez parecía más cercano.
―Tío, ahora sí que estoy acojonado ―aseveró Andrea.
De pronto, Marco señaló a una esquina y en la misma apreció una sombra de alguien que estaba apoyado en la pared, bajo una farola que apenas iluminaba la zona con una luz anaranjada. Sin dilación comenzó a caminar hacia el desconocido.
―¡Oiga! ¿Puede ayudarnos, por favor? ―preguntó en un perfecto castellano, aunque con un notable acento italiano―. Buscamos el albergue.
El hombre ―pues supusieron que debía serlo, dada su altura y corpulencia― no dijo una palabra y se perdió de vista al instante, para sorpresa de los dos amigos.
―¡Eh, por favor! ―gritó Andrea, evidentemente asustado―. ¡Será cabrón! ¡Nos ha dejado aquí!
Un nuevo aullido hendió el aire. Esta vez parecía mucho más cerca y daba la impresión de provenir de diferentes partes, debido al efecto de reverberación de sonido de las estrechas callejuelas y las colinas cercanas.
A este le siguió un gruñido que atemorizó todavía más a los dos amigos.
Se miraron y, sin intercambiar palabra alguna, comenzaron a correr hacia una casa cercana.
Aporrearon la puerta llenos de pánico, pero nadie respondió.
Las luces de la casa estaban apagadas y parecía no haber nadie en el interior.
Probaron en otra contigua, pero el resultado fue el mismo.
Otro gruñido se escuchó de cerca y cuando se giraron para comprobar de dónde provenía, se encontraron con una figura que les heló la sangre en las venas.
Ante ellos se erguía la imagen de una bestia que parecía sacada de una terrible pesadilla.
Con más de dos metros y medio de alto, y una corpulencia sobrehumana, la criatura mostraba unas fauces lobunas y el cuerpo lleno de un pelo negro, hirsuto y encrespado por la humedad reinante en el ambiente nocturno.
Sus ojos brillaban como si estuvieran iluminados por las mismísimas llamas del Infierno y los musculosos brazos acababan en garras que parecían dagas incrustadas en las zarpas.
Delas mismas goteaba una secreción viscosa y oscura, que emitía un chirrido siseante en cuanto alguna gota caía al suelo.
Andrea intentó gritar, pero un golpe certero del Vákner cercenó su cabeza con una brutalidad que cogió a Marco por sorpresa.
Antes de que el cuerpo de su compañero terminara de tocar el suelo, él ya se había desecho de la mochila y corrió lo más rápido que pudo, sin saber muy bien hacia dónde ir.
Se adentró en el bosque y trastabilló varias veces con raíces prominentes y piedras que estaban tiradas entre la hojarasca.
Tras él podía escuchar los pasos pesados de la criatura, a la vez que oía los gruñidos que emitía por tener que correr tras su presa.
Sin embargo la carrera no duró demasiado, puesto que Marco se vio de pronto interrumpido por un acantilado que caía durante más de treinta metros al fondo de un barranco, por el que discurría el río Arnego.
Miró a su alrededor y comprobó que a su izquierda se podían ver las luces de un campamento de caravanas.
Sin dudarlo corrió en aquella dirección, hacia el pantano Portodemouros, con la vana esperanza de encontrar ayuda o refugio.
De pronto, sin esperarlo, sintió un golpe en el costado y cayó varios metros más allá, a punto de despeñarse por el acantilado, que ahora tenía menos altura. Cuando se recuperó del impacto, vio que el Vákner estaba justo ante él. No había escapatoria posible.
De nuevo, la bestia atacó con salvaje brutalidad a la víctima y arrancó un trozo de carne del cuello de Marco de un solo bocado.
La sangre empezó a brotar de la carótida abierta, como si fuera una fuente carmesí que el licántropo no desperdició.
Bebió de la herida con una avidez descontrolada, mientras con una de las garras abrió una incisión en el vientre de Marco, para luego extraer el hígado con un simple tirón.
La muerte tardó unos segundos en acudir en auxilio del desdichado peregrino, lo justo para ver cómo devoraba su órgano vital.
Después perdió el conocimiento y, por último, exhaló su aliento postrero.
Un aullido de victoria se pudo escuchar por todo el valle y los habitantes del campamento salieron de las caravanas para ver qué estaba pasando.
A lo lejos, bajo la luz fugaz de un relámpago que iluminó el cielo por un instante, vieron a la bestia, que estaba subida en lo alto del acantilado y portaba entre una de sus zarpas la testa de Marco, alzada hacia el cielo nocturno como un trofeo.
Varias horas antes
José y Fátima pasaron toda la tarde juntos, mientras buscaban pistas en la zona donde habían encontrado los cuerpos de la pareja francesa, pero sin encontrar nada que pudiera considerarse una pista plausible, salvo ramas rotas y restos de sangre de las víctimas.
Por más que rebuscaron entre los troncos de los árboles y el suelo, no había tampoco rastro alguno de la composición oscura y viscosa que tanto intrigó al teniente y a la forense.
Estuvieron durante más de dos horas rebuscando por el lugar, hasta que Santos se dio por vencido y decidió regresar a Santiago para completar la jornada en compañía de Fátima.
Al fin y al cabo, esa fue siempre la intención que tuvo en mente: compartir el tiempo con ella, buscando cualquier excusa para ello.
Daba igual si era en medio de una investigación o compartiendo un ágape en cualquier cafetería, la cuestión era disfrutar de su presencia.
Se sentía mejor cuando ella irradiaba con su energía el oscuro mundo en el que había vivido durante tantos meses, y cada vez se agarraba más a ese flujo de energía luminiscente que alejaba las sombras ominosas de su mente.
―Creo que será mejor que regresemos a la ciudad ―comentó, acercándose a Fátima, que estaba observando algo en el tronco de un árbol.
―Espera, mira esto ―indicó ella, señalando unas marcas extrañas sobre la superficie rugosa de la encina―. Parecen señales de…
―Cortes. ―José se acercó y sacó una pequeña linterna que llevaba en uno de los bolsillos de su chaqueta.
Cuando iluminó la zona, pudo ver mejor las señales―.
Parecen hechas con algo cortante, como unas garras de un oso, o algo así.
Y fíjate, también hay restos como los que le llevé a Tania, aunque estos tiene una textura diferente.
―Pero no hay osos por esta zona, ¿no? ―remarcó Fátima, que le miró con extrañeza.
―No, no los hay.
―¿Podrían haber sido hechas por esa cpsa que estamos buscando?
―Espera, voy a por el maletín para recoger algunos fragmentos y otra muestra de esa resina. Si es quien tú dices, los análisis nos lo dirán ―reflexionó José en voz alta.
Fue con paso vivo hasta el coche, que estaba a apenas cien metros, y regresó de inmediato con todo lo necesario para extraer muestras.
No pensó cómo fue posible que los investigadores que habían estado con él la primera vez que inspeccionaron el lugar, no se percataron de algo tan evidente.
Achacó el fallo al cansancio y la tensión por tener que enfrentarse a un caso tan poco usual.
―Fíjate en esto ―murmuró, mientras extraía algo con unas pinzas y lo introducía en una bolsa transparente, la cual cerró con un sistema hermético―. Lo que está mezclado con la resina parecen pelos, pero no humanos.
―¿Crees que serán de esa cosa? ―preguntó Fátima, que empezó a sentirse asustada. La noche estaba cada vez más cerca y no quería estar en aquel lugar cuando la luna llena asomara por el horizonte.
―Tania nos lo dirá en unas horas ―respondió José, que recogió también astillas de la madera rota―. Con esto será suficiente ―apostilló.
Recogieron todos los pertrechos y los volvieron a meter de nuevo en el maletín.
Luego se dirigieron al coche y no tardaron en regresar a la ciudad, con la esperanza de tener una pista más sólida que las simples conjeturas a las que se habían agarrado hasta ese momento.
De esta forma, con Fátima abrazada a un brazo de José mientras él conducía, continuaron hablando de sus sentimientos y olvidaron por un rato los entresijos de la sórdida investigación.