Vákner: Aullidos en el Camino de Santiago ENCUENTROS CASUALES…O NO TANTO
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ENCUENTROS CASUALES…O NO TANTO

Varios días después de recibir la información que había solicitado sobre hospitales y residencias psiquiátricas, la conclusión fue que no había nadie que concordase con lo que José buscaba.

De hecho, lo más parecido al trastorno de personalidad múltiple que encontraron fue la información de un adolescente de quince años que vivía en Las Palmas de Gran Canaria y que residía con sus padres, además de tener un seguimiento cercano del tratamiento por parte de un equipo de psicólogos y psiquiatras.

Evidentemente, era imposible que fuera el sospechoso de los crímenes.

Harto de esperar un cambio de los acontecimientos con la investigación, decidió acudir de nuevo a los dos lugares en los que se habían encontrado los cuerpos de las tres víctimas, aunque sin demasiada esperanza de hallar una pista más.

Para colmo, la desaparición del vial con las muestras biológicas que había hallado en el lugar del primer asesinato, le había cortado por completo la única pista fiable que tenía.

Por supuesto, había denunciado el robo y se había abierto una investigación paralela para determinar quién había sido el responsable de la sustracción.

Se cambió el uniforme en el vestuario y se puso ropa de calle, algo informal. Fue cuando estaba a punto de meter el móvil en el bolsillo del pantalón vaquero cuando una idea se cruzó en su mente. Pensó que Fátima podría ayudarle… ¿o era una excusa forzada para volver a verla?

Lo cierto era que desde que habían almorzado juntos ―y de eso hacía ya casi tres semanas―, no habían vuelto a coincidir, ni en el trabajo, ni fuera del mismo.

Por supuesto, él intentaba no pensar demasiado en la agradable compañía de aquel día, pero la atracción que sentía hacia Fátima era algo que no podía controlar, por más que sus inseguridades intentaran jugar en su contra.

Al final decidió llamarla y probar suerte, invitándola a que le acompañara en la expedición de revisar la zona donde se habían hallado los últimos dos cadáveres.

Si había una razón para seguir vivo, sin duda se hallaba en la esperanza de tener una relación que le devolviera la esperanza y las ganas de dejar que su corazón siguiera latiendo, un tiempo más al menos.

Cuando llegó a su coche, sacó el móvil y buscó el número en la agenda.

Dudó unos instantes, sin saber muy bien si enviarle un wasap o llamarla.

Terminó por decantarse por la llamada, aunque los nervios le impedían elegir las frases adecuadas que debía pronunciar.

Entretanto sus manos comenzaban a sudar, la voz de la supuesta ayudante de la forense apareció de pronto al otro lado, como una ola que rompe de golpe en un acantilado en una mañana de mar serena.

―Buenos días, José ―escuchó la voz melódica de Fátima.

―Buenos días, Fátima, ¿cómo estás? ―Respiró hondo para serenar los ánimos.

―Bien, gracias, ¿en qué puedo ayudarte?

―Bueno… ―dudó unos instantes―, me preguntaba si querrías acompañarme a realizar otra inspección por A Tarroeira y alrededores.

Quiero volver a inspeccionar la zona de los crímenes del matrimonio francés.

Con algo de suerte, puede que hallemos de nuevo el rastro biológico que robaron de vuestras instalaciones.

―¿Ahora? ―Fátima pareció sorprenderse con la invitación. José estuvo a punto de recular, cuando la voz de la joven le interrumpió antes de soltar otra palabra―. Claro, me apunto. Me encantará ayudarte en todo lo que pueda en la investigación.

―Perfecto, pues paso a recogerte entonces. ―Aunque lo disimulaba muy bien, en su interior sintió un cosquilleo que le recorrió la espalda con una agradable sensación.

―Genial, te espero en la puerta del edificio ―confirmó ella con tono entusiasta.

José colgó el teléfono y en sus labios se dibujó una sonrisa triunfal.

Después de tanto tiempo, tras haber saboreado el acero de su propia pistola y haber estado a punto de volarse la cabeza, la vida, irónica y sorprendente, le daba una nueva oportunidad para encontrar un atisbo de felicidad.

En un momento así, la investigación pasó a un segundo plano en sus prioridades vitales.

Los nervios asaltaron a Fátima incluso antes de colgar el teléfono. Era incapaz de disimilarlo, y Tania lo percibió al instante.

―¿Qué sucede? ―le preguntó, llena de curiosidad.

―José… ―corrigió―. El teniente Santos viene a recogerme.

―¿A recogerte? ¿Para qué? ¿Y cómo es que ahora le llamas por su nombre? ―La forense se mostró sorprendida por la actitud de su amiga.

―Vamos a ir a inspeccionar de nuevo la zona donde encontraron a los franceses.

―Fátima fue a coger su chaqueta y el bolso, que había dejado colgados en un perchero que estaba encastrado en la pared―.

Y le llamo así…no sé, porque me lo pasé bien con él cuando fuimos a comer.

Desprendía un aura de misterio que me encantó.

―No me digas que te estás encaprichando de él ―insinuó su amiga, que enarcó una ceja.

―Bueno…ya te digo, me cae muy bien. Es majo, agradable, educado…

―Te estás enamorando, es evidente ―comentó Tania con tono de humor.

―¡Vale, sí! ―exclamó Fátima, que sonreía como una adolescente.

―Tiene veinte años más que tú, querida.

―¿Y qué importa eso?

―No sé…¿no te parece un poco mayor? Está rondando los cincuenta años.

―Tiene cuarenta y ocho, y no me importa ―replicó Fátima, algo molesta por las reticencias de su amiga a que tuviera una relación con el oficial.

―No te enfades, cariño ―contestó Tania, que se acercó a ella y tomó su mano―. Lo que pasa es que no quiero ver cómo te hacen daño otra vez. El último novio que tuviste fue un mierda de tío y lo pasaste fatal con él, y después de romper también.

―Sí, pero eso fue hace un año, y no volví a saber de él, gracias a Dios.

―Menos mal que se esfumó y no volvió a molestarte.

―Seguro que encontró a otra chica, o se marchó de Galicia. ―Fátima se puso la chaqueta y se colgó el bolso del hombro―. La verdad es que no me importa.

―Te entiendo, y me alegro de que te dejara en paz.

―Disculpa mi reacción, pero es la primera vez que me ilusiono así después de aquello ―reculó Fátima―. Te prometo que iré despacio, si eso te hace estar más tranquila.

―Así me gusta ―sonrió la forense.

Se fundieron en un abrazo y las dos siguieron con sus planes: Tania seguiría con su labor en el departamento, y Fátima salió de allí para dirigirse a la entrada del edificio.

Quedaban algunos preparativos todavía para que se llevaran los cuerpos de los turistas franceses y los repatriaran, por lo que la forense intentó concentrarse en el trabajo.

Sin embargo, sentía una punzada en el estómago que no la dejaba fijar su mente en la labor que tenía por delante, una sensación de tristeza a la que prefería no dar una explicación.

Cuando llegó al portal del edificio, una fina llovizna le dio la bienvenida al exterior, así que se abrochó la chaqueta para paliar un poco la sensación de frescor del ambiente.

Por suerte, no tuvo que esperar demasiado tiempo y José apareció apenas cinco minutos después.

Ella se quedó mirando cómo estacionaba en un espacio reservado para vehículos oficiales y sintió que algo subía por su estómago y se atascaba en la garganta, lo que la obligó a emitir un suspiro para aliviar los nervios.

Se acercó a toda prisa para no mojarse y accedió al coche con una sonrisa complaciente dibujada en sus labios.

―Gracias por acompañarme ―comentó él, mientras ella le saludaba con dos besos en las mejillas―. Espero no molestarte.

―¿Molestarme? ¡Al contrario! ―respondió ella, abrochándose el cinturón de seguridad―. Me alegro mucho de que me hayas llamado y contado conmigo.

―La verdad es que dudé si avisarte o no ―dijo José, que arrancó y se puso en marcha.

―¿Por qué dudabas?

―No sé…―El oficial se ruborizó ante la pregunta y pensó durante unos segundos antes de responder―. Es que últimamente no suelo socializar demasiado.

―¿Por qué? ―continuó ella con las preguntas―. ¿Eres de esas personas a las que les gusta la soledad?

―No es que me guste, la verdad. Tan solo he aprendido a vivir con ella.

―¿No estás casado?

―No. ―La respuesta sonó contundente y forzada. José intentó suavizar el tono―. No desde hace más de dos años.

―¿Puedo preguntar qué pasó?

―Murió en un accidente de tráfico ―respondió él con cierta tristeza en la voz―. Un conductor borracho y drogado chocó de frente contra su coche en una carretera comarcal cerca de aquí.

―Lo siento muchísimo, de verdad. ―Fátima puso una mano sobre la mano de Santos que sujetaba el volante con evidente gesto de rabia. Los nudillos se pusieron blancos por la ira que aún tenía reprimida el teniente.

―Gracias ―acertó a vocalizar―. La verdad es que ella tampoco era una santa a la que amase, si te soy sincero. Pero su muerte hizo que me diera cuenta de la mierda que era mi vida.

―¿A qué te refieres? ―Fátima no soltó su mano para que se sintiera confortado y apoyado por ella. El gesto surtió efecto y él abrió su corazón como no lo había hecho ni con la psicóloga que le había tratado tras el incidente.

―Fue una esposa pésima, la verdad. ―José empezó a hablar, mientras conducía en dirección al lugar que habían acordado. Todavía faltaba media hora de camino―. Me fue infiel un par de veces, tenía problemas con el alcohol, y a veces… ―Hizo una pausa y pensó bien qué iba a decir. Fátima le ayudó.

―¿A veces qué?

―A veces cambiaba su carácter por completo y se volvía muy violenta, tanto verbal como físicamente.

Me agredía a menudo y me dejó marcas y moretones, mordeduras…

en fin, fue un puto infierno. Me insultaba constantemente cuando se emborrachaba, como si yo fuera culpable de las cosas que le habían sucedido en el pasado.

Había días que eran un infierno y sólo pensaba en qué hacía casado con esa mujer.

»Sí, sé que me dirás que tendría que haberla dejado, o por qué aguanté tanto, pero créeme, te aseguro que ni yo puedo responderte a esas preguntas.

Lo cierto era que cuando estaba sobria era una persona totalmente diferente.

Al menos al comienzo de nuestra relación.

Al final nos distanciamos y sólo convivíamos bajo el mismo techo, como compañeros de piso.

La vida de matrimonio se volvió rutinaria y deprimente, así que yo también empecé a beber todas las noches, con el fin de olvidar la cárcel en la que me había metido.

»Después de su muerte, seguí teniendo los mismos problemas con la bebida, e incluso intentaba quitarme la vida cada noche. Pero pasó algo que me cambió la vida por completo y me ha devuelto la esperanza, la ilusión y las ganas de vivir.

Fátima le observó con los ojos vidriosos por la emoción. No se imaginaba que aquel hombre, de aspecto rudo y serio, hubiera sufrido tanto por un mal amor. Esta vez le obligó a solar el volante que tenía sujeto con la mano derecha y ella la estrechó entre las suyas.

―¿Qué es lo que te ha hecho recuperar la ilusión, José? ―preguntó ella con la voz quebrada.

―Tú, Fátima ―respondió de forma vehemente.

―¿Yo? ―La respuesta la cogió por sorpresa, aunque hizo que un nudo de dicha subiera desde su estómago.

―Sí, tú. Desde el día que te vi por primera vez en las dependencias forenses, sentí algo que no había sentido desde hacía muchos años ―confesó él, que soltó todo lo que llevaba guardando durante las últimas semanas―.

Luego, cuando aceptaste mi invitación para ir a almorzar, ese día me cambiaste la vida.

Dejé las cervezas y guardé la pistola en su caja y la metí en lo más profundo del armario.

Tú, Fátima, eres la luz que me está guiando a salir del pozo de oscuridad en el que estaba metido.

Ella le escuchó con atención y no pudo evitar que una sonrisa se dibujara en sus labios; los mismos labios que se acercaron a su mejilla y plantaron un beso largo y cálido.

José se estremeció por dentro y sonrió también.

Aquel gesto de cariño fue como un rayo de sol primaveral que aparecía para derretir el hielo invernal de su corazón.

―Pues me alegro de ser la mujer que te dé esa ilusión, ¿sabes por qué? ―dijo ella, abrazándose a su brazo derecho.

―Por qué…

―Porque tú también has hecho que mi vida parezca mejor, y me alegro de que nuestros caminos se hayan cruzado ―aseguró con sincero sentimiento―. También sentí un flechazo el día que te vi, y cuando me invitaste a comer ese día, agradecí a Dios que aparecieras.

―Bueno, aunque las circunstancias no sean las más románticas para iniciar una rela… ―José se interrumpió, pues cayó en la cuenta de lo que iba a decir y no estaba seguro de cómo se lo tomaría Fátima.

―Tienes razón, no estamos en la situación más romántica para empezar un noviazgo ―concluyó ella, que adivinó qué quería decir el teniente―. Pero, no te creas, tiene su punto de morbosidad también ―bromeó.

José se echó a reír y se inclinó para que sus cabezas se rozaran, sin apartar la vista de la carretera.

Apenas quedaban unos pocos kilómetros para llegar y ambos se liberaron de la tensión del momento.

Simplemente se quedaron en silencio durante unos minutos, sintiendo los arrumacos que se profesaban e intercambiando pareceres sobre la nueva situación sentimental que estaban comenzando.

Justo como hacían los adolescentes cuando se enamoraban y nada más tiene importancia en el mundo, salvo los corazones alterados de amor, capaces de obrar milagros épicos.