REVELACIONES EN LA NOCHE #2
El monje armenio, lejos de huir, alzó su cruz de hierro y comenzó a recitar los salmos de expulsión en su lengua natal.
La Bestia arremetió con una furia inusitada.
El primer zarpazo destrozó el sayal del religioso, abriendo profundos surcos en su pecho.
El texto relata el enfrentamiento no como una caza, sino como un martirio: Mártir de Arzendjan resistió el embate agarrándose a los troncos de los árboles, regando el lodo rojizo con su propia sangre mientras seguía pronunciando sus oraciones contra el demonio.
La crónica subraya un hecho milagroso y terrible: cada vez que las garras del Vákner rasgaban la carne del monje, la resina negra de la criatura se mezclaba con las heridas, provocando una necrosis inmediata y un dolor tan insoportable que el armenio creyó estar experimentando los mismos fuegos del infierno.
Sin embargo, la fe del monje contuvo a la fiera.
Al clavar la pesada cruz de hierro en el suelo y pronunciar el último estertor de su plegaria, una extraña debilidad pareció atenazar al Vákner.
La criatura emitió un lamento que los aldeanos a leguas de distancia confundieron con el trueno de una tormenta, dio media vuelta y se desvaneció entre las sombras de la espesura, dejando al hombre agonizante pero con vida.
Mártir de Arzendjan fue arrastrado al amanecer por unos pastores hasta los límites de la fraga.
Aunque logró llegar a Santiago de Compostela y dar testimonio del horror que custodiaba los montes de Xallas, su cuerpo jamás se recuperó de la ponzoña negra que la bestia había inyectado en sus venas.
Falleció pocos días después, dejando grabada en las crónicas la advertencia de que el Vákner no era un animal salvaje, sino un castigo latente que aguardaba en las sombras del Camino, esperando el momento en que los hombres olvidaran su nombre para volver a reclamar su tributo de carne. ”
Fátima apartó la vista de la pantalla, sintiendo que la habitación se había vuelto notablemente más fría.
Deslizó los dedos de la mano derecha sobre su propio pecho de forma inconsciente, por encima de la ropa.
La mención a la resina oscura y la forma en que la criatura se erguía sobre dos patas coincidían de manera milimétrica con los hallazgos que el teniente Santos había hecho en el bosque.
Ya no había duda. El horror que estaban investigando en pleno siglo veintinuo llevaba más de quinientos años alimentándose en los mismos senderos.
Salvador se movía con la precisión de un depredador nocturno por los callejones empedrados que rodeaban la Plaza del Obradoiro.
La lluvia de Santiago de Compostela, constante y gélida, repicaba sobre la capucha de su cazadora impermeable verde oliva, pero sus ojos, entrenados en las noches cerradas de otras misiones que había cubierto en sus misiones, no buscaban cobijo.
Buscaban un rastro. Había dejado el todoterreno en la periferia, tras pasar la tarde analizando los mapas de las últimas incursiones.
Tres cadáveres en menos de un mes, todos eviscerados con una violencia infernal que la Guardia Civil insistía en atribuir a felinos exóticos, jaurías de lobos híbridos, y más recientemente a algún loco con trastornos de personalidad.
—Aficionados —masculló para sí, mientras recordaba las palabras que le había dicho al ordenador la noche anterior.
Las pistas biológicas que él mismo había recolectado de forma clandestina en los márgenes del río Deza no dejaban lugar a dudas.
No se trataba de un león de Marbella ni de un lobo rabioso, y muchos menos de un humano con ínfulas asesinas.
Los patrones de fractura costal externa y la sustracción selectiva de órganos vitales correspondían a una firma antediluviana.
Era el Vákner. La línea de sangre principal de la bestia mitológica gallega había despertado con el ciclo de lunas de sangre; generación tras generación, desde tiempos inmemoriales.
El teléfono satelital Iridium vibró en el bolsillo interior con tres zumbidos secos y pausados.
Salvador no alteró el paso. Se adentró en la penumbra del arco de un soportal de granito, verificó que la pantalla parpadeara en el verde seguro del protocolo de encriptación AES-256 y presionó el auricular contra su oído izquierdo.
—Dime que tienes la confirmación, ejecutor. —La voz del líder llegó desprovista de modulaciones, filtrada por la estática digital del satélite. Era el mismo tono burocrático y gélido que lo había reclutado en la Orden de los Caballeros de San Miguel Arcángel en 2016.
—Estoy en Santiago —respondió Salvador con voz áspera.
Mientras pegaba la espalda a la piedra húmeda, vigiló el tránsito de un par de estudiantes, que cruzaban la plaza portando paraguas chorreantes—.
He contrastado las incisiones del segundo ataque en A Tarroeira con las crónicas medievales de la Orden.
Las marcas de colmillos superan los ocho centímetros y la fuerza de torsión es idéntica a la registrada en Dumbría en el año 2000.
Es el Vákner, señor. No hay margen de error.
La bestia está cazando en el Camino de Santiago.
Al otro lado de la línea se produjo un silencio denso, un vacío en el que pareció pesar el secreto secular de la Orden.
—Si la línea de sangre principal ha despertado con esa pureza, la contención biológica es nuestra única prioridad.
Las fuerzas del orden locales están dando palos de ciego, pero hay filtraciones.
La forense ucraniana de los juzgados y su ayudante están husmeando más de lo debido en los informes periciales.
Si la prensa obtiene una prueba nítida de la necrosis o de la morfología bípeda de la criatura, la estructura de la verdad colapsará.
—Los civiles no son un problema en el teatro de operaciones si me permite actuar…
―replicó el ejecutor, acariciando con el pulgar la empuñadura de cuero negro del cuchillo de doble filo «Quis ut Deus» que llevaba oculto en el cinturón―.
Puedo neutralizar los vectores informativos antes de que la Guardia Civil eleve el sumario a Madrid.
—No —ordenó el líder con una firmeza que hizo vibrar el canal encriptado—.
Te lo advertí anoche: contención pasiva con las instituciones civiles.
No queremos bajas que atraigan la atención de la Jefatura de Madrid sobre Galicia.
Tu objetivo es la criatura, Salvador. La Orden lleva siglos esperando la manifestación de este espécimen para asegurar su eliminación y la de su estirpe.
Tienes los proyectiles de plata estabilizada y el nitrato de acónito.
Localiza el cubil antes de que llegue la próxima luna llena.
Esa cosa no se detendrá hasta acabar el ciclo vital que le corresponde.
—Entendido —asintió Salvador con disciplina militar—.
Pero hay algo más. El teniente Santos, el encargado del caso, estuvo investigando las grabaciones del monasterio de Carboeiro.
Consiguió un archivo de vídeo donde la silueta de la bestia es visible en modo bípedo.
No tardará en darse cuenta de que no persigue a un animal catalogado.
—Santos es un hombre roto, un autómata que se refugia en el alcohol y el protocolo para no enfrentarse a sus propios fantasmas.
No tendrá el valor de defender una hipótesis sobrenatural.
Déjalo que siga el rastro de mentiras que nuestros enlaces han sembrado sobre la fauna asilvestrada.
Tú muévete hacia el eje de la cascada de Ézaro; la mitología no es más que historia mal recordada, y el Vákner siempre regresa a las zonas de donde proviene. San Miguel guíe tu brazo, ejecutor.
—Y la espada corte la sombra —pronunció Salvador, cerrando la fórmula ceremonial de la Orden.
El canal se cortó con el característico chasquido metálico.
Salvador guardó el dispositivo satelital, ajustó el chaleco táctico bajo su chaqueta y reanudó la marcha hacia la noche compostelana.
Sabía que el tiempo se agotaba. Mientras los forenses y los guardias civiles intentaban encajar un horror del medievo en los laboratorios del siglo veintiuno, la bestia seguía alimentándose de la sangre de los peregrinos.
Subió todoterreno que utilizaba para pasar desapercibido, encendió un cigarrillo para combatir el olor a humedad y enfiló la carretera hacia las profundidades boscosas de la zona donde se estaban produciendo los ataques.
La verdadera cacería acababa de comenzar.