REVELACIONES EN LA NOCHE
Fátima miraba por la ventana cómo caía una copiosa lluvia de primavera sobre la ciudad.
A pesar de estar ya en primavera, hacía todavía bastante frío.
Sin embargo, estaba prácticamente desnuda, salvo por una fina braga de tanga que apenas cubría la zona inferior de su cuerpo.
Los generosos senos desafiaban a la gravedad y los pezones estaban endurecidos a causa del frío que sentía.
Pero, a pesar de ello, quería sentirlo; no, necesitaba experimentar ese frío.
Era el recuerdo constante de que su alma buscaba un calor que parecía haber llegado con la aparición del Teniente Santos en su vida.
Tenía miedo a embarcarse en una nueva relación, teniendo en cuenta lo que le había pasado con la última de ellas, que fue un tortuoso camino de maltrato psicológico e infidelidades sin control.
Su autoestima estaba por los suelos, tenía un conflicto interior consigo misma, y, para colmo, sufría de un trastorno de identidad que la llevaba a verse como una especie de monstruo insignificante.
Comúnmente a esa disociación de la realidad se la llamaba Síndrome de Quasimodo , pues hacía referencia al personaje de la novela que había creado el autor francés Víctor Hugo para su obra El Jorobado de Notre Dame”.
Afectada por estas distorsiones cognitivas, no lograba entender por qué José se había fijado en ella.
¿Sería para follar solamente? ¿O en realidad tenía intenciones más profundas?
Y, si buscaba una relación estable, ¿por qué la había elegido a ella para dar los primeros pasos?
Las preguntas se agolpaban en su mente, y cada vez se sentía más insegura y aterrada por la cascada de sentimientos encontrados que se amontonaban en su corazón.
Abandonó su posición junto a la ventana y fue hasta el baño con la intención de darse una ducha caliente que reconfortara su cuerpo y su mente.
Justo cuando se despojaba del tanga e iba a introducirse en la bañera, sonó el timbre.
«¿Quién será ahora?», se preguntó, molesta por la interrupción.
Fue hasta el telefonillo y vio por la pequeña pantalla que se trataba de Narciso, que portaba en sus manos una enorme caja de pizza.
Como siempre, su amigo sabía qué necesitaba en ciertos momentos, y aunque no lo hubiese llamado, él era consciente de que la joven estaba sobrepasada por los acontecimientos que estaban sucediendo en la comarca.
Sin tan siquiera contestar, ella apretó el botón de apertura del portal y la imagen de su amigo desapareció de la pantalla al introducirse en el edificio.
Fátima fue hasta el dormitorio y se puso un albornoz para tapar su desnudez.
Luego fue hasta la puerta del apartamento y la dejó entreabierta para que accediera Narciso.
―¿Dónde está mi hermosa amiga? ―dijo él, entrando y buscándola con la mirada―. ¡Fátima de mi corazón!
―Ya saldo ―respondió ella desde el dormitorio. Pocos segundos después, apareció vestida con una bata que le cubría hasta los tobillos.
―¿Te he pillado en mal momento? ―inquirió el visitante.
―No, estaba relajándome un poco. Ha sido un día duro ―respondió ella, mientras se sentaba en el sofá.
―¿Es por el asunto de los asesinatos?
―¿Tú qué crees?
―Se dice por ahí que hay un asesino en serie suelto.
―Todavía no se sabe con seguridad nada.
―No me mientras, cariño. ―Narciso sonrió con malicia―. Seguro que sabes más de lo que me estás contando.
De repente, el móvil de Fátima emitió un sonido de notificación, un pitido estridente.
Fue hasta la mesa del salón y lo cogió con premura, por si había alguna urgencia que requiriera de su presencia en las dependencias forenses.
Sin embargo, no pudo evitar esbozar una sonrisa cuando vio el remitente del mensaje. Era José Santos.
―¿Qué pasa? ―preguntó Narciso, lleno de curiosidad.
―Nada, es un mensaje de un amigo.
―¿Un amigo? ¿Qué amigo?
―Es el Teniente Santos, de la Guardia Civil ―confesó la joven―. Es el que se encarga del caso de los crímenes.
―¿Y cuándo has pasado el límite del trabajo a lo personal? ―Narciso la miró con picardía y le dio una palmada en la pierna―. ¡Qué callado te lo tenías!
―Bueno, la verdad es que me invitó a comer hoy y estuvimos un par de horas de sobremesa ―confesó con rubor―. Es un hombre muy interesante, aunque hay algo en él que me dice que no está pasando por su mejor momento.
―¿Cómo lo sabes?
―No sé, quizá sea por las ojeras, o porque su rostro cambió cuando intenté sonsacarle algo de su vida privada. Se cerró en banda y cambió de tema de conversación al instante.
―¡Uf, eso es que está casado! ―aseveró Narciso, dando una sonora palmada―- Venga, vamos a comernos la pizza, que se enfría.
―¿De qué es? ―preguntó ella, que se dejó conquistar por el aroma que emanaba la caja.
―Es una marinera, como te gusta a ti, con muchas gambas.
―¡Qué bueno! ―Se lanzó a pillar una porción, a la vez que su amigo le daba una servilleta.
―Chica, te digo que ese picoleto e stá casado ―continuó él, usando el vulguismo lingüístico para referirse a un miento de la benemérita.
―¿Tú crees? ―dudó Fátima―. Me fijé en que no llevaba anillo de matrimonio.
―¡No seas tonta! Seguro que se lo quitó para que no te dieras cuenta y así poder ligar contigo sin remordimiento de conciencia. Muchos hombres lo hacen.
Entretanto dialogaron y especularon sobre la situación de José, las horas pasaron y la noche cayó lentamente sobre la ciudad, hasta que llegó la hora de despedirse y Fátima volvió a quedarse a solas en el apartamento.
Una fina llovizna caía sobre las calles y repiqueteaba en las ventanas, a causa de un viento fuerte del norte que convertía a las diminutas gotas en agujas líquidas, que se suicidaban inmisericordes contra todo lo que tocaban.
Fue hasta el dormitorio y se despojó de la bata, se tumbó en la cama y se tapó con la sábana de franela, decorada con estrellas de tonos variados.
Se metió en la cama y buscó la forma de quedarse dormida, pero le fue imposible conciliar el sueño.
En su mente daba vueltas una idea, alocada quizá, pero que no era capaz de sacarse de encima: el Vákner.
Fue hasta el salón y encendió el portátil para buscar información en internet sobre aquella mítica bestia.
Spoyó los codos en la mesa de madera y fijó la mirada en la pantalla de su ordenador.
Las luces de la habitación estaban apagadas; solo el resplandor azulado del monitor iluminaba su rostro en medio de la noche.
Había tecleado el término en el buscador casi por impulso, buscando un cable a tierra que conectara los delirios de sus pesadillas con la realidad de la investigación.
Entre foros de ocultismo gallego, blogs de senderismo y páginas de historia local ya olvidadas, un enlace llamó su atención.
El artículo estaba redactado a modo de crónica histórica, rescatado de un viejo manuscrito medieval conservado en un archivo eclesiástico.
El texto, titulado La penitencia de la carne: El martirio del monje armenio ante la Bestia del Xallas , narraba lo siguiente:
“En el año del Señor de 1493, cuando los caminos de Santiago aún se recuperaban de las guerras que habían desangrado los reinos peninsulares, arribó a las tierras de Galicia un hombre de facciones enjutas y piel curtida por los vientos de Oriente.
Su nombre era el monje armenio Mártir de Arzendjan.
No vestía las galas de los obispos ni los hábitos comunes de los franciscanos; cubría su cuerpo con un sayal tosco de lana oscura y portaba al cuello una pesada cruz de hierro, testigo de un larguísimo viaje de penitencia que lo había llevado a cruzar Europa a pie desde las regiones del Cáucaso.
Quienes se cruzaron con él en las posadas de Melide y en las cercanías del río Tambre describían al monje como un hombre de pocas palabras, pero de una mirada encendida por una fe inquebrantable.
Mártir de Arzendjan buscaba el perdón de sus pecados en la tumba del Apóstol, pero su destino quedó sellado mucho antes de avistar las torres de la catedral, al adentrarse en las frondosas y umbrías espesuras de la comarca de Xallas.
Fue a mediados de un otoño inclemente, cuando las nieblas se arrastraban como espectros por los valles, cuando el monje armenio se desvió del sendero principal maldito por la superstición de los lugareños.
Las gentes de las aldeas cercanas le habían advertido con ruegos y persignaciones que no cruzara la fraga al caer la tarde, pues en aquellos bosques habitaba el Vákner, una criatura que la lengua gallega definía como un demonio con cuerpo de lobo gigantesco, una aberración que no pertenecía al orden de Dios y que destripaba a hombres y bestias con idéntica crueldad.
Haciendo caso omiso de las advertencias, amparado en que la protección de la fe le bastaría contra los monstruos del mundo, Mártir se internó en la maleza.
Los escritos posteriores, basados en las confesiones que el propio monje dictó semanas después a los clérigos de Santiago antes de expirar, describen que el bosque se volvió repentinamente silencioso.
Los pájaros callaron y un frío antinatural congeló el aliento del viajero.
A la altura de un claro flanqueado por pinos y robles ancestrales, la Bestia se hizo presente.
Mártir de Arzendjan no vio a un lobo común.
La crónica describe al Vákner como una mole de pelaje negro y ralo, con extremidades deformes que le permitían alzarse sobre sus patas traseras, adquiriendo una silueta bípeda y monstruosa que desafiaba las leyes de la naturaleza.
Sus ojos no reflejaban la luz de la luna, sino un vacío absoluto, y de sus garras goteaba una sustancia viscosa, una resina oscura que parecía quemar la hojarasca al caer.