¿QUÉ ESTÁ PASANDO? #2
Entretanto José rememoraba cada minuto de la comida que había tenido con Fátima, condujo hasta el puesto de la Guardia Civil, a la vez que una estúpida sonrisa se dibujaba en sus labios.
Sentía algo especial por la amiga de Tania, pero también quería ser cauto con esos sentimientos que ahora le embargaban.
No quería hacerle daño a alguien cuya mirada parecía sacada de un cuadro de Boticcelli, y cuya sonrisa era tan cálida y reconfortante como un sol primaveral después de un crudo invierno.
Cuando llegó al despacho del comandante el ambiente era ya muy tenso, pues había corrido la voz del hallazgo de los dos nuevos cuerpos y de las heridas que presentaban.
Algunos agentes miraron a José de soslayo, como si le culparan de no haber capturado al asesino.
De todas formas, ignoró las vistas inquisidoras y caminó con paso firme hasta la oficina de Carlos, que estaba de pie y echaba un vistazo al principal periódico local.
Como era evidente, la noticia ya había saltado a la prensa y el disgusto se reflejaba en la cara angulosa del oficial.
―¡Esto es una mierda, Santos! ―gritó colérico al ver entrar al teniente. Ni siquiera le saludó―. ¿Cómo coño se han enterado de ciertos detalles de los crímenes?
―Buenas tardes, señor ―respondió José con tono sarcástico―. Ya sabe cómo es la prensa en este país.
―¡No me joda, teniente! ―Carlos tiró el periódico sobre la mesa―. Me he visto obligado a pedir refuerzos a Madrid, pero tardarán tres o cuatro días en llegar. Esto se nos está yendo de las manos, y hay que atajarlo cuanto antes.
―En ello estamos, señor ―respondió José, abrumado por la bronca de su superior―. No es tan fácil encontrar pistas de algún sospechoso.
―¿Qué es, un puto fantasma? ¡Quiero resultados, José, y los quiero ya, cojones!
―Carlos, no tenemos más que unas imágenes nada claras de un tipo que se pasea por los bosques vestido como un lobo. No hay más pistas, ni en los entornos donde se hallaron los cadáveres, ni tampoco en los mismos. Eso sí, queda claro que es un sanguinario sin escrúpulos.
―Ya he leído los informes de Tania, y si no fuera porque la considero una de las mejores profesionales con las que he trabajado, habría dicho que me parecen cuentos de viejas ―comentó, a la vez que intentaba calmara y se sentaba en la silla del despacho.
―Su trabajo es excelente, de eso no cabe duda.
Además ahora cuenta con la ayuda de una asistente que también parece muy preparada.
―José se sentó en una silla que estaba al otro lado del escritorio―.
Se llama Fátima Pontes, y se conocieron en la universidad.
Fue ella la que aportó la idea del lunático que se cree un lobishome.
―Tócate los huevos…―gruño Carlos―. Ahora vamos a tener que creer en hombres lobo para resolver el caso.
―Sólo digo que…
―Sí, ya lo sé ―le interrumpió el comandante―. El asesino debe ser un puto psicópata que se cree un licántropo. Al menos tenemos esa pista.
―Podemos indagar en las residencias psiquiátricas de Galicia, incluso de Asturias o Castilla y León, a ver si se ha escapado algún interno, o han dejado libre a alguien con fuertes trastornos de la personalidad ―apuntó José.
―Vale, mira a ver qué averiguas ―asintió Carlos―. Espero que podamos tener algo más de información antes de que lleguen los de Madrid.
―De acuerdo, me pondré manos a la obra ahora mismo ―apostilló José.
Salió del despacho con una sensación extraña, ya que rara vez había visto a su jefe enfadado como en esa ocasión.
Era evidente que todos estaban sufriendo mucha presión por aclarar el caso, y no estaban acostumbrados a lidiar con semejante carga.
Quizá la ayuda que viniera desde Madrid aliviaría su situación, aunque también les dejaría en una posición de supuesta incompetencia ante la opinión pública.
De cualquier forma, lo que tenía claro era que intentaría sacar las respuestas que fueran necesarias para que la posición suya y de sus compañeros no quedase en entredicho.
Tal borrón en el expediente podría marcar toda la carrera de los miembros del acuartelamiento, y eso era lo último que quería.
Fue hasta la sala de reuniones y se sentó en una mesa que presidía la habitación, justo detrás de la cual había una pantalla de sesenta y cinco pulgadas.
La conectó al ordenador portátil que tenía delante y encendió el aparato, a la vez que sacaba un pendrive de su mochila, la cual había recogido de la taquilla que le habían asignado cuando llegó al cuartel, hacía varios años.
Introdujo la pequeña memoria externa en el puerto USB y abrió varias carpetas, hasta dar con la que correspondía al caso que tantos quebraderos de cabeza les estaba provocando.
Luego abrió un archivo en formato PDF, el que contenía los informes que había recopilado desde el comienzo de la investigación, y éste se proyectó en la pantalla.
―¡Lucas, ven un momento! ―llamó con un grito a uno de los agentes que cruzaba por delante de la sala en ese momento.
―A la orden, mi teniente ―le saludó el joven, que apenas llevaba cuatro meses en el cuerpo.
―Reúna al equipo de investigación ahora mismo y dígales que vengan ―ordenó José.
―Sí, señor ―contestó solícito el subordinado.
Cumplió el mandato recibido y en menos de cinco minutos se reunieron seis agentes de la Benemérita en la sala, junto al Teniente Santos. Les dirigió una mirada en silencio y dio una vuelta por la estancia sin dejar de observar la pantalla y los datos que se reflejaban en ella.
―Observen bien eso, señores ―dijo de repente, justo cuando regresó a la mesa y se dirigía a los congregados―.
Tenemos ya tres crímenes y no tenemos todavía una puñetera pista, salvo unas imágenes borrosas de un loco vestido de lobo.
El jefe me ha echado una bronca de cojones, ha solicitado el apoyo de la Científica de Madrid y vamos a quedar como el puto culo si no sacamos algo más en claro de todo esto.
¿Quieren ser considerados los inútiles del cuerpo en toda España?
Un murmullo recorrió a los asistentes, que se miraron entre ellos con evidentes muestras de vergüenza reflejadas en sus caras. José tardó un par de minutos en continuar con la arenga.
―Señores, tenemos que ponernos las pilas con esto, así que vamos a remover cielo y tierra para encontrar a ese hijo de puta, ¿está claro?
―No espero que le respondieran―. Quiero que investiguéis cada residencia psiquiátrica de aquí hasta Murcia, y desde los Pirineos hasta Huelva, y busquéis datos de posibles fugas o liberación de personas con trastornos de la personalidad.
Si quieren un perfil psicológico que les sirva de referencia, lean la parte del informe que habla de “alteraciones del trastorno de personalidad múltiple”, que ha redactado la doctora Deszchuk.
Buscamos perfiles similares a este, de alguien que se crea una especie de hombre lobo. ¿Alguna pregunta?
―He leído esa parte, señor, pero me cuesta creer que los asesinatos los haya cometido alguien con ese trastorno ―comentó el Cabo Gómez, un curtido agente que había pasado más de quince años en la comandancia de Santiago de Compostela.
―¿Qué sugieres, Mateo? ―preguntó José.
―Es que pensar en eso, no sé, parece más bien un cuento de viejas.
―¿Se te ocurre alguna otra explicación para justificar las heridas que acabaron con la vida de esos tres desgraciados?
―No, pero…
―¡Pero nada, coño! ―gritó el teniente, encolerizado―. Ahora mismo es la pista más fiable que tenemos, y nos vamos a agarrar a ella como a un clavo ardiendo.
La vehemente exhortación del oficial quebró cualquier otro intento de réplica.
Si él ordenaba que debieran seguir por esa senda, así lo harían, aunque no estuvieran convencidos de hallar nada relevante sobre el asunto.
Era como buscar una aguja en un pajar, un minúsculo y místico pez en medio de un océano de supersticiones.