Vákner: Aullidos en el Camino de Santiago ¿QUÉ ESTÁ PASANDO?
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¿QUÉ ESTÁ PASANDO?

El restaurante Casa Elisa mantenía ese aroma atemporal de las casas de comidas gallegas que se resisten a la modernidad: una mezcla densa de sofrito de cebolla, pimentón dulce, madera encerada y el rescoldo húmedo de una chimenea que solo se apagaba en los meses más duros del verano.

Fuera, la tarde se descolgaba gris y plomiza, amenazando con una de esas tormentas que en el norte parecen agriar el paisaje.

Dentro, el tintineo de los cubiertos y el murmullo de un par de paisanos en la barra conferían al lugar una falsa sensación de refugio.

José Santos se sentó a la mesa del rincón, apartada de la ventana principal, con la espalda pegada a la pared de piedra.

Era un reflejo condicionado, un hábito de viejo guardia civil que no se perdía ni en los momentos de teórico descanso.

Se quitó la chaqueta, revelando unos hombros anchos pero ligeramente cargados por el peso de los años, y observó a Fátima mientras ella se acomodaba enfrente.

—Gracias por invitarme, teniente —dijo ella, retirándose el pelo de la cara con un gesto rápido y decidido. Su voz era profesional, pero sus ojos reflejaban un brillo diferente, despojado de la frialdad que acumulaba tras las horas de autopsias en el laboratorio de Santiago.

—A estas alturas, Fátima, lo de «teniente» suena casi a ironía —respondió Santos con una sonrisa que, por primera vez, ablandó la severidad de sus facciones—. Llámeme José, insisto.

—Está bien, José —concedió ella, ensayando el nombre en voz alta con una media sonrisa—. Pero admita que el instinto no se lo han quitado. Ha elegido la mesa con mejor ángulo de visión de todo el comedor.

—Costumbre —admitió él, mientras servía un poco de vino turbio de la casa en las tazas de barro—.

En este oficio, si le das la espalda a la puerta, acabas pagando la cuenta antes de tiempo.

Es algo que aprendí en mis años de práctica en Bilbao.

Pero no hablemos de esas cosas, pruebe el vino, es de la zona. Ácido, pero honesto.

A pesar de la gravedad del escenario que compartían y del horror de los crímenes que investigaban, la comida entre José y Fátima se transformó pronto en un encuentro apacible y embriagador para ambos.

Cualquier que hubiera prestado un poco de atención al lenguaje corporal de ambos, habría desvelado la profunda y sutil corriente de atracción mutua que corría bajo el mantel de hule de la mesa, una tensión eléctrica que ninguno de los dos se esforzó demasiado en disimular.

Santos, un hombre acostumbrado a la soledad de su puesto y al recelo de los paisanos, se descubrió a sí mismo fascinado por la agudeza y la belleza de la joven forense.

Fátima, por su parte, encontraba en la madurez, el misterio y la inquebrantable determinación del teniente un magnetismo difícil de ignorar.

—No me imaginaba a un hombre de acción como tú atrapado en este lugar —comentó Fátima, sosteniendo la mirada por encima del borde de su taza.

—Santiago es la tierra donde nacía y donde me crié, doctora —respondió él, fijando sus ojos marrones en los de ella con una intensidad que la hizo sonreír—. Aunque debo confesar que hoy esta ciudad me parece bastante más interesante que de costumbre.

Ella bajó la mirada un segundo, halagada por la franqueza del halago, antes de volver a clavar sus ojos en él.

Lo que comenzó como una reunión de trabajo dio paso a momentos intensos de miradas cruzadas que se sostenían más de lo estrictamente necesario, y sonrisas cautivadoras que aliviaban el peso de la atmósfera de incertidumbre que habían provocado los crímenes.

Fátima, sin embargo, no podía evitar un leve sentimiento de culpa que le atenazaba el pecho a intervalos regulares.

Mientras el camarero les dejaba una generosa ración de pulpo a la gallega, sentía que, de algún modo, se estaba aprovechando de su posición y de la indudable atracción que José sentía por ella para sonsacar más información al teniente.

Aunque en su fuero interno sabía que esa no era su intención original, y que el interés por el hombre era genuino, la rigidez de su mente periodística la castigaba acusándola de manipulación.

—A veces siento que soy demasiado pragmática —comentó ella, intentando disimular su conflicto interno—. Vengo aquí, me invita a comer y... temo que piense que solo busco un confidente para mis notas de laboratorio.

—Si pensara eso, Fátima, ya me habría marchado —la interrumpió José con suavidad, extendiendo la mano un palmo sobre la mesa—. Sé diferenciar a una burócrata de alguien que de verdad busca respuestas. Y usted tiene los mismos ojos hambrientos de verdad que yo tenía hace veinte años.

Aun así, la sombra de los crímenes del Camino de Santiago era demasiado alargada para ignorarla, y pasaron algunas partes del almuerzo hablando inevitablemente del asunto.

Fue en esos instantes cuando José, completamente desarmado por la complicidad y la intimidad que se había creado entre ambos, compartió con ella información confidencial de las investigaciones.

—Hay cosas que nunca vas a ver en los papeles que maneja el juez, Fátima —le dijo José, bajando el tono de voz mientras se inclinaba hacia ella—.

El mes pasado, cuando encontramos al turista alemán, el laboratorio de Orense detectó trazas de un compuesto químico extraño en la ropa.

Algo parecido a una resina vegetal que no pertenece a ninguna especie de pino o carballo de Galicia.

Mis superiores ordenaron destruir esa parte del informe.

Dijeron que era contaminación del suelo, pero yo sé que limpiaron la escena antes de que el juez de guardia levantara el cadáver.

—¿Limpiaron la escena? —preguntó ella, genuinamente sorprendida—. Eso es una negligencia gravísima, José. ¿Por qué ocultarlo?

—Porque no quieren que se asocie el Camino con nada que huela a ritual o a ataques sistemáticos.

El Comandante Artigas prefiere la teoría de los perros asilvestrados, o incluso la del león; es limpia, no genera titulares en la prensa internacional y permite que los peregrinos sigan gastando dinero en los albergues.

Pero yo tengo mis propias sospechas. Hay tres denuncias por desapariciones en en este año que ni siquiera se han tramitado como tales.

Gente que venía sola, sin familia cercana.

Los borran del sistema como si nunca hubieran cruzado la frontera de la provincia.

José lo confesó de manera natural, dejándose llevar por la confianza, aunque ella en ningún momento le hubiera preguntado por ello ni hubiera intentado forzar la conversación. El teniente sentía que, en mitad de aquella tormenta, Fátima era la única persona en la que podía confiar plenamente.

—Es aterrador —susurró Fátima, sintiendo un escalofrío que contrastaba con el calor del vino—. Están dejándolos indefensos.

—Por eso te necesito en ese laboratorio, Fátima. Eres mis ojos donde yo ya no puedo mirar —concluyó él con solemnidad.

Atrapada entre dos bandos. Así se encontró ella de repente, y lo peor era que sabía que no podía defraudar a ninguna de las personas que estaban confiando en ella, tanto Tania como José.

Pasadas más de dos horas, el tintineo de los cafés sobre la mesa les recordó que el mundo exterior seguía reclamando sus obligaciones. Con renuencia, decidieron poner fin a la improvisada cita y regresar al trabajo. La realidad volvía a imponer sus normas.

—Bueno —suspiró Fátima, mirando su reloj de pulsera—. Las obligaciones diarias me esperan y la fantasía se termina. Debo volver al juzgado.

—Y yo al cuartel —admitió José, levantándose para ayudarla con la chaqueta—. Tengo que verle la cara a Artigas y fingir que sigo siendo el teniente que solo pasea por el monte. Mañana me toca darle el parte reglamentario.

—¿Y yo? —preguntó ella, mirándolo desde abajo mientras se ajustaba el abrigo—. Volveré a fingir que soy la simple ayudante de Tania en el departamento forense. Nadie sospecha nada por ahora, pero no podré estirar el hilo eternamente.

La paradoja en la que se encontraba era casi cómica, si no fuera por las implicaciones que tenía para ella asumir el rol de espía doble.

Antes de levantarse definitivamente de la mesa, el magnetismo entre ambos se materializó en un gesto definitivo.

José sacó un bolígrafo del bolsillo de la camisa y anotó un número en una servilleta de papel, deslizándola hacia ella.

—Este es mi teléfono personal. El que no pasa por la centralita del cuartel —dijo con una sonrisa cómplice—. Úsalo. No solo para hablar de huesos y marcas de dientes.

—Lo haré —prometió ella, guardando el papel en su bolso como si fuera un tesoro—. ¿Nos vemos el próximo fin de semana? Creo que para entonces tendré los resultados preliminares de la última analítica.

—Me parece una excelente excusa. Buscaremos un sitio más discreto que Casa Elisa —respondió él, y la promesa en sus palabras fue evidente.

La conexión entre ellos había sido total; un vínculo forjado no solo por el espanto de la criatura que acechaba en los montes de Galicia, sino por una chispa íntima e inesperada que prometía cambiar el rumbo de sus vidas.

Al salir de Casa Elisa, la lluvia caía con una violencia salvaje, difuminando los contornos de las casas y convirtiendo las calles en torrentes de agua gris. Santos le abrió el paraguas a Fátima, para protegerla del viento mientras caminaban hacia su coche.

—Conduce con cuidado, Fátima. Las carreteras con tormenta son traicioneras —le dijo, sosteniendo la portezuela del vehículo. En ese momento, el recuerdo de su difunta esposa atravesó su memoria como un disparo.

—Descuida, José. Sé cuidarme sola —respondió ella, regalándole una última mirada cargada de promesas antes de cerrar la puerta.

Mientras Fátima arrancaba el motor y se alejaba por la sinuosa carretera, ambos supieron que, pasara lo que pasara en los próximos días, ya no estarían solos frente al peligro.