PERDIDOS EN EL BOSQUE BAJO LA LUNA LLENA #2
La criatura entonces dio el golpe fatal y de un zarpazo brutal arrancó la cabeza de la francesa, separándola del tronco.
Ésta giró sobre sí misma varias veces, antes golpear contra un árbol caído y detenerse.
Los ojos, desorbitados por el pánico, observaron impávidos cómo el licántropo terminaba de darse un festín con el cuerpo casi desnudo de su víctima.
El sonido del teléfono sobresaltó a Fátima.
Miró el reloj que estaba sobre la mesa de noche y vio que eran casi las diez de la mañana.
En la pantalla aparecía el nombre de Tania, que insistía en despertar a su amiga de un reparador sueño.
Era sábado y al fin podía descansar, y dormir a pierna suelta, después de una semana laboriosa y estresante.
―Hola ―contestó de forma seca, tan seca como lo estaba su boca pastosa.
―¡Fátima, tienes que venir al laboratorio! ―dijo la forense con un tono de voz alterado, sin saludar tan siquiera. Parecía estar nerviosa―. ¡Ha habido otro ataque! ―le comunicó.
―¿Otro? ―La periodista se incorporó de golpe―. ¿Cuándo? ¿Dónde?
―Anoche mismo, en una carretera local que está cerca de A Tarroeira. Me ha llamado el teniente Santos y me ha dicho que van para allá y que cuando el juez decrete el levantamiento de los cadáveres, los traerán para que haga la autopsia.
―¿Los cadáveres? ―preguntó Fátima, sorprendida por ese dato.
―Sí, al parecer son dos víctimas ―respondió Tania, que todavía mostraba un estado febril de excitación y no era capaz de dar todos los detalles en orden―. Los encontró esta mañana un hombre que paseaba con sus perros. ¡Ven ya!
―Vale, voy a vestirme y estaré allí en media hora. ―Fátima, de hecho, ya había comenzado a colocar la ropa que iba a ponerse, antes de despedirse de su amiga.
―De acuerdo, nos vemos ahora ―concluyó Tania, que no esperó la respuesta y colgó el teléfono.
Cuando Fátima llegó a las instalaciones de investigación forense, el lugar ya era un hervidero de actividad.
Había policías deambulando de aquí para allá, cargados con informes o hablando por teléfono con alguien.
También había dos agentes de la Policía Judicial que hablaban con Tania, mientras ella les escuchaba con atención cómo le contaban los pormenores sobre los detalles del hallazgo de los dos cuerpos que ahora tenía tumbados en sendas camillas.
Fátima se abrió paso entre los presentes y se acercó a su amiga, a la vez que se colgaba el pase temporal que le había hecho para que el juego de fingir ser la ayudante de la forense tuviera más efecto.
Pasó por delante de las dos camillas y se fijó en que los cadáveres estaban tapados, aunque las sábanas verdes que los cubrían estaban empapadas de sangre.
Como era obvio, se preguntó en qué estado se encontraban y deseó que la reunión acabara cuanto antes para poder observarlos y analizarlos junto a la forense.
Entretanto Tania daba los últimos detalles a los agentes, la periodista se mantuvo al margen y echó un vistazo disimuladamente a uno de los cuerpos.
Apartó ligeramente la sábana que lo cubría y vio un brazo desgarrado y una herida enorme a la altura del costillar, que mostraba varias fracturas abiertas.
Aguantó las náuseas como pudo, llevándose una mano a la boca, y tapó de inmediato el cadáver.
Había sido una mala idea dejarse llevar por su innata curiosidad.
―¿Impresionada? ―La figura del teniente Santos apareció de repente a su espalda.
―Es horrible ―confesó ella, a la vez que sonreía de forma nerviosa, como una niña traviesa a la que han pillado haciendo una fechoría inconfesable.
―Creía que una ayudante de forense estaría más acostumbrada a estas escenas ―indicó él, que apartó la sábana por completo para ver su reacción.
Fátima observó los restos mortales con disimulo, mientras intentaba aparentar algo de profesionalidad.
Se trataba de un hombre de edad madura, o eso aparentaban sus rasgos, ya que era difícil adivinarlo por la deformidad que presentaba el cráneo.
Tras unos segundos de dudas, se armó de valor y observó las heridas con más detenimiento.
Ciertamente eran grotescas, una escena que parecía sacada de una película gore, de aquellas que su primer novio, Yago, le ponía para molestarla.
Habían pasado unos cuantos años de ello, pues sucedió cuando todavía estaba en el instituto, pero la repugnancia por semejantes imágenes no había desaparecido.
―¿Ha sido el mismo asesino que mató al chico alemán? ―preguntó Fátima, más recompuesta.
―Eso creemos, ya que se repite el patrón de las heridas y han sido asesinados con el mismo ensañamiento ―respondió Santos―. En todo caso, tendremos que esperar a lo que diga su jefa cuando haga la autopsia y nos dé el informe final.
―Faltan órganos, me parece. ―Fátima se dio cuenta que no estaba el hígado, y que el corazón había sido partido por la mitad y faltaba un pedazo considerable del mismo.
―Así es, y también le han arrancado los testículos y el pene. Parece que esa bestia los devoró también ―comentó el teniente, que señaló la zona inguinal. En la misma había un hueco sanguinolento.
―¿Por qué haría eso?
―En algunas culturas, devorar los genitales de otros es una forma de adquirir virilidad.
―¿Sugiere usted qué…?
―Tutéame, por favor ―la interrumpió el guardia civil.
―Gracias. ―Fátima se ruborizó y sonrío de forma ingenua―. ¿Sugieres que el asesinato forma parte de un ritual de algún tipo?
―No lo puedo asegurar, pero el caso es que el cadáver del turista alemán también presentaba heridas similares, así que no descarto nada.
Fátima guardó silencio y no apartó la vista del cuerpo, mientras analizaba cada detalle con detenimiento.
Por su parte, el teniente la observaba con una atracción que era incapaz de disimular.
Su cabellera de fuego, con unos tirabuzones que descansaban sobre los hombros, y los ojos verdes de mirada penetrante, llamaron la atención del oficial desde el primer día.
Todo en ella destilaba una energía irresistible para él, de hecho, un impulso repentino le hizo romper la barrera de lo profesional.
―¿Le gustaría que comiéramos juntos después? ―preguntó de improviso. Fátima se giró y fue incapaz de ocultar el rubor de sus mejillas.
―Eh…claro…―balbuceó―. Claro, será un placer, teniente.
―José, por favor. Llámeme José ―dijo sonriente―. ¿Le parece bien que nos veamos a las dos en Casa Elisa? No está lejos, y se come muy bien.
―Me encantaría, José. ―ratificó Fátima, que era incapaz de disimular lo sorprendida que estaba por la invitación.
―Genial, nos veremos entonces en Casa Luisa a las dos. ―Santos se giró hacia Tania―. ¿Qué se sabe de lo que te traje en el vial? ¿Tienes algo?
―No, no he podido enviarlo todavía a Madrid, pero…―La forense abrió el cajón de su mesa y vio que el frasco no estaba donde lo había guardado―. No es posible…
―¿Qué pasa? ―preguntó el teniente.
―El vial, no está aquí ―respondió, al mismo tiempo que revolvía los papeles y objetos que estaban dentro de la gaveta―. Juro que lo guardé aquí.
―¿Estás segura? ―Santos se acercó, incrédulo y molesto.
―De verdad, tenía previsto enviarlo con la próxima valija mañana.
―¿Qué sucede? ―intervino Fátima, confundida.
―Nada, nada…―dudó Tania―. Fátima, hazme el favor y ve a buscar al juez Terrats, que está en el Penal número tres. Dile que venga para que me firme las actas, por favor.
―Pero… ―La joven no quería irse sin saber qué les había puesto tan nerviosos al teniente y a su amiga.
―Ve, por favor. ―La doctora le echó una mirada penetrante que no admitía réplica.
―Iré con ella ―comentó Santos―. A ver si averiguo algo de lo que ha pasado.
Tania les observó y sonrió tristemente, pues sabía que había química entre ellos, a pesar de las circunstancias en las que se encontraban.
Se alegraba por su amiga, pues sabía que llevaba un tiempo deprimida y necesitaba un aliciente que le diera algo de motivación añadida, aparte del trabajo.
Esa era la Fátima que conoció en la universidad, la que transmitía un magnetismo especial, y la misma que era capaz de romper corazones con una sonrisa y una mirada de sus intensos ojos verdes.
Al fin podría dar pasos hacia una felicidad deseada, aunque inesperada.