Vákner: Aullidos en el Camino de Santiago PERDIDOS EN EL BOSQUE BAJO LA LUNA LLENA
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PERDIDOS EN EL BOSQUE BAJO LA LUNA LLENA

Camino Túnel Vexetal de Porto Carreiro

Galicia. España.

Beatrice no estaba de buen humor y Claude lo notaba a cada paso que daban.

El agotamiento, el incesante y gélido clima gallego, y la sensación de haber cometido un gran error, se apoderaban de la mujer, lo que hacía que se negara en redondo a dirigirle la palabra a su esposo.

Al fin y al cabo, había sido él que se había empeñado en realizar el peregrinaje y ella se había resignado a acompañarle por mera imposición marital.

Claude caminaba a unos pasos de distancia, detrás de ella, con la cabeza agachada y cubierta por la capucha del chubasquero, que apenas le protegía de las finas agujas líquidas que caían del cielo plomizo.

Era una tarde gris y poco apacible, por no decir que era una jornada de esas que solían denominarse como “día de perros”: viento del norte, un frío que calaba hasta los huesos, y una lluvia fina que no cesaba de caer.

El motivo de la enésima discusión que habían tenido era irrisorio, como casi siempre, pero esta vez parecía que algo se había roto de verdad entre ellos.

Claude sabía que la relación afectiva se había esfumado entre ambos desde hacía meses, y buscó un último intento de acercamiento con su esposa; ese fue el motivo por el que planeó que hacer el Camino podría ayudarles a recuperar sentimientos que parecían olvidados.

Otra vez estaba equivocado, y nada parecía unir los fragmentos de lo que una vez fue un matrimonio feliz.

Beatrice no era capaz de albergar amor hacia él, no después de las cosas que habían pasado entre ambos.

Después de once años de relación, había demasiadas fisuras insalvables.

Infidelidades mutuas, peleas injustificadas, desplantes de uno hacia el otro, y la dura convivencia entre los muros de la casa que tenían a las afueras de Lyon, lujosa y grande, pero que se había convertido en una prisión de lujo para los dos.

Había aceptado salir de aquella mansión para escapar de la rutina opresiva y asfixiante, pero no tardó en darse cuenta que la compañía de Claude no era la más adecuada para realizar ese viaje.

―Cariño, ya te he dicho que eso no volverá a suceder ―gritó él, a varios metros de distancia por detrás de ella.

No había casas ni nadie alrededor de ellos, y tuvo que alzar la voz para hacerse oír por encima del ruido de la implacable lluvia.

La noche ya estaba cerrándose sobre sus cabezas y tenían que buscar algún sitio donde dormir y secarse.

Claude sacó una linterna, que colocó alrededor de su cabeza, con la luz al frente, y así pudo iluminar mejor la zona en la que estaban.

Lo único que había a su alrededor eran hileras interminables de árboles y el sendero por el que estaban transitando en ese momento, embarrado y repleto de imperfecciones.

―¡Estoy harta de ti! ―contestó ella, girándose para señalarle con el dedo índice―. ¡No aguanto más esta mentira de matrimonio!

―Beatrice, sé que me equivocado mucho, pero no creo que este sea el mejor momento para plantear dicha cuestión.

―Se acercó a ella, mientras intentaba ser razonable―.

Vamos a buscar cobijo y mañana nos volvemos a Francia, pero dejemos las peleas para cuando estemos en casa. Allí decidiremos qué haremos después.

―De acuerdo, a ver si encontramos un hostal ―aceptó a regañadientes―. Pero cuando volvamos a casa, ten por seguro que hablaré con el abogado para presentar el divorcio.

―Me parece justo ―confirmó él con el tono tan frío como el clima que les rodeaba―. Creo que será lo mejor para los dos. Busquemos un lugar para hospedarnos. ¿Dónde estamos?

―¡Maldita sea! ―Le dio la espalda y miró en todas direcciones, aunque sólo vio árboles―. ¡No tengo ni idea!

―Miraré el GPS, a ver si hay algún pueblo cerca.

―Se quitó la mochila, la dejó apoyada sobre sus rodillas, en el suelo, y cogió el móvil que llevaba guardado en un bolsillo del chubasquero.

Al conectar el sistema de geolocalización, éste no tardó en indicar su posición exacta―.

Estamos cerca de un río, y a unos novecientos metros hacia el sureste hay un sitio donde nos podemos quedar. Voy a ver si hay camas disponibles.

―Esperemos que sí, porque estoy calada hasta los huesos.

―No te preocupes, me aparecen dos sitios más en el mapa, aunque están un poco más lejos. ―Claude levantó la mirada con gesto de estar molesto―. Si no te hubieses puesto a caminar a lo loco por los caminos, sin mirar dónde ibas, ahora estaríamos en una habitación cálida y cenando algo caliente.

―¿También me vas a echar la culpa de que estemos perdidos en este bosque? ―El tono de Beatrice auguraba una nueva discusión.

―Sólo digo que…

―¡Ya estás otra vez culpándome de todo!

―¡Joder, no empieces de nuevo!

―Mira, te voy a decir una cosa…

De pronto, un sonido se alzó por encima del estruendo de la tormenta y las palabras de Beatrice quedaron suspendidas en el aire, desvaneciéndose como volutas de humo de su airada exhalación.

Ambos se quedaron en silencio y la tensión se apoderó de sus cuerpos, ya que el ruido había sido lo bastante claro como indicar que no estaba demasiado lejos.

―¿Qué ha sido eso? ―comentó ella, asustada.

―Parecía el aullido de un lobo ―respondió Claude, que guardó el móvil en el bolsillo y recogió la mochila―. Será mejor que vayamos al hostal, antes de que aparezca una manada de esas bestias.

Los dos comenzaron a andar y aceleraron el paso, mientras él escuchaba las indicaciones del navegador a través de un auricular inalámbrico.

Se cogieron de la mano por puro instinto de protección, para sentirse más seguros.

No tardaron en alcanzar una carretera estrecha, y la voz femenina le indicó que siguiera por ella todo el trayecto, debían pasar una bifurcación y seguir hacia la siguiente, en la que encontraría su destino a la izquierda.

La lluvia cesó poco a poco y dio paso a una espesa niebla que se adueñó de la densa arboleda que les rodeaba.

La mayoría de las copas mostraban una frondosidad fantasmal y extendían sus ramas más allá de lo que la vista era capaz de distinguir, como si fueran los delgados y enjutos brazos de espectros de madera.

Otro aullido se hizo notar en el aire, y esta vez parecía estar más cerca de ellos.

―Vamos, acelera el paso ―urgió Claude, que sintió un escalofrío que recorrió todo su cuerpo.

―¿Queda mucho? ―preguntó Beatrice, que no dejaba de mirar a todas partes, cada vez más aterrada.

―Apenas cuatrocientos metros ―corroboró él, imitándola.

Un nuevo aullido reverberó a su alrededor, y esta vez tenían claro que el animal que lo había emitido estaba demasiado próximo.

Se detuvieron de golpe y sacaron dos linternas más, con las que apuntaron en todas direcciones, pero no vieron nada, aparte de infinidad de troncos de pinos y la densa niebla que les rodeaba.

Unas ramas crujieron a su derecha, y los dos se giraron para iluminar esa parte del camino. No había nada.

―¡Me cago en todo! ¡Largaos de aquí, malditas alimañas! ―gritó Claude, con la intención de hacerse oír y asustar a los supuestos animales. Rebuscó en la mochila y sacó un cuchillo de caza de grandes dimensiones―. ¡Voy a hacerme una alfombra con la piel de uno de vosotros!

Si pensaba que lograría amedrentar a lo que les estaba acechando, se equivocó por completo. Un nuevo aullido resonó en el bosque, y esta vez no tuvieron tiempo de reaccionar.

Beatrice sintió un fuerte empujón que la envió a varios metros de distancia, hacia el interior del bosque.

Gritó de terror y notó un dolor fuerte en la espalda que le impedía incorporarse.

Las piernas no respondían y el pánico se apoderó por completo de ella.

Y más se acrecentó cuando estiró una mano para palpar la zona lumbar y comprobó que estaba sangrando en abundancia.

Llevada por la impresión, se desmayó en el acto.

En cambio, Claude sí fue testigo de la horripilante criatura que se acercó a él de un salto y le abrió la garganta en canal de un zarpazo.

La sangre brotó con el ritmo acelerado del palpitante corazón y la bestia no se demoró en arrojarse sobre la yugular cercenada, bebiendo del líquido vital con avidez sádica.

Él intentó resistirse, mientras la lámpara que llevaba en la cabeza se movía con espasmos, iluminando entre visiones fugaces los rasgos del atacante, pero las garras musculosas y grandes le tenían atrapado y notó cómo apretaban el cúbito y el radio, hasta el punto de hacerlos astillarse en el interior de las extremidades.

Emitió alaridos de un dolor indescifrable, mientras aquel ser, no contento con haber succionado varios litros de sangre, mordía con fiereza el vientre del desdichado turista.

Las vísceras comenzaron a esparcirse fuera del cuerpo, liberadas de la presión natural de los músculos abdominales, y el hedor de la Muerte se asomó ante los ojos de Claude para anunciarle la inminente llegada de la visita que iba a hacerle.

A raíz de las heridas sufridas, y con su mente absorta en el proceso pre-mortem , no fue capaz de sentir cómo el gigantesco atacante arrancaba piel y trozos de músculos de sus piernas, además de arrancarle los testículos de un tirón.

Tampoco percibió cómo la bestia se alejaba de su cuerpo destrozado y retornaba al interior del oscuro bosque, mientras la linterna que estaba arrojada en el suelo iluminaba sus patas.

Beatrice recuperó el conocimiento cuando sintió un intenso dolor en el pecho, no podía ver prácticamente nada en la oscuridad reinante, pero su cerebro actuó de inmediato y disparó todas las alarmas cuando percibió el flujo incesante de advertencias: algo estaba mordiendo sus senos, y lo hacía con una fuerza desmedida.

Gritó por el dolor que sentía y se rebeló como pudo, pero cuando sus manos tocaron el pelo hirsuto de lo que estaba arrancándole jirones de carne, las apartó horrorizada.