LA LOCA IDEA DE FÁTIMA #3
Salió de su casa y llegó hasta el Cuerpo de Guardia para que le entregaran las llaves de un vehículo con el que desplazarse hasta el juzgado, de tal forma que no tuviera que usar su coche particular; era más fácil encontrar aparcamiento cuando ibas en un coche oficial.
Le entregaron un Peugeot 308 nuevo que iba pintado con los colores de la Benemérita, y lo recogió en el aparcamiento inferior de las instalaciones.
Se subió al vehículo y las fosas nasales se inundaron del olor a recién estrenado que tenían los coches cuando los sacaban del concesionario, un aroma que el teniente odiaba y que le producía mareos.
Encendió un cigarrillo para aplacar los efluvios del tejido nuevo de los asientos y del resto de fuertes olores que impregnaban el interior.
Condujo con tranquilidad, mientras daba buena cuenta del bastoncillo de nicotina y alquitrán, entre otras fatales sustancias, a la vez que escuchaba en la radio local los erráticos comentarios de supuestos expertos tertulianos que intentaban encontrar una hipótesis plausible al asesinato del turista alemán.
Entre las falsedades y noticas infundadas, José sonreía con un gesto de desdén ante las palabras que escuchaba a través de las ondas.
Finalmente, harto de tanta tontería, decidió apagar la radio y terminó el trayecto acompañado por el ruido del tráfico de la ciudad compostelana.
Aparcó justo en el lugar reservado a vehículos policiales y llegó hasta las instalaciones de la forense, mientras rezaba para que sus anhelos de encontrar solución a las dudas del caso se resolvieran cuanto antes.
―Buenos días, Tania ―saludó José al entrar en las dependencias de la doctora―. ¿Ya tienes el informe terminado?
―Buenos días, Teniente. ―respondió ella, en cuyos párpados podían apreciarse unas ojeras notables por la falta de descanso―.
Sí, y he hecho algunas correcciones después de ver el vídeo.
―Fue a recoger la carpeta con el expediente y se lo entregó.
De inmediato, el oficial comenzó a echarle un vistazo.
―¿Y bien? ―preguntó, a la espera de recibir una respuesta que esclareciera un poco el caso―. ¿Qué conclusiones ha sacado?
―Creo que el asesino tiene una tendencia homicida descontrolada, así que podemos descartar que se trate de un asesino metódico ―afirmó con vehemencia.
―¿Podría ser un ataque casual o habrá más?
―No podría decírtelo, la verdad. ―Tania fue a coger el bolso y sacó un vapeador, al que dio un par de caladas antes de responder―.
Ese hombre parece desquiciado, y las heridas muestran que fue un ataque producto de una especie de catarsis criminal.
Si tiene un trastorno mental, no descarto que pueda volver a intentarlo.
―Bueno, tengo algo aquí. ―Rebuscó en el bolsillo interior de la cazadora y sacó el vial―, Creo que podría ser de ayuda sin investigas qué es exactamente.
―¿De dónde lo ha sacado? ―La forense lo tomó entre los dedos y lo observó con curiosidad―. Parece resina vegetal.
―Hazme caso, no creo que sea eso ―apostilló Santos.
De repente, Fátima apareció por la puerta y mostró una sonrisa estúpida para disculparse por la interrupción.
Se quedó parada durante un par de segundos en la entrada cuando vio al oficial, pero se recompuso con rapidez y se acercó a su amiga para comenzar con la ficción que habían programado.
Le pareció un hombre atractivo, que rondaba los cuarenta y tantos años, y que tenía un porte elegante con el uniforme verde.
Las facciones de su cara le llamaron especialmente la atención, y tuvo que esforzarse en apartar la mirada para no aparentar ser una adolescente que ha recibido un flechazo inesperado.
Debía tener sumo cuidado, si no quería ser descubierta y enfrentarse a un delito grave.
―¡Buenos días y perdón por el retraso! ―exclamó con jovialidad―. No encontraba aparcamiento y tuve que dar un par de vueltas.
―¡Ya era hora! ―Tania sonrió nerviosa, pues no estaba segura de si el plan saldría bien. Con un gesto disimulado guardó el vial en el bolsillo de su bata blanca―. Te presento al Teniente José Santos.
―Encantada, teniente Santos ―saludó Fátima, que le tendió la mano. Él la estrecho con firmeza, pero sin rudeza.
―Lo mismo digo, señorita…
―Fátima Pontes, soy la nueva auxiliar forense ―mintió, pero con aplomo en la voz.
―Encantado, señorita Pontes, aunque no recuerdo haberla visto antes por aquí ―comentó el agente.
―Empieza hoy, teniente ―intervino Tania―. Espero que no le moleste su presencia.
―¡Ah, no, no! ―dijo él, que también se fijó con detenimiento en las facciones de Fátima―. Se lo diga yo ahora, o tú después, supongo que tendrá que ponerse al día con el trabajo cuanto antes.
Tanía asintió y dirigió una mirada fugaz a Fátima, mientras José seguía leyendo el informe con detenimiento.
La primera prueba la habían solventado con éxito y el oficial de la Guardia Civil se había tragado el anzuelo de que era una auxiliar recién llegada a las instalaciones.
Con esa baraja sobre la mesa, ambas se relajaron y esperaron a que él terminara con el examen del informe mientras de tanto en tanto cruzaban miradas de complicidad y alguna ligera sonrisa nerviosa.