Vákner: Aullidos en el Camino de Santiago FUTURO INCIERTO
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FUTURO INCIERTO

Agotado y asustado, el misterioso líder de la Orden abrió la puerta del despacho y se adentró en la oscura sala, que devoró la escasa luz que provenía del pasillo.

El ambiente en el interior estaba cargado por un fuerte olor a puros habanos y el rancio aroma de un licor que había dejado destapado la noche anterior, cuando conoció el fatal desenlace de Salvador.

Se acercó a la mesa de escritorio y encendió a tientas la lámpara de tulipa verde, que rompió la densa penumbra con un parpadeo incómodo.

Ese efecto lumínico resaltó aún más la figura que le esperaba sentado en un sillón de cuero negro que estaba apartado en un rincón del despacho.

A pesar del sobresalto inicial, el anciano sabía quién era la persona que se había presentado sin avisar en su lugar de trabajo habitual.

También sabía que su disgusto debía ser mayúsculo, ya que se había dignado a salir de su habitual residencia para hacerle una visita que sabía a ciencia cierta que no iba a ser de pura cortesía.

—Habéis vuelto a fallar, viejo amigo —dijo el visitante con un tono serio y defraudado. Mi siquiera se saludaron. No hacía falta—. ¿Cuántas veces van ya desde que nos conocemos?

—Tres —respondió con la voz cansada.

—Tres veces mientras tú eres líder de la Orden de los Caballeros de San Miguel Arcángel, y es la primera vez que ocurre en estos seis siglos.

—Esos seres cada vez son más fuertes e inteligentes, ya no es tan fácil darles caza.

—¡Son bestias infernales, Artigas! —gritó encolerizado el invitado—. ¡Se supone que tus hombres son los mejores cazando a esas criaturas!

—Salvador era el mejor sin duda, pero la dinastía del Vákner se está fortaleciendo generación tras generación, Santo Padre —contestó con vehemencia el Comandante de la Guardia Civil—.

En todo caso, el progenitor ha sido eliminado y sólo queda acabar con su hija y ese nuevo vástago que ha traído al mundo.

—Una aberración de la naturaleza, como siempre, y engendrado por ese teniente que trabajó contigo —aseguró el Papa con acritud,

—Hace meses que presentó su renuncia y se marchó.

—Pues búscales y acaba con ellos cuanto antes. Esta vez deben ser borrados de la faz de la tierra antes de que ese niño crezca y se convierta en otra bestia sanguinaria.

—No será tan fácil, pero haremos lo que podamos.

El Papa se acercó al oficial y le tendió la mano para que éste besara el anillo sagrado que tenía en su dedo. Artigas se arrodilló e hizo la reverencia pactada, la misma que había firmado la Orden cuando se fundó y la Iglesia decidió apoyarles en sus cacerías de licántropos, vampiros y brujas.

—Espero que esta vez no me falles —dijo el Papa—. No podemos volver fallar.

—No lo haremos —respondió Artigas.

El Papa asintió y se marchó del despacho, dejando al oficial a solas con el torbellino de sentimientos que estaban resquebrajando su mente y que le hacía plantearse qué pasos dar a continuación para cumplir con la misión que se le había encomendado desde hacía tantos años.

Sin embargo, por más vueltas que le daba no encontraba la solución y era por un motivo que no había confesado: se negaba en redondo a acabar con la vida de José Santos.

Por encima de todo, estaba la vida de un amigo, y confiaba en él para que el futuro Vákner estuviera bajo control. Como su madre.

La noche del 1 de noviembre de 2028 era inusualmente clara en Santiago de Compostela.

No era la claridad acogedora del verano, sino una transparencia gélida.

El aire que se colaba por los conductos de ventilación del Hospital Clínico Universitario cortaba como un bisturí, portando el aroma a ozono y a piedra vieja de la ciudad que dormía a sus pies.

En el horizonte, justo cuando la luna llena comenzaba a rasgar la línea de las montañas gallegas como una moneda de plata recién acuñada, el primer llanto del bebé inundó la habitación cuatrocientos dos.

Fátima estaba empapada en sudor, con las sábanas blancas revueltas y el cuerpo todavía vibrando por el esfuerzo titánico del parto.

No había sido un nacimiento ordinario. Durante las últimas horas, cada contracción había sido una batalla campal entre su voluntad humana y el pulso salvaje que latía en su útero.

José no le había soltado la mano ni un segundo; sus nudillos estaban blancos y sus ojos, inyectados en sangre por el insomnio, permanecían fijos en ella.

Temía que la marea de hormonas, el dolor extremo y el influjo magnético de la luna desencadenaran a la bestia que Fátima llevaba meses encadenando en lo más profundo de su psique.

Pero el milagro ocurrió. O al menos, eso creyeron.

Fátima respiró hondo, manteniendo sus facciones humanas bajo la luz fluorescente.

Su piel permanecía intacta, sin rastro del vello oscuro y grueso que la había cubierto cuando se había transformado.

Su voluntad de hierro se había impuesto a la maldición familiar, logrando lo que sus padres jamás pudieron: parir como una mujer y no como una fiera.

Había aprendido a dominar a la bestia y ésta no había vuelto a aparecer desde la noche en la que murieron sus padres.

Un golpe suave y vacilante en la puerta rompió el silencio sagrado del postparto, en el que los nuevos padres disfrutaban extasiados de la presencia de su vástago.

Tania Deszchuk entró en la habitación con paso torpe.

Ya no vestía el uniforme blanco de forense ni la bata impecable de Medicina Legal.

Llevaba un abrigo oscuro que la hacía parecer pequeña, cargando con el peso de una culpa que le había surcado el rostro con arrugas nuevas.

—No sabía si vendrías —susurró José. Su voz ya no era la del Teniente Santos que infundía respeto en la Comandancia.

Ahora, como detective privado tras su expulsión del cuerpo, conservaba la agudeza del investigador, pero había perdido la rigidez del oficial. En sus ojos había una tregua amarga.

—Tenía que venir —respondió Tania, deteniéndose a los pies de la cama.

Miró a Fátima directamente a los ojos, buscando un perdón que no estaba segura de merecer —.

Siento todo lo que pasó, Fátima. La traición, las mentiras en el laboratorio, el haberte tratado como un objeto de estudio...

me perdí a mí misma intentando entender este infierno genético.

Solo espero que algún día, cuando el rastro de la sangre se enfríe, podamos volver a ser lo que fuimos en aquel entonces.

Fátima, con el recién nacido envuelto en una manta de algodón, guardó silencio. Sus sentidos, todavía agudizados por el postparto, procesaron el olor de Tania: miedo, arrepentimiento y el aroma químico del laboratorio que siempre la acompañaba.

—El rencor pesa demasiado para alguien que acaba de traer una vida al mundo —dijo Fátima con una voz ronca, raspada por los gritos del parto —. No quiero que mi hijo crezca en un mundo de enemigos. Empecemos de cero, Tania. Ayúdanos a protegerlo.

Las dos mujeres sellaron con un fuerte abrazo una paz frágil bajo la luz gélida de la habitación. José observaba la escena, sintiendo cómo el círculo del pasado se cerraba, permitiéndoles soñar, por unos instantes, con un futuro de anonimato y normalidad.

Minutos después, siguiendo el estricto protocolo de neonatos, una enfermera de mediana edad entró para llevarse al niño.

Debían realizarle las pruebas rutinarias y colocarlo en una cuna de cristal en la unidad de observación.

José y Fátima se despidieron del pequeño con un beso, convencidos de que el peligro había pasado con el amanecer inminente.

El pasillo de la unidad de neonatos estaba en penumbra, iluminado solo por los fluorescentes parpadeantes que proyectaban sombras alargadas y nerviosas sobre las paredes de linóleo. El silencio era absoluto, roto solo por el pitido rítmico de los monitores.

—Vamos a ver qué tal estás, pequeño guerrero —murmuró la enfermera mientras colocaba la cuna bajo la lámpara de calor de la incubadora.

La mujer se inclinó para comprobar la frecuencia cardiaca del bebé y ajustar la manta.

En ese momento, el niño dejó de moverse.

No hubo el típico pataleo de un recién nacido.

Al inclinar la cabeza, la enfermera retrocedió violentamente, golpeando su espalda contra el carro de curas, haciendo que el instrumental metálico cayera al suelo con un estrépito ensordecedor.

El niño acababa de abrir los ojos.

No había rastro de iris humano, ni de la neblina azulada común en los bebés.

Sus pupilas se habían dilatado de forma antinatural hasta cubrirlo todo con un amarillo eléctrico, brillante y depredador.

Era una mirada que no buscaba la luz, sino que la consumía, reflejando el fulgor de la mortecina luna llena que entraba por el ventanal del pasillo con una intensidad sobrenatural.

El bebé abrió la boca, pero no para buscar el pecho materno.

Entre las encías rosadas, con un sonido de tejido desgarrándose, asomaron dos pequeños colmillos afilados como agujas de marfil.

No hubo un llanto infantil que reclamara atención; en su lugar, un agudo y desgarrador aullido, una frecuencia que no pertenecía a las cuerdas vocales humanas, recorrió los pasillos del hospital.

Los cristales de la unidad de neonatos vibraron violentamente, amenazando con estallar bajo la presión de aquella onda sónica inhumana.

En la habitación cuatrocientos dos, Fátima se incorporó de golpe, sintiendo una punzada de dolor abrasador en su vientre.

José corrió hacia el pasillo, pero sus pies se clavaron en el suelo al escuchar el eco del aullido.

Era el mismo sonido que había escuchado en los bosques, el mismo que le había perseguido en sus pesadillas.

Fátima había logrado controlar su propia maldición a través del amor y la voluntad, pero la genética del Vákner no entendía de sentimientos.

El virus, la mutación, la "sangre antigua" de la que hablaban las leyendas, no se había extinguido; simplemente había esperado el momento perfecto para renacer, más puro y más fuerte.

El bebé, bajo la luz de la luna que inundaba la incubadora, volvió a cerrar los ojos y a retraer los colmillos, recuperando en un segundo su apariencia de ángel indefenso.

Pero el secreto ya estaba fuera. El nuevo dueño del Camino de Santiago acababa de nacer en el corazón de la civilización, y el rastro de sangre que José y Fátima habían intentado limpiar apenas estaba comenzando a manchar el futuro.

Entonces entendieron por qué Alfonso había huido y por qué Concha nunca le había contado la verdad a su hija.

El linaje del Vákner jamás desaparecería.