LA LOCA IDEA DE FÁTIMA
El teléfono sonó a las cuatro y dieciséis de la madrugada, lo que provocó que Fátima se sobresaltara con el ruido estridente del tono de llamada.
Estiró el brazo hacia la mesa de noche y cogió el aparato sin mirarlo hasta que tuvo la pantalla ante sus ojos somnolientos; la persona que había alterado su sueño era su amiga Tania.
―¿Tania, qué sucede? ―preguntó con la boca pastosa y un tono de voz ronco.
―Levántate y ven ahora mismo al laboratorio ―le ordenó la chica ucraniana desde el otro lado con tono alterado―. No sabes lo que acabo de ver.
―¿Qué…? ―Fátima estaba confusa y se frotó los ojos para intentar espabilarse―. ¿Por qué? ¿Qué sucede?
―Haz lo que te digo y ven ahora, que me lo vas a agradecer ―insistió su amiga.
―Vale, dame unos minutos para vestirme y voy para allá. Hasta ahora.
Tania colgó el teléfono sin despedirse y la periodista se quedó mirando la pantalla con gesto de extrañeza.
Conocía bien a su amiga y sabía que no solía alterarse fácilmente, salvo porque algo fuera realmente importante, ya fuera para bien o para mal.
El temperamento de las personas eslavas era así, no demasiado efusivo y a veces carente de ese calentón que sí tenían los latinos, como los españoles.
En todo caso, Fátima hizo lo que le había pedido su amiga y se vistió con ropa abrigada, se lavó la cara y en apenas unos minutos abandonaba el apartamento y se subía al coche, que estaba metido en el garaje para resguardarlo de la lluvia y el gélido viento invernal.
No le gustaba mucho aparcar bajo tierra, ya que le daba algo de claustrofobia y le costaba horrores colocar el coche debidamente en su plaza, pero cuando las inclemencias del tiempo la obligaban, no dudaba en hacer uso del espacio que tenía reservado y alquilado.
Condujo por las vacías calles, que a esas horas de la madrugada presentaban un aspecto lúgubre y amenazador.
La lluvia y los tonos ambarinos de las farolas, junto con la sensación de soledad, convirtieron el tránsito hasta el edificio de los juzgados en un paseo que parecía sacado de una novela de Stephen King.
Para aliviar la sensación ominosa que la rodeaba, Fátima activó la pantalla del coche para que sonara algo de música de la que tenía almacenada en la memoria del dispositivo; como una macabra broma del destino, comenzaron a sonar los acordes de Dying in the night , de la banda de metal gótico finlandés The 69 Eyes.
En los apenas diez minutos que tardó en llegar, sonaron otras tres emblemáticas canciones que ella adoraba, y que le traían recuerdos de la universidad, cuando vestía como una joven gótica de cabello castaño oscuro y preciosos ojos verdes.
Fueron tiempos difíciles, pues tenía que combinar el trabajo de camarera con los estudios, pero gracias a la ayuda de su madre logró hacer realidad el sueño de terminar la carrera y se licenció en Ciencias de la Información.
Ahora, después de cuatro años, aquellos anhelos se habían convertido en humo y sólo le quedaba la ilusión de que la historia que tenía entre manos la sacara de la miseria.
Cuando aparcó, Tania ya la estaba esperando en la puerta del edificio mientras se fumaba un cigarrillo y exhalaba volutas espectrales de sus labios pintados de rojo suave.
Estaba cobijada bajo el portal y saludó a Fátima en cuanto la vio apearse del coche.
La periodista se acercó, protegida por el paraguas que evitaba que se empapara con el diluvio que estaba cayendo esa noche.
―Has tardado un poco, ¿no? ―le recriminó la ucraniana con tono impaciente.
―Espero que sea importante lo que tengas que enseñarme, como para sacarme de la cama de madrugada y con este tiempo infernal ―comentó Fátima, que todavía no sabía a qué se debía la prisa.
―Vamos adentro, que tengo que enseñarte algo alucinante ―apostilló Tania con un misterio que sorprendió a su amiga.
Mientras se dirigían al laboratorio, contó a Fátima las últimas novedades sobre la investigación del crimen del turista alemán―.
El teniente Santos me ha enviado unas notas en las que cuestiona mi informe forense y me ha mandado un archivo de vídeo que he repasado varias veces.
Por eso te he llamado, para que me ayudes a resolver las dudas que tengo.
―¿Qué? No entiendo… ―interrumpió Fátima.
―Cuando veas el vídeo lo entenderás ―cortó Tania.
Ante la vehemencia con la que pronunció tal afirmación, a Fátima no le quedó más remedio que guardar silencio y esperar a ver lo que tenía que enseñarle.
Si tenía que ver con el caso, estaba claro que debía ser una pista crucial, y para ella podía suponer un empujón para tener algo más tangible que escribir y publicar.
Accedieron a la morgue sin despertar al guardia de seguridad, que roncaba como un bebé.
Si alguien lo hubiera visto y denunciado, le habría costado el puesto, pero Tania y Fátima no tenían intención de molestarle, así que procuraron no hacer ruido y se introdujeron en las instalaciones a hurtadillas.
Sólo cuando la puerta se cerró tras ellas, el custodio dio un respingo en la silla con gesto adormilado y procuró mantenerse alerta, aunque apenas tardó diez minutos en volver a caer en los dulces brazos de Morfeo.
―Ven, siéntate en mi silla ―indicó Tania a su amiga cuando estuvieron delante de la mesa de escritorio. El ordenador estaba encendido y en la pantalla se apreciaba una imagen congelada del vídeo que había recibido del teniente de la Guardia Civil―. Mira con atención.
Fátima acercó la cara para intentar distinguir con claridad la imagen, pero no vio ninguna anomalía a simple vista.
Era la escena de un bosque frondoso, iluminado por la luz de la luna, y en la que no se apreciaba nada extraño.
Tania activó el botón que accionaba el vídeo y su amiga pudo entender mejor el contexto de la escena completa.
―¿Qué es eso? ―preguntó extrañada―. Parece un hombre alto y fuerte, pero vestido como un…¿lobo?
―¡Lo sabía! ―dijo la forense, exultante―. Tú también ves lo mismo que yo. En el mensaje que me envió el teniente dice que analice de nuevo el cuerpo, porque ese tío podría ser el asesino. Fíjate en las garras de sus manos.
―Son enormes… ―balbuceó Fátima―. No se distingue con claridad, porque hay demasiada oscuridad en la imagen, pero parece que lleva una piel de lobo encima del cuerpo, y mira las facciones de su rostro, también se parece a un lobo.
―¿Será un psicópata con trastornos de licantropía? ―preguntó Tania.
―A mí me recuerda a las historias que me contaba mi madre sobre los lobishome ―contestó Fátima, que detuvo el vídeo en el fotograma en el que mejor se podía distinguir la extraña figura.
―¿Qué? ¿De qué estás hablando? ―preguntó Tania, con el rostro contraído por la incredulidad―. ¿Me hablas de hombres lobo o algo así?
―Bueno, llámalo como quieras, pero en mi tierra hay muchas leyendas sobre los lobishome ―puntualizó Fátima, que se sentó en la silla de la forense―.
Son cuentos de viejas, de esos que se les cuentan a los niños antes de ir a dormir, sobre todo en los pueblos, pero que tienen un punto de realidad.
Podría contarte decenas de historias sobre esas leyendas.
―A ver, ¿qué son esos loboshome, o como se diga?
―Lobishome ―continuó la periodista―. Son criaturas humanas que se transforman en lobos. Puede ser que sufrieran una maldición, o que sean el séptimo hijo varón de una familia sin descendientes femeninas, o también se deba a que una fada les ha echado un hechizo.
―¿Una fada?
―Una hada. También tenemos muchas leyendas de ese tipo en Galicia.
―¿Y se han dado muchos casos de esos hombres lobo últimamente? ―inquirió Tania, que seguía sin creer una palabra.
―Bueno, no en las últimas décadas, pero recuerdo la historia de Romasanta, y la del Vákner, por ejemplo.
El de Manuel Blanco Romasanta fue el último, que yo sepa.
Fue un caso real de un hombre que mató a más de una decena de personas a mediados del siglo diecinueve en la zona de Allariz, cerca de Lugo.
Él decía que tenía una sed infinita de sangre y que no era capaz de controlar el instinto animal que se apoderaba de él, a causa de una maldición que sufría.
―¿En serio? Más bien parece que estaba como una cabra, o que era un psicópata ―aseguró Tania, que se sentó en otra silla, justo frente a Fátima―. Puede que ese del vídeo sea un tipo de parecidas características, con trastornos de licantropía inducida, pero no es un hombre lobo.
―Por supuesto, en eso te doy la razón, pero a saber qué motivaciones tiene para asesinar a alguien de una forma tan brutal ―reflexionó la periodista.
―¿Y ese…cómo es? ¿Vanger? ―preguntó la forense, que tenía curiosidad por conocer esas historias antiguas de la tierra que la había adoptado.
―¿El Vákner? Bueno, esa es una historia más antigua, aunque no sé muy bien de dónde viene.
Mi madre me contó que era el más poderoso de los lobishome y que nada lo podía matar.
En realidad, nadie le había visto nunca y sólo está presente en el cuentero popular.
Lo único que se sabe es que es el más fuerte, rápido e inteligente de los hombres lobo de la mitología gallega.
» La leyenda que rodea al Vákner viene del siglo quince o dieciséis, todavía no está claro.
Al parecer, un monje peregrino que venía de una región del este, creo que de Turquía, estaba realizando el Camino y quiso llegar hasta Fisterra.
Se cuenta que estando cerca de la cascada de Ézaro, en la región de Dumbría, fue atacado por el Vákner y que escapó de milagro.
Él monje dijo que fue gracias a los ángeles que le protegían, porque era de sobra conocida la fiereza de la bestia, que había acabado con decenas de personas en la zona.