UN CRIMEN SIN PISTAS #2
No pasaron ni diez segundos y la puerta se abrió con un chasquido que produjo un control remoto de apertura del picaporte.
Según accedió al interior, un hombre joven, que vestía con un pantalón de pinza negro y camisa de botones blanca, y que portaba una identificación que colgaba de su cuello, apareció ante él para darle la bienvenida al recinto.
―Buenos días, agente, ¿en qué puedo ayudarle? ―dijo con tono jovial y animado. Era evidente que estaba acostumbrado al trato con el público.
―Buenos días, me gustaría hablar con quien estuviera aquí la noche del jueves al viernes.
―Lo siento, pero a esas horas el monasterio permanece cerrado al público y no hay nadie que se quede aquí ―respondió con naturalidad.
―¿No tienen vigilantes de seguridad?
―No nos hace falta. Tenemos cámaras de vigilancia y un sistema de alarma conectada con la policía.
―¿Podría entonces ver las grabaciones de las cámaras? ―insistió José―. Necesito comprobar una cosa.
―¿Por algún motivo en especial? ―preguntó el guía con reticencia.
―Hubo un crimen al otro lado del río y me gustaría saber si sus sistemas de vigilancia captaron algo que nos pueda ayudar con la investigación ―contestó el teniente, que empezó a impacientarse por la actitud esquiva del empleado.
―¿Tiene una orden judicial para acceder a nuestras grabaciones? ―A José le molestaba mucho que alguien le saliera con vaciles sobre legalidad.
La ley establecía que cuando se trataba de sucesos que pudieran ser de especial peligro para la comunidad, las grabaciones deben ser cedidas a las autoridades.
En este caso, era evidente que se daban las circunstancias que contenía dicha ley, así que José se hartó del comportamiento soberbio del guía y no dudó en tomar una actitud más autoritaria.
―No necesito ninguna autorización judicial, y si no me enseña las grabaciones ahora mismo, informaré sobre usted y le acusaré de obstrucción en investigación criminal, ¿queda claro?
―Vale, vale, tranquilo agente. ―El método tuvo el resultado esperado―. Venga conmigo, por favor.
Después de deambular por varios espacios del monasterio, llegaron a un despacho en el que había un ordenador que tenía la pantalla dividida en varias ventanas más pequeñas.
Había dieciséis en total, y mostraban varios puntos de todo el recinto, tanto exterior como interior.
El guía se sentó en una vetusta silla de oficina y cambió las imágenes por otra de escritorio de Windows.
Abrió una carpeta en la que se podía leer Grabaciones de Seguridad , y buscó la carpeta del día en concreto que le pidió el teniente: el 10 de febrero.
―¿Qué cámara desea ver? ―preguntó el guía.
―La que dé hacia el río, si es que hay alguna ―contestó José.
―Hay una, si no me equivoco. ―Buscó entre los diferentes archivos de grabación que contenía la carpeta y se detuvo en una en concreto―. Sí, la cámara dieciocho está en la parte lateral que apunta al río.
―Pues veamos qué contiene esa grabación.
La escena comenzaba a las doce y un segundo de la madrugada. Mostraba una anodina imagen de árboles que apenas se movían, acariciados por una leve brisa, mientras proyectaban sombras etéreas en el suelo por la luz brillante de la luna llena.
―Avanza hasta que te lo diga ―le pidió José.
―De acuerdo, y me llamo Adríán, por si quiere saberlo ―contestó el guía con cierta acritud.
―Vale, Adrián, pues dale adelante poco a poco, hasta las dos de la madrugada, más o menos.
El joven hizo lo que le pidió y continuó la aburrida escena estática de árboles, hasta que algo apareció en la pantalla que llamó la atención del teniente.
No estaba seguro de lo que había visto, pero se sorprendió ante lo que se había mostrado de forma fugaz en la cámara.
De repente, en la imagen apareció una sombra que se movió entre los árboles que lindaban con el río y con el monasterio.
―¡Espera, detén la imagen! ―ordenó José―. Rebobina unos segundos.
―¿Qué pasa? ―preguntó Adrián, sobresaltado.
―Haz lo que te pido ―ratificó el agente―. He visto algo.
El guía retrocedió la imagen lentamente, fotograma a fotograma, hasta que él también percibió que algo se movía entre las sombras de los árboles, que parecían espectros bajo la luz brillante de la luna llena.
―¿Qué es eso? ―preguntó el joven, acercándose a la pantalla. Amplió la imagen todo lo que pudo, aunque no tardó en aparecer difusa por el aumento de profundidad de píxeles.
―No tengo ni idea, pero no conozco a ninguna especie de león que camine sobre dos patas ―reflexionó José en voz alta.
―¿Qué? ―Adrián se giró y le dedicó una mirada de extrañeza, con el ceño fruncido.
―Nada, cosas mías. ¿Puedes hacer una copia de ese archivo? ―inquirió José con premura.
―Sí, se lo puedo meter en un pendrive que tengo en mi mochila ―respondió solícito el guía.
Era evidente que no necesitaba recibir la orden para hacerlo, así que se levantó de la silla y salió del despacho para ir a buscar el dispositivo.
Entretanto, José se quedó mirando a la pantalla y no dejaba de preguntarse qué era esa cosa que parecía un híbrido entre humano y alguna clase de animal.
En todo caso, la única conclusión clara a la que llegó fue que Tania estaba equivocada, y que la muerte del alemán no había sido a causa de un gran felino.
El caso estaba comenzando a complicarse más de lo que el teniente hubiera deseado. Y más de lo que hubiera imaginado.
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