UN CRIMEN SIN PISTAS
El oficial de la Guardia Civil estaba sentado en el despacho, entretanto buscaba el informe preliminar que le había enviado Tania Deszchuk por correo electrónico esa misma mañana.
Lo necesitaba para ir hasta el laboratorio forense y recoger el definitivo, con la intención de llevarlo luego hasta el juzgado que se encargaba del caso del crimen del turista alemán.
Dicho asesinato le estaba causando demasiados dolores de cabeza, y estaba ya mayor para soportar la presión de tener que investigar tan abyecto suceso.
De pronto, mientras imprimía la copia del correo que le había enviado la forense, alguien llamó a la puerta de su despacho.
Eran las nueve y diez de la mañana y todavía no se había tomado ni un café en condiciones.
Esperaba que quien requiriera su atención tuviera la deferencia de haberle traído un desayuno, porque se moría de hambre.
―Pase ―dijo el Comandante Artigas con la voz átona.
―Buenos días, mi comandante ―le saludó José Santos, que accedió a la estancia y cerró la puerta cuando entró―. Le he traído un café con leche y una palmera de chocolate. Su esposa me dijo que ni había desayunado cuando salió de casa.
―Gracias, José ―comentó con una sonrisa―. Si no fuera por Celia, a saber qué haría yo. ―En cuanto le puso el ágape sobre la mesa de escritorio, comenzó a deglutir como un jabalí.
―¿Tenemos ya el informe de la autopsia? ―preguntó el teniente Santos.
―Sí, toma, léelo tú mismo ―dijo Artigas con la boca llena. Tragó con un sorbo del vaso de plástico y continuó―. Es un informe preliminar, pero parece ser que podría ser un león. Ya ves qué bestialidad. ¿Qué dicen los de la Científica?
―Nada, no han encontrado nada ―contestó José, que llevó también un café con leche para él y estaba dando buena cuenta del mismo, a la vez que leía el informe que le había pasado su superior―. La mochila llena de sangre y el cuerpo, nada más.
―Estamos jodidos ―dijo Artigas con mal humor. Devoró otro trozo de palmera y siguió hablando―. Si es un león el que ha hecho esto, habrá que llamar a los del Seprona para que se encarguen del asunto.
―Pues Federico todavía está de vacaciones ―anotó el teniente Santos, refiriéndose a su compañero jefe del Servicio de Protección de la Naturaleza―. Se fue a Tailandia con esa nueva novia que se ha echado y creo que no llega hasta dentro de dos semanas.
―Pues llamaremos a los Arteixo, o a los de Noia, o a quién sea, pero tendrá que venir alguien para atrapar a ese animal.
Y lo quiero vivo, que si lo matamos se nos echan encima esos animalistas salvamundos.
―Carlos terminó de comerse la palmera y apuró hasta la última gota del café con leche―.
Ya tuvimos bastante cuando montaron aquél incidente por a rapa das bestas del año pasado.
―No se preocupe, mi comandante, que me encargaré de que atrapen al león y lo lleven a algún lugar seguro ―afirmó el teniente.
―Es verdad, se me olvidaba que tú también eras de esos progres que no le gustan los toros, ni la caza, ni ninguna de nuestras tradiciones ―respondió Artigas con acritud.
―Sí, así es. ―José sonrió ante el comentario, que consideraba propio de otros tiempos y valores.
―Vale, pues encárgate de que atrapen a ese bicho con vida y así podremos cerrar este asunto sin más complicaciones.
―Sí, mi comandante. ¿Ordena alguna otra cosa?
―No, puedes retirarte.
―A la orden. ―José se cuadró de forma marcial y se giró como mandaba el reglamento militar para abandonar el despacho. Sin embargo, Carlos le interrumpió justo cuando abría la puerta.
―Por cierto, Santos, ocúpese también de comunicar a sus familiares la muerte de ese desgraciado. Llame al consulado alemán para que envíen a alguien.
―Así lo haré, mi comandante. Y tenía razón en una cosa.
―¿En qué?
―Qué me vaya despidiendo de tomar vacaciones durante una buena temporada ―bromeó el teniente. Carlos no pudo evitar sonreír.
―Gracias, ya puede irse ―contestó con cierta sorna.
El teniente cerró la puerta y se dirigió hasta la zona administrativa para comprobar quiénes eran los activos ese día, de tal manera que pudiera contar con dos de ellos para ir hasta el juzgado y tramitar el papeleo pendiente, tanto con el juez como en el consulado.
El mismo estaba en A Coruña, y el viaje le llevaría tiempo, lo que había que sumar a la espera que tendría que realizar allí para que nombraran a alguien que le acompañase de regreso a Santiago.
Tenían que cubrir casi sesenta kilómetros de ida, y otros tantos de vuelta, así que imaginó que pasaría el día ocupado con los trámites del alemán que había servido de alimento a un felino de proporciones nada habituales.
Por supuesto, luego estaba el asunto de investigar de quién podría ser el animal y acusarle de homicidio imprudente, además de tenencia ilegal de especies exóticas, y otros delitos que pudieran derivarse de las actuaciones de investigación.
Eso, si de verdad era un león el causante del asesinato, porque si no era así, las cosas se podrían complicar demasiado, y José Santos no había regresado a su tierra natal para lidiar con problemas que ya había dejado atrás en Madrid.
No quería verse envuelto en investigaciones inagotables, horas y horas de revisión de expedientes e informes, o largas jornadas de vigilancia a posibles sospechosos.
Se suponía que en Galicia no pasaban esas cosas, y que, como mucho, tendría que lidiar con robos de reses, peleas de bar y guardias en controles de carreteras.
Esa era la esperanza que tenía al regresar a Santiago, así que rezó en silencio para que el león apareciera pronto, se encontrara al propietario a la mayor brevedad y cerrar el caso sin más contratiempos.
Mientras pensaba en eso mismo, en terminar cuanto antes, se fue hasta la zona de estacionamiento de los coches patrulla y se subió en un todoterreno, acompañado de dos agentes jóvenes; uno de ellos estaba haciendo las prácticas allí, aunque era de Canarias, y tenía cara de no estar a gusto con el inclemente clima de la zona.
Estaba acostumbrado a temperaturas más benévolas y más días de sol, lo que en el norte de España era bastante complicado de ver en invierno.
Se subieron al coche y salieron del aparcamiento.
El coche tomó una pequeña rotonda y bajó por la Avenida de Juan Pablo II hasta llegar al enlace con la N-634, que les llevó hasta la carretera AP-9, y siguieron la ruta sureste para alcanzar la zona donde se había hallado el cuerpo del turista alemán asesinado.
El sitio donde le habían encontrado estaba frente al Monasterio de Carboeiro, al otro lado del río Deza, dentro de una densa arboleda y apartado a unos setecientos metros del Balneario de Brea, lugar donde seguramente se había hospedado el desdichado peregrino.
También había algunas casas por la zona, y como no habían dado con pistas seguras en la investigación, el teniente Santos tenía la idea de ir a preguntar por esas viviendas con el fin de encontrar algún testimonio que pudiera servirle de ayuda; a lo mejor alguien sabía quién era el propietario del supuesto león, o habría visto o escuchado algo esa noche.
Cualquier detalle era importante para resolver el caso, mientras esperaba la llegada de una unidad del Servicio de Protección de la Naturaleza.
José ya había estado en la zona las dos veces que los forenses habían ido para sacar fotografías y analizar el terreno en busca de posibles pruebas.
Las pesquisas fueron infructuosas, salvo por las evidentes marcas de sangre en el suelo y las pertenencias del fallecido, pero no encontraron nada más; ni huellas, ni muestras biológicas que delataran la presencia de un león en la escena del crimen.
Y, sin embargo, Tania aseguraba en el informe que había sido este animal el causante de la muerte del alemán.
Por supuesto, quien habla de un león, también podría imaginar un tigre o un jaguar.
Nada más aparcar al lado del balneario, se encaminó junto a los otros dos agentes a la arboleda donde seguía acordonada la parte en la que habían encontrado el cadáver.
Echó otro vistazo por encima y se agachó en el suelo en cuclillas para pensar mejor sobre las diferentes hipótesis de la muerte del turista.
Al cabo de unos minutos se alzó y habló con los dos guardias que le acompañaban.
―Vosotros id a las casas que están cercanas al balneario, a ver si podéis hablar con algún vecino que haya podido ver u oír algo ―les ordenó, mientras dirigió la vista hacia una edificación que podía ver entre los troncos de los árboles, al otro lado del río―.
Yo iré hasta el monasterio para preguntar también.
―A la orden, mi teniente ―respondió uno de ellos.
Regresaron hasta la carretera que pasaba por delante del balneario y José se subió de nuevo al todoterreno para ir hasta el monasterio de San Lorenzo de Carboeiro.
El cenobio era uno de los lugares emblemáticos de la zona y destacaba por ser un reducto de enseñanzas sobre el mundo medieval en Galicia.
Fue edificado en el siglo X, por lo que destacaba la sobria construcción de estilo románico, con gruesos muros de piedra y ningún adorno significativo en el exterior.
Sin embargo, en algunas partes se podían apreciar algunos adornos de estilo gótico, sobre todo en el interior de las instalaciones.
De hecho, el pórtico de la entrada a la que llegó el teniente mostraba estos signos, aunque él desconocía por completo dichos conceptos arquitectónicos y tampoco prestó atención a los mismos.
Se limitó a llamar al timbre y esperó a que le atendiera alguien, dado que era lunes y estaba disponible para ser visitado por el público en general, además de organizar visitas guiadas.