Vákner: Aullidos en el Camino de Santiago EL GUARDIÁN OCULTO
14%

EL GUARDIÁN OCULTO

Salvador frotó la cicatriz rugosa que le dividía la ceja izquierda, un recuerdo de la metralla de un artefacto explosivo improvisado en las carreteras polvorientas de Irak, el año en que aprendió que los verdaderos demonios no siempre visten de uniforme.

Cuando el Ministerio de Defensa lo licenció con honores y una pensión de la Brigada Paracaidista, que apenas alcanzaba para pagar los analgésicos, el mundo le pareció un lugar extrañamente plano, carente de vectores claros.

La adrenalina se había evaporado, dejando solo el poso amargo de la violencia sin propósito.

Aquel año, en un monasterio semiabandonado del norte de España, la Orden de los Caballeros de San Miguel Arcángel le había dado un nuevo mapa de despliegue.

No combatían por fronteras geopolíticas ni por los intereses energéticos de Occidente; su guerra era asimétrica, milenaria y se libraba en los márgenes de la cordura humana.

Lo reclutaron porque necesitaban un cirujano con el pulso de acero, alguien capaz de apretar el gatillo contra aquello que la ciencia oficial catalogaba como histeria colectiva o ataques de fauna asilvestrada.

Él era el brazo ejecutor. El hierro sagrado.

Sus dedos, gruesos y callosos, rozaron el teclado táctil del portátil.

En la pantalla parpadeaba la fotografía filtrada de la escena del crimen en el tramo del Camino de Santiago cercano al río Deza.

La versión oficial que la comandancia de la Guardia Civil de la zona pretendía filtrar a la prensa hablaba de un ataque brutal de una jauría de lobos híbridos a un senderista alemán.

La otra versión que valoraban era que un león o un tigre se había escapado en la zona y era el responsable del terrible ataque.

—Aficionados —masculló Salvador, con una voz que sonaba como el arrastre de grava.

Hizo zoom sobre el tórax de la víctima. Un lobo, por muy hambriento o rabioso que estuviese, desgarraba la carne para alimentarse; buscaba las partes blandas, el cuello, el vientre.

Lo que había sobre aquella lona forense improvisada era una exhibición de fuerza hidráulica pura, y un odio territorial.

Las costillas del turista habían sido fracturadas hacia fuera, como si una garra del tamaño de una pala de trinchera hubiera hundido el pecho para arrancar los órganos de un solo golpe limpio.

Llevaba doce años siguiendo sombras erráticas por los bosques del norte de España, recopilando crónicas medievales escritas por monjes armenios que describían exactamente la misma firma biológica.

El Vákner no era un mito para asustar a los peregrinos antes de llegar a Finisterre; era una anomalía viva, un depredador alfa de origen antediluviano que despertaba de su letargo cada cierto ciclo de lunas de sangre.

Y ahora, tras casi tres décadas de silencio, acababa de reclamar su territorio.

El teléfono satelital Iridium , modificado con un módulo de encriptación de grado militar AES-256, vibró sobre la mesa de madera con un zumbido seco.

Salvador no se apresuró. Esperó al tercer tono, verificó que la línea de datos permaneciera en verde y presionó el botón de recepción.

Se llevó el auricular al oído izquierdo, manteniendo la mirada fija en los ojos vacíos del cadáver en la pantalla.

—Ha llegado el momento —dijo una voz al otro lado de la línea.

Era un tono desprovisto de modulaciones emocionales, una voz que bien podría pertenecer a un burócrata de alto nivel, a un prelado de la curia o a un anciano confinado en una biblioteca subterránea.

Salvador nunca había visto su rostro, ni conocía su nombre real.

En la estructura compartimentada de la Orden, los ejecutores solo conocían la mano que alimentaba el gatillo, nunca la cabeza que diseñaba la estrategia.

—He visto las imágenes de la forense de Santiago —respondió Salvador, manteniendo la terminología seca de los informes de misión de la brIPAC—.

No hay duda. Es la misma impronta de Dumbría del año 2000.

La profundidad de la incisión y el colapso torácico confirman que estamos ante un ejemplar adulto de la línea de sangre principal.

—La Guardia Civil está intentando contener la brecha de información —continuó la voz del líder, el sonido filtrado por el satélite dejaba entrever un levísimo matiz de urgencia—.

Hay un teniente en la zona, Santos, que está mostrando demasiada iniciativa.

Ha confiscado muestras biológicas antes de que nuestros enlaces en la comandancia pudieran limpiar el perímetro.

Salvador esbozó una sonrisa gélida que no llegó a sus ojos.

—Los civiles siempre estorban en el teatro de operaciones. ¿Cuáles son las órdenes con respecto a los vectores locales?

—Contención pasiva para las fuerzas del orden.

No queremos llamar la atención de Madrid con bajas institucionales.

Pero tu prioridad absoluta no son los hombres, Salvador.

Tu prioridad es el espécimen. La Orden lleva siglos esperando que la línea de sangre volviera a manifestarse con esta pureza.

Si el espécimen se desplaza hacia los núcleos urbanos o si la prensa consigue una prueba fotográfica nítida de la necrosis, la estructura de la verdad que sostenemos colapsará.

—Entendido. Me muevo a la zona de exclusión esta misma noche.

—Recuerda el juramento de 2016, ejecutor.

—La voz del líder pareció volverse más profunda, arrastrando el peso de los siglos a través de la estática digital—.

No eres un soldado de la Corona. Eres el escudo del arcángel.

Si fallas, lo que se liberará en esos montes no se detendrá en la costa de Galicia. San Miguel guíe tu brazo.

—Y la espada corte la sombra —respondió Salvador, que usó la respuesta ceremonial de la Orden.

La línea se cortó con un chasquido metálico.

Salvador dejó el terminal sobre la mesa y se puso en pie.

Sus rodillas crujieron, un recordatorio físico de los saltos en paracaídas a baja cota en las llanuras de la Alcarria y las marchas forzadas por las montañas de Asia Central.

Caminó hacia el fondo de la habitación, donde un armario empotrado de hierro fundido permanecía cerrado con un candado de combinación de alta seguridad.

Introdujo los dígitos y abrió las pesadas puertas.

En el interior no había ropa, sino un arsenal meticulosamente seleccionado para una guerra híbrida.

Al lado de las cajas de munición subsónica del calibre 5.

56 mm y las granadas cegadoras, reposaban varios frascos de cristal oscuro sellados con cera roja, que contenían compuestos químicos desarrollados en los laboratorios privados de la Orden: nitrato de plata estabilizado con extractos de acónito y resinas sintéticas diseñadas para neutralizar la regeneración celular acelerada de la criatura.

Tomó un chaleco táctico de perfil bajo, diseñado para ser llevado oculto bajo una chaqueta de montaña común, y comenzó a encajar los cargadores.

Su mente funcionaba ahora en un estado de calma absoluta, el mismo modo de combate que le había permitido sobrevivir cuando su sección fue copada en las colinas de Badghis.

La Guardia Civil buscaría huellas de neumáticos, testimonios de aldeanos asustados y restos de ADN canino, o felino, en los laboratorios oficiales de Santiago; seguirían los protocolos del siglo XXI para intentar resolver un crimen que pertenecía a la oscuridad de los tiempos del medievo.

Salvador sacó del fondo del armario una pistola Glock hecha con la culata de plata, el mismo material que los proyectiles que llevaba en el cargador, y recogió una funda de cuero negro de la que asomaba la empuñadura de un cuchillo de combate de doble filo, de acero toledano templado en frío, con la inscripción latina «Quis ut Deus» grabada a fuego en la guarda.

Lo fijó a la parte posterior de su cinturón, justo donde su mano derecha pudiera encontrarlo con un movimiento reflejo.

Apagó el ordenador portátil de un manotazo, guardó el teléfono satelital en el bolsillo interior de su cazadora impermeable de color verde oliva y se colgó una mochila táctica de treinta litros al hombro.

Antes de salir por la puerta trasera que daba directamente al cobertizo donde ocultaba un todoterreno con las placas de matrícula dobladas, Salvador se detuvo un segundo frente al espejo del recibidor.

Se miró los ojos, inyectados en sangre por la falta de sueño y la fijeza de la obsesión. No vio a un hombre de cincuenta años desgastado por las guerras del Estado; vio la misma herramienta afilada y desprovista de remordimientos que la Orden había comprado hacía una década.

El primer cadáver del Camino era solo el cebo. El Vákner estaba cazando, pero no sabía que el verdadero depredador de la Orden ya estaba en camino para cerrar la veda. Abrió la puerta y se fundió con la niebla gallega que empezaba a lamer los muros de la casa.