Vákner: Aullidos en el Camino de Santiago EL PRIMER CADÁVER #2
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EL PRIMER CADÁVER #2

―Buenos días, Darío ―le saludó con un tono de voz frío―. Traigo a mi amiga para que vea cómo funciona esto. Está estudiando medicina forense y quiere aprender un poco sobre el tema.

― Pryvit , Tania ―contestó el guardia, que usó el ucraniano para ganarse la simpatía de la doctora. Lo hacía constantemente, aunque ella parecía impávida ante los inútiles esfuerzos del enamoradizo custodio―. Déjame su documento de identidad y la apunto en la lista de visitas.

―Claro, cómo no ―se adelantó Fátima, que le dio el DNI, y que ya llevaba en la mano cuando pasó el control de acceso al juzgado.

―¿Vais a tardar mucho? ―preguntó él, a la vez que apuntaba los datos en el ordenador portátil que tenía delante―. A las diez y media vendrán los de la judicial para que les des el informe de ese pobre desgraciado que encontraron destripado.

―No, sólo estaremos un rato y luego iremos a desayunar juntas ―respondió la forense.

―Pues que os divirtáis ―bromeó Darío.

―Gracias ―fue la respuesta, tan gélida como un témpano antártico.

El guardia susurró algo cuando ella pasó a su lado y Tania también dijo unas palabras, pero Fátima no logró entenderlo ya que las habían pronunciado en ucraniano. Acto seguido, las dos se adentraron en un largo pasillo que giró a la izquierda y continuaba durante más de cincuenta metros.

―¿Qué te ha dicho al final? ―preguntó Fátima, que hizo gala de su habitual curiosidad.

―Que nos vemos después ―contestó Tania.

―¿Y qué le dijiste?

―Por desgracia…

―¡Jajaja! ¡Hay que ver qué mala leche tienes! ―comentó la periodista, que rió ante el carácter agrio y esquivo de su amiga.

Las dos se divirtieron con el chascarrillo que le había soltado al pobre Darío y no tardaron en llegar hasta una puerta de dos hojas, sobre la cual había un cartel que indicaba “Laboratorio Forense 2”.

Tania accedió primero y esquivó dos camillas de metal, para dirigirse hasta su mesa de oficina.

Sobre una de las superficies frías de acero inoxidable estaba tapado un cuerpo, que Fátima supuso debía ser el de la víctima que tanto revuelo estaba provocando desde que fue hallado, hacía dos días.

En la estancia había un olor fuerte, que provocó arcadas a la joven gallega, aunque no así a la ucraniana, que estaba más que acostumbrada al familiar aroma de la carne muerta.

Había buena iluminación, gracias a varias lámparas LED que estaban colgadas del techo.

Se acercó a la camilla ocupada por el cadáver y movió la mano lentamente a la parte superior de la sábana, como si temiera que fuera a resucitar y darle un susto de muerte.

En todo caso, lo que la asustó fue la frase que soltó Tania de repente, y que quebró el silencio de la estancia como un trueno en una noche de verano.

―No creo que te guste lo que hay debajo ―advirtió―. Es una visión bastante desagradable, hasta para mí, y eso que se supone que debo estar acostumbrada. ―Fátima apartó la mano y dirigió sus pasos hasta la mesa donde estaba sentada su amiga.

―¿Puedes decirme qué le ha pasado? ―preguntó, tapándose la nariz con una mano.

―Toma, ponte esto. ―Tanía le alcanzó un pequeño bote de pomada con olor a menta y una mascarilla perfumada―. Póntelo debajo de los agujeros de la nariz, así aliviarás el mal olor de este lugar.

―Gracias. ―Untó la zona bajo la nariz con la pomada y luego se puso la mascarilla. El cambio fue más que notable y el malestar pasó con rapidez―. ¿Qué le mató?

―Toma, léelo tú misma. ―Tania extendió una carpeta que contenía el informe forense que había realizado el día anterior. Fátima lo cogió y lo leyó con detenimiento durante un par de minutos.

―¿Un animal le hizo eso que has puesto aquí? ―preguntó sorprendida, y sin levantar la mirada―. Desangrado por completo, eviscerado en su totalidad, y sin hígado.

―Eso es, y fíjate en las fotografías. ―Tania se acercó y apartó los folios del informe para mostrarle la parte final, en la que se encontraban las imágenes que había tomado―.

Tiene marcas de zarpazos enormes y de mordeduras de unos colmillos de, al menos, ocho centímetros de largo.

La profundidad de las incisiones son de más de seis centímetros, y los zarpazos son de unas garras de más de quince centímetros.

Los osos pardos del cantábrico tienen unos colmillos de unos tres centímetros, y sus zarpas pueden medir de seis a diez centímetros, dependiendo del género.

Mira bien esas marcas. ―La forense señaló una de las fotos, en las que se apreciaba a la perfección la morfología de las heridas.

―¿Y qué me quieres decir con eso? ―preguntó Fátima, que no entendía qué quería decir su amiga. Aunque no lo reconociera, le costaba mirar con detenimiento unas imágenes tan explícitas, así que echaba un vistazo rápido y luego apartaba la vista.

―Que no fue un oso lo que le mató ―afirmó Tanía con rotundidad.

―¿Y qué podría haber sido entonces? ¿Lobos?

―Tampoco, aunque la curvatura de las incisiones por mordedura sí se corresponden con los lobos. Pero no hay lobos de un tamaño tan grande en ninguna parte del mundo. Además, las patas de los lobos no tienen unas zarpas tan grandes, ni de coña.

―¿Entonces? ¿Tienes alguna idea de qué le mató?

―Sólo se me ocurre un animal de características similares a las heridas que presenta el cuerpo, y es que haya sido un león africano; un macho concretamente ―reflexionó Tania, que volvió a sentarse al otro lado de la mesa―. Puede que algún millonario de la zona tuviera uno y se le haya escapado.

―¿En serio crees que ha sido un león? ―insistió Fátima, que no creía lo que le decía su compañera.

―¿Qué otra cosa podría ser, si no eso? ―preguntó la forense de forma retórica―.

Las marcas y heridas no dejan demasiado lugar a otras opciones.

He analizado cada detalle en la fuente de datos del Ministerio de Justicia y con diferentes webs de zoología, y todas las conclusiones me han llevado a eso.

De hecho, ya se dio un caso de ataque de un león en Marbella el año pasado, en la mansión de un traficante, y las heridas coinciden con las de este cuerpo.

A pesar de la repulsión, Fátima volvió a echar un vistazo a las fotografías y las analizó con detenimiento.

En efecto, las heridas eran especialmente llamativas, tanto por la forma como por el tamaño de las mismas.

Aunque no era una experta en animales de la Península Ibérica, sabía que no había especie que pudiera dejar unas marcas como esas, y menos dejar un cuerpo destrozado de una forma tan brutal; casi hubiera asegurado que había hasta ensañamiento con la víctima.

―¿Y qué se sabe de este…? ―Miró el nombre del difunto en el encabezado de la primera página―…Günter Lescher.

―Sus datos estaban en la cartera y la mochila de viaje que estaba en la zona.

Es un peregrino alemán, de Hannover, que vino a hacer el Camino de Santiago por su cuenta.

Tiene treinta y cuatro años, está casado y tiene dos hijos.

Creo que la Guardia Civil se va a poner en contacto con su familia para comunicarles su muerte, aunque será después de que ellos tengan este informe y se lo presenten al juez, que es quien debe autorizar el traslado del cadáver para que sea enterrado en su país.

―Lo siento por ellos, la verdad ―se lamentó Fátima―. ¿Y la prensa, sabe algo?

―Nada, toda la investigación está bajo secreto de sumario, lo que me recuerda que debo pedirte máxima discreción sobre todo lo que te he enseñado ―pidió Tania con vehemencia―. Me estoy jugando el puesto, ¿sabes?

―Tranquila, que no contaré nada ―prometió Fátima―. Aunque cuando se levante el secreto de sumario, seré la primera en redactar la información, a ver quién ofrece más por ella.

―Me parece bien, a ver si así levantas cabeza de una vez ―bromeó la forense―. Eres mejor periodista de lo que crees, pero eres mejor persona todavía, así que ten cuidado, cariño. Hay muchos buitres con carné de periodista y no son más que carroñeros del morbo.

―Descuida, Tania, que cuidaré bien de esta información hasta que pueda usarla como salvoconducto para salir de la miseria. ―Guiño un ojo y se abrazó a su amiga―. Te debo muchas cosas, y lo sabes.

―Y yo a ti, no te olvides ―respondió emocionada―. ¡Venga, joder, vamos a comernos un buen bocata, que tengo un hambre que te cagas!

Después del emotivo abrazo, las dos se prepararon y se dirigieron para salir del laboratorio, por lo que se pusieron sendos abrigos y Fátima agarró el paraguas, por si acaso seguía lloviendo en el exterior.

Allí abajo era fácil perder la noción del tiempo, y se preguntó cómo Tania era capaz de soportar horas y horas de trabajo en un sitio tan apartado, sórdido y que daba pie a tener las más locas alucinaciones.

Fátima pensó que ella no sería capaz de soportarlo y admiró la capacidad de su amiga para realizar una labor como esa, que requería también saber cómo llevar el trabajo bajo presión.

Aunque no lo pareciera, la ucraniana disfrutaba con ello y también con los halagos infructuosos que Darío le soltaba cada vez que la veía.

Como hizo cuando ambas abandonaron el edificio para ir a una cafetería cercana a desayunar.