Vákner: Aullidos en el Camino de Santiago EL PRIMER CADÁVER
8%

EL PRIMER CADÁVER

Al llegar al punto marcado, Santos detuvo el coche en un apartadero de tierra y contempló el panorama a través del parabrisas empañado.

La cinta policial, de un amarillo estridente que desentonaba por completo con la paleta de verdes oscuros y grises de la zona, restallaba con el viento húmedo.

Ya no quedaban allí forenses ni el grueso de los agentes de la Científica; solo el rastro invisible de la tragedia y el olor a vegetación empapada entremezclado con el vaho que ascendía de la maleza.

—Vaya escabechina, mi teniente —murmuró Castro, rompiendo el silencio mientras se calaba la gorra oficial—.

Llevo tres años en esta comandancia y nunca había visto que los lobos hicieran algo semejante.

Ni los lobos, ni las jaurías de perros asilvestrados de los cazadores.

A ese pobre diablo lo abrieron en canal.

—Los lobos no matan así, Castro —respondió Santos con voz grave, mientras apagaba el contacto del vehículo—.

Un depredador natural busca comida, no recrearse en el destrozo.

Lo que le hicieron a ese alemán fue puro ensañamiento.

Anda, coge el equipo y baja. Vamos a echar un último vistazo antes de que la noche nos deje sin luz.

Ambos hombres se subieron el cuello de sus chaquetas impermeables, agarraron unas linternas de dotación y se adentraron en la arboleda.

Las botas se hundían con un crujido sordo en el lodo rojizo y en el espeso manto de hojas en descomposición que cubría el suelo forestal.

El ambiente en el interior del bosque era opresivo, la escasa luz del atardecer, que se dejaba ver de tanto en tanto, apenas lograba filtrarse a través de la densa fronda de los pinos y los castaños antiguos, creando un juego de sombras alargadas que distorsionaba las formas de los troncos.

No les costó encontrar el epicentro del ataque: un claro flanqueado por árboles viejos donde el terreno aparecía completamente removido, testigo mudo de una violencia que ningún animal de esos montes debería ser capaz de desplegar.

El suelo aún conservaba grandes costras oscuras de sangre reseca que la lluvia persistente no había logrado diluir del todo.

—La Científica peinó esto palmo a palmo esta mañana —dijo Castro, barriendo los arbustos con el haz de su linterna—. Dijeron que no había huellas claras de calzado ni rastros de neumáticos. Quien lo hizo entró y salió a pie, camuflándose entre la maleza como un fantasma.

—O quizás es que no buscaban el tipo de huella correcto —replicó Santos, cuyos instintos le decían que algo crucial se les estaba escapando entre la burocracia del protocolo estándar—.

Los técnicos tienen prisa por rellenar los formularios y enviar las muestras al laboratorio central.

A veces, las respuestas están en lo que dejas de buscar por darlo como normal.

Santos avanzó unos pasos hacia el reverso de la zona sombreada, justo donde el cuerpo de Günter Lescher había sido arrastrado y abandonado entre los helechos.

Se acuclilló cerca de la base de un gran pino de corteza hendida.

Encendió su linterna y comenzó a batir el suelo y la madera con el haz de luz blanca, prestando atención a cada milímetro de la superficie.

Fue entonces cuando lo vio.

Pegada a la corteza rugosa, justo a la altura de donde habrían quedado enganchados los restos de la mochila del peregrino, brillaba una sustancia anómala.

No era el agua resbalando por el tronco, ni tampoco la savia común del árbol.

El teniente acercó los dedos con cautela y rozó la superficie.

Era una resina espesa y oscura, de un tono negro azabache que recordaba a la brea de los caminos, pero que al tacto resultaba extrañamente gelatinosa y templada, como si conservara un resto de calor orgánico residual.

—Castro, ven aquí —ordenó Santos sin levantar la vista, concentrado en el hallazgo.

El guardia civil se acercó rápidamente, haciendo crujir las ramas bajo sus botas, y enfocó su linterna hacia donde apuntaba su superior.

—¿Qué es eso? ¿Savia negra? —preguntó Castro, frunciendo el ceño al observar la viscosidad de la mancha.

—No es savia, al menos no de un pino —sentenció el teniente, llevándose los dedos impregnados a la altura de los ojos.

Al presionarla, la sustancia ofreció una resistencia pegajosa, rasgándose en hilos densos que desprendían un aroma acre, vagamente vegetal, pero con un trasfondo ferroso y rancio que le revolvió el estómago—.

Míralo tú mismo. Esto no pertenece a la flora de esta zona.

Es demasiado densa, y fíjate en cómo reacciona al aire; parece que se está coagulando de una forma casi celular.

Castro se inclinó, observando con aprensión el rastro oscuro.

—A mí me parece brea, mi teniente. Algún desecho industrial de los camiones que pasan por la carretera vieja, o quizás de las obras del balneario que está colina abajo. Los excursionistas se pegan a cualquier parte y luego lo van dejando todo perdido.

—No seas ingenuo, Castro. Está impregnada justo en los desgarros donde la bestia hincó las garras para arrastrar el cadáver.

Está fresca. Quienquiera o lo que fuera que mutiló al alemán, llevaba esta sustancia en sus extremidades, o tal vez la segrega su propio cuerpo al atacar. Es una firma biológica.

Santos extrajo del bolsillo de su chaqueta un pequeño vial de cristal con tapón de rosca y, utilizando la punta de su navaja reglamentaria, comenzó a raspar la resina con sumo cuidado para no contaminarla.

La sustancia se aferraba a la madera con una terquedad asombrosa, desprendiendo pequeños hilos negros antes de caer finalmente en el fondo del recipiente de vidrio.

El teniente cerró el vial y lo guardó a buen recaudo.

—¿Va a meter esto en el informe principal? —preguntó Castro, visiblemente incómodo, a la vez que miraba de reojo hacia la espesura del bosque, que cada vez se volvía más oscura a medida que caía la noche.

Santos se puso en pie, limpiándose los restos orgánicos de las yemas de los dedos con un pañuelo de papel. Miró fijamente la marca negra que había quedado grabada en la corteza del pino, sintiendo una repentina opresión en el pecho, como si el propio entorno estuviera conteniendo el aliento.

—No de momento —respondió Santos con voz firme, tras tomar una decisión—.

Si Artigas o el Seprona ven esto en las anotaciones iniciales, lo descartarán inmediatamente como contaminación del terreno y nos dirán que no perdamos el tiempo con tonterías.

Quiero que Tania le eche un vistazo en el laboratorio de forma extraoficial antes de que la burocracia lo entierre todo.

Hay algo en este bosque que escapa a los manuales de la Guardia Civil, Castro, y no voy a dejar que cierren el caso diciendo que fue un simple lobo rabioso.

Castro tragó saliva y asintió lentamente, al mismo tiempo que apagaba su linterna.

Un viento frío cruzó la arboleda, agitando las copas de los pinos con un lamento prolongado.

El misterio del primer cadáver no había hecho más que empezar a oscurecerse, y la resina vegetal y negra atrapada en el frasco parecía palpitar con el mismo secreto ancestral que dominaba la montaña.

El juzgado era un hervidero de actividad, y no sólo por el asesinato en sí, sino porque también era frecuentado por multitud de usuarios que iban a realizar papeleo en el Registro Civil, o que acudían para asistir a juicios pendientes, o a recoger o dejar documentos de diferente índole.

Los letrados y letradas iban de aquí para allá, mientras sujetaban gruesas y abarrotadas carteras negras, a la vez que lucían con estoicismo castrense unas túnicas negras y ornamentadas con mal gusto.

Eran como los guardianes de una justicia que Fátima consideraba, en muchas ocasiones, demasiado ciega para dependía de qué casos.

Entre aquella amalgama de humanos oscuros, la bata blanca de Tania era como una luminaria irreal en un bosque de autómatas de la justicia y el orden.

Resaltaba en los pasillos, y más notoria fue la diferencia cuando las dos amigas entraron en un ascensor que estaba repleto de juristas, salvo por el contraste colorido de dos usuarias, que iban vestidas con abrigos de colores llamativos.

Las desubicadas mujeres se bajaron en el piso bajo, sótano uno, lugar en el que se encontraban los calabozos del juzgado.

Con ellas fueron cuatro togados, que las siguieron como perros falderos.

El ascensor quedó vació en el sótano dos, donde otros cuatro abogados y una jueza fueron a dar testimonio de defunciones, pues esa era la planta funeraria.

Por último Tania y Fátima quedaron a solas hasta llegar al sótano tres; allí estaban las instalaciones de medicina forense, y era un área restringida y bien vigilada.

La doctora se acercó al guardia de seguridad que custodiaba el acceso con actitud regia, a sabiendas de que estaba prendado de ella desde que había empezado a trabajar allí, hacía más de un año.

En innumerables ocasiones la había invitado a cenar, a ir al cine, a pasear, a visitar la catedral y muchos otros planes, pero la joven ucraniana siempre desestimaba estas invitaciones con sequedad, aunque procurando no herir sus sentimientos.

Al fin y al cabo, era de sobra conocida la debilidad que tenían los españoles por las mujeres eslavas, y ella era muy atractiva además.

Tania era una mujer alta, de metro setenta y siete de estatura, esbelta y de generosas curvas.

Poseía un cabello castaño claro que siempre llevaba recogido en una coleta cuando estaba en el trabajo, lo que resaltaba las facciones de sus pómulos, los labios bien formados y unos hipnóticos ojos verdes.

A pesar de llevar un atuendo tan poco elegante como la bata blanca y unos vaqueros y camiseta debajo de la misma, lo cierto era que no le restaba un ápice de belleza.