SALUDANDO A LA MUERTE
Estaba a punto de terminar el período de baja médica que le habían prescrito, así que sólo quería olvidarse de todo y descansar, antes de incorporarse de nuevo al servicio.
Todavía no había cogido el móvil para leer los mensajes, después de varias horas de haber llegado a al aparato; no lo importaba el contenido, ni tampoco había mirado quién los remitía.
Entonces, ¿por qué no dejaba de pensar en ellos?
Quizá porque hacía años que había roto el contacto con las personas después del trabajo, y quería que ese axioma no cambiase.
Le incomodaba que alguien, quién fuera, se hubiera tomado la molestia de enviárselos, por eso se negaba a leerlos y prefería salir a pasear bajo la lluvia.
Era sólo una llovizna, unas cuantas finas y pequeñas gotas de agua que rozaban la piel helada de un hombre muerto por dentro.
Era un corazón de acero, tenía alma de hielo, y sus palabras eran cortantes como el filo de una cimitarra sarracena.
Bajo el acompasado golpeteo de sus botas vaqueras, los adoquines emitían una banda sonora implacable que anunciaba la llegada del Emperador de la Soledad, un regente autocrático de su propia vida.
Así había sido desde hacía dos años, al menos desde que su esposa había fallecido en un accidente de tráfico provocado por un conductor ebrio y drogado.
Nunca se planteó qué fue lo que le llevó a esa situación, que algunos calificaban de “perniciosa y antinatural”, ya que sentía plenitud entre las horas que dedicaba al trabajo y la única compañía de sus silencios cuando estaba a solas.
No necesitaba nada más.
No necesitaba a nadie más.
Había elegido el camino de la soledad, que aceptó por una falsa idea de amor y que acabó por consumirle como una llama que se convierte en un incendio y arrasa hectáreas de un alma dichosa y productiva.
Ahora estaba en paz consigo mismo, alejado de personas que ejercieran ningún tipo de influencia en él; ni las que prometían ser “buenas” le llamaban la atención.
Demasiado mal había tras unas supuestas “buenas acciones”.
Alrededor suyo había personas que corrían en todas direcciones para resguardarse del aguacero que caía del cielo, como lágrimas físicas de los ángeles en los que no creía.
Sin embargo, él seguía con el paso sincronizado y cansino, sin prisas por llegar al lugar que las personas podrían llamar hogar.
Es más, en su caso, lo consideraba una fortaleza inexpugnable en la que era el único rey y vasallo; sin preocupación del espacio o el tiempo, ni de amenazas de ser derrocado o defenestrado.
Entre las paredes del chalé adosado no existía más ley que la suya, ni más reglas que las que imponía para guardar el orden inalterable de la rutina que tanto amaba.
Entretanto, antes de regresar a su Camelot particular, decidió pasar por el supermercado para comprar algunas cosas; nada del otro mundo: cervezas, pan, queso ―era un auténtico adicto a todo tipo de los mismos―, algún postre de chocolate y una bandeja de hamburguesas de pollo.
Ese iba a ser su almuerzo, y luego vendría una siesta reponedora que le permitiría llegar con energía hasta la noche.
Cuando las estrellas y la luna se alzaran en el cielo, y los grillos fueran los amos de las calles y cantasen sus tonadas de amor entomológicas, sería el momento de pillar esa suave borrachera de lúpulo fermentado que le ayudaba a coger el sueño hasta el día siguiente.
Sin embargo, todavía quedaban horas para que llegase el momento que tanto ansiaba, así que tenía que continuar con su vida y realizar las tareas cotidianas.
Tenía claro que era una maldición más del gélido páramo de inertes sentimientos que albergaba en su alma.
Tal es el poder de la desidia, que arrasa con ilusiones y sueños, como un huracán destruye lo que encuentra a su paso, con la facilidad de un elefante que pisotea un nido de hormigas.
Entretanto esperaba la llegada de la noche, fue hasta el salón, llevó consigo una de las latas de cerveza y la abrió con gesto despreocupado.
Encendió el televisor y lo dejó en el mismo canal que estaba, en el que ponían un programa de variedades que mezclaba noticias, debates y una lista interminable de momentos anodinos que le producían hastío y asco por partes iguales.
En todo aquello veía una sombra ominosa de control de masas, y él odiaba al vulgo.
Así pasaron las horas, hasta que la oscuridad invadió el salón y la penumbra sólo se vio interrumpida por el fulgor artificial de la pantalla.
Sentado en el sofá, cogió otra lata de cerveza y le quitó un poco más de vida con un largo, refrescante y amargo sorbo.
No sabía cuántas había bebido esa noche, perdió la cuenta cuando llevaba cinco o seis; ya no lo recordaba.
A las dos y pico de la madrugada, todo daba vueltas y apenas entendía la ensordecedora melodía, anodina y trivial, de la presentadora del programa de televisión.
Había tomado su pistola reglamentaria, que tenía guardada en un armario, y la llevó hasta la mesita que estaba a su izquierda.
Aún continuaba al lado de un montón de latas vacías, guardianes verdes y cilíndricos de la barrera que le separaba de la muerte.
Se miraron mutuamente y el frío tacto llamó su atención al tomarla entre las manos y darle un beso postrero de buenas noches.
«Puede que no hoy. Puede que sí», pensó en una mente atormentada y beoda.
Dio otro sorbo de cerveza y echó otra mirada a la pistola.
Se preguntó qué es lo que estaba jodido en su interior.
¿Qué había hecho mal en esta vida para estar así?
¿Cuántas veces deseó tener aquello que soñaba cuando era un niño y que jamás disfrutó?
Sólo había conocido la soledad en compañía, amores traidores que nunca fueron amor, violencia emocional que se tradujo en dolor y hastío.
Vio los años pasados en falsa esencia, fue como pensar que el aroma de los jardines viniera embotellado en flores de plástico.
Otro sorbo de cerveza y otra mirada a la pistola.
Nunca supo lo que era amar, porque su madre nunca le enseñó y jamás aprendió cómo hacerlo.
Esa había sido la cuestión que siempre había atormentado su alma, romántica y podrida.
Cuando quitó el velo negro de la pasión, el sexo sustituyó sus anhelos de caricias y abrazos.
Cuando descubrió la cruda verdad de las relaciones humanas, se dio cuenta de que todos éramos pajas al viento, polvos que se lleva el tiempo.
«Somos mierda en forma de flujos y mentiras, babosas que se arrastran por la inmundicia de los despojos de nuestras propias almas», reflexionó.
Echó otro trago de cerveza y dedicó otra mirada a la pistola.
Creía que encontraría el amor entre pliegues de piel y perversión desbordada.
¿Qué le quedaba ya por probar? Su corazón era de hojalata y su alma era de piedra fría, esculpida con la forma de un demonio por el cincel de las traiciones.
El martillo de las mentiras hizo un gran trabajo para convertirlo en lo que era ahora.
¿Es que no había escapatoria a esa esfinge en que se había convertido?
Solo, vigilante sordo de las mortecinas horas que caían de las manecillas del reloj en procesión suicida.
No había más tiempo. Nunca hubo tiempo. El tiempo no existía. El amor no existía.
Un último sorbo y una última mirada a la pistola.
La cerveza ya no estaba tan fría, ¿o sería que su espíritu estaba congelado y ya no sentía nada?
La pistola desprendía más calor que las mujeres que había conocido, y sus curvas se habían vuelto más hermosas que las de aquellas que durmieron entre sus sábanas.
Los labios redondos de acero le parecieron los más sugerentes que había visto, y los recuerdos de besos moribundos eran sólo argumentos de peso para terminar por miccionar sobre todo aquello que odiaba.
Se acabó la cerveza. La pistola haría su trabajo. Se besarían y copularían entre los sesos disueltos por la alfombra. No habría más amor mentiroso. No habría más traiciones. Sólo quedaría la paz de la inexistencia.
Sin embargo, ahíto de alcohol, fue hasta el dormitorio y se echó sobre la cama deshecha, en cuyas sábanas desordenadas solía tener pesadillas casi todas las noches.
Arrojó el arma sobre las mismas y se tumbó con los ojos puestos en el techo, que parecía dar vueltas por sí solo.
En ese estado de embriaguez, se quedó dormido y olvidó el dolor de su alma por unas horas, a la espera de que un nuevo amanecer le recordara que debía seguir viviendo, como un autómata, o como un alma en pena; eso daba igual.
Varias horas más tarde, un pequeño rayo de sol entró por la comisura inexpresiva del marco de la ventana.
La poca luz que se filtraba dejaba ver fantasmas y rostros perdidos en el tiempo y en la memoria de sus recuerdos, ahogados en alcohol.
Eran caras que recordaba, pero ya no olía su aroma, ni había sonrisas que mostrar, ni tampoco se asomaba un atisbo de esperanza en las voces inaudibles, extintas entre el sinfín de palabras sin sentido que colmaron momentos vacíos de sentimientos.
Se sentó en la cama y miró al espejo que estaba delante de él, recordándole que no era nadie, sólo una mancha más en un sistema caduco. Se preguntó si alguien le oiría si se ponía a gritar por la desesperación, si alguien le recordaría cuando ya no estuviera.
Giró la cabeza hacia la mesa de noche y ahí está el verdugo en forma de caja de pastillas, con las tabletas y su argénteo brillo amenazándole como hachas diminutas.
Apartó la vista y volvió a dejarse caer sobre el colchón ajado y desgastado por el uso, sobre unas sábanas sudadas de tanto dejar que las pesadillas encadenaran su voluntad.
Al otro lado de la cama no había nada.
Bueno, nada no, estaba ella. Fría, sin corazón; ni amor ni odio.
Sólo era ella. El tacto gélido invadió su mano izquierda casi sin darse cuenta, y sólo fue consciente de su presencia cuando su boca besó los labios de metal y penetró en entre los mismos, con la misma frígida displicencia de un témpano de hielo que atravesaba el Océano Ártico.
Los dedos se agarrotaron en torno al cuello áspero y sudado.
El índice se deslizó con suavidad y danzó sobre la parte más sensible de su cuerpo.
El gatillo accionaría el percutor y la bala atravesaría su garganta y la cabeza, en busca de una salida limpia a la insulsa existencia que padecía.
Pero no fue capaz de hacerlo y arrojó la Glock contra el espejo, que estalló en mil pedazos y que se esparcieron por el dormitorio como figuras amorfas y cortantes, y que a pesar de haberse quebrado, seguían mostrando diminutos reflejos del mundo oscuro en el que vivía el Teniente Santos.
Se levantó de la cama y anduvo con cuidado para no clavarse algún fragmento del espejo roto, hasta que logró encontrar las zapatillas y se las calzó.
Fue al baño y se aseó un poco, sin mirarse al espejo y con una extraña sensación de culpabilidad.
Cada vez que intentaba suicidarse le pasaba lo mismo, pero no terminaba de acostumbrarse a tan desagradable sensación.
Después de refrescar la piel y aclarar la mente, fue hasta la cocina y preparó un café de cápsula, un capuchino al que añadió una cucharada pequeña de cacao de setenta por ciento de pureza; ese era uno de los pocos placeres que echaría de menos cuando lograra quitarse la vida, o eso se decía siempre que le daba el primer sorbo.
Con la taza humeante en la mano, fue hasta el recibidor y cogió el móvil, que llevaba dos días esperando a ser utilizado. Descubrió que había más de setenta mensajes de whatsapps y otras tantas llamadas perdidas. Los remitentes eran su comandante, el cabo Sousa, su madre y un número desconocido.
―No es posible… ―murmuró.
Atónito por la cantidad de requerimientos, se centró en las llamadas y la que más se repetía era la del Comandante Artigas, su jefe directo en la Comandancia de la Guardia Civil de Santiago de Compostela, donde llevaba varios años destinado.
Eligió la opción de llamada y esperó a que le contestara, mientras degustaba el café con gesto ausente.
―¡Me cago en la puta, José! ―Ni siquiera le saludó. La voz del comandante mostraba una evidente cólera―. ¿Dónde coño estabas metido?
―Descansando, señor ―respondió él con apatía―. Se supone que estaba de baja médica y me incorporaba el lunes al serivcio, ¿recuerda?
―Pues olvídate de eso y trae tu culo hasta aquí ahora mismo ―le ordenó.
―Repito, estoy de baja médica, mi comandante ―insitió irritado.
―¡Qué vengas, coño! ―A pesar de que conocía el temperamento inestable del oficial, nunca le había oído tan enérgico y nervioso.
―¿Ha pasado algo grave? ―preguntó, sorprendido por la premura con la que solicitaba su presencia.
―Cuando vengas te enterarás ―respondió Artigas―, pero ya te aviso de que vayas preparándote para no coger las vacaciones durante una buena temporada.
―De acuerdo, estaré ahí en veinte minutos ―concluyó José.
Sin tan siquiera despedirse, ambos colgaron el teléfono y fue hasta el baño para darse una ducha y afeitarse.
Debía tener una presencia pulcra y propia de un oficial de la Guardia Civil, y no el aspecto de un hombre hundido en la miseria de sus propios fantasmas internos.
Aunque los llevara con relativa normalidad, y nadie se percatara de lo que pasaba por su mente, lo cierto era que la depresión que padecía le había quebrado el ánimo de forma profunda; más de lo que quería admitir.