Vákner: Aullidos en el Camino de Santiago LA OPORTUNIDAD DESEADA
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Vákner: Aullidos en el Camino de Santiago

Vákner: Aullidos en el Camino de Santiago

Por J.R. Navas

© inepub.com

LA OPORTUNIDAD DESEADA

Santiago de Compostela

La lluvia emitía un repiqueteo constante y molesto en la ventana del dormitorio, en el que Fátima llevaba un rato retozando con holgazanería entre las sábanas de franela.

En realidad hacía más de dos horas que se había despertado, pero el frío que hacía en el exterior, y la coyuntura de ser domingo, la obligó a mantenerse en una posición horizontal sobre la cama, mientras disfrutaba del débil aroma a ambiente húmedo que se colaba por alguna rendija del techo a dos aguas de la vieja y robusta casa, de piedra y techo de madera.

Hacía una mañana de perros y no tenía ánimo ni para levantarse a preparar el desayuno, a pesar de que su estómago se quejaba con ruidosa insistencia para que ingiriera algo que aplacara el apetito voraz que sentía.

Desde hacía más de dos meses que no le encargaban un reportaje para el periódico, ni tan siquiera un mísero artículo sobre cualquier banalidad, por lo que le costaba conciliar el sueño y no dejaba de pensar en la situación económica que estaba pasando, precaria y al borde del colapso.

Si las cosas seguían de esa forma, tenía claro que debería mudarse de nuevo a casa de su madre, y no le hacía pizca de gracias regresar como una fracasada; al menos, eso pensaba ella.

Se había licenciado en periodismo hacía pocos años, pero tuvo la suerte de encontrar trabajo como reportera externa para dos periódicos, uno local y otro regional, y para la Televisión Galega.

Intentaba reunir lo suficiente como para que entre los tres trabajos completaran un salario digno, al menos para pagar facturas y el alquiler del piso en el que residía, pero no era tarea fácil abrirse camino en un mundo tan competitivo como el del periodismo.

Es más, le costaba horrores encontrar alguna historia interesante que contar y que vender a los jefes de redacción con los que trataba cada día.

A menudo solía escuchar frases como «esto no le interesa a nadie», o «¿Qué importancia tiene eso?

»; sentencias como aquellas eran el pan de cada día, y había llegado a acostumbrarse a las negativas constantemente.

Y tenían razón los jefes de redacción, porque en esa zona de Galicia apenas pasaba nada interesante que redactar, o a lo que sacar unas buenas fotos.

¿Reportajes de peregrinos en el Camino de Santiago?

¿Historias de peleas por lindes de granjas entre ancianos decrépitos?

No, estaba claro que no eran historias morbosas y atractivas para vender periódicos o hacer un reportaje para la televisión.

Harta de holgazanear en la cama ―y también porque el hambre era implacable―, decidió al fin levantarse y preparar un desayuno austero.

Preparó la cafetera italiana y la puso al fuego en la placa vitrocerámica, arañada y descolorida por el desgaste.

Luego cogió dos rebanadas de pan, los miró con atención para comprobar que no estaban mohosas, y las colocó en la tostadora.

Con un poco de mantequilla y un poco de mermelada de arándanos, el manjar matutino estaría completado.

Justo cuando las olorosas y tostadas rebanadas saltaron como un resorte, sonó el timbre del portal del edificio y provocó que Fátima diera un respingo por el susto.

El frasco de mermelada que tenía en la mano se le cayó al suelo y tuvo suerte de que acabó encima de la alfombrilla que tenía al lado del fregadero, para evitar que las gotas de agua salpicaran el suelo cuando fregaba los platos.

Gracias a ese detalle, el bote no se había roto en mil pedazos.

―¡Maldita sea! ―exclamó sobresaltada y enfadada.

El timbre volvió a sonar de nuevo y el mal humor de la joven aumentó un poco más.

Caminó hacia el telefonillo y miró por la cámara de seguridad quién era tan osado para molestarla un domingo lluvioso.

Sin embargo, se calmó un poco cuando comprobó que se trataba de su amigo Narciso.

No pudo evitar sonreír y abrió la puerta sin contestar, como hacía siempre que la iba a visitar.

En pocos minutos, el timbre de su casa sonó de forma estridente y ella le franqueó el paso, a la vez que se ataba mejor la corta bata de seda que se había puesto encima.

No es que tuviera pudor por lo que él pudiera pensar, ya que era gay, sino que no quería que criticara el aspecto descuidado que presentaba esa mañana, como solía hacer en muchas ocasiones.

En efecto, en cuanto entró por la puerta, Narciso ―Narbi para los amigos y para sus clientes― puso los ojos sobre el aspecto desaliñado de Fátima.

―¡Qué horror, nena! ―dijo con un tono agrio, a la vez que mostraba un mohín de asco en el rostro―. ¿Cómo puedes tener tan mal gusto, cariño? Ese conjunto es una mierda y no te hace justicia.

―Narbi, por favor, que hoy no estoy de humor para hablar de moda. ―Fátima volvió a la cocina y terminó de servir el desayuno―. ¿Quieres un café?

―No, cielo, ya he desayunado. Gracias. ―El atractivo compañero la siguió y se sentó en una silla que estaba junto a la mesa de comedor―. ¿Tienes algún plan para hoy?

―Sí, echarme en el sofá a ver la televisión y olvidarme de mi mala suerte por unas horas ―dijo ella, mientras se sentaba frente a su amigo.

―Pues no creo que te apetezca hacer eso cuando te cuente el cotilleo del año ―respondió él misteriosamente.

―Narbi, por favor, de verdad…

―¡Cállate y escucha, que vengo a salvarte la vida! ―la interrumpió―. Anoche me encontré con Tania en el Bakara y me contó algo que me cortó el rollo de golpe. Me dijo que esa mañana le habían llevado el cadáver de un hombre descuartizado y con las tripas colgando por fuera. ¿Qué te parece?

―Una salvajada y de mal gusto que me cuentes eso cuando estoy desayunando.

―¡Pero tía, es muy fuerte!

―Y tanto que lo es, y llamaré a Tania mañana para ver si le sonsaco algo ―afirmó Fátima, a la vez que mordisqueaba una tostada―, aunque lo dudo, porque siempre está con eso del secreto profesional y bla, bla, bla…

―Bueno, igual te puede ayudar a que tengas por fin esa noticia que te saque de la miseria, ¿no crees? ―reflexionó Narbi.

―A ver, es cierto que un cuerpo en ese estado atraerá mucho la atención de otros periodistas, aunque haya sido un oso o un grupo de lobos los que le hayan dejado así.

―Pues no tienes nada que perder, cariño.

―Espero tener suerte ―comentó con dejadez.

Lo cierto era que Fátima llevaba mucho tiempo esperando esa historia que la encumbrara como reportera y le diera el contrato fijo que tanto ansiaba, para dejar la precariedad en la que vivía y empezar a tener un plan de vida con el que poder establecerse definitivamente y hacer realidad los proyectos con los que siempre había soñado.

Si la aparición del cadáver descuartizado era la historia que estaba aguardando, no lo sabía a ciencia cierta, pero sí tenía claro que aprovecharía todas las herramientas a su alcance para obtener la información necesaria que le abriera las puertas de algún medio de comunicación de forma definitiva.

Fátima apenas durmió durante la noche siguiente, mientras daba vueltas a la cabeza sobre el asunto del difunto y las posibles causas del óbito.

Caviló hasta que se quedó dormida, sobre las dos de la madrugada, y a las seis y media sonó el despertador que anunciaba que había llegado el momento de despejar todas las dudas que pudiera.

Debía prepararse y marchar hasta la Dirección del Instituto de Medicina Legal de la ciudad, que estaban situadas en la Calle Viena, a unos pocos kilómetros de donde ella residía.

Dado que era febrero y hacía mucho frío, se abrigó a conciencia y bajó hasta el garaje para coger el coche y realizar el tramo que la llevaría hasta el edificio de los juzgados de Santiago de Compostela, donde se emplazaban las instalaciones en las que trabajaba su amiga Tania Deszchuk, a la que había conocido de su etapa en la universidad y que las había convertido en una extensión bilateral la una de la otra.

Es más, la joven ucraniana aseguraba que la llegada de Fátima a su vida había sido un empujón notable para animarla a terminar la carrera cuando llegó al país.

Su caso fue uno más de los millones de ucranianos que tuvieron que emigrar de su país a causa de la guerra con Rusia, que llevaba más de seis años produciéndose y que parecía no tener fin.

Vino de Ucrania cuando comenzó el conflicto, junto a su madre y sus dos hermanos pequeño, Yuri y Dimitri.

Su padre murió en el frente y su madre se casó con un español que las acogió y las ayudó cuando llegaron al país.

Tania tenía veintidós años entonces, y cursaba medicina forense en la universidad de Leópolis, pero la guerra la obligó a terminar los estudios en España.

Por suerte para ella, ya sabía algo de español cuando llegó, y eso la ayudó a integrarse mejor y a terminar los dos años que le faltaban para completar la carrera.

Ahora, con veintiocho años, se había habituado tanto al país que la acogió que siempre afirmaba que no volvería Ucrania ni aunque terminara la guerra.

Las dos amigas coincidieron en aquella época, no muy lejana en el tiempo, y congeniaron al instante; Fátima por su carácter dicharachero y alegre, y Tania por sus disparatados pensamientos filosóficos, y que abarcaban desde el Positivismo Ilustrado hasta el Nihilismo más absoluto.

Todo dependía de en qué estado de ánimo estuviera cada día.

Por supuesto, la periodista tenía la esperanza de encontrarla con uno de los días buenos y así poder sonsacar toda la información posible sobre el asunto del cuerpo desmembrado.

Cuando llegó a las inmediaciones del edificio de los juzgados, buscó aparcamiento por las calles aledañas, lo que le costó bastante; era lunes y la zona estaba atestada de coches.

Finalmente, después de dar cuatro vueltas a varias manzanas colindantes, un vehículo que estaba estacionado justo enfrente del edificio judicial abandonó el lugar y ella aprovechó para meterse en el hueco que había quedado libre.

Suspiró de alivio y se preparó para llamar a Tania, de tal manera que pudiera franquearle el acceso al interior.

Si tenía suerte, ese día tendría por fin una historia espeluznante que contar.

―Hola, Fátima ―respondió su amiga al otro lado de la línea―. ¿A que me llamas por lo de ese tío que parece carne picada? ―El comentario pretendía ser una broma de mal gusto, aunque Fátima no hizo caso.

―Hola, Tania, ¿cómo sabes que te llamo para eso?

―Eres periodista, querida, tienes la mala costumbre de husmear en todos lados, y si hay sangre , y hay mucha, más todavía ―rió la forense.

―Vale, me has pillado ―dijo Fátima con resignación―. Estoy fuera del juzgado, ¿podrías colarme y darme algo de información?

―Eres mi amiga, ¿cómo no te voy a contar los cotilleos? ―Ese día estaba de buen humor―. Espera en el control de acceso, que ya subo.

―Gracias, ¡eres la mejor! ―exclamó con entusiasmo.

―Sí, sí, ¡pelota! ―bromeó su amiga.

Colgaron la llamada y Fátima se preparó para salir del coche y entrar en el edificio.

Estaba cayendo una fina pero densa lluvia, y sacó el paraguas que llevaba en el asiento trasero del Citröen C3, el coche con el que llevaba desde que había comenzado la universidad.

Tomó el paraguas que estaba en el asiento trasero, salió del vehículo, cerró los seguros con el mando a distancia y fue con paso vivo hasta la entrada.

Cuando llegó, vio a Tania esperándola con el rostro serio.

Fátima sacudió el agua del paraguas y lo cerró, mientras su amiga se acercaba a ella.

―Fátima, ¿en serio quieres ver lo que tengo ahí abajo? ―le preguntó, con un halo de misterio que inquietó a la periodista.

―No creo que sea agradable, pero sí ―respondió dubitativa.

―Está bien, tú sabrás lo que haces.

Ni en sus peores pesadillas se hubiera imaginado lo que iba a encontrar en las entrañas de aquel lugar. El cadáver que la aguardaba iba a crear noches de insomnio durante mucho tiempo.