Vainilla para dos (Universo Literario Gaona nº 10) XXV Zoa
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XXV Zoa

El agua de la tetera empieza a hervir. El silbido me saca de mis pensamientos, aunque en realidad no he dejado de pensar ni un segundo desde que Bruno soltó aquellas palabras en el salón.

«Soy gay y odio reconocerlo, pero me gusta Nikita».

Las he escuchado, las he procesado, las he abrazado con la misma naturalidad con la que siempre supe que llegarían.

Pero oírlas en voz alta, saliendo de la boca de Bruno, es diferente.

Es como ver una película que ya conoces de memoria pero que al verla de nuevo te sigue emocionando.

Apoyo las manos en la encimera de la cocina y respiro hondo.

El aroma a vainilla que siempre impregna mi piso se mezcla con el vapor de la tetera.

Desde aquí puedo ver el salón a través del hueco de la puerta.

Lena sigue sentada en el sofá, con las piernas recogidas y la taza de té apoyada en las rodillas.

Su mirada está perdida en algún punto de la pared, procesando todo lo que ha compartido esta noche: su

madre en la cárcel, el padre criminal que nunca conoció, la confesión de que no sabe quién es sin todo ese peso. Y luego está Bruno, que se ha quedado en el sofá a su lado, con esa postura suya de encogerse para ocupar menos espacio, aunque esta noche parece un poco más grande. Un poco más él.

—Bruno —llamo, y mi voz sale más suave de lo que pretendía —. Ven a ayudarme con el té.

Él levanta la cabeza. Por un momento, sus ojos marrones se encuentran con los míos y sé que ha entendido. No es solo por el té. Es porque necesito hablar con él a solas. Lena está en su burbuja, y nosotros necesitamos la nuestra.

Bruno se levanta del sofá con esa lentitud suya, como si cada movimiento requiriera un permiso previo de su propio cuerpo.

Cruza el salón y entra en la cocina. La luz de la lámpara de la encimera le ilumina la cara, y veo las ojeras que lleva desde el instituto.

Esas que nunca se van del todo, como si el cansancio fuera parte de su ADN.

—¿Qué? —pregunta, y su voz es baja, casi un susurro.

—¿Qué crees que va a pasar? —respondo, y no hace falta aclarar a qué me refiero.

Bruno se apoya en la encimera, a mi lado. Sus manos buscan el borde del mármol y se aferran a él como si fuera una tabla de salvación.

—No lo sé —dice—. Le he dicho que soy gay. Y que me gusta Nikita. Y no ha pasado nada malo. Pero eso es solo el principio.

—El principio de qué.

—De tener que decírselo a todo el mundo. De tener que vivir con ello. De que la gente me mire diferente.

—La gente que te mire diferente no merece que la mires tú.

Sonríe. Esa sonrisa pequeña que apenas se nota, pero que conozco mejor que cualquier otra.

—Eso es algo que diría la abuela Harmony.

—Pues la abuela Harmony tendría razón. Como siempre.

Bruno baja la mirada. Sus dedos juegan con el borde de la encimera, trazando círculos invisibles.

—Zoa —dice, y su nombre sale de mi boca con una fragilidad que no le había oído antes—. ¿Y si lo de Nikita no es como creo?

—¿Cómo crees que es?

—No lo sé. Eso es lo que me da miedo. Que no sepa ni cómo es. Que esté imaginando algo que no existe.

—Pero te ha escrito «ojalá te hubieras quedado».

—Sí.

—Y tú le respondiste «yo también».

—Sí.

—Y entonces te pidió hablar esta mañana.

—Sí.

—Pues eso no es imaginación. Eso es real.

Bruno levanta la cabeza y me mira. Sus ojos tienen esa mezcla de miedo y esperanza que he visto tantas veces en su cara, pero esta noche hay algo más. Hay una determinación pequeña, frágil, pero presente.

—Me pidió hablar esta mañana —dice—. En la facultad. Antes de clase. Quería contarme algo. Algo importante. Algo que solo le había contado a su padre y a su abogado.

—¿Y qué era?

—No le dio tiempo a decírmelo. Le interrumpió una llamada. Pero me dijo que era sobre lo que pasó en California. Sobre lo que le está pasando ahora.

—¿Y qué le pasó en California?

—No lo sé, pero… —Bruno se detiene. Se muerde el labio inferior, ese gesto que tiene desde que era un niño y se escondía debajo de la mesa en las fiestas de cumpleaños—.

He leído el titular del New . Y he visto lo que dicen en el grupo de la facultad.

Hablan de abuso sexual, Zoa. De agresión sexual.

Y sé que en las series ya se sabe cómo acaban estas historias.

Además de lo que tuvo que pasar la abuela Harmony… No me gusta un pelo la situación.

—Las series no son la vida real, Bruno.

—Pero la vida real a veces parece una serie. Y en las series, el chico rico siempre es el malo. Siempre ha hecho algo. Siempre termina pagando por ello.

—¿Y tú crees que Nikita es el malo?

Bruno se queda en silencio. El agua de la tetera sigue hirviendo, pero ninguno de los dos hace nada por apagarla. El vapor se eleva entre nosotros como una cortina.

—No lo sé —dice al fin—. No sé si hizo algo malo en California.

No sé si ella dice la verdad o si él dice la verdad.

Solo sé que lo vi en la fiesta. Lo vi liarse con aquellas dos chicas con una facilidad pasmosa.

Y pensé: si esto es lo que hace cuando hay gente mirando, ¿qué no hará cuando no hay nadie?

La pregunta cae entre nosotros como una piedra en un estanque. Las ondas se expanden, tocan los bordes de la cocina, los azulejos, las tazas que aún no hemos llenado.

—Pero también —continúa Bruno, y su voz tiembla—, también lo vi en la terraza.

Lo vi vulnerable. Lo vi diciendo que no dormía bien.

Lo vi con los ojos cansados y la voz rota, hablando de su padre y de su madre y de cómo el dinero no llena el vacío.

Y entonces no sé qué pensar. Porque el Nikita de la fiesta y el Nikita de la terraza no son la misma persona.

Y no sé cuál de los dos es el de verdad.

—Quizá los dos —digo—. Quizá los dos son el de verdad. Y eso es lo que da miedo. Que una persona pueda tener dentro tanto brillo y tanta oscuridad a la vez.

Bruno me mira. Hay algo en sus ojos que no había visto antes. Algo que parece estar a punto de romperse.

—Y entonces —sigue, y su voz es apenas un susurro—, pienso que quizá soy un idiota. Porque todo el mundo puede ver lo que es Nikita. Un chico rico que ha tenido todo lo que ha querido. Y yo soy el raro que se sienta en la esquina y no habla con nadie. ¿Qué podría ver él en mí?

—Eso no lo sabes.

—No.

—Pero quieres saberlo.

—Sí.

—Pues entonces no hay más que una manera. Esperar a que vuelva. Y preguntarle.

Bruno baja la mirada. Sus dedos siguen dibujando círculos en la encimera.

—Zoa —dice—. ¿Y si cuando vuelva, le da igual? ¿Y si lo de la terraza no fue más que un momento de debilidad? ¿Y si solo era eso, un momento?

—No creo que eso fuera un momento de debilidad.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque te ha escrito. Porque ha vuelto a escribirte. Porque ha querido verte antes de irse. La gente no hace eso por un momento de debilidad, Bruno. La gente hace eso cuando algo le importa de verdad.

Bruno no responde. Se queda en silencio, mirando el vapor de la tetera que sigue elevándose hacia el techo de la cocina.

—Y Lena —digo, cambiando de tema porque sé que necesita un respiro—. ¿Cómo está?

—No lo sé —responde—. Ha soltado todo. Lo de su madre, lo de su padre, lo de que no sabe quién es. Y yo no he sabido qué decirle. Solo he estado ahí.

—Eso es lo que necesitaba. Que estuvieras ahí.

—¿Y si no es suficiente?

—A veces es suficiente. A veces es todo lo que una persona necesita.

Bruno asiente. Luego se gira hacia la tetera, que sigue hirviendo, y la apaga. El silencio que deja es casi tan ruidoso como el silbido.

—¿Y tú qué piensas? —pregunta, sin mirarme—. ¿Qué piensas de todo esto?

—¿De qué?

—De mí. De que sea gay. De que me guste Nikita. De que haya estado escondiéndolo todos estos años.

Apoyo la mano en su brazo. El gesto es pequeño, pero lo siento firme.

—Bruno —digo—. Te quiero. Como primo. Como hermano. Como la persona con la que he compartido la vida desde que éramos niños. Y no me importa quién te guste. Me importa que seas feliz. Me importa que no te hagan daño. Y que dejes de tener miedo.

—¿Y si no puedo dejar de tener miedo?

—Entonces tendrás miedo. Pero lo tendrás conmigo. Y con Lena. Y con tu madre. Y con la abuela Harmony. Y con todo el mundo que te quiera. El miedo no se va. Solo se aprende a compartir.

Bruno me mira. Veo algo en sus ojos que no había visto antes. Algo que parece estar a punto de asomarse, de salir, de ser.

—Zoa —dice—. Gracias.

—No me des las gracias. Para eso están los primos.

Sonrío. Una sonrisa pequeña, de esas que no necesitan permiso para existir.

—Ahora —digo—, volvamos al salón. Lena debe estar pensando que nos hemos perdido en la cocina.

—O que estamos haciendo algo raro.

—Bruno.

—Lo sé. Solo bromeaba.

Salimos de la cocina. Lena sigue en el sofá, con la taza de té frío entre las manos y la mirada perdida. Pero cuando nos ve, algo en su cara cambia. No es una sonrisa, pero es un inicio de algo.

—¿Qué tal ese té? —pregunta Lena, y su voz suena más firme que antes.

—Está en camino —respondo—. Como todo lo demás.

Bruno se sienta a su lado. Yo me siento frente a ellos, con la tetera humeante en la mesa y tres tazas vacías esperando ser llenadas.

—Bueno —digo—. ¿Quién quiere más?

Lena alza su taza vacía. Bruno también. Y por un momento, mientras sirvo el té de vainilla y el aroma llena el piso, siento que quizá, solo quizá, las cosas podrían estar bien. No todas. No ahora. Pero alguna vez.

—Zoa —dice Bruno, mientras coge su taza.

—¿Sí?

—¿Crees que Nikita volverá?

—No lo sé —respondo—. Pero si quiere volver, volverá. Y si no quiere, no merece la pena.

Bruno asiente. Bebe un sorbo de su té. Lena hace lo mismo. Y yo, sentada en mi sofá, con los dos a mi lado, siento que el mundo, por un momento, deja de doler.

—Zoa —dice Lena, y su voz es apenas un susurro—. ¿Y si no sé quién soy?

—Entonces lo descubres —respondo—. Como estamos haciendo ahora. Juntos.

Lena sonríe. Es una sonrisa pequeña, frágil, pero es de verdad.