Us Defiant Few (Los oscuros 3) 40. Acarició los rincones más oscuros de mi alma como si no fueran sombras que destruir, sino una pintura que admirar. #2
98%

40. Acarició los rincones más oscuros de mi alma como si no fueran sombras que destruir, sino una pintura que admirar. #2

De repente, lo sacó con un chasquido.

Ella sonrió, disfrutando del desafío y con ganas de más.

Takeshi se puso de rodillas, y su largo miembro erecto quedó a centímetros de su cara. El fluido preeyaculatorio ya brillaba en la punta. Khalani se humedeció los labios y se inclinó hacia él, pero Takeshi, con un gesto dulce pero firme, la empujó hacia atrás.

—Tienes que ser paciente —dijo con una voz más grave de lo que jamás le había oído.

—No es mi fuerte.

—Ni el mío. Primero tienes que suplicar.

Los labios de Takeshi formaron una sonrisa sexi mientras observaba su reacción.

Khalani ladeó la cabeza. Ese tira y afloja era salvaje y la excitaba aún más. Estaba perdiendo la paciencia.

Y entró a matar.

—Pues ya puedes esperar sentado a que suplique. Y, si ese es el caso, quizá debería buscarme a otro que me metiera su…

Takeshi le introdujo la polla entre los labios, haciéndola callar. Ella se jactó de la victoria y la engulló cuan larga era mientras le clavaba las uñas en sus muslos fibrosos.

Lo sentía latir.

Takeshi le agarró el pelo con suavidad y empujó hasta que su miembro le tocó la parte posterior de la garganta.

—Eso es… Lo haces muy bien —susurró.

El halago solo alimentó su determinación de aceptarlo todo. Takeshi siempre había sido el que mantenía la calma. El que nunca perdía el control. Pero ¿verlo perder la cabeza por ella? Era lo más erótico que había experimentado en la vida.

Pensaba que se controlaba.

Pero era ella la que tenía el control.

Le temblaron las piernas y se puso rígido. Khalani sintió cómo su miembro se hinchaba en el interior de su boca y, cuando tuvo una leve arcada, él explotó, llenándole la garganta.

Y Khalani lo engulló todo.

Cuando Takeshi quedó satisfecho, se retiró, con la mandíbula desencajada.

Sin pronunciar palabra, la contempló, con una expresión profunda y de anhelo capaz de derribar montañas.

—Eres increíble —dijo casi sin aliento—. Más que perfecta.

Khalani sonrió al ver el amor infinito que se reflejaba en sus ojos, el mismo con el que ella lo miraba. Se tumbó y él se puso encima de ella, aún duro como una roca.

Vio que dudaba y le envolvió el rostro con las manos.

—Te quiero, Takeshi. Lo quiero todo de ti. Para siempre.

Takeshi abrió los ojos de par en par, como si, en cierto modo, tuviera aún miedo de que desapareciera. Khalani deslizó las manos hasta su cuello y lo besó, desvaneciendo todas sus dudas.

Había pasión en cada aliento. En cada caricia. Takeshi la besó despacio, saboreándola, y después se introdujo en ella.

Khalani se tensó.

Takeshi era grande. Más grande que cualquier hombre con el que se había acostado. Pero él esperó a que se sintiera cómoda antes de seguir adelante y empujar aún más, poco a poco, hasta que estuvo completamente enterrado en su interior.

—¿Estás bien? —susurró, escrutándola en busca de alguna señal de malestar por su parte.

—Sí —afirmó.

Nunca había sido tan consciente de su corazón. Era como si le hubiese abierto el pecho y se lo estuviera apretando, acariciando cada latido.

Takeshi tenía las pupilas completamente dilatadas y apenas podía reprimirse. Y, entonces, empezó a moverse. Empujó sus poderosas caderas contra las suyas, dentro y fuera, dentro y fuera, golpeando una zona sensible que la obligó a abrir los labios y a arañarle la espalda.

El placer le transformó el rostro. Takeshi jadeó, con la frente perlada de sudor, mientras se introducía aún más en ella, como si quisiera que sus cuerpos se fundieran en uno solo.

—Más, Takeshi…

Le rodeó la cintura con las piernas, pero él no se quejó, sino que le subió la rodilla, deseoso de sumergirse más aún y de que ella lo rodeara con todo su cuerpo.

Agarrándose a sus hombros, Khalani sintió cómo crecía su excitación mientras él arremetía con las caderas. Se aferró a él con todas sus fuerzas, consciente de que no estaba solo en el interior de su cuerpo, sino también en su corazón, en su mente y en su alma.

No existía nada mejor en el mundo. De eso estaba segura.

Takeshi descubrió otro punto de placer y Khalani jadeó.

Siempre atento, él se dio cuenta. Ajustó el ángulo y la penetró con más ahínco, rozando esa zona una y otra vez, hasta el punto de que no habría sabido decir dónde acababa ella y dónde empezaba él.

Con un último empujón, Khalani apretó las piernas contra él y se convulsionó, soltando un grito. El magnífico cuerpo de Takeshi tembló cuando se vació en ella. Y, cuando abrió los ojos de nuevo, vio a Takeshi jadeando, con una expresión de completo éxtasis.

—Me parece que no me funcionan las piernas —dijo ella con voz ronca y sintiendo un hormigueo por todo el cuerpo.

Takeshi alzó la mirada.

—Pues a mí me parece que no me funciona ninguna parte del cuerpo. Excepto la polla. Está en perfecto estado. O lo estará en cinco minutos —respondió él con una sonrisa pícara.

Khalani soltó una carcajada y Takeshi le dio un beso. A continuación, se tumbó junto a ella.

Cubrió sus cuerpos aún palpitantes con las sábanas, y Khalani se volvió para mirarlo mientras él le acariciaba con la yema del pulgar las mejillas, la barbilla, memorizándola.

Y ella se lo permitió en silencio. Las palabras sobraban.

Khalani buscó su otra mano y enroscó el meñique con el suyo. Una promesa tácita. Su secreto.

Si alguien les preguntaba si estaban muy enamorados, no responderían. Se limitarían a sonreír y se guardarían la verdad para sí mismos.

Su amor desafiaba a la suerte.

Y siempre lo haría.

Porque él era su final, y ella, su comienzo.