40. Acarició los rincones más oscuros de mi alma como si no fueran sombras que destruir, sino una pintura que admirar.
Acarició los rincones más oscuros de mi alma como si no fueran sombras que destruir, sino una pintura que admirar.
Advertencia de la autora: este capítulo contiene contenido sexual explícito, incluyendo juego de roles consensuado. Si no deseas leerlo o estas escenas te resultan ofensivas, por favor, salta al capítulo siguiente, que es el último.
Tres meses después
J adeando, Khalani dejó caer otra caja pesada sobre la cama.
¿Quién le iba a decir que una mudanza sería tan agotadora?
Aunque, siendo honestos, la casa estaba en muy buenas condiciones, y Khalani y Takeshi ya la conocían.
Después de ayudar en la reconstrucción de Génesis, habían decidido volver a Oasis, que también se había transformado por completo.
Penny había hecho derruir el muro y habían empezado a construir más casas para alojar a los ciudadanos de Apolo que querían aventurarse a explorar la superficie.
Cuando los vio, su alegría fue tan grande que les ofreció de inmediato la casa amarilla en la que se habían quedado en el pasado. Casi les había lanzado las llaves.
«¡Como si estuvierais en vuestra propia casa! Cambiad lo que os apetezca», había insistido Penny.
Y eso fue precisamente lo que habían hecho.
Khalani y Takeshi habían movido los muebles y habían descolgado las fotos de la familia que había vivido allí en el pasado. Empezaban desde cero, y crearían nuevos recuerdos que no quedaran empañados por los viejos.
Oyó unas fuertes pisadas a su espalda y esbozó una sonrisa cuando los brazos más cariñosos del mundo la rodearon.
—Ya llevas trabajando un buen rato —dijo Takeshi, besándole el cuello.
—Es más difícil de lo que imaginaba —admitió, contemplando el caos de cajas amontonadas.
Estaba todo hecho un desastre.
Pero le encantaba, porque era su desastre.
—Tómate un descanso.
—Hay mucho por hacer.
—Y también hay un mañana. —Le dio la vuelta y se acercó tanto que Khalani tuvo que ladear la cabeza para mirarlo a los ojos—. Quiero que te quites esos guantes y que te des una ducha. Y después ven a buscarme.
—¿Y qué ocurrirá cuando te encuentre?
Se le aceleró el corazón al ver que Takeshi se limitaba a sonreír y se marchaba. Ese hombre iba a provocarle un infarto antes de cumplir los treinta.
Khalani entró en la ducha y se enjabonó. El agua caliente se llevó el sudor mientras revivía la sonrisa de Takeshi. Se apresuró a terminar, llena de expectación.
Envuelta en una toalla, caminó descalza por el suelo de madera. El silencio y la luz dorada que se filtraba por el polvo en suspensión le provocaron un dulce escalofrío.
Takeshi no estaba en el salón, ni en la cocina ni en el cuarto de invitados. Empezó a preocuparse cuando entró en el dormitorio principal y tampoco lo vio.
Pero, entonces, unos brazos musculosos la rodearon.
—Te pillé —susurró Takeshi, mordiéndole el lóbulo de la oreja.
Khalani llevó la cabeza hacia atrás mientras las manos del capitán memorizaban todas las curvas de su cuerpo, que seguía envuelto en la toalla.
Hizo intención de quitársela, pero él se lo impidió.
—Aún no —dijo riendo entre dientes y dibujándole un reguero de besos por el cuello mientras le acariciaba la clavícula.
Khalani iba a derretirse.
—¿No quieres verme? —suspiró entre jadeos, provocándolo.
—Voy a verlo todo —respondió él con confianza, dándole la vuelta.
Al mirarla, los ojos le brillaron de puro amor.
Pero esa sombra oscura que vivía de forma permanente en ellos la excitó más que nada en el mundo.
—Aunque, primero, quiero que te acuestes en la cama —añadió.
—¿Y si digo que no?
—No descarto suplicarle, señora Steele.
Khalani se quedó inmóvil, conteniendo el aliento. Era la primera vez que Takeshi la llamaba así, y lo había dicho con una confianza total, como si fuera una verdad absoluta.
—¿Tengo que recordarte que no estamos casados?
—Aún no —zanjó él—. Ahora, mueve el culo y túmbate, Kanes.
Khalani balbuceó y se sonrojó, entusiasmada con lo que la aguardaba. Pero eso no significaba que no planeara alterarle un poco el ritmo cardiaco.
Obedeció y, mientras se encaminaba hacia la cama, dejó caer la toalla, que se deslizó lentamente hasta los pies. Despacio, se sentó y lo miró con expresión inocente mientras la toalla terminaba de caer al suelo.
Los ojos negros de Takeshi parecieron adoptar un tono más oscuro. Inmóvil, con las manos a los costados, los paseó por todo su cuerpo, como si estuviera a punto de perder la cordura. Al posarlos más abajo, se humedeció los labios.
—¿Vas a quedarte ahí parado? —le preguntó.
—Estoy pensando.
—¿En qué?
—En todas las maneras en que pienso devorarte.
Khalani sintió una punzada en las entrañas al ver el destello malicioso en su mirada y se tumbó, apoyándose en los codos y fingiendo tranquilidad.
—Qué peligro.
—Ni te lo imaginas.
Dio un paso hacia ella.
—¿Debería salir corriendo?
—No llegarías muy lejos.
Otro paso.
—Soy buena jugando al escondite.
—Ah, ¿sí? —Se acuclilló, poniéndose a la altura de su rostro—. Vale, pues cierra los ojos.
—¿Y qué pasará si lo hago?
Tragó saliva y se agarró a las sábanas.
—¿No confías en mí?
Khalani confiaba a ciegas en él. Sabía con total certeza que, si se negaba y le pedía que se fuera, lo haría. Sin vacilar.
Era la persona con la que se sentía más segura del mundo.
—Sí.
—Bien. Cierra los ojos.
Khalani soltó un profundo suspiro y obedeció.
—Muy bien. No los abras —susurró.
Era como si la electricidad le bombeara en las venas. Tenía todos los sentidos aguzados, y, cuando oyó que Takeshi se ponía en pie y se alejaba, ladeó la cabeza en busca de un nuevo movimiento o alguna pista de lo que estaba haciendo.
Le llegó un ligero chirrido; había abierto la puerta del baño. Oyó que hurgaba entre sus cosas, buscando algo. Khalani se impacientó por saber qué estaba haciendo, pero mantuvo los ojos cerrados.
Sus pisadas regresaron.
—Levanta los brazos —ordenó Takeshi.
Khalani obedeció al instante, pero, cuando sintió que le envolvía suavemente las muñecas con una cuerda, casi se le salió el corazón del pecho.
—¿Quieres que pare? —susurró él.
—No. Solo me he puesto un poco nerviosa —dijo, riendo entre dientes y sin abrir los ojos.
La cama se inclinó un tanto y su cálido aliento le rozó la oreja.
—Yo también estoy nervioso.
Khalani frunció el ceño.
—Pues nadie lo diría. Siempre pareces tan… intrépido y seguro.
Notó que Takeshi esbozaba una sonrisa sobre su piel.
—Eso es porque no me lo permito. Reconozco la ansiedad. El momento de estar a punto de perderlo todo. Y, entonces, me libero de esa sensación y recupero el control. Y, una vez que lo he hecho, tomo lo que me pertenece.
Takeshi se colocó detrás de ella y Khalani contuvo la respiración mientras le ataba las muñecas a los postes de la cama, a conciencia, con unos nudos lo suficientemente tensados como para que no pudiera escapar, pero sin hacerle daño.
La mente le iba a mil por hora. Todo se convirtió en una bruma confusa y solo logró concentrarse en el hecho de que había cedido el control por voluntad propia. Y, contra todo pronóstico, nunca se había sentido tan libre.
—Recuerda… —Oyó esa voz oscura—. Cuando quieras que pare, solo tienes que decirlo.
—De acuerdo —respondió ella casi sin aliento.
Se colocó junto a ella, y Khalani sintió que la observaba de arriba abajo, casi como si la acariciara con la mirada.
—Eres tan hermosa…
Lo dijo con evidente admiración. Empezó a acariciarle los pies, y después le deslizó las manos por los tobillos y los músculos de las pantorrillas. Al llegar a los muslos, le hizo cosquillas. Siguió subiendo por sus caderas y la besó justo por debajo del ombligo.
Khalani se revolvió, tratando de liberarse de las ataduras.
—¿Cosquillas? —preguntó.
—Más bien sensible.
Tan sensible que la más pequeña de las caricias la hacía arder como fuego.
—No dejes de respirar. Nunca. Hazlo por mí —susurró Takeshi.
No era solo una orden para ese preciso momento, sino para el resto de su vida. Y, mientras sus pulmones le respondieran, la obedecería.
De repente, la lengua de Takeshi le recorrió el sexo. Ella ahogó un grito y arqueó las caderas para que él pudiera agarrarle los muslos y acercarse más.
La saboreó como si estuviera hambriento, mimándola con la lengua entre gemidos de placer. Y, cuando le lamió suavemente el clítoris, Khalani vio el universo entero.
—Takeshi… Es maravilloso… —gimió, clavándose las uñas en las palmas de las manos y a punto de perder el control.
Sumergido en su sexo, Takeshi soltó una risita y lamió con más ímpetu, como resarciéndose de todas las veces que había querido hacerlo y no había podido.
Khalani trataba de controlarse, pero, cuando Takeshi le introdujo dos dedos, se desmoronó.
Una oleada de temblores la recorrió mientras él le juntaba los muslos sin apartar la boca.
Sin ceder.
Siguió temblando y jadeando durante lo que le pareció una eternidad, sintiéndose como si flotara en una nube. Takeshi se levantó de la cama y la soltó. Al oír un ligero sonido metálico, no pudo evitar abrir los ojos.
Takeshi se había quitado la ropa y la había dejado caer al suelo.
Contempló su rostro atractivo, los fuertes y musculosos brazos y el abdomen definido, hasta que llegó a su miembro, largo y erecto.
Era como una obra de arte. Algo que ningún artista podría reproducir.
Y le pertenecía. A ella y a nadie más.
Takeshi subió a la cama y la incorporó con cuidado, sentándola con la espalda apoyada en el cabecero.
—Recuerdas que podemos parar si quieres, ¿verdad? —dijo en voz baja.
—Sí, pero no quiero —susurró con certeza mientras la adrenalina le recorría las venas y le acariciaba los brazos.
—Yo tampoco, Kanes. —Un destello le cruzó la mirada—. Ahora, abre la boca.
Khalani parpadeó, y él alzó una ceja, esperando a que obedeciera. Cuando ella separó un poco los labios, Takeshi deslizó un dedo entre ellos, el mismo dedo que había estado en su interior.
—Chupa —ordenó.
Khalani envolvió el dedo con los labios y lo introdujo en su boca, saboreando las pruebas de su excitación. Takeshi la contemplaba con un brillo en los ojos mientras ella no dejaba de chupar, aceptando todo lo que le ofrecía.