Us Defiant Few (Los oscuros 3) 39. Vivir es un desafío. Amar es poesía.
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39. Vivir es un desafío. Amar es poesía.

Vivir es un desafío. Amar es poesía.

— T enemos que volver con los demás.

—Que esperen —dijo Takeshi con voz ronca y atrayéndola hacia él.

La besó como si ni siquiera un ejército entero pudiera separarlos.

Piel contra piel, siguieron robándose largos besos, recuperando el tiempo perdido. Khalani sentía mariposas salvajes en el estómago.

Pum, pum, pum.

Alguien aporreó la puerta.

—Si no salís de ahí en tres segundos, Takeshi, voy a arreglarte la cara a golpes y tendrás peor aspecto que mi tía Agatha con unas copas de más —gritó Serene desde el otro lado.

—¡Winnie está de acuerdo! Hará sonetos sobre tu grotesca transformación —añadió la anciana con un ademán afectado.

Takeshi soltó un gruñido con la cara pegada al cuello de Khalani, aferrándose a su espalda mientras las piernas de ella le rodeaban la cintura.

—Me parece que hablan en serio —dijo Khalani esbozando una sonrisa.

—Puedo atrancar la puerta con la cama —sugirió Takeshi.

Ella soltó una carcajada y le peinó el pelo con los dedos mientras consideraba la idea.

—Khalani, te he oído reírte —advirtió Serene—. La amenaza también va por ti.

—Vale, suéltame —le pidió a Takeshi.

Refunfuñando, obedeció.

—Sé bueno —le advirtió ella.

—Soy bueno. Contigo —respondió, agarrándola aún por la cintura.

Khalani alzó una ceja y lo fulminó con la mirada.

—Vaaale… —Takeshi suspiró—. Supongo que también puedo ser bueno con tu familia. A veces.

—Siempre.

—Casi siempre. No tientes a la suerte, Kanes.

Le robó otro beso con un brillo malicioso en los ojos.

— ¡KHALANI! —chilló Serene.

—¡Vale, vale!

Se quitó el camisón del hospital y se puso las prendas que le habían preparado.

Cuando abrió la puerta, Serene y Winnie se abalanzaron sobre ella y la estrujaron tanto que a punto estuvieron de cortarle la circulación.

Khalani soltó una carcajada y las imitó, sintiendo que las piezas de su corazón se recomponían de nuevo.

Pero, cuando hizo una mueca al sentir un ligero dolor en el abdomen, Takeshi dio un paso al frente con cara de pocos amigos.

—Con cuidado. Aún se está recuperando.

Serene y Winnie la soltaron antes de desviar su atención hacia él y lo miraron como si fuera un rompecabezas desconcertante.

—Ya ha pasado una semana. ¿Has recuperado la memoria? —preguntó Serene, lanzándole una mirada recelosa.

—Sí. —Takeshi agachó la cabeza, avergonzado—. Siento mucho todo el dolor que he causado y haberos traicionado cuando Alan me controlaba.

Khalani deseó tomarle la mano para asegurarle otra vez que no era culpa suya. Pero su instinto le dijo que debía comprenderlo por sí mismo.

A Brock, que se mantenía algo distanciado, con los brazos cruzados y la mirada clavada en Serene, no se le escaparon las palabras de Takeshi.

Winnie dio un paso al frente haciendo ondear el vestido y se puso ante él. La cabeza apenas le llegaba al pecho del capitán, que parpadeó varias veces, esperando una ola de críticas.

Sin embargo, la anciana le rodeó la cintura con los brazos.

—Winnie te ha echado de menos.

Takeshi se quedó inmóvil y fue a decir algo, pero le devolvió el abrazo con dulzura y con una calidez que, como si fuera el sol del desierto, le iluminó los ojos.

—Yo también te he echado de menos, Win.

A continuación, se acercó a Serene y extendió una mano a modo de saludo. Ella puso los ojos en blanco y le dio un abrazo.

—Créelo o no, me resultas igual de molesto que antes —murmuró, como si fuera un gran elogio—. Vuelve a hacerle daño a mi hermana y te romperé las pelotas.

Esbozando una sonrisa inocente, le dio unos golpecitos en la espalda mientras Brock soltaba una carcajada.

—No tienes que preocuparte. Eso no va a ocurrir —aseguró Takeshi con voz grave al tiempo que entrelazaba sus dedos con los de Khalani.

Brock abandonó las sombras y la miró de arriba abajo.

—¿Qué tal estás?

—Bueno, ya sabes… —Khalani se encogió de hombros—. Solo ha sido una pequeña puñalada. Nada que una chica no pueda soportar.

—Ya me lo imagino. —Brock resopló antes de desviar la mirada hacia Takeshi. La tensión aumentó por momentos—. Tío, has ganado barriga.

—Ojalá pudiera decir lo mismo de tu cerebro.

Oh, no.

Ya estaban otra vez.

Khalani echó un vistazo a su alrededor, buscando algo que pudiera ser de ayuda para separarlos.

Pero ambos sonrieron a la vez y se dieron unas palmadas en la espalda.

Khalani se quedó boquiabierta.

Takeshi le guiñó un ojo y tiró de ella hacia la salida. En el exterior del hospital, el sol la deslumbró y tuvo que hacer visera con las manos para evitar que la cegara.

El eco de unos martillos resonaba por doquier. Y, cuando bajó la mano, se quedó estupefacta y se tambaleó, como si el mundo se inclinara sobre su eje.

Ante ella estaba la ciudad de Génesis.

Cientos de personas iban de un lado a otro, charlando y trabajando.

Y, a juzgar por la ropa que llevaban, no eran ricos.

Los ciudadanos subterráneos de Apolo estaban también allí, ayudándolos.

Barrían los cristales esparcidos por la calle.

Limpiaban las tiendas que habían sido saqueadas. Reconstruían los edificios caídos.

Khalani jamás había pensado que viviría para verlo.

Gente de todas las edades caminaba bajo el sol. A lo lejos, unos niños jugaban con una pelota y, entre ellos, distinguió una figura familiar.

—¡Derek! —gritó.

Él se volvió con una enorme sonrisa en el rostro. Corrió hacia ellos y, aupando a Khalani, la hizo girar tratando de no apretarle demasiado las costillas.

—Nos has dado un susto de muerte, Khalani —dijo Derek con voz rasposa, depositándola en el suelo—. Me alegro de ver que te has levantado. Por lo que he oído, este de aquí no se ha apartado ni un momento de tu lado.

Khalani miró a Takeshi que, aunque hizo una mueca, no lo negó.

—¡Me alegro tanto de verte! —Khalani abrazó de nuevo a Derek—. ¿De verdad que Penny y los demás están bien?

—Sí. —Soltó una carcajada—. Penny cree que sobrevivieron porque Alan preservó sus cerebros en lugar de crearlos con su propio código.

Lo primero que hicieron fue destruir la librería, e incluso están planteándose derribar el muro.

Penny confía en que les hagas una visita cuando estés completamente recuperada.

Con un brillo en los ojos, Khalani casi rompió a llorar al saber que estaban todos sanos y salvos. Pero, al echar un vistazo a su alrededor, los recuerdos de la batalla acudieron a su mente y una oleada de pánico se adueñó de ella.

—¿Dónde está Adan?

—Por aquí —dijo Serene con una sonrisa maliciosa.

Echó a andar y de repente se detuvo. Se volvió y, mirando por encima del hombro, tomó a Brock de la mano.

—¡Vamos, lentorro! —gritó Serene, casi caminando a saltitos.

Brock clavó la mirada en sus manos unidas y una sonrisa asomó poco a poco en sus labios.

Atravesaron a toda prisa una ciudad en reconstrucción, una que Khalani había pensado que no volvería a pisar. Y, aunque las personas a las que dejaban atrás parecían exhaustas y agotadas, muchas de ellas alzaban los ojos hacia el sol, maravilladas.

Con una esperanza que solo nace de la oscuridad.

Corrieron hasta los límites de la ciudad, hasta el hermoso puente blanco sobre el sinuoso río. Y, cuando llegaron al prado salpicado de flores, Khalani ahogó un grito.

Había centenares de tiendas de campaña. Y los ciudadanos de Apolo parecían estar montando muchas más para la multitud de personas que salían del ascensor cargadas de provisiones.

Al cabo de un rato, encontraron a Adan hablando animadamente con Spade. Sujetaba unos planos y contemplaba la ciudad desde cierta distancia.

Khalani corrió hacia él.

Adan soltó un gruñido cuando se abalanzó sobre él, casi tirándolo al suelo.

—Ah, aquí estás —la saludó, riendo y abrazándola.

Ella le golpeó el pecho.

—¡Casi te mueres!

—Tú también —replicó, torciendo el gesto mientras le acariciaba el abdomen—. Creo que será mejor que al final no nos casemos, Khalani. Causaríamos demasiados problemas.

Takeshi dejó escapar una carcajada sincera, y Adan desvió su atención hacia él.

—Qué alegría ver que ya no quieres matarnos.

—Tú vigila dónde metes las manos y no tendré que hacerlo.

—No le hagas caso. —Khalani le quitó importancia con un ademán—. Si no duerme como mínimo ocho horas, está de muy mal humor.

Takeshi le dedicó una mirada descarada y, cuando ella lo golpeó con el trasero, él se apresuró a abrazarla.

—No me quedará más remedio que hacer que te arrepientas —le susurró al oído.

—Justo lo que esperaba.

Spade, que iba vestido con unos elegantes pantalones negros y una camisa, siempre impecable y más distinguido que el resto, los miró de reojo.

—Qué bien que ya estéis por aquí.

—¿Qué es eso? —preguntó Khalani señalando los planos con la barbilla.

—Casi todos los habitantes de Apolo están subiendo a la superficie, y ahora mismo Génesis no es lo suficientemente grande como para alojarlos a todos.

Estamos planeando expandir la ciudad para que todo el mundo pueda instalarse.

No solo los ricos —dijo Adan con orgullo al tiempo que cuadraba los hombros ante el nuevo reto.

Recordó que había comentado lo mucho que se arrepentía de haber creado la cúpula de Génesis, una estructura que había matado a cientos de personas. Por fin tenía la oportunidad de hacer algo que valiera la pena.

—Ya le he dicho que falta un casino, pero no cree que sea buena idea —resonó una voz maliciosa a sus espaldas.

Khalani se volvió y abrió los ojos de par en par al ver a Raziel, Ryder y Jack. Iban ataviados con capas negras y, por primera vez, Raziel no llevaba la máscara.

Pese a tener la parte inferior del rostro cubierta de cicatrices, era atractivo, como esos piratas granujas de las novelas que había mencionado Winnie. No dejaba de desviar sus ojos castaños hacia una chica morena de pelo corto que se las veía y deseaba con una tienda no muy lejos de allí.

—No lo repetiré. Nada de casinos —zanjó Adan, exasperado—. Tratamos de ayudar a la gente, no de corromperla.

—Vaya, ¿no es lo mismo?

Adan puso los ojos en blanco y miró al cielo, armándose de paciencia.

—Cuando entres en razón y quieras divertirte de verdad, ven a visitarnos a Las Vegas —dijo Ryder con una sonrisa de oreja a oreja.

—¿Las Vegas? —preguntó Brock frunciendo el ceño.

—Sí. —Jack se volvió hacia él—. Después de lo ocurrido, hay miles de drones lanzando semillas genéticamente modificadas por toda la superficie. La vegetación ya está creciendo, y nos han llegado rumores de que los ciudadanos de Hermes están abandonando el subsuelo.

Aquella noticia caló en ella con la promesa de un nuevo día.

El Proyecto Hélix se había activado de verdad.

Todos los esfuerzos que habían realizado en el pasado Timothy Talbot y el resto de los científicos para salvar a la humanidad no habían sido en vano.

Pese a la destrucción y el caos que los rodeaban, habían encontrado una manera de salvar el planeta y de que todos pudieran regresar a la superficie.

Y quizá, en muchos años, la Tierra volvería a ser la de antes. Tal vez incluso mejor.

—¿Qué planes tenéis? —preguntó Brock.

—En vista de que todas las guaridas de los Ases están comprometidas, empezaremos desde cero. Vamos a construir una nueva base de operaciones en la superficie. —Jack irguió la cabeza—. Comenzaremos con un nuevo casino en Las Vegas que gestionaremos en exclusiva.

—Pero si en ese sitio solo hay ruinas… —espetó Serene, extrañada.

—Dadnos unos años y estaréis pidiéndonos que os invitemos.

—¿Os marcháis todos?

—Bueno… —Jack miró de reojo a Raziel—. Todos no.

Raziel continuaba observando a la chica morena. Percibió que todas las miradas se posaban en él y, a regañadientes, volvió a prestar atención al grupo.

—Voy a quedarme un tiempo por aquí, para ayudar en la reconstrucción.

—¿Así que al final vas a dejar el negocio de la tortura? —bromeó Brock.

—Yo de mis cuchillos no me separo —respondió Raziel, encogiéndose de hombros como si cualquier otra opción fuera impensable.

Una ligera brisa hizo mover las briznas de hierba y Khalani respiró hondo, sintiendo que aún estaba soñando.

Aunque ¿quién sabía? Quizá a los tenaces también acabaran pasándoles cosas buenas.

—Jack… —dijo en voz baja al tiempo que alzaba la mirada—. Solo quería daros las gracias. A todos. Habéis atravesado la Zona Muerta para luchar a nuestro lado. No estaríamos aquí de no ser por vuestra ayuda. Estamos en deuda con vosotros. Para siempre.

Jack hizo una reverencia con idéntico respeto. De no haber sido uno de los cabecillas más temidos del mundo, Khalani se habría abalanzado sobre él y lo habría abrazado.

—¿Y qué hay de vosotros? ¿Adónde pensáis ir? —preguntó Raziel, mirándolos a todos.

—No lo sé. —Serene se volvió hacia ella—. ¿Adónde vamos a ir, Khalani?

La verdad era que no lo había pensado.

Por primera vez, no tenía que preocuparse del futuro inmediato o de si seguiría viva al amanecer.

Eran por fin libres para vivir como quisieran.

Para explorar.

Para establecerse.

Para tumbarse en el suelo y, sencillamente, contemplar el cielo.

Las posibilidades eran infinitas.

De niña, Khalani siempre se había sentido perdida.

Pero, allí, rodeada de los suyos, sonrió, sabiendo que, fuera donde fuese, estaría en casa.