38. En un solo latido, el amor me destruyó y me salvó. #2
—Derek tomó un vehículo y fue a comprobarlo. Volvió ayer. —Una dulce sonrisa se le formó en los labios—. Están sanos y salvos.
Khalani dejó de contener el aliento. Se había acostumbrado tanto a vivir en las pesadillas que no sabía cómo reaccionar a este sueño.
—¿Y tú? —Se enfrentó a su mirada ardiente, incapaz de formular la pregunta que no dejaba de atormentarla—. ¿Has podido… recordar?
Takeshi se quedó inmóvil, con los músculos rígidos y en tensión. Ella se preparó para la respuesta, luchando por no perder completamente la esperanza.
Y entonces habló:
—Lo recuerdo todo.
Khalani abrió los ojos de par en par, dudando de si había oído bien.
—Dilo… otra vez —suplicó con los hombros hundidos.
Se sentía pequeña en la cama comparada con lo robusto que él era. Las manos letales de Takeshi le acariciaron con dulzura los brazos, como si necesitara convencerse de que ambos estaban allí, juntos.
—Tengo tanto que decirte, Khalani… Cosas que jamás creí que llegaría a pronunciar.
Pero sé que no tengo derecho a nada sin antes pedirte perdón y confesarte lo avergonzado que estoy.
—Se le quebró la voz—. Si no supiera que te afectaría tanto, yo mismo me pegaría un tiro por haberte hecho daño. Por haberte fallado.
Takeshi guardó silencio y desvió la mirada, de modo que se le marcaron aún más los rasgos de su hermoso rostro. Khalani advirtió que le temblaban las manos, que crispaba los dedos, que casi sollozaba, a punto de perder el control.
—Ya, ya… —Se incorporó y lo tomó del brazo para que volviera a prestarle atención—. No te atrevas a decir eso. Fui yo la que te falló.
Khalani casi rompió a llorar ante el recuerdo de aquella noche horrible, que la destripaba aún más que el cuchillo del gobernador.
—Me salvaste del doctor Strauss y yo… no pude corresponderte. Quería regresar a por ti, Takeshi —suspiró—. Planeaba volver al campo de prisioneros. Pero tú ya no estabas…
—No fue culpa tuya, Khalani. Me alegro de que no lo hicieras —afirmó—. Si te hubiera pasado algo, habría perdido los estribos y habría destruido toda la ciudad.
El amor de Takeshi era visceral. La forma letal que tenía de protegerla formaba parte de él. Y su corazón dulce y atento la impulsaba a protegerlo con la misma brutalidad.
Eran, en verdad, almas gemelas.
Pero aún había cosas que no sabía, que tenía que oír, por muy malas que fueran.
—¿Qué ocurrió, Takeshi? ¿Qué te hizo el doctor Strauss?
—Me torturó… —La nuez de Adán se le movió al tragar—.
Durante días, y él cada vez estaba más frustrado porque yo no cedía.
Tenía tu rostro grabado en la mente, en el alma.
Me aferré a ti con todas mis fuerzas, pero el doctor Strauss se volvió más…
creativo con sus bisturís. Y, al final, empecé a perder la memoria.
Aunque antes me olvidé de mi nombre que de ti.
Las lágrimas se agolparon en los ojos de Khalani y recurrió a la poca fortaleza que le quedaba para contenerlas.
—Me sentía como un esclavo de mi propia mente —masculló—.
Cuando mi cuerpo te atacó, grité y luché por recuperar el control.
Cuando puse ese cuchillo en tu garganta, traté de girarlo hacia mi pecho con toda mi fuerza de voluntad.
Cuando amenacé con matarte, deseé cortarme mi propia lengua.
Y, cuando te disloqué el hombro en Hermes, pensé en subir al edificio más alto del mundo y lanzarme al vacío.
Ese dolor habría sido más llevadero. Lo que fuera con tal de no hacerte daño de nuevo —afirmó Takeshi temblando, mientras pronunciaba esas últimas palabras con un hilillo de voz.
Estaba pálido y emocionado. Khalani jamás lo había visto así.
—Pero vi que capeabas mis temporales y que seguías insistiendo, una y otra vez.
No permitías que mi crueldad o mi incapacidad de recordar te detuvieran.
Lo peor era que una parte de mi alma te pedía a gritos que te alejaras de mí, pero la otra suplicaba literalmente que no te rindieras, que te dieras cuenta de que aún estaba ahí dentro, luchando por ti con la misma desesperación que lo hacías tú.
Que supieras lo mucho que te quiero, joder.
Khalani se quedó atónita.
—¿Qué acabas de decir?
Takeshi era el hombre más fuerte, valiente y atractivo que había conocido en su vida. Ella era deprimente, torpe. La ansiedad la atormentaba. Era un desastre la mayoría del tiempo. E incluso tomaba decisiones todavía peores.
¿Cómo podía amarla alguien como él?
Al reparar en cómo lo miraba, Takeshi comprendió que no lo creía y la atrajo hacia él. Le envolvió el rostro con las manos y repitió cada palabra despacio. Con intención.
—Te quiero, Khalani. El amor que siento por ti es tan profundo, tan infinito que no logro recordar un día en que no lo haya sentido.
Antes de que aparecieras en mi vida, estaba acabado.
No creía en nada. No hallaba paz ni siquiera en sueños.
Había decidido sumirme en la violencia porque era lo que mejor conocía.
Cuando te incorporaste a mi bloque y te quedaste plantada ante mí durante la inspección, pensé que no eras más que otra reclusa que merecía morir.
Pero siempre has sido mucho más que eso.
»Me desafiaste a ver más allá de mis prejuicios y de mi devastación interior.
Nunca supiste que, con cada palabra que decías, me rendía un poco más ante ti, atrapado por tu inteligencia y tu ánimo tranquilo, capaces de igualar a los de cualquier hombre al que me hubiera enfrentado.
Me enseñaste qué significa perseguir mis sueños.
Luchar por lo que es correcto. Me enseñaste a perdonar.
No solo a otros, sino también a mí mismo.
El brillo en sus ojos rivalizaba con el del sol. Tras tomar aliento, Takeshi continuó:
—Me dijiste que, en otra historia, podríamos haber tenido un final.
Pero no quiero ninguna otra historia. Quiero esta.
Quiero cada página, aunque esté mal escrita y sea un desastre.
Quiero que me destroces tanto como yo te he destrozado.
Porque puedo aguantar las peleas. Los días duros.
Los malos recuerdos. Pero lo que no soportaré es otro minuto separado de ti.
Khalani no pudo evitar derramar un torrente de lágrimas mientras él continuaba hablando, sin apartar sus ojos de ella.
—Dios sabe que no te merezco, Kanes. Pero soy demasiado cabrón y egoísta para irme ahora.
Puede que lleve la oscuridad en mi corazón, pero es completamente tuyo.
Subiría todas las montañas por ti. Cruzaría todos los puentes.
Si me pidieras el sol, me abrasaría y te lo traería.
Ese es el tipo de hombre que tendrás… si me aceptas.
La única fuerza en el mundo que podría alejarme de ti ahora mismo eres tú.
Y, después de todo lo que ha ocurrido, después de lo mal que te he tratado, comprendería perfectamente que lo hicieras.
Así que quiero que lo pienses largo y tendido, porque, si me dices que no, te dejaré en paz y jamás volveré a preguntártelo.
Pero si aceptas… voy a quedarme contigo para siempre.
En el pasado, Khalani pensaba que el amor era un agujero negro que te atraía antes de despedazarte. Y por ese preciso motivo se mantenía alejada de sus garras.
Pero, en su camino, se había topado con tres cosas que lo habían cambiado todo.
La poesía le había enseñado a amar el mundo.
Winnie le había enseñado a amarse a sí misma.
Y Takeshi le había enseñado que el amor no tiene nada que ver con lo que uno recibe, sino con lo que da. Y si, con un poco de suerte, uno encuentra a alguien que lo ame con ese mismo abandono, entonces pueden entregarse el mundo el uno al otro en todo su esplendor.
Khalani posó una mano sobre el pecho de Takeshi y memorizó el ritmo salvaje de su corazón.
Acto seguido, le cogió una mano y se la apoyó en su propio pecho, dejándole sentir el caótico latido bajo las yemas de los dedos.
Takeshi abrió los ojos de par en par al darse cuenta de que ambos corazones latían desbocados.
—No necesito pensar nada —dijo con un hilillo de voz—.
Te quiero, Takeshi. Puede que mi alma esté llena de cicatrices, pero te pertenece.
Y, aunque no tengo ni idea de qué nos depara el futuro, quiero enfrentarme a él contigo.
Has dicho que no creías en nada, pero la verdad es que yo no recuperé la fe hasta que te conocí.
La pasión y emoción que se reflejaron en el rostro asombrado de Takeshi fueron suficientes para detener el mundo. Sin embargo, Khalani siguió hablándole, abriéndole el corazón.
—No tienes que preguntarme nada. Ya soy tuya —susurró—. Soy igual de egoísta, y lo único que deseo es un para siempre contigo. Me esforzaré por ser mejor cada día. Pero, lo más importante, no dejaré nunca de quererte.
—¿Lo dices en serio? —preguntó él con un brillo en los ojos.
—Sí —afirmó Khalani sin dudar—. Puede que no seas el primero, Takeshi, pero te prometo que serás el último.
Una lágrima rodó por la mejilla de Takeshi, y Khalani le envolvió el rostro con las manos, dejando que su amor le impregnara la piel.
Entonces, Takeshi le llevó una mano a la nuca y la besó.
Sumergió la lengua en su boca y sus labios chocaron, sin apenas permitirse respirar. Todo el dolor y las heridas que habían experimentado se entrelazaron en ese beso. La agonía y el anhelo que sentían el uno por el otro se hizo patente en cada gemido.
Takeshi la levantó con dulzura y la sentó sobre su regazo. La atrajo hacia él y la abrazó, diciéndole sin palabras lo mucho que la necesitaba.
Se besaron sin reservas, perdiéndose en un fuego eterno.
Y sus bocas no lucharon por imponerse.
Por primera vez, ambos se entregaron por igual.