38. En un solo latido, el amor me destruyó y me salvó.
En un solo latido, el amor me destruyó y me salvó.
H abía una vez una chica que soñaba con el sol.
Cuando llegaba la noche y cerraba los ojos, sentía su calidez en las yemas de los dedos. Le subía por los brazos. Le besaba la clavícula. Entreabría los labios y la más dulce de las sonrisas le iluminaba el rostro mientras caminaba por un espléndido prado lleno de flores.
Se sentía viva.
Como si Dios hubiese extendido las manos y hubiese creado un mundo solo para ella.
Experimentaba un amor que solo podía describirse como puro.
Alzaba la cabeza, con el agradecimiento siempre presente en los labios y en todos los rincones de su alma.
El regalo de la vida la impulsaba a levantar las manos por encima de la cabeza hacia las nubes blancas, que le devolvían una dulce sonrisa.
Y, cuando empezaba a girar, el viento bailaba con ella para celebrarlo.
Con la cabeza apoyada en un suave césped, Khalani contempló el cielo, sonriendo ante la gloriosa visión. El sol, en todo su esplendor, le bañaba el cuerpo y los sonidos lejanos del combate le llegaban atenuados.
Ya no podía moverse.
Pero no pasaba nada.
Lo único que tenía que hacer era quedarse allí, tumbada, y dejar que la tierra se la llevara a un remanso de paz, donde la aguardaban sus padres.
Una alta silueta apareció en su campo de visión y bloqueó el sol.
Parecía un ángel oscuro que había venido para llevarla a casa.
Tenía el pelo sedoso y negro como el carbón, y lo llevaba revuelto. Los pómulos marcados y la fuerte mandíbula le conferían incluso mayor atractivo a su rostro. Pero sus ojos de obsidiana —la viva imagen que siempre había imaginado que tendría el espacio— la dejaron sin aliento.
Cuando abrió la boca y gritó algo, ella solo percibió un tenue sonido. Sonrió, feliz de poder contemplar a alguien tan hermoso en sus últimos instantes de vida.
—¡Khalani!
Le envolvió el rostro con sus enormes manos y la miró a los ojos con una decisión inquebrantable. Como si estuviera dispuesto a llegar hasta el cielo y devolverla a la tierra si se le ocurría salir volando.
—¡Aguanta! ¡Quédate conmigo! —le pidió, rasgándose la chaqueta y apresurándose a cubrir con ella el cuchillo que le sobresalía del abdomen, como si eso fuera a servir de algo.
Le pesaban tanto los párpados…
Los cerró lentamente. Pero el atractivo hombre no se lo permitió.
—¡Ni hablar! —Empezó a darle unos golpecitos en la mejilla—. Abre tus hermosos ojos. Hazlo por mí. Eso es.
Volvió a mirarlo. Fruncía el ceño con preocupación, pero, de repente, adoptó una expresión determinada y la aupó en brazos.
Ella se quejó por la brusquedad del gesto.
El cuchillo le dolía.
Tenía que sacárselo. Khalani llevó la mano a la empuñadura, pero él la detuvo.
—Ya sé que duele, nena, pero necesitamos dejar eso ahí un ratito más.
Khalani apoyó la cabeza en el hueco de sus brazos, que ya le resultaban muy familiares.
Fue entonces cuando distinguió una figura pálida en el suelo, inmóvil. Antes de que tuviera tiempo de preguntar quién era, el ángel oscuro emprendió la marcha.
Corría como si unas llamas abrasadoras les pisaran los talones. Y, pese a que dejaban atrás los edificios a toda prisa, la sostenía con tanta firmeza que casi podría haber llevado una copa de vino en el regazo sin derramarla.
No dejaba de observarla con esa mirada magnética. Como si fuera algo más, mucho más que esa chica que solía soñar con un cielo despejado. La miraba como si fuera el mismísimo sol.
Pero, pese a que él no dejaba de insistir, los ojos se le cerraron de nuevo.
Soñó con la superficie.
Con los poemas que solía escribir tras los barrotes de su celda.
Con la familia que le había llenado el alma.
Y con el hombre que la había hecho amar de nuevo.
De repente, unos gritos alarmados rasgaron el aire, y ella se revolvió entre sus cómodos brazos.
—Dámela. Nosotros nos encargamos. Podemos ayudarla —dijo alguien en la distancia.
El atractivo hombre la sujetó aún más.
—Si me separas de ella, te mato.
El tono con el que pronunció esas palabras helaba la sangre, pero, al oír que soltaba un gemido de dolor, le rozó levemente el pelo con los labios y la abrazó con un cuidado y una calidez innegables.
Khalani no se lo impidió. Solo deseaba estar en sus brazos.
Se hizo el silencio, y su mente volvió a divagar.
—Los amigos tienen que esperar fuera hasta que terminemos —oyó que decía una voz desconocida.
—No somos amigos. Somos su familia —dijo otra mujer, alguien a quien conocía muy bien pese a que era incapaz de recordar cómo se llamaba.
—Está bien, pero, al menos, ¿podéis decirle que deje de apuntarnos con la pistola? Ya le hemos garantizado que íbamos a ayudarla.
—Yo me limitaría a concentrarme en la paciente, doctor —soltó el hombre—. En lo que a usted respecta, esta chica es lo más importante del mundo. Y, si comete la más mínima equivocación, lo mataré y no me arrepentiré; se lo aseguro.
Una extraña sensación le embargó el pecho y luchó desesperadamente por abrir los ojos. Para memorizar ese rostro que se cernía sobre ella dispuesto a protegerla a toda costa y lleno de angustia e inquietud.
Y de amor.
La sostenía entre sus brazos con amor.
En medio de su confusión, supo que ella también lo amaba.
Hizo una mueca al notar que le clavaban una aguja en el brazo.
Percibió el intenso sabor de las medicinas en la boca.
La última cosa que sintió fue que el hombre le susurraba al oído que no se rindiera, rodeándola aún más con sus fuertes brazos y prometiéndole en silencio que se enfrentaría a todos los ángeles del cielo si la perdía de nuevo.
Antes de abrir de nuevo los párpados, Khalani soñó con un magnífico jardín. No sentía dolor alguno, solo una sensación pesada e incómoda en el vientre.
Reparó en que estaba tumbada en una cama, cubierta con unas mantas blancas y gruesas. La lámpara a su derecha emitía un resplandor suave y reconfortante. Las paredes de la habitación estaban pintadas de un azul celeste y, aunque no había ventanas, la temperatura era agradable.
Parpadeó varias veces para enfocar la vista. Entonces, recordándolo todo, ahogó un grito y se llevó una mano al abdomen, pero el cuchillo había desaparecido. Se levantó con cuidado la camiseta y descubrió una delgada venda sobre la zona de la herida.
¿Quién la había curado?
¿Qué había ocurrido con Alan?
Se le aceleró el pulso. Casi no recordaba nada de lo que había pasado después de recibir la puñalada.
En ese momento, alzó la mirada y se dio cuenta de que no estaba sola.
Había alguien sentado junto a la cama.
Takeshi.
Se había acomodado en una vieja butaca verde y dormía, con las piernas estiradas y la cabeza ladeada.
Sintió que se le paraba el corazón al recordar la imagen de Alan casi a punto de romperle el cuello.
Deseó saltarle encima, despertarlo, pero, por sus ojeras, intuía que era la primera vez que descansaba en días.
Así que se conformó con mirarlo con atención.
Respiraba de manera regular y, aunque estaba más pálido de lo habitual y tenía algún que otro moratón en el rostro, los cortes y arañazos habían desaparecido.
Khalani había pensado que no llegaría a salvarlo.
¿Y si seguía soñando?
¿Y si ya estaba muerta?
Alargó un brazo para comprobar que era real. Él se movió.
Desperezándose, parpadeó con sus largas pestañas y dejó escapar un gemido. Despacio, alzó la cabeza y, al ver que Khalani estaba despierta, soltó un grito de sorpresa:
—¡Kanes!
Takeshi se puso en pie de un brinco, como si hubiese recibido una descarga eléctrica. Acto seguido, se sentó en la cama, con cuidado de no hacerle daño, y tomó una de sus diminutas manos entre las suyas.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó casi sin aliento mientras la miraba de arriba abajo—. ¿Quieres que llame al médico?
—Estoy bien. Mejor que bien —garantizó, frunciendo de inmediato el ceño—. Pero ¿cómo… es posible?
—Te traje al centro médico de Génesis —aclaró Takeshi con unos ojos que reflejaban la angustia vivida, que parecía haberle quitado décadas de existencia—.
Aunque había una larga cola de heridos, me aseguré de que los médicos se ocuparan de ti en primer lugar.
De hecho, creo que sería más apropiado decir que los amenacé.
—Hablaba con brutal honestidad—. Al igual que ocurre en Hermes, aquí tienen medicamentos que pueden curar heridas en un abrir y cerrar de ojos.
Pero habías perdido mucha sangre y tu estado era crítico.
Hace una semana que te salvaron. El médico dijo que podías tener molestias durante unos días más, pero afirmó que te recuperarías por completo.
Una sombra le cruzó los ojos, como si lo contrario fuese inaceptable.
—Una semana… —respondió, sorprendida de que hubiera transcurrido tanto tiempo—. ¿Y Alan?
Takeshi apretó las manos, y la rabia que emanaba se expandió por la habitación, convirtiéndola en un horno. Pero, cuando Khalani posó dulcemente su otra mano sobre la suya y le acarició la piel áspera, Takeshi tomó aliento con brusquedad para calmarse.
—Ya no está.
—¿Cómo que ya no está?
—Gracias a ti, Khalani.
Se quedó petrificada, sin palabras.
Takeshi vio un profundo miedo reflejado en su semblante y, acercándose a ella, la miró para que pudiera leer la verdad en sus ojos.
—Cuando pulsaste el botón, activaste el Proyecto Hélix.
Y el código de Alan se borró. Pero no le ocurrió solo a él.
Todos sus clones directos en las ciudades del subsuelo murieron.
Y aquellos a quienes controlaba mediante los chips volvieron a ser los de siempre.
Cualquier rastro de su existencia se esfumó.
Khalani negó con la cabeza, incapaz de aceptarlo, aterrorizada por si, en cualquier momento, la situación daba un vuelco. Aunque debía admitir algo: ya no percibía la fría presencia del gobernador.
Khalani se sentía por fin libre en su propia piel.
—¿De verdad que ya no está? —preguntó con un tono de voz más alto.
—Así es.
—¿Y qué hay de Penny y del resto de los ciudadanos de Oasis? ¿Están bien?
Se permitió creer que seguían con vida, que no habían desaparecido con Alan.