Us Defiant Few (Los oscuros 3) 41. No hay nada más que contar. Lo que queda de esta historia, me corresponde a mí obtenerlo.
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41. No hay nada más que contar. Lo que queda de esta historia, me corresponde a mí obtenerlo.

No hay nada más que contar. Lo que queda de esta historia, me corresponde a mí obtenerlo.

Dos años después

P uedes estarte tranquila? —la riñó Serene.

—Lo siento. —Khalani dejó de darse golpecitos en la pierna y evitó mirar hacia la puerta trasera de nuevo—. Pero ¿y si no le gusta?

—Le va a encantar —insistió Serene—. Podrías servirle gusanos para cenar y seguiría diciéndote que eres fabulosa.

Khalani fue a replicar, pero se oyó un leve sollozo procedente del dormitorio. De inmediato, se apresuró a ir hacia allí y aupó a la bebé, que estaba en pie en la cuna con los brazos tendidos.

Tenía unos rizos morenos, hoyuelos y los ojos más verdes del mundo. Era lo más hermoso que había visto en la vida.

—Ven aquí, cariño. No llores. —Khalani abrazó a su hija y le dio un beso en la mejilla. La niñita soltó una dulce carcajada y dejó de llorar. Serene apareció al instante en el dormitorio.

—¡Aquí está mi preciosa sobrina! —susurró con dulzura, inclinándose hacia ella para plantarle un beso en la tripita—. Ya sabes quién es tu tía favorita, ¿verdad?

—Eres su única tía, Serene.

—No le hagas caso, pequeña Elise —continuó Serene—. Sé que soy tu persona favorita. Lo sé y punto.

La pequeña Elise gorjeó. Era, sin lugar a dudas, la niña más querida del mundo.

—Ya sabes que tendrás que esforzarte para convertirte en su favorita —la advirtió Khalani con una sonrisa—. Brock es el que más la hace reír.

—Bah, eso es porque tienen la misma edad mental. —Serene puso los ojos en blanco—. Va por ahí de duro con todo el mundo y después, en casa, se comporta como si fuera un niño. Te lo juro.

—Y a ti te encanta…

Serene se ruborizó.

—Que Dios se apiade de mí, pero sí. Al principio no estaba muy segura de cómo sería vivir juntos, pero es muy atento. No quiere que haga nada en la casa. Y por las noches…

Serene hizo el gesto de abanicarse.

—Ya, ya. Os oímos —dijo Khalani, soltando una carcajada.

—¡Eso es imposible! —Serene ahogó un grito y le dio una palmada en el brazo—. Pero ¡si cerramos las ventanas…!

—Ya, pero a veces las paredes tiemblan.

—Vale, ¿y qué me dices de vosotros? —exclamó Serene—. Te juro que anoche oí unos gritos procedentes de esta casa. Estuve a punto de venir a ver qué sucedía, pero Brock se rio y me obligó a volver a la cama.

Khalani se sonrojó al recordar exactamente cómo la había atado Takeshi. Cumplía su palabra: solo alguien que supiera lo que estaba haciendo podía hacerla gritar de placer.

La puerta principal se abrió de repente y se oyó la voz de Winnie.

—¡Khalani, querida!

La anciana, ataviada con un vestido nuevo de color azul y estrellitas amarillas que ella misma había confeccionado, entró en la casa. Llevaba el pelo cano recogido en un moño y, cuando vio que Khalani tenía en brazos a Elise, explotó de alegría y se aproximó bailando.

—¿Cómo está la preciosa nietecita de Winnie?

La tomó en brazos y le hizo una carantoña mientras Elise no dejaba de balbucear y gorjear de forma adorable.

—Por fin ha dormido toda la noche. —Khalani sonrió al ver que Winnie hacía saltar a Elise mientras la sostenía sobre la cadera—. ¿Qué tal llevas el libro?

Después de la batalla, habían regresado a la prisión de Braderhelm para recuperar la máquina de escribir de la anciana y el resto de los libros de la biblioteca. Tal como Khalani le había prometido.

—¡Ya casi está terminado! —exclamó ella—. Aunque Winnie aún está pensando en un buen título. ¿Qué os parece Hacia arriba ?

—¿ Hacia arriba ? —repitió Serene.

—¡Sí! Va sobre la perpetua esperanza de la humanidad después de ser condenada al subsuelo. Sobre cómo superamos las mentiras y volvimos a la superficie. Hacia arriba .

—Me gusta —afirmó Khalani.

—Winnie se alegra mucho —exclamó entusiasmada—. ¿Cómo está tu hermano, Serene?

—Sigue en Las Vegas ayudando a los Ases a construir el casino. Aunque creo que hay una chica que le gusta.

—Es un joven brillante y guapo —dijo Winnie con un guiño.

—Pero que no nos oiga. Se le sube a la cabeza.

Serene fingió que se pegaba un tiro.

—Me parece que algo huele un poco mal por aquí, ¿verdad? —Winnie olfateó el trasero de Elise y arrugó la nariz. La bebé sonrió con picardía—. Oh, sí. Vamos a limpiarte.

—Ya lo hago yo, Winnie —se ofreció Khalani.

—¡Ni hablar! La abuela Winnie está de servicio y punto —canturreó con voz aguda mientras se llevaba a Elise al dormitorio.

Momentos después, la puerta trasera se abrió.

Brock, Derek y Takeshi entraron. Llevaban las camisetas y los pantalones de chándal manchados de tierra. Se habían pasado los últimos meses enfrascados en una misión que mantenían en el más absoluto secreto.

Khalani corrió de inmediato hacia su esposo, quien la levantó en brazos y la besó sin pudor.

—Vale, vale, no hace falta que estéis siempre tan acaramelados —refunfuñó Serene.

—Mira quién habla.

Brock atrajo a Serene hacia él y la besó con firmeza en la boca, obligándola a cerrar el pico.

El rubor en las mejillas de la joven revelaba que estaba más que encantada.

—Dios, qué soltero estoy —gruñó Derek.

—¿Qué tal va con el nuevo mecánico de Apolo? —preguntó Khalani mientras Takeshi, a regañadientes, la depositaba de nuevo en el suelo sin dejar de rodearle la cintura con el brazo.

—¿Sam? Me parece que no le gusto.

Derek se rascó la cabeza y, algo inquieto, cambió el peso del cuerpo de un pie a otro.

—Pero ¡qué dices! —exclamó Serene cuando Brock le permitió respirar otra vez—. He visto cómo te mira. Deberías hablar con él.

—¿Me lo estás diciendo en serio?

—Si no lo intentas, nunca lo sabrás —añadió Brock, casi sin apartar los ojos de Serene.

Derek se pellizcó el labio inferior y asintió despacio con la cabeza.

—Lo pensaré. En cualquier caso, tengo que ayudar a Penny con las nuevas granjas. ¿Quedamos mañana para cenar a la misma hora?

Los demás asintieron y, después de despedirse de todos con un abrazo, Derek se marchó hacia su casa de una planta en la calle sin salida donde todos residían.

—Nosotros también nos vamos —dijo Brock, agarrando el antebrazo de Takeshi para despedirse.

Este lo imitó.

—Gracias por la ayuda, colega. Te lo agradezco de verdad.

—No hay de qué. ¿Entreno dentro de un par de días? —preguntó Brock con un destello expectante en los ojos.

Los dos seguían practicando maniobras de lucha en la antigua zona de combate de Oasis. A veces utilizaban cuchillos; otras, peleaban cuerpo a cuerpo. Khalani y Serene a menudo llevaban sillas y se sentaban a observarlos.

En ocasiones se zurraban bien, y eso la preocupaba, pero, en el fondo, sabía que la lucha era su manera de conectar y de soltar las tensiones después de años viviendo rodeados de violencia.

—Ya sabes que siempre me apunto a patearte el trasero —respondió Takeshi con una mueca burlona.

Brock le dio un golpe en el hombro y se marchó con Serene, que se despidió de Khalani con un beso en la mejilla.

Una vez que se quedaron solos, Takeshi la atrajo hacia él y ella le rodeó el cuello con los brazos.

—¿Dónde está Elise? —preguntó.

El amor que sentía por su hija era inmenso.

—No te preocupes. Está con Winnie. —Khalani dio unos saltitos de emoción, entusiasmada—. ¿Listo?

Era su aniversario.

No de boda, sino del día en que, tres años atrás, se habían conocido en prisión. La mayoría de la gente desearía olvidar ese horrible momento, pero ellos, no. El día en que se habían conocido y habían empezado a compartir sus mundos marcaba el momento en que sus vidas habían cambiado a mejor.

Khalani se había pasado el último par de meses trabajando sin descanso en la sorpresa, pero Takeshi la superaba: llevaba seis.

No tenía ni idea de qué podía ser y le había prohibido por completo acercarse al jardín trasero.

Y todos los días Brock y Derek se presentaban para echar una mano con el proyecto secreto.

—Listo —respondió esbozando una sonrisa—. ¿Quieres ser la primera?

—Sí.

Lo agarró del brazo y tiró de él hacia la planta superior, dejando atrás las fotografías de ambos con Elise de bebé en los brazos.

Khalani desvió la mirada hacia las imágenes en las que aparecían Winnie y Serene esperándola junto al altar.

Derek y Adan estaban al otro lado, con Brock como padrino de Takeshi.

Aunque su foto favorita era una de Takeshi, que la miraba vestida de novia con lágrimas en los ojos.

Se detuvo al final del pasillo y se volvió hacia él con gesto teatral.

—Vale, cierra los ojos.

Takeshi obedeció al momento, encantado de seguir sus órdenes.

Ella lo condujo con cuidado al interior de la habitación y lo dejó en el lugar más indicado. Dando un paso atrás, Khalani tomó aliento, de repente hecha un manojo de nervios.

—Vale… Ya puedes abrirlos.

Takeshi lo hizo y se quedó boquiabierto.

Los rayos de sol penetraban por las ventanas abiertas de par en par de una habitación pintada de azul pastel. Se oían los trinos de los pájaros; gracias al Proyecto Hélix, cada vez había más animales en la superficie.

Sin embargo, Takeshi clavó los ojos en el centro de la estancia.

Un lienzo en blanco reposaba sobre un enorme caballete y, junto a este, había un escritorio lleno de pinceles, lápices y toda clase de colores.

Le había llevado su tiempo preparar aquella sorpresa, pero Penny y Winnie habían sido sumamente valiosas a la hora de encontrar los materiales.

Takeshi examinó la estancia en silencio con expresión indescifrable. Khalani tragó saliva, con el corazón en un puño. Un hormigueo nervioso le recorrió las manos y trató de explicarse.

—Me contaste que, de niño, te gustaba mucho pintar, así que te he preparado un estudio propio.

Cambió el peso del cuerpo de un pie a otro y se mordió el labio inferior. Takeshi continuaba sin reaccionar.

—Si no te gusta, no pasa nada. Ya le buscaremos otro uso al espacio…

Takeshi se volvió hacia ella a la velocidad del rayo y la aupó en un abrir y cerrar de ojos. Buscó sus labios y la besó como si no hubiera un mañana. Khalani notó un sabor salado en sus labios y se apartó un poco.

—¿Va todo bien, cariño? —preguntó aún en sus brazos, envolviéndole el rostro con las manos mientras él la miraba con ojos llorosos.

—Es la primera vez que alguien hace algo así por mí —susurró, emocionado y con la voz quebrada.

—¿Te gusta?

—Me encanta. Joder, te amo.

Volvió a besarla, y Khalani notó que se empalmaba. Sonriendo y sin apartar los labios de los suyos, lo rodeó aún más con las piernas, presionando sus caderas contra las suyas.

—Aún no, Kanes. Todavía falta tu regalo.

Salieron de la estancia y él se negó a soltarla, ni siquiera por las escaleras. Khalani soltó una carcajada cuando bajaron los escalones a trompicones y llegaron a toda velocidad hasta la puerta trasera.

—Vale, ahora te toca a ti cerrar los ojos.

La dejó en el suelo y, cuando le tapó los ojos con las manos, ella frunció el ceño.

—¡Ya tengo los ojos cerrados!

—Es para asegurarme de que no haces trampas —dijo riendo entre dientes.

Khalani oyó que se abría la puerta y que la guiaba por el sendero. Notó el suave césped bajo los pies desnudos mientras cruzaban el jardín.

Extrañada, advirtió el chirrido de otra puerta que se abría. Takeshi la ayudó a subir unos escalones y, de repente, pisó tierra. El aire estaba mucho más cargado y se humedeció los labios.

—¿Dónde estamos?

—Ahora lo verás. ¿Estás lista? —preguntó entusiasmado y con cierta inquietud.

Cuando asintió, Takeshi apartó las manos.

Khalani ahogó un grito y se tapó la boca.

Ante ella había un deslumbrante jardín.

Como en trance, se adentró en el invernadero, rodeada de plantas de todas las formas, colores y tamaños. Una fresca brisa transportaba los aromas de las flores, y Khalani aspiró.

Era como si estuviera en uno de esos sueños que solía tener de niña. Uno del que no quería despertar. Pero era real. Takeshi le había construido un invernadero, solo para ella. Rebosaba de vida y era del tamaño de la planta baja de su casa.

Al volverse hacia él, se quedó de piedra.

Takeshi sostenía varias rosas en las manos. Mirándola con unos ojos llenos de amor, se las tendió.

—Ya te dije que encontraría flores para ti.

Khalani rompió a llorar y lo miró más maravillada que el día en que había visto el sol por primera vez. Lo atrajo hacia ella y lo envolvió con sus brazos.

Y allí, en ese jardín, se abrazaron como si sus vidas dependieran de ello.

Disfrutando de su «felices para siempre».

Y, si se tuviese que expresar con palabras todas las emociones que sintieron en ese momento y en los segundos que siguieron, las páginas de su historia sangrarían hasta el fin de los tiempos.