Us Defiant Few (Los oscuros 3) 37. Quizá mi pluma no te recuerde. Pero el filo de mi cuchillo sin duda no te ha olvidado. #2
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37. Quizá mi pluma no te recuerde. Pero el filo de mi cuchillo sin duda no te ha olvidado. #2

Khalani le golpeó el pecho, a punto de romper a llorar.

—¡Por favor! —le gritó Serene a Brock con el semblante pálido y cubierto de lágrimas.

Brock y Takeshi intercambiaron una mirada y, sin tan siquiera hablar, se pusieron de acuerdo.

—Cubridnos —ordenó Brock a Raziel.

—¡Preparaos para disparar! —gritó el sicario a los suyos rechinando los dientes.

Con la muerte grabada en los rostros, los Ases amartillaron las armas.

—Preparados… —dijo Raziel, apoyando el hombro en la pared y con el fusil pegado al pecho—. ¡FUEGO!

Los Ases salieron del callejón y dispararon al mismo tiempo, deteniendo el avance de los guardias, que se agacharon y corrieron a cubrirse.

Takeshi y Brock salieron disparados hacia Adan.

Entre sollozos, Serene enterró la cabeza en el hombro de Khalani y se negó a mirar, pero Khalani sí lo hizo. Con todos los músculos en tensión, cambió el peso del cuerpo, lista para salir disparada hacia ellos ante el más mínimo problema que surgiera.

Con una velocidad implacable, Takeshi le agarró las piernas a Adan y Brock lo levantó por las axilas. Los disparos resonaron a su alrededor mientras cargaban con el herido camino del callejón.

Los Ases los cubrieron hasta que llegaron y, con cuidado, Takeshi y Brock depositaron a Adan en el suelo. El sudor le perlaba el rostro, respiraba con dificultad y tenía la camisa empapada de sangre.

—¿Dónde le han disparado? —preguntó Serene, agachándose junto a su hermano y tomándolo de la mano.

—En las costillas —respondió Takeshi tras inspeccionar la herida.

Cuando presionó la zona, Adan soltó un grito.

—Dejadme… —gimió.

—Cierra el pico, Adan —lo riñó Serene, dándole una palmada en la mejilla—. No pienso abandonarte. Y, si ves una luz celestial, mándala a la mierda. ¿Entendido?

Serene le apretó aún más la mano. Brock ya se había quitado la capa y la presionaba contra la herida.

—Ay… Me duele —se quejó el joven, revolviendo la cabeza con gesto de querer apartarse.

Brock aumentó la presión.

—Se pondrá bien, ¿verdad? —preguntó Khalani, entrelazando los dedos con los de la mano libre de Adan.

—Hay que detener la hemorragia —gruñó Brock, mirándola de reojo—. Tendréis que iros sin nosotros.

—Pero no podemos dejaros…

—¡Eso no importa! —zanjó el incursor—. Si no detenéis a Alan, todo habrá sido en balde. Tenéis que marcharos. Ya.

Khalani iba a replicar, pero Takeshi la tomó de la barbilla y no tuvo más remedio que prestarle atención.

Sus ojos albergaban todo el dolor del mundo.

Estaba cansado.

Igual que ella.

Y, cuando pronunció sus siguientes palabras, Khalani supo que hablaba en serio:

—Tiene razón, Kanes. Es hora de acabar con esto.

Ella tomó aliento y se despidió de Adan con un beso en la mejilla.

—Nos vemos pronto —susurró.

A continuación, se volvió hacia Serene y la abrazó con todas sus fuerzas. Y, cuando la soltó, tuvo que ahogar un grito de asombro: Brock se les había echado encima para estrecharlos brevemente entre sus brazos.

No les dio palabras de ánimo ni les deseó suerte, pero Khalani nunca lo había visto tan emocionado. Con los ojos vidriosos, les tendió la pistola.

—Marchaos —murmuró.

Takeshi la cogió de la mano y tiró de ella por el callejón, alejándose de los disparos. Cuando llegaron al otro extremo, el capitán se asomó y miró a ambos lados con el arma preparada. Pero la calle adoquinada estaba desierta.

Siguieron corriendo, agarrados de la mano, directos hacia su final.

Llegaron a los setos que rodeaban el recinto jadeando. No había guardias apostados en los aledaños. Todos se encontraban luchando en la ciudad.

Atravesaron la imponente vegetación y, al final del sendero, apareció la Casa Blanca, intacta pese a todo el horror que la rodeaba. Las grandes columnas estaban igual de inmaculadas que el día en que Khalani había pisado Génesis por primera vez.

Ante la entrada principal, Takeshi le apretó brevemente la mano y, acto seguido, se la soltó.

Empuñando la pistola, giró el pomo despacio.

La puerta se abrió con un horrible chirrido, y Khalani dio un respingo al ver un cadáver en el suelo.

Lo reconoció. Era el mayordomo del gobernador. El agujero de bala entre las cejas le había desfigurado su calva cabeza.

Con un nudo en la garganta, siguió a Takeshi, y se adentraron con cautela en el vestíbulo, esquivando los cuerpos esparcidos por el suelo.

El cuadro de la Mona Lisa estaba colgado al fondo de la estancia. Su inquietante sonrisa hizo que se estremeciera.

—Está matando a todo el mundo —susurró ella, empuñando la pistola con manos temblorosas.

En ese preciso instante, Takeshi desvió la mirada hacia las escaleras. Una sombra de terror le cruzó el rostro y tensó los músculos.

Khalani también las oyó.

Voces.

—Quédate detrás de mí —ordenó él.

Subieron las escaleras de mármol con el máximo sigilo. Cuando llegaron arriba, las voces se hicieron más nítidas.

—Los hombres siguen pidiendo refuerzos por radio —gruñía uno.

—Pero el gobernador ha dicho que tenemos que quedarnos aquí y vigilar la casa… —respondía otro.

—¡Aquí no pasa nada! Tenemos que ir allí y ayudarlos a matar a…

El hombre apareció en lo alto de las escaleras.

Takeshi le dio una patada en el pecho, arrojándolo por la barandilla. Con un grito, el guardia cayó al vacío y se partió el cuello al estrellarse contra el suelo de la planta baja.

—¡Mierda!

Otro guardia apareció pistola en mano, pero Takeshi fue más rápido y le golpeó en la cara mientras forcejeaba con él. Un tercero, que debía de haber oído el alboroto, surgió de repente y se abalanzó sobre Takeshi.

Khalani levantó el arma y no vaciló. Le disparó en la pierna. El guardia soltó un grito y retrocedió. Pero era corpulento y, haciendo caso omiso de la herida, la fulminó con la mirada.

Aunque quizá para él no era más que una chiquilla incapaz de hacer mucho daño, no tenía idea de dónde había crecido ni de lo que había aprendido en la oscuridad.

Khalani alzó la pistola, le apuntó al corazón y disparó.

La prueba de que estaba vivo salpicó las paredes.

El otro guardia soltó un alarido cuando Takeshi le disparó en las entrañas y lo dejó inconsciente de un puñetazo.

Ambos jadeaban, con los cuerpos tendidos en el suelo.

Exhausta, Khalani miró con los ojos abiertos de par en par al hombre que acababa de matar.

—¿Te ha hecho daño?

Takeshi se apresuró a ir a su lado y la recorrió con la mirada, frenético, buscando heridas.

—Estoy bien —respondió. Ya no podía llorar. Solo quería que todo el derramamiento de sangre terminara—. Hay que seguir buscando. Seguro que Alan anda por aquí.

Takeshi tensó la mandíbula, como si intuyera su sufrimiento. Pero el tiempo jugaba en su contra. Khalani avanzó a toda velocidad por el pasillo enmoquetado de azul y con paredes blancas.

Era largo, pero siguieron buscando.

Pensó que quizá habría huido, que se habría marchado a otro lugar. Cuando llegaron a la última habitación, Takeshi abrió la puerta de una patada.

Y lo vio.

El gobernador estaba sentado en una silla, frente a decenas de pantallas llenas de líneas de código. Khalani no tenía ni idea de qué era todo aquello, pero en la pared había un reloj negro que marcaba una cuenta atrás con unos luminosos números rojos.

5.00

4.59

4.58

—¡Ya basta, Alan! ¡Ordena a los guardias que se retiren! —gritó empuñando el arma.

Alan hizo girar la silla con total tranquilidad y los miró con fastidio, primero a Takeshi y después a Khalani, a quien dedicó una sonrisa condescendiente.

—Ah, mis experimentos fallidos. Sabía que no podríais perderos el final. Y eso que uno de los dos sigue sin funcionar como es debido y se niega a obedecer órdenes.

Clavó la mirada de nuevo en Takeshi, y Khalani sintió que en su interior se encendía un volcán de rabia.

—No somos experimentos que obedecen a tu control. Takeshi y yo somos tan humanos como los demás.

—Eso es lo que tú crees…

—¡Es lo que sé! —zanjó Khalani—. No voy a permitir que sigas manipulándonos. Has perdido, Alan. La gente se ha sublevado y saben que les has mentido con lo de la radiación.

Alan soltó una carcajada y se levantó de la silla mientras la cuenta atrás seguía avanzando en el reloj.

4.03

4.02

4.01