Us Defiant Few (Los oscuros 3) 37. Quizá mi pluma no te recuerde. Pero el filo de mi cuchillo sin duda no te ha olvidado.
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37. Quizá mi pluma no te recuerde. Pero el filo de mi cuchillo sin duda no te ha olvidado.

Quizá mi pluma no te recuerde. Pero el filo de mi cuchillo sin duda no te ha olvidado.

B ajaron a toda prisa la zigzagueante escalera de mármol blanco mientras el griterío de la batalla rebotaba en las paredes de piedra. Llegaron a la planta baja y salieron por la puerta, pero se quedaron atónitos y ahogaron un grito al ver la escena ante ellos.

La ciudad blanca de Génesis era un caos. Khalani saboreó el fuego y el azufre en el aire mientras los acaudalados ciudadanos corrían para salvarse, cubriéndose la cabeza y chillando. Varios guardias con uniforme negro, apostados en todas las esquinas, apuntaban y disparaban indiscriminadamente.

Grandes trozos de cristal cubrían los adoquines y el sol abrasaba las calles.

Ya no quedaba ni rastro de la cúpula.

Por primera vez, los ciudadanos de Génesis contemplaban el cielo. Khalani distinguió varios cuerpos que yacían en el suelo, llenos de sangre y con la piel desgarrada por los cristales afilados que sobresalían de sus capas.

—¡Tenemos que irnos! —gritó Takeshi por encima del alboroto—. Por aquí.

Agarró el brazo petrificado de Khalani y empezaron a correr en dirección contraria, hacia la Casa Blanca.

Pasaron ante edificios y lujosos negocios, en los que alguna vez había soñado entrar. Los escaparates estaban rotos, y Khalani pudo distinguir figuras que se agazapaban tras los mostradores, temblando y llorando.

Un poco más allá, tres guardias alzaron las armas hacia una tienda de juguetes. Khalani divisó a un grupo de niños que, hechos un ovillo en el interior, se cubrían la cabeza.

Takeshi y Brock empuñaron la pistola al mismo tiempo. Los disparos le provocaron un zumbido en los oídos.

Dos de los guardias cayeron de inmediato con la cabeza agujereada por las balas, pero el tercero, fusil en mano, aún apuntaba hacia una niñita de pelo castaño.

Una intensa y profunda rabia se adueñó de Khalani, que blandió el cuchillo sin tan siquiera proponérselo. Esta vez no cerró un ojo para apuntar, sino que clavó la mirada en su objetivo.

Y lo lanzó.

La imagen de Elise le cruzó la mente. Revivió el triste instante en que había fallado el tiro y el arma había pasado rozando junto a su atacante, y Ansel le había disparado.

El cuchillo se movió a cámara lenta, y Khalani lo experimentó todo de nuevo.

Todas las consecuencias de su ineptitud.

La niña alzó la mirada justo cuando el hombre apretaba el gatillo. Pero el cuchillo se le clavó en el brazo y el disparo salió desviado hacia el suelo. El hombre gritó y Takeshi recorrió el espacio entre ellos y lo tiroteó en la cabeza.

Todos fueron hacia la tienda y vieron, sin dar crédito, a unos veinte niños escondidos que los miraban con ojos atónitos y rostros cenicientos.

La niña de pelo castaño no dejaba de temblar. Takeshi se acuclilló y se puso a su altura.

—Ya, ya… Ahora estás a salvo —dijo en voz baja.

La niña lo miró, con las mejillas manchadas de barro y polvo.

—¿Habéis venido a ayudarnos? —preguntó entre sollozos.

—Sí —aseguró Takeshi—. No permitiremos que os ocurra nada.

La niña se le tiró al cuello con unos bracitos que apenas llegaban a rodearlo del todo. Emocionado y sorprendido, Takeshi le dio unos dulces golpecitos en la espalda con el brazo que no sostenía la pistola.

Khalani sintió que el corazón le latía desbocado en el pecho.

Nunca lo había visto con niños. Pensaba que se asustarían al percibir el brillo salvaje en sus ojos y la manera despiadada en la que había abatido al guardia, pero los niños lo contemplaban como si fuera un héroe gigante del pasado.

Si sus vidas no hubieran estado tan condicionadas por la guerra, habría sido un padre excelente.

Takeshi se puso en pie y, decidido, se volvió hacia los demás.

—Alguien tiene que quedarse con ellos.

—¡De eso se ocupa Winnie! ¡Se le dan muy bien los niños! —anunció con orgullo la anciana dando un paso al frente.

—Yo también me quedaré por si aparece algún guardia. —Derek abrazó a Khalani y a Serene y fue a reunirse con la anciana—. Será mejor que volváis todos sanos y salvos o me veré obligado a ir al más allá y traeros de vuelta.

Todos sonrieron y Takeshi le tendió una pistola, palmeándole la espalda.

Brock se acercó a Winnie y le ofreció el cuchillo.

—¿Sabes para qué sirve esto?

—Para meterlo por donde amargan los pepinos —dijo esbozando una tímida sonrisa.

Brock soltó una carcajada y le plantó un beso en la mejilla.

—Cuídate, Winnifred.

Khalani se abalanzó sobre ella y la abrazó, incapaz de soltarla. Pero Winnie le envolvió el rostro con las manos.

—Ahora debes irte, niña. Y no olvides lo que te dijo Winnie.

—No lo haré —prometió, apretándole los hombros—. Nos vemos cuando esto acabe.

Se aseguraría de que así fuera.

En cuanto se hubieron separado, la anciana se volvió hacia las criaturas.

—¡Muy bien, pequeños! Vamos a buscar un lugar más seguro y Winnie os contará un cuento.

—¿Salen magos? —preguntó uno de los niños, apresurándose a seguirla.

—Magos, dragones, hadas. Y el amor más grande del mundo.

Todos fueron tras ella y la voz de la anciana se fue perdiendo en la distancia.

Khalani empezaba a sentir flato, y estaba segura de que se le había clavado un cristal en la suela, a la altura del talón. Pero ignoró el dolor.

Una sinfonía de muerte y dolor la impulsaba a seguir adelante.

Avanzó por la calzada llena de sangre, dejándose alimentar por el caos.

De repente, Takeshi la agarró y tiró de ella hacia atrás.

—¿Qué…?

¡Pum!

Una gárgola de piedra cayó de uno de los edificios y se estrelló en el preciso lugar en el que Khalani se encontraba un segundo antes.

Asustado y preocupado, Takeshi la miró.

—¿Estás bien?

Pese a que le costaba respirar, Khalani tomó aliento y consiguió asentir.

—Sí.

Takeshi no apartó la mano de su espalda y la obligó a seguir adelante. Verificaba todas las tiendas por las que pasaban, con el dedo en el gatillo y listo para aniquilar a cualquiera que se interpusiera en su camino.

Al doblar a la derecha en una esquina bañada por el sol, se toparon con un grupo de diez guardias, que se volvieron al unísono y alzaron las armas. De inmediato, Takeshi la protegió con su cuerpo.

Boquiabierta, Khalani ahogó un grito.

Pero, desde los tejados de los edificios, unos hombres enmascarados vestidos completamente de negro lanzaron a la calle unas esferas de color gris que… explotaron.

La onda expansiva llegó hasta ellos y Khalani cayó al suelo con un zumbido en los oídos.

Takeshi soltó una maldición y la ayudó a ponerse en pie.

Los atacantes enmascarados desaparecieron de los tejados, pero otro grupo se abalanzó sobre los guardias que quedaban.

Los soldados se defendieron y dispararon, pero los enmascarados eran más rápidos, más feroces.

Los apuñalaron, les cortaron la garganta, les rompieron el cuello.

Khalani contempló atónita cómo abatían a los guardias, como si fueran simples muñecos de papel. En cuanto los hubieron aniquilado a todos, uno de los hombres enmascarados corrió hacia ellos.

Takeshi levantó la pistola, pero Khalani lo agarró de la muñeca con firmeza.

—¿Raziel? —dijo.

El sicario llevaba la mitad superior del rostro salpicada de rojo. Se limpió despreocupadamente el cuchillo, empapado de sangre, en la manga. Miró con reprobación a Takeshi, que aún lo apuntaba con el arma, e intercambió un gesto de asentimiento en silencio con Brock.

—Me alegro de que sigáis vivos.

—¿Estás bien? —preguntó ella, notando la furia salvaje en sus ojos y el tic neurótico con el que empuñaba el cuchillo, como si necesitara seguir hundiendo la hoja en muchos más cuerpos.

—Perfectamente. Hacía años que no disfrutaba tanto.

Raziel se pasó un guante sucio por la nariz mientras sus hombres remataban a los guardias supervivientes que se atrevían a moverse.

—¿Dónde están Jack y Spade? —preguntó Brock.

—Al otro lado de la ciudad. Han pedido refuerzos por radio. Los guardias están masacrando a la gente que llega del subsuelo por el ascensor.

Serene le agarró la mano.

—¡Han oído tu mensaje, Khalani! ¡La gente se está sublevando!

Ni siquiera tuvo tiempo de procesar la importancia que tenía eso porque Raziel clavó en ella sus ojos sedientos de sangre.

—¿Qué podemos hacer? —le preguntó, aferrándose aún más al cuchillo.

Khalani miró a Takeshi, que asintió, animándola a hablar.

—Tenemos que llegar a la casa del gobernador. ¿Pueden ayudarnos tus hombres?

—Enseguida.

Con un ademán, Raziel le ordenó al grupo de veinte Ases que se acercaran y, tras contarles el plan, tomaron los fusiles de los guardias abatidos y se prepararon.

—¿Por dónde hay que ir? —preguntó Raziel.

—Por aquí —respondió Takeshi, encabezando la carga.

Como si fueran la peste negra, atravesaron a toda prisa la ciudad, abatiendo a los guardias que se interponían en su camino. Allá donde mirara, Khalani veía sangre. Cada vez que daba un paso, sentía una punzada de dolor en el pie o el inquietante crujido de los cristales.

Pero el final se acercaba.

Khalani podía sentirlo.

Y, si la gente de Apolo se unía a ellos, quizá podrían salir con vida.

—¡Al suelo! —gritó alguien de repente.

Todos se tumbaron y Takeshi la derribó para protegerla.

Brock hizo lo mismo con Serene, que soltó un bufido junto a Khalani. Al alzar la cabeza, vio a una unidad entera de guardias —al menos cincuenta— que aparecían por el extremo opuesto de la calle con los fusiles en alto.

—¡Disparad, joder! ¡DISPARAD! —gritó Raziel.

Desde el suelo, los Ases apuntaron y dispararon. Aunque abatieron a un buen número de guardias, estos los superaban y seguían su avance, cada vez más cerca.

—¡Tenemos que salir de aquí! —gritó Brock.

De un salto, se incorporaron y se pusieron a cubierto en un callejón cercano.

—¡Aaah!

Khalani se volvió al oír un grito fatal a su espalda y se le rompió el corazón.

Era Adan.

— ¡NO! —exclamó Serene yendo hacia él.

Pero Brock la arrastró hacia al callejón.

Adan había caído en medio de la calle y tenía un costado ensangrentado. Sin embargo, aún respiraba. Khalani trató de zafarse de Takeshi, pero él la sujetó con firmeza, negándose a soltarla.

—¡Tenemos que ir a por él! ¡Está vivo!