36. Volamos demasiado cerca del sol, pero no esperabas que sonriéramos mientras nos abrasaba.
Volamos demasiado cerca del sol, pero no esperabas que sonriéramos mientras nos abrasaba.
L a cúpula se desmoronó y cayó como una bruma de cristales. La proyección de la exuberante selva se esfumó y fue sustituida por un cielo azul despejado, solo empañado por la columna de humo que lo atravesaba.
El teléfono que había sobre el escritorio sonó y el gobernador lo levantó con un gesto brusco.
—¿Qué está pasando ahí abajo? —soltó.
No pudieron oír la respuesta de la persona que estaba al otro lado de la línea, pero Alexander se puso tenso y la rabia le deformó el semblante.
—¡¿Cómo que asaltantes exteriores?!
Khalani y Brock intercambiaron una mirada.
Tenían que ser Jack y los Ases. Era la única explicación. Si habían conseguido volar la cúpula e irrumpir en Génesis, puede que aún quedara un atisbo de esperanza…
—¡¡¡Matadlos!!! —gritó el gobernador, y guardó silencio unos segundos ante lo que le decía su interlocutor—. Me da igual que las unidades estén luchando en el subsuelo y que la gente se resista. Tenéis pistolas. ¡Haced el puto favor de utilizarlas!
Colgó el teléfono de golpe.
Los gritos y disparos procedentes del exterior rompieron el silencio.
Alan empezó a respirar de forma entrecortada, comprobando el reloj una y otra vez, y Khalani advirtió que estaba asustado.
Tenía la mirada perdida y la mandíbula tensa, como si estuviera viendo un millón de cosas al mismo tiempo.
—Gobernador, si me permite… —Cheryl se atrevió a dar un paso, forzando una sonrisa en medio de la tensión y frialdad del ambiente—. Quizá podamos enviar otro comunicado a las ciudades. Para pedir calma. Estoy segura de que la gente lo apreciaría…
Antes de que hubiera terminado de pronunciar esas palabras, el gobernador alzó la palma de la mano. De inmediato, Takeshi dio un paso al frente y le tendió algo.
Khalani no pudo ver lo que era.
—Quizá podamos trabajar el tono —prosiguió Cheryl alzando el dedo índice—. Creo que una voz más calmada y respetuosa haría que las aguas volvieran a su…
¡Pum!
El gobernador había levantado el arma y le había disparado en la frente.
Desde la silla, Khalani vio cómo Cheryl se desplomaba bocabajo y convulsionaba en el suelo. Nadie se atrevió a moverse. Incluso los guardias se miraron asustados.
Sin pronunciar palabra, el gobernador le devolvió el arma a Takeshi, que seguía con expresión vacía.
Alan volvió a comprobar el reloj.
—Media hora… —murmuró para sus adentros antes de volverse hacia Takeshi—. Bien, tú y otro guardia os quedaréis vigilándolos. Aseguraos de que no se mueven de aquí. El resto, venid conmigo.
Todos los guardias, excepto uno, siguieron al gobernador con los fusiles en alto y salieron del despacho dando un portazo. Takeshi se guardó la pistola en el bolsillo y se cruzó de brazos, adoptando una posición de firmes como un buen soldado.
Khalani dio un respingo cuando el espeluznante grito de otra mujer traspasó las paredes. Pero Takeshi no se movió. Por el rabillo del ojo, vio que Brock seguía tratando de cortar las cuerdas que le sujetaban las muñecas.
Khalani no sabía cuánto le faltaba para conseguirlo, pero vio que Takeshi se volvía hacia él.
Tenía que hacer algo.
Se inclinó y, pese a la mordaza, empezó a toser con violencia. Cuando se atrevió a mirar, se encontró con Takeshi, que la observaba con sus ojos oscuros y el ceño fruncido, pero sin intención de moverse.
Era hora de dar un paso más.
Puso los ojos en blanco y empezó a convulsionar. Le llegaron los gemidos amortiguados de los demás y unas sonoras pisadas de botas que atravesaban la estancia. Takeshi le agarró los hombros con sus fuertes manos, pero Khalani se sacudió aún más y empezó a jadear, como si se estuviera ahogando.
—¡Ayú… ala! —balbuceó Serene a través de la mordaza.
En una milésima de segundo, Takeshi le quitó la tela de la boca y la lanzó a un lado. Aún temblando, Khalani trató de recuperar el aliento. Takeshi estaba a unos pocos centímetros de ella. Una sombra de preocupación le cruzó el rostro, pero desapareció enseguida.
Brock se concentró y empezó a mover las manos más y más deprisa mientras el otro guardia prestaba atención a Khalani y Takeshi.
Solo un poco más.
—Tengo que… tumbarme —dijo ella con voz ronca.
—¿De verdad piensas que voy a soltarte? —siseó Takeshi, sin quitarle la mano del hombro.
Sus convulsiones se volvieron más violentas e incluso se permitió que un hilillo de baba se le escapara de los labios.
—Solo tengo que… tumbarme.
Puso los ojos en blanco de nuevo, como si fuera a desmayarse, y Takeshi soltó una maldición. Tras oír el clic de una navaja, notó que cortaba la cuerda que le apresaba las muñecas.
Cayó de bruces. Él se acuclilló junto a ella, empuñando el arma y examinándola de arriba abajo para comprobar si estaba herida.
—¿Mejor? —preguntó con voz grave.
Cuando sus miradas se encontraron, Khalani se quedó sin aliento. Se sumergió en un océano negro y, durante un instante, solo existieron ellos dos.
¡Zas!
Brock arremetió con la fuerza de un camión.
El rostro de Takeshi se inundó de rabia cuando Brock se colocó sobre él y lo inmovilizó, navaja en mano.
Pero, cuando fue a clavársela, Takeshi lo agarró de las muñecas y bloqueó la puñalada.
Rechinando los dientes, Brock empujó con tanta fuerza el arma que le temblaron los brazos.
Una oleada de pánico la sacudió, como si alguien le arrancara la piel a tiras.
De repente, oyó un sonido metálico y, sobrecogida, desvió la mirada hacia el otro guardia, que había levantado el fusil y buscaba línea de tiro.
Con todas sus fuerzas, le dio una patada a la silla metálica en la que había estado sentada. La silla se deslizó chirriando por el suelo y golpeó al guardia en las rodillas, que las dobló y dejó caer el arma.
Khalani se precipitó por el despacho para apoderarse de ella, pero el guardia enseguida se recobró y ambos llegaron al mismo tiempo. Trató de quitársela, pero Khalani la sujetaba con fuerza. Oyó el sonido de unos fuertes puñetazos, y gritó y tiró, dispuesta a adueñarse de ella.
El guardia le propinó un revés y su cabeza giró violentamente hacia un lado.
Sintió tanto dolor que pensó que la mejilla le explotaba, pero se mantuvo firme y se negó a soltar el fusil.
Solo necesitaba aguantar un poco más.
Pero el guardia gruñó y le propinó un puñetazo aún más fuerte en la sien. Khalani retrocedió y cayó al suelo. Estaba aturdida y veía doble. El guardia giró el arma y la apuntó hacia ella.
Oyó el disparo. La sangre le salpicó el rostro.
Pero no era suya.
El guardia se postró de rodillas con un enorme agujero en la frente.
Boquiabierta, Khalani dio un paso atrás.
Takeshi apuntaba el fusil con las pupilas dilatadas. Brock gemía en el suelo, pero no parecía haber sufrido heridas de importancia, solo algún que otro arañazo.
—Takeshi… —suspiró Khalani, paralizada por el miedo.
Él la miró con expresión desquiciada. Y, entonces, empezó a gritar y se llevó las manos a la cabeza mientras se le marcaban todas las venas del cuello.
Khalani corrió hacia él.
—¡Para! —gritó con voz ronca, deteniéndola con un brazo extendido—. No te acerques a mí. Corre. Vete de aquí.
—No pienso abandonarte —aseguró ella, atreviéndose a dar otro paso.
A duras penas, Brock se puso en pie y se apresuró a liberar a los demás.
Takeshi aún sostenía el arma con un brazo visiblemente tembloroso. Sus rasgos afilados se habían deformado, como si estuviera haciendo un esfuerzo sobrehumano por controlarse. Con un bramido, lanzó el fusil hacia el otro lado de la estancia, tratando de alejarlo de él lo máximo posible.
—Lárgate, joder —gruñó, arañándose la cara—. No sé cuánto tiempo podré mantenerlo fuera de mi cabeza.
Takeshi se agachó en el suelo sin atreverse a mirarla. El sudor le perlaba la frente, estaba tenso y se le marcaban los músculos.
—Khalani, tenemos que irnos —dijo Derek en voz baja.
Los demás se frotaron las muñecas, que tenían en carne viva, y la rodearon al tiempo que observaban a Takeshi con sentimientos encontrados.
—No —soltó ella con firmeza—. Nos necesita.
Ya había vivido una eternidad con la imagen de Takeshi tendiéndole la mano desde el suelo después de que le dispararan. Se negaba a abandonarlo de nuevo.
Y, en ese horrible instante, Khalani comprendió que no importaba si Takeshi nunca recuperaba la memoria. Que tanto daba si era un supersoldado.
Ella lo conocía mejor que nadie: su alma estaba hecha de amor. Y, aunque él nunca pronunciara esas dos palabras, Khalani jamás dejaría de quererlo.
Takeshi había luchado solo durante mucho tiempo —batallas invisibles de las que ella nunca había sido testigo— y, por una vez, merecía que alguien peleara junto a él.
Avanzó despacio y se acuclilló, pero Takeshi siguió sin mirarla. Y, cuando Khalani le acarició el brazo, se estremeció.
—Takeshi… Estoy aquí, contigo. No me voy a ir a ninguna parte —susurró, posando su otra mano sobre la suya y entrelazando dulcemente los dedos—. Ya has matado al gobernador una vez, en la superficie. Tu mente es más fuerte que la suya. Somos más fuertes.
—¿Y cómo sé que eso es cierto si no consigo recordarlo? ¡Dímelo! ¿Y si Alan retoma el control sobre mí y me obliga a hacerte daño?
Alzó la cabeza, y las lágrimas que se agolpaban en su hermosa mirada casi le desgarraron el corazón.
Khalani le apretó la mano, transmitiéndole que ella también se sentía igual de asustada. Igual de insegura ante la vida.
Pero no era necesario que lo solucionaran todo en aquel instante.
Winnie le había dicho una vez que ser humano era, en esencia, tener defectos, miedos. Y Khalani había aceptado todas las aristas e imperfecciones de su alma. Nunca sería perfecta. Pero podía intentar ser mejor a cada día que pasara.
—Yo recordaré por los dos —respondió—. Y le agradeceré a Dios todos los instantes en que pueda conocerte de nuevo como si fuera la primera vez.
Temblando, Takeshi inclinó la cabeza, como si estuviera al borde de un precipicio y no se atreviera a dar el paso final.
—Takeshi… —intervino Winnie—. Puede que no recuerdes muy bien a la vieja Winnie, pero ella sí te recuerda. Mi querida Khalani no elegiría estar con una persona a menos que tuviera la voluntad y el alma más fuertes del planeta. Y ese eres tú. Y siempre lo serás.
Una lágrima resbaló por la mejilla de Takeshi.
Serene, que hasta ese momento había guardado silencio, se colocó junto a la anciana.
—Durante mucho tiempo, no comprendía qué veía Khalani en ti. Pero ahora lo entiendo. Nadie mejor que tú para mantenerla sana y salva. Y, si mi hermana confía en ti y cree en ti, yo también.
—Pienso lo mismo —dijo Adan, avanzando y asintiendo con solidaridad—. Ya venciste al gobernador en el pasado y puedes hacerlo otra vez.
—Todos hemos cometido errores, Takeshi… —Derek tragó saliva y se colocó junto a Adan—. Pero aún podemos compensarlos.
En los ojos de Takeshi había un mundo entero, y, cuando Brock dio un paso adelante, todos se tensaron. Con un brillo indescifrable en la mirada, lo observó desde arriba durante lo que pareció una eternidad.
—Sé que tu culo gruñón sigue ahí dentro —dijo finalmente—, porque sigues pegando que das pena.
Y le tendió la mano.
Takeshi la miró como si fuera el arma más peligrosa que hubiera visto. Khalani y los demás contuvieron el aliento.
Pero la aceptó. Se puso en pie y ayudó a levantarse a Khalani. La miró, aún con lágrimas en los ojos, y, atrayéndola hacia él, la rodeó con sus cálidos brazos.
—Gracias por no abandonarme.
Con el corazón en un puño, Khalani apoyó la mejilla en su pecho, sintiendo que soltaba todo el peso del mundo. Takeshi la abrazó con fuerza, como si fuera la calma en su tormenta.
—Y bien, ¿qué plan tenemos? —preguntó Serene cuando se separaron, dispuesta para la batalla.
—Hay que encontrar a Alan —dijo Khalani. Y, volviéndose hacia Takeshi, añadió—: ¿Sabes dónde puede estar?
—En la Casa Blanca —respondió él, frunciendo el ceño—. Intuyo que está allí. Lo percibo.
—Pero ¿cómo vamos a detenerlo? —preguntó Derek—. Dispone de todo un ejército. Además, si lo matamos, ¿no volverá a clonarse?
—No. —Todos miraron a Adan, que añadió entusiasmado—: Ya habéis oído lo que ha dicho Timothy Talbot sobre el código.
—¡Es cierto! —exclamó Winnie—. Si Alan activa el Proyecto Hélix, su código se borrará. Pero Winnie no recuerda cuánto tiempo tenemos.
—Treinta minutos —respondió Khalani—. Dijo que tenía media hora para arreglar el código.
—Unos veinticinco ahora —la corrigió Adan.
—Vamos —dijo Brock, guardando la navaja en el bolsillo—. Tenemos que ayudar a los Ases y encontrar al gobernador. No hay tiempo que perder.
Tomó el fusil del soldado muerto en el suelo y se lo lanzó a Takeshi, que lo atrapó sin vacilar.
Los demás se dispusieron a marcharse, pero aún había algo que Khalani tenía que hacer.
—¡Esperad! —Corrió hacia el escritorio del gobernador, donde estaba el botón de transmisión.
—Khalani, no tenemos tiempo —la apremió Brock.
—Solo dame un minuto —insistió ella—. Serene, enciende la cámara.
Sin hacer preguntas, Serene se dirigió a toda prisa hacia la cámara, esquivando el cuerpo sin vida de Cheryl.
El corazón le latía desbocado. Estaba improvisando, sin pensar en las consecuencias. Pero sabía que esta guerra no era solo suya.
El mundo necesitaba conocer la verdad.
Serene le hizo una seña desde detrás de la cámara y, sin atisbo de duda, Khalani presionó el botón verde.
—Aquí Khalani Kanes, desde Apolo —comenzó.
Ni siquiera se había molestado en sentarse. Titubeó, y la adrenalina que le recorría las venas se secó al darse cuenta de que se estaba dirigiendo a todas las ciudades del subsuelo. Pero intercambió una mirada con Winnie y encontró la fuerza para continuar.
—El Gobierno os ha estado mintiendo. La superficie es habitable. Lo ha sido desde hace bastante tiempo. Y ahora nos están matando para que no descubramos la verdad y escapemos.
Khalani respiró hondo y habló con el corazón.
—Hemos trabajado bajo tierra durante trescientos años.
Pero es hora de volver a casa. A la superficie.
Ese es nuestro verdadero hogar. Así que, si aún podéis oírme, no os quedéis de brazos cruzados mientras os lo arrebatan todo.
Luchad contra los opresores. Somos más que ellos y, si nos unimos, podemos vencerlos. Y para los que estéis en Apolo…
Avanzó un paso y miró directamente hacia el objetivo.
—Id a los ascensores y subid a la superficie. Luchad con nosotros en Génesis. Os esperamos bajo el sol.
Khalani pulsó el botón y terminó la transmisión.
En el despacho se hizo un silencio ensordecedor. Todos la miraron con una profunda mezcla de asombro y admiración, como si estuvieran dispuestos a seguirla hasta las puertas del cielo… y a las profundidades del mismísimo infierno.
Khalani tomó un cuchillo, superando por fin todas sus dudas y temores.
—Vamos.