35. Aspiré tu ascenso. Exhalaré tu caída.
Aspiré tu ascenso. Exhalaré tu caída.
P or alguna razón, Khalani siempre había pensado que el mundo terminaría de forma espectacular. Con una explosión devastadora de fuego y polvo.
En la escuela le habían enseñado que una roca espacial enorme se había estrellado contra la superficie de la Tierra y había acabado con casi todas las formas de vida. Su profesor dudaba que fuera cierto, pero Khalani pensaba que habría sido una buena manera de desaparecer.
Una muerte rápida.
Sin embargo, había llegado el momento, y transcurría de forma lenta y agonizante. Como si un parásito le hubiera invadido los órganos y se tomara todo el tiempo del mundo para consumirlos.
Khalani estaba ausente, con los ojos fijos en el suelo.
No parpadeaba.
Ni hablaba.
¿Acaso seguía respirando?
Sí, el pecho le subía y bajaba de forma imperceptible, pero no sentía nada.
Había perdido el control. Ni siquiera notaba la cuerda que le laceraba las muñecas.
Nada de eso importaba.
¿Por qué iba a importar?
Ya no le quedaban trucos ni planes.
Solo una culpa abismal y la certeza de que toda su vida había sido un elaborado engaño. Pensaba que encontraría la libertad en la superficie, pero Alan se la había robado desde su nacimiento.
Su existencia estaría manchada hasta el día de su muerte.
Y la única persona que había creído en ella, que la había animado a ir más allá de sus limitaciones, había desaparecido.
Takeshi se mantenía en pie como un robot, inmóvil, con los brazos rígidos a los costados y la mirada perdida mientras esperaba órdenes.
Inaccesible por completo para Khalani. Y para sí mismo.
—Takeshi… —susurró una vez más mientras el gobernador hablaba apresuradamente con una mujer.
Takeshi no le hizo caso. La miró como si no la viera e ignoró por completo su súplica desesperada.
—Por favor, Takeshi… Soy yo.
Con un hilillo de voz que apenas era un suspiro, conjuró la poca voluntad que le quedaba para recuperarlo.
El capitán la miró con los ojos entornados y Khalani se permitió albergar una mínima esperanza. Pero su expresión era de pura indiferencia. Como si fuera una desconocida. Una criminal sin rostro y sin importancia.
—Cierra el pico o yo mismo te obligaré a cerrarlo —dijo con voz más grave de lo habitual.
Volvió a clavar la mirada en la pared del fondo, como si de verdad Khalani fuera insignificante.
Y, en ese momento, deseó que el gobernador le hubiese insertado el chip a ella. Porque también quería olvidarlo todo.
Para no sentir tanto dolor.
—Tiene usted un aspecto fabuloso, gobernador. ¿Está listo? —preguntó con entusiasmo la mujer rubia que acababa de entrar en la sala.
Iba ataviada con un traje pantalón azul y peinada con un tirante moño; nada fuera de lugar. Le ajustó la corbata al gobernador y le aplicó un poco de maquillaje.
—Ya es suficiente, Cheryl —dijo Alan mientras ella no dejaba de mimarlo—. ¿Has preparado la cámara?
—Sí, gobernador. —La mujer se apresuró a alejarse con los productos y se apostó junto a un trípode sobre el que había un aparato de dimensiones considerables—. ¿Se retransmitirá el mensaje en Apolo?
—No solo en Apolo, sino en todas las ciudades del subsuelo —se apresuró a responder el gobernador, extendiendo un brazo hacia el botón verde de su escritorio ovalado.
—¡Basta! ¡No puedes hacerlo! —gritó Serene, palideciendo mientras no dejaba de tirar de las cuerdas que la retenían.
La expresión del gobernador se endureció y los observó a los seis, que seguían sentados y maniatados.
—Amordazadlos —ordenó.
Takeshi y el resto de los guardias obedecieron al unísono y sacaron largos trozos de tela de sus bolsillos. Takeshi se encaminó directamente hacia Khalani, apartando de un empujón al hombre que avanzaba hacia ella.
Fue un gesto territorial, pero claramente motivado por su profundo deseo de ocuparse él mismo de castigarla, porque no la trató con amabilidad.
—Abre la boca —ordenó.
Ella mantuvo los labios cerrados, casi como si los tuviera sellados.
Takeshi la agarró de la mandíbula y apretó hasta que obedeció.
Sin vacilar, le introdujo la tela entre los dientes y se la ató a la nuca.
Mientras lo hacía, Khalani lo miraba furiosa, confiando en que sintiera su profunda agonía y que eso lo sacara del control que ejercía el gobernador sobre él.
Sin embargo, terminó su cometido y se retiró, fuera de su campo de visión.
Khalani sentía su presencia, como si fuera una sombra fugaz a la que podía ver, pero jamás atrapar.
—Mucho mejor. —El gobernador tomó asiento—. Bien, ¿qué es eso que tanto os gusta decir a los humanos? ¿Que empiece el espectáculo?
Khalani no tenía ni idea de a qué se refería. Los guardias terminaron de amordazar al resto y, al igual que Takeshi, regresaron a su posición de firmes.
El gobernador se encogió de hombros.
—No importa. ¿Preparada, Cheryl?
La mujer hizo unas comprobaciones finales en la cámara.
—Sí, gobernador. Listos para retransmitir en directo.
Alexander Huxley ladeó el cuello hacia la izquierda y hacia la derecha, haciéndolo crujir, y cerró los ojos mientras murmuraba algo para sus adentros. Cuando volvió a abrirlos, una sonrisa falsa le iluminaba el semblante. Pulsó el botón verde.
—Saludos, subterráneos. —El gobernador entrelazó las manos, adoptando una postura perfecta que transmitía una total seguridad en sí mismo. Tenía el aspecto del líder carismático que era—. Os hablo desde Génesis, la ciudad abovedada de Apolo.
En el exterior, el eco débil de su voz recorrió la cúpula. Estaba segura de que todas las cadenas del mundo retransmitían el discurso.
—Puede que no sepáis quién soy, pero os he estado vigilando a todos desde el principio.
He estado entre vosotros desde que los humanos bajaron al subsuelo, esperando a que llegara el día en que una de vuestras ciudades se desmarcara, diferenciándose de todos los que os han precedido.
—Alexander proyectó la voz y se inclinó, clavando sus ojos glaciales en el objetivo—.
¿Sabéis? Antes tenía una teoría. Pensaba que, más allá de la destrucción, podría existir un fin superior.
Quizá la guerra, el hambre, el terror y el caos harían que el mundo se reiniciara.
Pensé que de las cenizas surgiría algo mejor. Pero me equivocaba.
La sonrisa del gobernador desapareció y sus fríos ojos azules dejaron ver el monstruo que se ocultaba bajo esa fachada.
—Seguís adorando el dinero. Seguís maquinando en secreto.
Os aferráis a la corrupción. Y muchos de vosotros no habéis aprendido a cerrar el pico y obedecer.
—Alan desvió hacia ella su peligrosa mirada, y Khalani tragó saliva detrás de la mordaza—.
Así que ya no habrá más oportunidades. Se acerca un nuevo amanecer, y vuestra especie finalmente desaparecerá por completo.
Pero no temáis. Vuestros restos volverán a la tierra y alimentarán al planeta para que una nueva generación de máquinas cuide este mundo como se merece.
La sala pareció quedarse sin aire cuando el gobernador se puso en pie y apoyó las manos a ambos lados de la mesa. Incluso Cheryl palideció.
—Ha llegado el día de la Limpieza Final —declaró.
En cuanto pronunció esas palabras, empezaron a oírse gritos.
Khalani volvió la cabeza hacia la ventana. Disparos y alaridos sedientos de sangre subían hasta el despacho desde las calles. A pesar de ello, el gobernador suspiró satisfecho, como si el sonido fuera música para sus oídos.
Volvió a pulsar el botón verde, dando por terminada la retransmisión.
La luz en la cámara se apagó y se volvió hacia los seis, que seguían amordazados y lo miraban con una expresión amenazadora y aterrada en los ojos.
—Ya falta poco. Mis soldados darán caza a todos los humanos y los masacrarán.
Para cuando terminen, dentro de aproximadamente…
—Comprobó su reloj— treinta y cinco minutos, el código estará reparado.
Y, una vez que la humanidad se extinga, finalmente activaré el Proyecto Hélix. Tal como estaba previsto.
Alan se dispuso a marcharse, pero, de repente, una enorme explosión estalló en el exterior de Génesis y sacudió el edificio.
Todo se llenó de polvo. El gobernador miró a Takeshi, que tenía la cabeza ladeada hacia las ventanas y los ojos abiertos de par en par. Cuando Khalani miró hacia allí, no dio crédito a lo que estaba viendo.
La cúpula entera se estaba derrumbando.