34. Si mis remordimientos tuvieran un peso físico, me hundiría hasta el núcleo de la Tierra.
Si mis remordimientos tuvieran un peso físico, me hundiría hasta el núcleo de la Tierra.
— ¿ Y o?
Khalani palideció.
—Sí. —Alexander fue hacia ella como una tempestad, listo para acabar de destrozar lo poco que quedaba de su mundo—. ¿Nunca te has preguntado por qué aparezco en tus sueños? ¿Por qué ves y oyes cosas de otro tiempo? ¿Por qué hay una fotografía tuya en Oasis?
Khalani tragó, incapaz de articular palabra. Si el más mínimo sonido salía de sus labios, la pesadilla se convertiría en realidad. Ella no era más que una muchacha normal y corriente. Tenía padres. Una vida.
El plan de Alan no guardaba relación con ella.
Su visión se volvió borrosa, pero Alan chasqueó los dedos y la obligó a concentrarse de nuevo.
—Estás negando la realidad, Khalani. Pero sabes que es así. Lo has sentido toda tu vida, cuando mirabas por encima del hombro porque notabas que alguien te estaba observando. Cuando echabas de menos un mundo en el que nunca habías vivido. Siempre te has sentido una incomprendida.
Lo dijo con voz dulce y con la mirada clavada en los ojos asustados de Khalani.
Sus palabras despertaron algo que había enterrado en lo más profundo de su alma. Una sensación que había reprimido desde la infancia.
Siempre le había resultado difícil hacer amigos. Su madre solía decirle que eran cosas de niños. Pero quizá no fuera así.
Quizá ella fuera el problema.
Aunque el gobernador había dicho algo que era falso.
Había alguien que sí había llegado a comprenderla. Durante un breve lapso de tiempo, un hombre de ojos oscuros se había asomado a su alma y la había reconocido.
Sin embargo, se lo habían arrebatado, como todo lo demás.
El gobernador advirtió el creciente conflicto que sentía.
—Permíteme que te muestre la verdad —susurró.
La imagen en el centro de la sala se iluminó y la madre de Khalani apareció ante ella. Llevaba un vestido largo y holgado de color azul y sonreía de oreja a oreja, más real que en las visiones de sus sueños. Y estaba embarazada.
—Mamá… —dijo con la voz ronca, inclinándose de repente hacia delante.
Pero las cuerdas la inmovilizaron. Con el corazón encogido, tuvo que admitir que no era más que un holograma.
—Como ya sabes —empezó a decir Alexander con sus ojos calculadores fijos en la pantalla—, todas las mujeres embarazadas de Apolo deben someterse a un cribado prenatal.
Tu madre era joven, estaba sana y la seleccioné para gestar a un nuevo tipo de criatura: una diseñada mediante ingeniería genética que llevaría mi código en su ADN .
«¿Ingeniería genética?».
¿De qué estaba hablando? Aquello no tenía sentido.
Cuando Alexander advirtió su desconcierto, la imagen cambió.
Su madre estaba tumbada, inconsciente, sobre una cama de hospital, con los ojos cerrados y una ligera sábana cubriéndole el estómago.
De repente, aparecía un hombre con bata y corría las cortinas.
Cuando se bajó la mascarilla, Khalani ahogó un grito al ver que era el gobernador sujetando una inyección enorme.
Estuvo a punto de chillar para avisarla, pero tuvo que recordarse que lo que estaba viendo ya había ocurrido.
El gobernador levantó la sábana, dejando al descubierto el vientre de su madre, que seguía dormida, y le clavó metódicamente la aguja en la piel.
—El proceso fue completamente indoloro. Tu madre se marchó de la clínica y, cuando dio a luz, pensó que eras como cualquier otra criatura.
Pero no. Tú siempre fuiste algo más. —Alan curvó las comisuras de los labios en una sonrisa, y su voz sedosa y suave se volvió más aterradora—.
Cuando inyecté los genes sintéticos en el feto, se formó una estructura adicional en tu cerebro.
Como una cámara de mis recuerdos. Cuando creciste, esas neuronas genéticamente modificadas se activaron y te conectaron conmigo.
Khalani lo miró con la vista desenfocada. Sin verlo. Aturdida.
Unas lágrimas le empezaron a resbalar por las mejillas. Se sentía ingrávida. Como si hubiese salido de su cuerpo.
—Tu madre no fue la única —añadió, haciendo caso omiso a su estado casi catatónico—.
Hubo más mujeres que engendraron a criaturas con mi código.
No os perdí de vista, pero no podía arriesgarme a que alguien de Apolo descubriera los archivos.
Así que los guardé en Oasis y creé álbumes de fotos de todos mis niños.
Las palabras se clavaban en su alma como espadas, abriendo brechas cada vez más profundas con cada estocada. Hasta que dejó de ser Khalani Kanes y se convirtió en otra cosa muy diferente.
—Por eso había una foto mía en el álbum de la biblioteca… —susurró con una voz que no reconoció como propia.
—Sí. Te creé con ingeniería genética para que estuviéramos unidos, incluso más que con esos clones a los que reviví —dijo esbozando una dulce sonrisa—. En muchos aspectos, soy tu segundo padre.
Sus pensamientos se desbocaron al comprender por qué el gobernador se había fijado en ella de entre todos los reclusos de Braderhelm. Por qué esos ojos azules la seguían allá donde fuera. Por qué tenía visiones de un mundo complejo, anterior al Gran Colapso.
Veía sus recuerdos.
Estaba conectada a él y siempre lo estaría.
—Khalani…
Para que muriera, ¿tenía que morir ella también?
—¡Khalani! —Una voz cálida atravesó la niebla—. Mira a Winnie.
Khalani volvió la cabeza despacio. De no haber estado maniatada, se habría desplomado allí mismo.
Aunque tampoco es que le hubiera importado.
—No le hagas caso a esa máquina —le aconsejó la anciana con voz ronca—. Tú no eres así. Eres humana, como nosotros. Lo que te ocurrió de niña no determina tu futuro. Alan no puede controlarte.
Winnie pronunció aquellas palabras con una convicción absoluta, mirando a Khalani como solo lo hace una madre. Pero el gobernador volvió a hablar y el instante se esfumó.
—Muy cierto. Pese a que lleva mi código insertado en el cerebro, no conseguí controlar sus actos por mucho que lo intenté —siseó Alan—. Lo que me lleva a mi hipótesis final.
El gobernador hizo un gesto con la cabeza hacia uno de los guardias, que se apresuró a salir de la sala. Khalani sintió que sus amigos la miraban, pero no podía volverse para encontrar consuelo en ellos.
Aunque lo que realmente deseaba era arrebatarle el cuchillo a Brock para abrirse la cabeza y sacarse el cerebro.
«Alan no puede controlarte».
«Eres humana, como nosotros».
Las palabras de Winnie resonaron una y otra vez en su interior, como si fueran una balsa en medio de un mar lejano. Pero, entonces, Takeshi entró dando un portazo, recordándole que, por muy profundo que fuera el pozo, siempre se podía caer más en el abismo.
Iba ataviado con su uniforme negro de capitán y tenía el pelo despeinado, encrespado, como si llevara días sin pegar ojo. Paseó su mirada magnética por la sala, deteniéndose brevemente en ella, y después la clavó en el gobernador.
—¿Me ha llamado, señor?
—Ah, sí. Acérquese, capitán Steele.
Takeshi se apresuró a obedecer y se situó junto al gobernador, con las manos en la espalda y los ojos clavados en la pared tras ellos.
Alexander lo observó con expresión calculadora y continuó su relato.
—Cuando en Apolo empezaron las protestas, comprendí que necesitaba a unos soldados más fuertes para mantener el orden. Decidí poner en marcha un nuevo programa para guardias, y el joven Takeshi Steele resultó ser uno de los mejores estudiantes.
Alexander le dio una palmada en la espalda, pero Takeshi apenas se movió, como si todo aquello no fuera con él. Como si estuviese presente físicamente, pero le hubiesen lavado el cerebro.
—Antes de la graduación, todos los estudiantes pasaban una última prueba.
Creían que los iban a anestesiar para examinarlos neurológicamente, pero lo que pretendía el equipo técnico era hacerlos más rápidos.
Más fuertes. Potenciarles la musculatura, la resistencia y la densidad ósea.
Cuando les insertaron el chip neurológico, crearon un supersoldado.
«Un supersoldado».
Todos miraron a Takeshi, que se mantenía erguido e imponente junto al gobernador.
Siempre había sido más fuerte y más letal que nadie, capaz de arrancar cabezas y de luchar contra decenas de hombres sin tan siquiera despeinarse.
Aunque le había parecido extraño, Khalani nunca se lo había planteado y había asumido que Takeshi había nacido con esos dones.
Pero la verdad era mucho peor.
Lo habían convertido en un arma letal.
—Eso no puede ser cierto —replicó Serene—. Le quitaron el chip en Hermes.
—Tienes razón. —El gobernador esbozó una amplia sonrisa—. Pero desconocían la existencia del implante cibernético que le insertamos en la columna vertebral cuando era joven. Gracias a él, veo y oigo todo lo que hace. Controlo sus movimientos cuando es necesario.
Khalani jadeó. El tiempo mismo pareció detenerse mientras recordaba.
«Me parece que mis lecciones no te resultarán tan agradables como otras».
Eso fue lo que le había dicho el gobernador en el baile del Décimo Aniversario de Génesis.
Pensaba que pretendía asustarla.
Pero ¿y si era peor? Y si la había visto entrenando con…
Atónita, alzó los ojos y lo miró, y Alexander sonrió, advirtiendo el preciso instante en que la realidad caía con todo su peso sobre ella.
Alan había estado vigilándola a través de los ojos de Takeshi. Desde el principio.
—¿Lo sabía él? —Se le hizo un nudo en la garganta y sintió ganas de vomitar—. ¿Lo obligaste a acercarse a mí a propósito? ¿Estabas tú detrás de todas y cada una de nuestras conversaciones? ¿De cada momento?
«¿De cada caricia furtiva?».
El pánico se reflejó en su voz y el gobernador puso los ojos en blanco.
—Lo creas o no, tenía cuestiones más importantes de las que ocuparme que espiar vuestro absurdo romance, sobre todo de mi plan de contingencia para aniquilar a los humanos: el fallo en los cultivos. Pero, de vez en cuando, os escuchaba. Él no sabía nada.
»Cuando me llegó el rumor de vuestra estúpida fuga de Braderhelm, vi la oportunidad de incorporarte a mi causa una última vez. Si te acababas uniendo a mí, lograría hacer realidad mi sueño del humano perfecto. Pero fuiste terca, incontrolable… y destructiva, igual que el resto de tu especie.
La mirada del gobernador se volvió más intensa y peligrosa.
—Allí mismo, sobre la superficie, comprendí que tenía que acabar contigo. Traté de controlar a Takeshi para que lo hiciera, pero sucedió algo que no había previsto.
El gobernador rodeó lentamente a Takeshi, mirándolo de arriba abajo como si fuera un repugnante espécimen que disecar.
—Sus sentimientos hacia ti eran mucho más intensos de lo que había pensado. Demasiado salvajes. Demasiado humanos —dijo, casi escupiendo esa última palabra—. Cuando se dio cuenta de que corrías peligro, su voluntad se impuso al implante y le arrancó la cabeza a mi clon.
Todos guardaron silencio mientras el gobernador revelaba la verdad de lo sucedido aquel aciago día en la superficie. Khalani se quedó estupefacta: no esperaba ser la razón por la que Takeshi había matado al clon de Alan.
Observó al capitán, suplicando en silencio que él le devolviera la mirada, pero fue en vano. Ni siquiera pestañeó.
—Me gustaba mucho ese cuerpo —murmuró con amargura el gobernador—.
Pero creé otro clon, con una lección muy valiosa aprendida: las memorias y los recuerdos obstaculizan el control.
Y, a continuación, tracé un nuevo plan. Uno mucho mejor.
Confeccioné un chip que borrara la memoria.
Por completo. Y, con todos los chips repartidos, ahora cuento con obediencia total.
Ya no hay riesgo de que ignoren mis órdenes.
Pronunció esta última frase mirando a Takeshi.
—¿Qué has querido decir con eso de «repartidos»? ¿Acaso los chips no están aquí? —preguntó Adan boquiabierto.
—Mis clones se han dedicado a implantarlos en todas las ciudades del subsuelo. Si no me equivoco, tuvisteis el placer de conocer a uno de ellos… —Desvió la mirada hacia Khalani—. El doctor Strauss, aunque siempre ha ignorado su verdadera naturaleza.
Ante la mención del macabro doctor, el sudor le perló la frente. Aún recordaba cómo la había abierto en canal. Cómo le había cortado los brazos.
Solo alguien inhumano sonreiría mientras torturaba a otros.
—Cuando Takeshi recibió un disparo en Hermes —continuó el gobernador—, le borré de forma permanente todos los recuerdos que tenía de vosotros. Pero cometí un error de cálculo. Debido a su confusión mental, me costó mucho más controlarlo.
Khalani recordó que, en su dormitorio, Takeshi le había confesado que estaba perdiendo la razón, que nada tenía sentido.
Que él era el único culpable.
Sin embargo, no era fruto de su debilidad. Había estado luchando contra Alan durante todo ese tiempo.
El gobernador miró de reojo a Takeshi, que guardaba silencio, convertido en el supersoldado definitivo que tanto se había esforzado por dominar.
—Estuve bastantes días sin poder ver ni oír nada de lo que hacía —continuó Alan—.
Solo fragmentos. Pero, con el tiempo, algunos de sus recuerdos regresaron y pude interceptar las conversaciones.
Cuando descubrí que os dirigíais hacia Prometeo, supe que tenía que pasar a la acción.
Me apresuré a enviar una unidad de asalto por si, por una remota casualidad, llegabais a activar el Proyecto Hélix.
»Imaginaos mi sorpresa cuando revelasteis el mensaje secreto de Timothy Talbot y descubrí que ese imbécil había creado una puerta trasera en mi código. De no haberlo sabido, habría puesto en marcha yo mismo el Proyecto Hélix y todo mi código se habría borrado.
Winnie y Khalani intercambiaron una mirada, horrorizadas al comprender el gran error que acababan de cometer.
Si nunca hubieran salido en busca de Prometeo, el gobernador se habría destruido a sí mismo.
Le habían servido la victoria en bandeja.
—No me resultó fácil —confesó Alexander—.
Pero, finalmente, logré controlar de nuevo a Takeshi y deteneros.
Desde entonces, he estado trabajando sin descanso para revertir el sabotaje de Timothy Talbot.
Aunque debo reconocerle el mérito: ese hombrecillo escondió el código de forma muy astuta.
Es largo y complejo, pero, en unos cuarenta y cinco minutos, lo tendré localizado y arreglado. Y todo gracias a vosotros.
No.
Abatidos, todos agacharon la cabeza, como si el arrepentimiento hubiese caído sobre ellos como una losa.
—Y, respondiendo a vuestra última pregunta sobre qué hacéis aquí, en Génesis…
El gobernador se dio la vuelta y sacó un pequeño dispositivo del bolsillo: un mando a distancia con un botón negro en el centro.
—A mi orden, los soldados abatirán a cualquier humano que se les ponga delante.
Después se suicidarán. Una vez que la limpieza se haya completado, activaré el Proyecto Hélix, dando paso a una nueva edad de oro.
—Su sonrisa glacial rivalizaba con la desesperación que inundaba la sala—.
Y ya que habéis jugado un papel tan importante en mi éxito, os trataré con el respeto que merecéis y seréis los últimos en morir.