33. Yo presencié el fin del mundo. #3
—¿Así que esa es la gran verdad? —soltó Serene, mirando al gobernador con repulsión—. ¿Que siempre creíste que los humanos debían morir? ¿Que nunca tuviste intención de activar el Proyecto Hélix?
—Ahí es donde te equivocas. —Alexander se cruzó de brazos—. Creo firmemente en el Proyecto Hélix. Solo que no como creían en él Timothy y sus científicos.
Todos miraron con curiosidad la imagen frente a ellos, que mostraba la ciudad subterránea de Apolo.
Khalani conocía de memoria cada recodo, cada fragmento de roca, cada rostro triste de toda aquella gente que nunca había visto el sol.
La imagen se transformó en la ciudad de Hermes, y abrió los ojos de par en par al ver el casino, los bares y las tiendas, con la gente ebria y medio desnuda bailando y tambaleándose por las calles.
En un nuevo plano, aparecieron otras ciudades del subsuelo que nunca había visto ni oído mencionar. Una tenía un jardín entero bajo tierra. Otra mostraba a personas durmiendo en unas extrañas hamacas que colgaban del techo.
Alexander observó atentamente su reacción de asombro.
—Mi trabajo era monitorear la atmósfera de la Tierra y determinar el momento exacto para activar el Proyecto Hélix.
Pero la sed de conocimiento de la humanidad y su incapacidad para quedarse en un solo lugar me obligaron a supervisar también todas las ciudades del subsuelo —afirmó con la mirada perdida—.
Así que me vi forzado a clonarme. Y, con todo el conocimiento del que disponía, a mis clones les resultó bastante fácil ocupar los asientos del poder y convertirse en los líderes de todas ellas.
En la pantalla apareció otro hombre, vestido con un traje impecable, que extendía las manos mientras predicaba ante un club nocturno lleno de gente.
Al reconocerlo, Khalani abrió aún más los ojos. Era la estatua que presidía el salón de los Siete Diamantes de Hermes.
¿Era también uno de los clones de Alan?
—Nadie sospechó nunca nada… —susurró Winnie horrorizada.
—Estaban demasiado ocupados tratando de comprender el nuevo orden mundial y no se dieron cuenta —comentó Alexander—.
Cuando los clones envejecían, sencillamente, los reemplazaba por otro.
Pero, en los últimos cincuenta años, algunas personas, cada vez más numerosas, empezaron a hablar de regresar a la superficie, de enviar sondas para ver si la radiación había desaparecido.
Yo ya sabía que sí, pero no podía permitir que eso ocurriera.
Así que, ante el mínimo rumor de insurgencia, enviaba a gente completamente prescindible a la superficie para construir la cúpula de una ciudad o para buscar señales de que el entorno era habitable de nuevo.
Y, mientras dormían, unos nanodrones les inyectaban isótopos radiactivos en el torrente sanguíneo.
Las quemaduras aparecían al cabo de pocos días.
Unas semanas más tarde, los órganos les empezaban a fallar.
Y, cuando regresaban al subsuelo, nadie se atrevía a cuestionar que no se podía volver a la superficie.
Se quedaron estupefactos, incluso Brock.
A sus mentes acudieron con absoluta claridad los trabajadores que habían construido la gran cúpula. Todos esos prisioneros que habían muerto para que los ricos pudieran vivir en la superficie. Su sacrificio había servido para que todos creyeran que pisarla era un sueño imposible.
Todo era mentira.
Y habían muerto en vano.
—¡Eres un monstruo! —bramó Derek—. ¿Cómo pudiste hacer algo así y asesinar a toda esa gente inocente?
—Ah, y tú te crees muy inocente, ¿verdad? —se mofó Alexander—. ¡Lo único que demuestras con tus palabras es disidencia!
—Si tanto nos odias, ¿por qué no nos mataste a todos desde un buen principio? —espetó Khalani—. ¿Por qué has mantenido esta farsa durante tanto tiempo?
—Porque Timothy Talbot trabajó de forma incansable para convencerme de que la humanidad valía la pena. Y yo quería ver si tenía razón, si había alguien digno de formar parte de mi nuevo mundo.
En la proyección apareció el muro exterior de Oasis, esa alegre aldea en el desierto apocalíptico, y un escalofrío le desgarró la columna cuando Alexander paseó la mirada por toda la sala y la posó finalmente en ella.
—Oasis fue mi primer plan. Tenía una hipótesis: si creaba clones que recordaran la destrucción causada por la humanidad, las probabilidades de que obedecieran órdenes y difundieran la paz aumentaban.
Creé los suficientes para que habitaran Oasis y trabajaran en la repoblación de la Tierra.
Pero, cuando desobedecieron mi orden de matar a los Pecadores, que no cabía duda de que destruirían lo que tanto me había costado construir, no tuve más opción que abandonarlos a su suerte.
Con lo que… mi primera hipótesis se demostró errónea.
El enorme muro de Oasis desapareció en la proyección.
—¿Queréis saber cuál fue mi segunda hipótesis?
Khalani clavó la mirada en los glaciales ojos azules de la máquina responsable de miles, por no decir millones, de muertes. Las siguientes palabras que salieron de sus labios hicieron añicos todo lo que siempre había creído. Su mundo entero.
—Mi siguiente plan para crear un humano perfecto fuiste tú.