Us Defiant Few (Los oscuros 3) 33. Yo presencié el fin del mundo. #2
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33. Yo presencié el fin del mundo. #2

—¿Cómo me has llamado, humana? —preguntó avanzando hacia ella a paso lento, como un depredador.

—Winnie te ha llamado pedazo de…

¡Zas!

El gobernador le dio un bofetón con el dorso de la mano.

La habitación se llenó de gritos.

Rabiosa, Khalani tiró de las ataduras y apretó los dientes, dispuesta a matarlo una y otra vez. Aunque, en esa ocasión, lo desmembraría y lo esparciría por todos los rincones del planeta.

—Sois unas criaturas repugnantes. Jamás entendisteis el respeto ni aprendisteis cuál era vuestro lugar en el mundo. Pero lo haréis.

Más calmado, Alexander Huxley retrocedió alisándose el traje.

Winnie no soltó ni una lágrima. Seguía encorvada, pero, cuando levantó la mirada, en sus ojos ardían las ansias de venganza.

Khalani echó un vistazo a su alrededor en busca de una forma de liberarse. Una decena de soldados estaban apostados contra la pared, con las armas cargadas. Era casi imposible escapar mientras ellos montaran guardia.

Pero Brock cambió ligeramente de postura.

Khalani vio que extraía una pequeña navaja del bolsillo trasero. Con el corazón en un puño, miró a los hombres que los custodiaban, pero seguían prestando atención al gobernador, esperando órdenes.

Tenía que seguir hablando con Alexander Huxley, despistarlo y así darle a Brock la distracción que necesitaba.

—¿De dónde has salido? —siseó—. ¿Cómo puedes seguir con vida y por qué demonios estamos aquí?

Alexander se volvió hacia ella con una sonrisa macabra. Al instante, el frío gobernador se transformó en el carismático líder de Apolo.

—Cuántas preguntas… Aunque quizá te resulte más fácil entenderlo si ves la respuesta —musitó con un brillo en los ojos.

Khalani sintió que se le erizaba el vello. El gobernador se dirigió hacia el fondo de la sala y empezó a manipular un dispositivo en la pared. Todos se sobresaltaron cuando una proyección de un mundo verde y exuberante apareció en medio del despacho.

—Así solía ser la Tierra —comenzó Alexander Huxley, paseándose lentamente por detrás de ellos—.

Un ecosistema completamente equilibrado, lleno de vida.

Pero, entonces, ocurrió algo que jamás había sucedido en el planeta.

Surgió una nueva especie, una especie capaz de manipular el entorno, de resolver problemas complejos…

, incluso de evitar su propia extinción.

La película se convirtió en una secuencia acelerada de personas que viajaban en carruajes tirados por caballos, que conducían vehículos elegantes y que paseaban por una metrópolis con edificios que casi rozaban las nubes.

—Los humanos coexistían en armonía con la Tierra —continuó—, pero luego se obsesionaron con conceptos creados por ellos mismos.

Riqueza. Estatus. Esos «Me gusta» como medida de la propia valía.

La avaricia se convirtió en una enfermedad sin remedio.

Los líderes priorizaban los beneficios ante la protección del planeta, y, mientras los ricos se volvían más ricos, el resto de la humanidad se peleaba por las migajas. Y la guerra fue inevitable.

La imagen mostraba ahora a un hombre con la mirada vacía, ataviado con un traje negro y con la corbata deshecha ante una mesa de informativos.

—Queridos espectadores, tenemos una terrible noticia de última hora: una bomba nuclear acaba de impactar en el Capitolio.

La pantalla parpadeó y apareció un vídeo borroso de unas bombas que surcaban el cielo. Una de ellas se desviaba y golpeaba una ciudad importante.

—Yo ya he visto esto —susurró Khalani.

Era la misma imagen que había soñado antes de despertar atada a la silla.

Los ojos enigmáticos del gobernador se posaron en ella, y por un segundo suavizó la expresión.

—Ya me lo suponía.

Khalani se quedó sin aliento, pero Alexander prestó de nuevo atención al proyector, que ahora mostraba incendios descontrolados y un páramo desolado.

—La humanidad cosechó finalmente las consecuencias de su propia destrucción, pero, como la cucaracha que se niega a morir, formó una coalición con el fin de evitar la extinción.

—El Proyecto Hélix —dijo ella con un hilillo de voz.

—Exacto.

El gobernador se cruzó de brazos mientras la imagen cambiaba al edificio de la Corporación Prometeo.

Pero, en lugar de estar vacío, sus laboratorios bullían con cientos de trabajadores que hablaban animadamente mientras garabateaban en unos cuadernos.

Recogían plantas. Examinaban animales. Khalani apenas podía hacerse una idea de la magnitud de todo que habían logrado.

—Cuando el entorno volviese a ser habitable, el Proyecto Hélix activaría unos bots solares que esparcirían semillas por todo el planeta.

Luego, se reintroducirían clones de especies animales clave en sus hábitats de origen y, cuando los humanos regresaran a la superficie para la reconstrucción, dispondrían de un archivo digital de todos sus conocimientos.

El gobernador hizo una pausa, como si estuviera recorriendo toda una vida de recuerdos.

—Por supuesto, algunos científicos, como Timothy Talbot, comprendieron que se necesitaría una especie más avanzada para monitorear el ambiente de la Tierra y activar el Proyecto Hélix. Fue entonces cuando crearon a Alan. Con los años, he descubierto que prefiero que me llamen Alexander.

El gobernador observó la imagen y una sombra le cruzó el rostro.

—¿Tú eres Alan, la inteligencia artificial que ha existido durante trescientos años? —preguntó Derek, atónito.

—Así es.

A Khalani le costaba respirar.

El hombre que supervisaba Apolo, el responsable de la muerte de sus padres, había sido creado por los mismos humanos que intentaban salvar el futuro.

—Pero ¿por qué? —exclamó—. Si te crearon para ayudarnos, entonces ¿por qué has mantenido a los humanos bajo tierra todos estos años? ¿Por qué mataste a mis padres?

Alexander resopló.

—Se mataron ellos solos. Querían llegar a la superficie antes de que estuviera lista. No tuve más opción que eliminarlos.

—¡No merecían morir!

—¡Toda vuestra especie lo merece! —bramó Alexander, dejando caer su fachada de serenidad—.

He revisado cada archivo de datos. Cada página de internet.

¿Y sabes qué he encontrado? Caos. Comportamiento irreflexivo.

Ausencia de empatía y no pensar en nadie más que en uno mismo.

Los humanos destrozaron de tal modo el mundo que les resultó más fácil quedarse de brazos cruzados que hacer algo al respecto.

Y cuando por fin se dieron cuenta… —añadió Alexander, señalando la pantalla en la que los científicos trabajaban frenéticamente—, ya era demasiado tarde.

«Nunca es demasiado tarde».

El sorprendente convencimiento latió con certeza en lo más profundo de su alma.

Una extraña energía la recorrió y le provocó un hormigueo hasta la punta de los dedos.

Miró de reojo a Brock, que seguía tratando de cortar las cuerdas con la navaja.

Movía tan sutilmente los antebrazos que apenas se notaba.