Us Defiant Few (Los oscuros 3) 33. Yo presencié el fin del mundo.
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33. Yo presencié el fin del mundo.

Yo presencié el fin del mundo.

B oquiabierta, Khalani contempló el cañón de la pistola.

Takeshi la observaba con ojos fríos y vacíos. Como si estuviera a kilómetros de distancia, pese a que solo los separaban unos pocos centímetros.

—Pero ¿qué demonios te pasa? —gritó Serene.

Brock crispó los dedos y llevó la mano hacia la mochila, pero Takeshi lo apuntó de inmediato con el arma.

—Ni se te ocurra —le advirtió con voz grave—. No me obligues a dispararte.

Khalani reparó en que agarraba el arma con manos temblorosas. A decir verdad, le temblaba todo el cuerpo.

—Takeshi… —intervino Khalani en voz baja y alzando las palmas para demostrarle que no suponía una amenaza—. Escúchame. Baja esa pistola. Podemos hablar de lo que ocurre, sea lo que sea. Pero no quieres hacernos daño. Somos tu familia.

La fulminó con una mirada tan opresiva que Khalani se estremeció.

—Yo no tengo familia.

Una única lágrima resbaló por la mejilla de Khalani al oír aquellas desgarradoras palabras.

Takeshi volvió a prestar atención a los demás, ignorándola con frialdad, como si sus sollozos fueran una consecuencia sin importancia y ella no significara nada para él.

—Dejad las mochilas ahí —ordenó, indicando con la pistola el lado derecho de la sala.

Todos se apresuraron a obedecer, claramente aterrorizados. Winnie soltó un gemido en voz baja.

Takeshi debió de percibir un movimiento de Brock que no fue de su agrado porque apuntó a Serene con la pistola.

—Si tratas de sacar el arma, le dispararé. No me pongas a prueba.

A Khalani se le disparó el pulso, pero, antes de que pudiera intervenir, se oyó la campanilla del ascensor. Atónitos, vieron a diez hombres ataviados con cascos negros y equipo antidisturbios que salían a toda prisa con los fusiles en alto.

Los soldados avanzaron.

—¡Daos la vuelta! ¡Las manos a la espalda! —gritaron furiosos.

Los hombres se acercaron a ellos, apuntándolos. Khalani y los demás no tuvieron más remedio que obedecer. Brock fulminó a Takeshi con la mirada.

—Puto traidor —espetó, desatando toda su furia.

Uno de los hombres le golpeó la nariz con la culata del arma.

—¡No lo toques! —gritó Serene abalanzándose hacia ellos, dispuesta a arrasar con todo.

Pero alguien le clavó una jeringuilla en el cuello.

Los ojos se le quedaron en blanco y se desplomó.

—¡Malditos cabrones!

Brock le dio un cabezazo a uno de los soldados y trató de acercarse a ella, pero uno de los guardias también le clavó una aguja en el cuello.

Brock no dejó de intentar llegar hasta Serene, pero empezó a tener convulsiones y cayó inconsciente junto a su cuerpo.

«No».

«Por favor».

Sin embargo, Dios no bajó de los cielos convertido en una fuerza todopoderosa para impedir que los soldados fueran clavando jeringuillas al resto de su familia.

Uno a uno, todos fueron cayendo.

Winnie. Derek. Adan.

Hasta que, al final, solo quedaron Khalani y Takeshi.

Este último permanecía inmóvil, con la vista clavada en la pared.

Como si la situación no fuera con él.

— ¡HAZ ALGO! —gritó Khalani mientras uno de los hombres se metía la mano en el bolsillo y sacaba otra jeringuilla.

Takeshi se volvió hacia ella, y todo lo que había creído saber de él se desvaneció.

No la miraba como si no la conociera.

La miraba como si deseara no haberla conocido nunca.

Extendió una mano, y el soldado le dio la aguja. Se acercó lentamente, con unos pasos que se hicieron eternos, mientras sujetaba la inyección a un lado del cuerpo como si fuera un cuchillo.

Khalani rompió a llorar y vio pasar toda su vida a cámara lenta. Todos y cada uno de los errores que había cometido y que la habían llevado hasta ese instante.

—¡Confiaba en ti, Takeshi!

Alzó la jeringuilla.

—¡Yo te quería, joder!

Takeshi se detuvo, y la afilada aguja quedó a unos centímetros de su cuello.

—Y nunca he dejado de hacerlo. Nunca. Ni siquiera cuando te olvidaste de mí. —Con la respiración entrecortada, clavó la mirada en esos ojos negros como el carbón—. Takeshi… No sé qué ha pasado, pero lo que sí sé es que aún podemos luchar juntos. Por favor, por favor, vuelve conmigo.

Su rostro era un lienzo en el que se fundían la esperanza y la desesperación, y Takeshi vaciló ante esa imagen.

Por un instante, el corazón de Khalani volvió a latir al ver que bajaba la jeringuilla y que un destello de reconocimiento aparecía en sus ojos. Pero, de repente, se puso firme como un soldado. Sin decir palabra, Takeshi le clavó la dolorosa aguja en el cuello.

Y Khalani se sumergió en un mundo de sombras.

«Los niveles del mar continúan subiendo…».

«Las naciones líderes han fracasado y no han llegado a un acuerdo sobre el Tratado de Paz Nuclear, lo que lleva a muchos a creer que…».

«El coste medio de una vivienda ha subido a un millón de…».

«El recientemente constituido Departamento de Revisión de Libros ha requisado los ejemplares que contienen escenas violentas, sexuales y de insurgencia política de todas las bibliotecas públicas…».

«Se están produciendo salvajes protestas por todo el país…».

«Otra ola de calor marca récords en el norte…».

«Orden de toque de queda a las 18.00 h. Se disparará a aquellos que lo infrinjan…».

«El desempleo alcanza ya el cincuenta por ciento…».

«La Organización del Tratado del Atlántico Norte ha quedado disuelta».

«Nos llegan noticias no confirmadas de que una bomba nuclear ha caído en algún lugar del mar Báltico…».

«Todos los bancos permanecerán cerrados hasta nueva orden…».

«Noticia de última hora: el país ha lanzado todo su arsenal nuclear en respuesta a un ataque sin precedentes a la capital. Seguiremos retransmitiendo hasta que podamos. Buena suerte y que Dios nos acompañe».

Las voces, presas del pánico, se sucedían a gran velocidad, como si su mente estuviera sintonizando una radio. Y, entonces, una visión la sacudió.

Miles de personas atravesaban corriendo las calles de una ciudad, aferrando las mochilas al pecho y buscando aterrorizados las llaves para subirse a sus coches o a unos autobuses en los que no cabía ni un alfiler.

De repente, todos se detuvieron.

Y alzaron los ojos hacia el cielo.

La cámara enfocó hacia arriba. Cientos de misiles volaban sobre sus cabezas.

Algunos tan altos como la luna. Otros parecían estrellas fugaces que atravesaban el globo.

Pero uno cambió de rumbo y apuntó directo hacia ellos.

El mundo se quedó en silencio antes de que todo se volviera fuego.

Khalani se despertó gritando.

Trató de restregarse los ojos, pero no pudo. Estaba atada a una silla.

Con la vista aún borrosa, miró a su alrededor. Se encontraba en un despacho majestuoso y bien iluminado; apostados en los rincones había varios guardias vestidos con uniformes de asalto.

No había ni rastro de Takeshi.

Sintió que se mareaba y estuvo a punto de desmayarse de nuevo, pero parpadeó varias veces, esforzándose por mantener la conciencia. Vio que los demás también estaban allí, maniatados como ella.

Winnie, Adan y Derek seguían inconscientes. Serene parecía que empezaba a despertarse y gruñía. Y Brock estaba completamente despierto, rígido como un palo.

Pero no la miraba.

Tenía la vista clavada en el hombre que, con las manos entrelazadas y ataviado con un impecable traje blanco, les daba la espalda. El hombre observaba a través de las ventanas soleadas que cubrían la pared frontal del despacho.

Khalani aguzó la vista y miró más allá, tratando de averiguar dónde estaban y cómo podían escapar.

—Brock, ¿dónde estamos? —susurró.

—Estáis justo donde se supone que tenéis que estar —dijo el desconocido—. En Génesis.

«¿En Génesis? ¿En la cúpula sobre la ciudad de Apolo?».

Khalani tenía muchas preguntas, pero el hombre se volvió lentamente, permitiéndole contemplar un pelo castaño canoso, un atractivo rostro de rasgos perfectos y unos ojos azules que la acechaban cada día en sus pesadillas.

Tenían ante ellos al mismísimo gobernador.

Khalani se quedó petrificada, sin aliento.

La última vez que había visto a Alexander Huxley en la vida real, su cabeza cercenada rodaba por la arena.

Y ahora estaba allí, vivito y coleando.

—Tú… ¿có-cómo…? —tartamudeó.

—¿Cómo dirías que es este momento? Histórico —la interrumpió el gobernador, rodeando el escritorio y acercándose a paso lento.

Su sonrisa cruel se ensanchó y se agachó frente a ella, a solo unos centímetros de distancia.

—Te he estado esperando —susurró.

Khalani tembló, con la mandíbula desencajada.

—No puedes ser real. Vi cómo Takeshi te arrancaba la cabeza. ¡Deberías estar muerto!

¿No sería todo producto de su imaginación?

Cerró los ojos, y las voces de su miserable pasado resonaron una vez más. Vio a Takeshi mirándola como si nunca la hubiera conocido. A Winnie, en la biblioteca de la jefa, sosteniendo su fotografía.

Khalani sintió que le explotaba el cerebro. No sabía qué era verdad y qué no. La diferencia entre ficción y realidad había desaparecido. Todo se mezclaba, y ella se estaba desmoronando.

«Haz que desaparezca».

«Haz que pare».

Sin embargo, cuando volvió a abrir los ojos, la malvada mirada azul seguía fija en ella. El gobernador ladeó la cabeza, estudiando sus espasmos erráticos.

—¿Estás perdiendo el juicio? Ah, jamás solucioné ese problema. Nunca llegué a controlarte. Siempre morías en el proceso. —Alexander chasqueó la lengua y, alargando una mano, le acarició la mejilla con la yema del dedo—. Pero siempre fuiste mi favorita.

—¡No me toques! —exclamó Khalani, casi volcando la silla al intentar apartarse.

El grito despertó a los demás. Al ver al gobernador, todos se quedaron atónitos.

—¿Qué cojones…? —dijo Adan con voz ronca—. ¿Cómo puede ser que esté vivo?

—¿Dónde demonios estamos?

Derek miró a su alrededor con aire aturdido.

—¿Qué… está pasando? —balbuceó Serene, medio grogui.

Brock desvió la mirada hacia ella y suspiró con alivio al ver que por fin volvía en sí.

—¡Ni se te ocurra tocarla, pedazo de chatarra! —gritó Winnie con una voz tan afilada como una esquirla de cristal al ver que el gobernador le acariciaba el rostro a Khalani.

La aparente serenidad de Alexander Huxley desapareció. Se incorporó despacio hasta quedar erguido por completo y clavó su mirada glacial en la anciana.