Us Defiant Few (Los oscuros 3) 32. La gente dice que quiere la verdad… hasta que la descubren. #2
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32. La gente dice que quiere la verdad… hasta que la descubren. #2

Khalani lo miró extrañada, pero no tenía tiempo para leerle la mente ni para adivinar de qué humor estaba. Tenían que encontrar el laboratorio.

—Creo que aquí abajo hay otras salas.

Brock abrió una puerta al fondo, desvelando un pasillo bien iluminado.

En ese instante, Winnie posó con brusquedad las palmas de las manos sobre un escritorio.

—¡Khalani, ven aquí! ¡Rápido!

Khalani se apresuró a ir hasta la anciana, que sostenía una foto enmarcada con manos temblorosas. En la imagen se veía a un hombre de unos cuarenta años, con un pelo castaño canoso, que cargaba a hombros a una niña pequeña que podría haber sido su hija.

—¡Es Timothy Talbot! La familia de Winnie tenía un retrato suyo. Es él, está segura. ¡Este debía de ser su escritorio!

Entusiasmada, la anciana dio unos saltitos mientras Khalani examinaba la mesa en busca de algo que les diera una pista.

Pero no había nada. Ni rollos de papel ni tan siquiera un ordenador.

Lo único que le llamó la atención fue una ranura estrecha y metálica, no mucho más ancha que su yema, integrada en el escritorio como si fuera algún tipo de cerradura.

Colocó el anillo de Elise en el agujero y lo hizo girar varias veces, esperando que revelara alguna respuesta o que abriera una puerta oculta.

No sucedió nada.

—Quizá deberíamos inspeccionar el resto de las estancias —dijo.

—Un momento… —La voz de la anciana cambió.

Se quitó el collar que siempre llevaba al cuello, la reliquia familiar que Khalani conocía tan bien. Lo sostuvo con delicadeza, y el colgante plateado brilló bajo la intensa luz de los fluorescentes.

—Los padres de Winnie le dijeron que lo guardara, pero ella no lo cuidó bien y, en los Archivos, se le cayó al suelo. Lloró mucho al ver que se había roto, pero, cuando lo recogió, algo se desprendió de su interior.

Winnie abrió el colgante y apareció un objeto diminuto. Era delgado, rectangular y con unos extraños grabados. Como jeroglíficos.

—¿Qué es? —preguntó Khalani, inclinándose.

—Parece un USB —dijo Adan mientras lo examinaba con curiosidad—. Vi uno en la División de la Superficie de Apolo. Se supone que sirve para almacenar información.

Takeshi se revolvió, clavando una oscura mirada de acero en el objeto.

—¿Y no podría ser que…? —susurró Winnie, insertando el dispositivo en la rendija metálica del escritorio.

Las luces se apagaron.

Khalani se abrazó a la anciana. Estaba a punto de pedirle a gritos que sacara el USB cuando algo cambió. En el centro de la sala, la Tierra holográfica desapareció y dio paso a la imagen parpadeante de un hombre.

Timothy Talbot.

Llevaba una bata blanca y, tras unas gafas negras de montura de pasta, los miraba con amabilidad con unos ojos surcados de arrugas. Parecía décadas más viejo que en la fotografía sobre el escritorio.

—Soy Timothy Talbot —dijo el holograma—. Si estáis viendo esto, hace mucho tiempo que morí. El Proyecto Hélix se ha completado y mañana entraremos en los búnkeres. De forma permanente.

Timothy se peinó el pelo con la mano y curvó hacia abajo las comisuras de los labios con tristeza. La imagen se desvaneció, pero regresó al cabo de un instante.

—Estoy grabando esto desde mi casa y utilizaré mi último día en la superficie para decir la verdad. Alguien… tiene que saberlo.

Todos se acercaron a la imagen, como si su voz tuviera la misma fuerza que la gravedad. Khalani contuvo el aliento mientras Timothy se limpiaba las gafas, suspiraba y se sentaba en una silla, con aspecto de ser el hombre más exhausto de la Tierra.

—El mundo cree que lo hemos abandonado. Que el Gobierno se ha refugiado en los búnkeres de los multimillonarios y que ha dejado a la humanidad a su suerte.

Pero eso no es cierto. Sabíamos que el aumento de los niveles de radiación solo sería el principio.

Las cosechas ya están fallando. Los animales se están extinguiendo.

Y no hemos visto el sol desde hace meses.

El invierno nuclear ha llegado, y no podemos hacer nada para detenerlo.

La vida tal como la conocíamos ya no existe, pero eso no tiene por qué ser siempre así.

—Timothy miró a cámara y unió las yemas de los dedos—.

El Proyecto Hélix no se ha creado para salvar a nuestra generación, sino para preservar el futuro de la humanidad y del planeta.

Constituye un sistema de restauración total de la biosfera basado en tres unidades de almacenaje y cultivo alojadas en laboratorios de todo el mundo: bancos de semillas de especies vegetales, el más importante de ellos situado en Svalbard; bancos genómicos para restaurar especies animales extintas, y, por último, bancos de datos para preservar el conocimiento del mundo, de modo que la humanidad futura no avance a ciegas.

»Sin embargo, el problema no fue construir los bancos, sino su conservación.

Para cuando la temperatura y los niveles de radiación de la superficie vuelvan a ser habitables, ya estaremos todos muertos.

¿Quién va a encargarse de observar las condiciones de la Tierra y activar el Proyecto Hélix en el momento preciso?

—Bajó la voz—. No podía ser un humano. Fue entonces cuando creamos a Alan.

«Alan». Khalani recordó que Timothy lo citaba en el diario.

El científico, con aire abatido, miró a su alrededor como si tuviera miedo de que alguien lo oyera.

—Alan es la inteligencia artificial más avanzada creada por los humanos.

Mis superiores no querían llamarlo «el sujeto»; querían que tuviera un nombre, como una persona.

—Timothy resopló y negó con la cabeza, aunque en su voz no se percibía ni rastro de humor—.

En cuanto Alan estuvo operativo, yo me encargué de monitorizar la estabilidad del sistema.

Cargamos en Alan los bancos de datos, poniendo todo el conocimiento del mundo a su alcance.

Me pasé meses hablando con él, imaginando las maneras más eficientes para activar el Proyecto Hélix.

Pero, un día, empezó a formular preguntas.

Sobre el hambre. La guerra. El cambio climático.

La codicia empresarial. La deforestación.

La pérdida de hábitats. Sobre todas las atrocidades en las que habían estado involucrados los humanos.

Fue tan insistente que incluso yo empecé a plantearme si el Proyecto Hélix tenía sentido.

Timothy se sorbió la nariz y se secó las comisuras de los ojos.

—Es por eso por lo que tengo una fotografía de mi hija en el escritorio, para recordarme todas las cosas buenas que hay en el mundo.

Siempre hacemos hincapié en lo peor, en las barbaries y los excesos, y lo bueno de la humanidad nunca llega a los titulares.

He visto a vecinos compartir la comida con completos desconocidos.

He visto a comunidades que se han unido para dar cobijo a los pobres y a los más necesitados en estos tiempos tan aciagos.

Todos los científicos implicados en el Proyecto Hélix han trabajado día y noche sin descanso, durmiendo apenas dos horas, y no ha sido por nosotros.

Ha sido por un futuro que no llegaremos a ver. Pero es un futuro en el que creemos.

»Así que, en el momento en que Alan me preguntó si la humanidad merecía otra oportunidad, supe que tenía que hacer algo.

Creé un sistema de seguridad. Una puerta de atrás en su código, algo que lo destruyera en caso de que decidiera no salvar a la humanidad.

En el momento en que se active el Proyecto Hélix, el código de Alan se borrará por completo.

Lo he mantenido en un secreto absoluto. La inteligencia artificial siempre está escuchando.

Se alimenta de todas las conversaciones que mantenemos a través del móvil o por ordenador.

Solo hay un sitio donde puedo esconder la verdad: en el colgante de mi hija.

Le diré que lo conserve como una joya familiar para que pase de generación en generación, o quizá escriba un diario.

Pero, por supuesto, eso ya lo haré en el subsuelo —murmuró Timothy para sus adentros, visiblemente más trastornado y asustado a medida que pasaban los minutos.

Un fuerte estruendo resonó a su espalda, la imagen tembló y Timothy se dio la vuelta.

—Tengo que irme. Si estáis viendo esto y la Tierra es habitable de nuevo, debéis encontrar la manera de activar el Proyecto Hélix. Los archivos necesarios están en este USB . En cuanto lo hagáis, Alan desaparecerá para siempre. Para ello, es necesario…

El holograma desapareció y las luces se encendieron de nuevo.

Desconcertada, Khalani se volvió y se encontró con que Takeshi acababa de sacar el pequeño dispositivo del escritorio.

—Oye, ¡¿qué haces?! Tenemos que averiguar cómo… Pero, tío, ¡¿qué cojones haces?! —gritó Adan al tiempo que Takeshi tiraba al suelo el USB y lo aplastaba con la bota.

—¡Takeshi! ¡¿Qué demonios…?!

Khalani fue hacia él, pero Takeshi sacó la pistola.

Y la apuntó directamente hacia ella.