32. La gente dice que quiere la verdad… hasta que la descubren.
La gente dice que quiere la verdad… hasta que la descubren.
T odos salieron del vehículo entre murmullos de sorpresa, excepto Takeshi y Khalani, que no apartaba los ojos de él.
—Dime qué ocurre —le insistió zarandeándolo—. ¿Qué estabas a punto de decir?
Poco a poco, Takeshi relajó la mandíbula y las fosas nasales. Aun así, cuando al fin se puso en pie, las venas del cuello se le marcaban con claridad.
Ignoró la pregunta. Sin embargo, Khalani no estaba dispuesta a olvidarlo así como así.
—¡Respóndeme, Takeshi! ¿Quién es esa chica a la que recuerdas?
Su voz recorrió el espacio desolado hasta los demás, que se volvieron.
—No es nadie —susurró pasando ante ella de malas maneras y bajando de la camioneta.
Khalani se quedó inmóvil, boquiabierta.
Cada vez que Takeshi estaba a punto de recordar, se volvía frío como el hielo y se alejaba aún más.
No lo entendía. Le habían quitado el chip. Los médicos aseguraban que solo necesitaba tiempo.
Pero ¿y si se les estaba pasando algo por alto?
El nudo que le atenazaba el estómago se agrandó cuando, al bajar de la camioneta, vio que Winnie miraba al frente con los ojos abiertos de par en par.
Ante ellos se alzaba un edificio enorme; su reluciente estructura metálica ascendía en espiral hacia el cielo, enroscándose sobre sí misma como las hebras de ADN .
—Hacia las estrellas… —susurró la anciana, asombrada—. Es el retrato de Timothy Talbot.
Khalani ahogó un grito al recordar el cuadro con el marco dorado que había visto en la biblioteca de Winnie. En él aparecía un hombre que se dirigía hacia una extraordinaria estructura en medio del desierto. ¿Acaso no era el mismo edificio que ahora se alzaba en todo su esplendor ante ellos?
—Es aquí. —Winnie le agarró la mano con el entusiasmo grabado en el rostro—. ¡Lo hemos conseguido!
Khalani se quedó sin aliento.
A pesar de que hubiera leído el diario, hasta ese momento había dudado de la existencia de Timothy Talbot. De que el Proyecto Hélix fuera real. Pero lo que tenían en ese momento ante ellos echaba por tierra todos sus prejuicios.
Sin saber por qué, tuvo una sensación extraña, como un déjà vu . Como si no fuera la primera vez que lo veía.
—¿Estáis seguros de que este es el lugar al que debíamos ir? —preguntó Adan, sacando a Khalani de sus pensamientos descabellados.
—Es lo que dice el mapa.
Derek lo extendió ante ellos y señaló el círculo rojo.
—Jamás he visto nada igual —susurró Serene dando un paso en dirección al edificio.
Brock la detuvo.
—Iremos todos juntos —ordenó con firmeza.
Y, para su sorpresa, Serene obedeció.
Entraron por una alambrada rota que se extendía kilómetros y kilómetros más allá. La zona estaba salpicada de camiones abandonados de color marrón y verde, cuyas lonas aleteaban con el viento.
—¿Qué era este sitio? —preguntó Khalani mirando a su alrededor.
—Una base militar —se apresuró a responder Takeshi.
Escudriñaba lo que los rodeaba con ojos de cazador y la mano aferrada al arma.
Brock se volvió de repente.
—¿Cómo lo sabes?
Takeshi señaló un letrero oxidado en el suelo.
«Base naval de armamento aéreo».
Khalani tragó saliva y siguieron adelante, hacia el edificio que subía en espiral. Sus pisadas rompían el escalofriante silencio. Incluso el viento había amainado. Detrás del edificio, vio una superficie completamente cubierta de espejos traslúcidos enfocados hacia el cielo. Había miles.
—¿Qué demonios…?
—Paneles solares —aclaró Winnie al llegar junto a ella—. Es un campo energético gigante.
Khalani frunció el ceño.
—¿Y a qué dan energía?
—Winnie no está segura. Pero parece que los han limpiado hace poco. —Se acarició la barbilla—. Qué extraño…
La presión que le atenazaba el pecho empeoró a medida que se acercaban al edificio.
En una de las paredes laterales se veía un enorme agujero, como si hubiese recibido el impacto de una bomba.
Probaron a abrir la puerta principal, pero fue en vano, así que se agazaparon y entraron con sigilo por las ventanas rotas. Los cristales crujieron bajo sus botas.
Khalani se estremeció cuando, al entrar en el enorme edificio, se encontró con un suelo de moqueta y una decoración que le recordó al laboratorio del doctor Strauss.
Los rayos de sol penetraban por el colosal agujero de la pared lateral e iluminaban un gran mostrador de mármol en el centro de la estancia.
En él se leían dos palabras: «C orporación P rometeo ».
—¿Dónde está el laboratorio? —preguntó Serene—. No parece que sea aquí.
Tenía razón. No se veía ningún laboratorio criogénico por ningún lado. Aunque… la estancia en la que se encontraban no parecía corresponderse con el tamaño del edificio. Era demasiado pequeña.
—Seguro que hay una escalera… Tal vez por aquí.
Derek abrió una puerta y, efectivamente, encontró una, pero estaba bloqueada por unas enormes rocas.
—Mierda.
Khalani, por su parte, reparó en que, al fondo de la estancia, había un ascensor.
—¡Seguro que no funciona! —le gritó Adan cuando vio que se dirigía hacia el aparato—. No hay electricidad en el edificio.
Pero el ascensor la atraía como un imán, y entró en la cabina. Unos botones numerados hasta el cien se alineaban en un panel.
—Venid —les dijo a los demás con un ademán.
—Yo no pienso subirme en eso —declaró Brock.
—Estamos en el primer piso —replicó Khalani—. Seguro que no funciona. Pero, si lo hace, no quiero que nadie se quede aquí abajo.
Takeshi no vaciló ni un segundo. Entró en el ascensor sin decir nada, y la cabina enseguida pareció encogerse con su presencia. Winnie se apresuró a seguirlo, y Derek y Adan la imitaron con paso inseguro.
Brock negó con la cabeza, indeciso, pero Serene puso los ojos en blanco.
—Venga, no seas tan miedica.
Lo rebasó y se colocó junto a Khalani.
Brock soltó un suspiro de fastidio y se unió a ellos refunfuñando.
—Khalani, si muero, será culpa tuya.
—No dudes en atormentarme desde el más allá —replicó ella.
Khalani no esperó más y pulsó el botón del número dos. Tomó una bocanada de aire, rezando para que las puertas se cerraran y el aparato empezara a ascender. No ocurrió nada. Presionó el resto de las teclas para ver si sucedía algo.
—¿Ves? No hay luz.
Brock hizo ademán de salir, pero Khalani se lo impidió con un ademán.
—Espera.
Acababa de advertir el extraño grabado circular en el panel. No había ningún número, pero reconoció la delgada forma ovalada.
Sacó del bolsillo el anillo de Elise, al que su padre se había aferrado hasta la muerte, y lo colocó en el hueco circular. Encajaba a la perfección.
Pero el ascensor siguió sin funcionar.
Frunciendo el ceño, lo presionó. Nada. Probó a girar el anillo, y entonces… las luces del ascensor se encendieron y las puertas se cerraron.
—¡Lo has conseguido, Khalani! —exclamó Serene, casi perdiendo el equilibrio por la sacudida.
—¿Qué cojones…?
Derek puso los ojos como platos.
El ascensor no subía.
Bajaba.
—Esto no me gusta —susurró Adan.
Khalani contuvo el aliento. La cabina se volvió claustrofóbica mientras descendían innumerables pisos hacia el centro de la Tierra. Le temblaban las manos y sintió una arcada. Justo cuando pensaba que iba a desmayarse, las puertas se abrieron.
—Terminal principal —anunció una voz robótica femenina.
Intercambiaron miradas nerviosas, preparándose para adentrarse en la oscuridad.
Khalani dio un paso adelante con un brazo extendido, y unas luces fluorescentes se encendieron, revelando una estancia de dimensiones considerables.
Ante ellos había unos cuantos escritorios largos y blancos, dispuestos en semicírculo y ocupados por decenas de ordenadores. Las paredes del fondo estaban cubiertas por pantallas de cristal que iban desde el suelo hasta el techo.
En el centro, una imagen holográfica de la Tierra giraba lentamente, suspendida en el aire.
—¿Qué demonios…?
Sobresaltada, Serene se llevó una mano al pecho cuando las puertas del ascensor se cerraron y el aparato volvió a subir. El silencio era ensordecedor, y Khalani comprendió que no les quedaba más remedio que explorar aquella misteriosa estancia.
Avanzó despacio y dio un respingo cuando una de las luces que colgaban sobre sus cabezas chispeó.
Parecía a punto de caerles encima. Takeshi se mantenía junto a ella, escrutando la zona con sus ojos negros y una expresión distante, como si su mente estuviera en otro lugar y procesara la información a millones de revoluciones por minuto.
Se acercó a uno de los escritorios blancos y extendió un gran rollo de papel sujetando una de las esquinas con la mochila.
—¿Qué es? —preguntó Serene.
—No lo sé… Una lista con nombres raros.
Triticum aestivum
Oryza sativa
Lens culinaris
Brassica oleracea
Sesamum indicum
—No son nombres raros —dijo Derek tras echar un vistazo—. Son especies de plantas.
—¡Aquí hay más! —exclamó Adan, desenrollando una segunda hoja.
En esa, los nombres eran completamente diferentes.
Bos taurus
Ovis aries
Equus ferus caballus
Panthera pardus orientalis
Gorilla beringei beringei
—¿También son plantas?
Derek negó con la cabeza.
—No. Estos nunca los he oído.
—Espera un momento… —Serene señaló con el dedo índice una de las líneas—. Gorilla … Eso me suena. ¿No es uno de los animales que se extinguieron durante el Gran Colapso?
Se volvió hacia su hermano, que levantó las manos con expresión perpleja.
—No lo sé. Nunca presté mucha atención en clase de historia animal.
—Creo que Serene tiene razón —dijo Khalani, echando un vistazo hacia las otras mesas y reparando en que había más hojas apiladas junto a los ordenadores—. Pero ¿cuál es el propósito de las listas?
Nadie supo responderle.
Se le aceleró el pulso y dejó los rollos de papel para colocarse junto a Takeshi, que observaba muy concentrado la proyección holográfica de la Tierra. Cuando Khalani se acercó y lo imitó, advirtió unos puntitos en el mapa.
Takeshi frunció aún más el ceño.
—¿Hay algún problema? —le preguntó ella.
Una sombra le cruzó el rostro, pero desapareció antes de que Khalani pudiera descifrarla.
—Nada. —Negó con la cabeza—. Sigamos buscando.