Us Defiant Few (Los oscuros 3) 31. Me siento orgullosa de haber bailado cuando lo único que quería era derrumbarme.
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31. Me siento orgullosa de haber bailado cuando lo único que quería era derrumbarme.

Me siento orgullosa de haber bailado cuando lo único que quería era derrumbarme.

—¿ N o es genial? —exclamó Winnie, llevándose las manos a la nuca mientras se reclinaba en la caja de la camioneta con el vestido púrpura cubriéndole las piernas.

Un rayo de sol hizo refulgir el colgante de plata que siempre llevaba al cuello, incluso en la biblioteca de Braderhelm.

De repente, la camioneta dio un bandazo y, sin querer, Khalani cayó de bruces sobre el regazo de Takeshi.

Ruborizada, se incorporó enseguida, no sin antes apreciar el destello oscuro en los ojos del capitán.

Estaba sentado con un brazo apoyado en la baranda de la caja de la camioneta mientras hacía girar el cuchillo con la mano izquierda. Parecía extrañamente relajado, como si no estuvieran atravesando un territorio desconocido y la muerte no los acechara en el horizonte.

Pero a Khalani no la engañaba.

Takeshi era capaz de mostrarse dispuesto a matar a cualquiera que se atreviese a hacerle daño y, en un abrir y cerrar de ojos, desplegar todo su desprecio, rencor y agresividad.

Hacia ella. Hacia el mundo.

La camioneta dio otra sacudida y un pesado barril de combustible estuvo a punto de volcar. Takeshi lo detuvo sin esfuerzo.

—¡Lo siento! —gritó Derek desde la cabina—. Los vehículos de los Ases son más fáciles de conducir.

—Pues para y déjame a mí —refunfuñó Brock, que estaba sentado a su lado.

—No, no pasa nada. Ahora es más estable.

—Deberías dejarme conducir a mí —intervino Serene.

—¡Ni hablar! —gritaron Derek y Brock al unísono.

Mientras seguían discutiendo, Khalani oteó el horizonte. Sorprendentemente, California no era tan distinta de la Zona Muerta. El árido desierto parecía infinito, y Derek esquivaba vehículos abandonados, todos ellos encarados en dirección contraria a la que ellos se dirigían.

Aquello no le daba buena espina.

—Winnie, ¿sabes si en los Archivos se mencionaba cuántas bombas cayeron aquí? —exclamó a voz en grito por encima del viento.

—¿Cómo?

La anciana se llevó la mano tras la oreja, aguzando el oído.

Khalani se deslizó hacia el otro lado de la caja y se sentó junto a ella, pero, al hacerlo, acabó justo delante de Takeshi, que la fulminó con la mirada.

Tragó saliva, y Takeshi ladeó la cabeza, captando su nerviosismo. Volvió a prestar atención a la anciana, un terreno sin duda más seguro, y repitió la pregunta.

—Si a Winnie no le falla la memoria, California sufrió una catástrofe nuclear. Las bombas cayeron en las principales ciudades, incluyendo Los Ángeles, San Diego y San Francisco. Y el viento dispersó la nube radiactiva por todo el territorio.

—¿Llegaron a recibir algún aviso?

—No con la suficiente antelación como para que todo el mundo pudiera abandonar el estado. Imagina a millones de personas tratando de escapar a la vez, el caos, las carreteras bloqueadas…

Winnie dejó la frase sin terminar mientras Derek sacaba la camioneta de la calzada para evitar el astronómico número de vehículos abandonados que se interponían en su camino.

Cuanto más avanzaban, más edificios en ruinas encontraban.

Algunos parecían áreas de servicio, y en ellas se apilaban camiones enormes, diez veces más grandes que su camioneta, todos calcinados.

Khalani distinguió otras construcciones, más pequeñas, con todas las ventanas destrozadas y unos extraños letreros en la fachada: uno con una uve doble del revés y otro en el que había la caricatura de una chica pelirroja con coletas.

—Restaurantes de comida rápida —anunció Winnie.

Khalani no sabía a qué se refería, así que se limitó a asentir, imaginando el aspecto de ese mundo antes de convertirse en ruinas.

Si cerraba los ojos y se concentraba, podía ver a la gente sonriendo en los coches, con las ventanillas bajadas, mientras se dirigían a una playa que nunca había visto, a un océano en el que nunca se había bañado.

Khalani era capaz de verlo todo, con todo lujo de detalles, como si lo hubiera vivido. Se dijo que era a causa de los libros de Winnie, que habían alimentado su imaginación.

Sin embargo, después de la revelación de la jefa, ya no estaba tan segura.

Casi estuvo a punto de golpearse la cabeza contra uno de los bidones cuando la camioneta dio de repente otro bandazo y se detuvo en seco.

Takeshi cruzó el espacio que los separaba a la velocidad del rayo y lo evitó.

Con la otra mano, rodeó la cintura de Winnie y las atrajo hacia él, sujetándolas, mientras la camioneta se enderezaba dejando una nube de polvo a su alrededor.

Desorientada, Khalani se despistó y olvidó de qué estaban hablando ella y la anciana. Tenía puesta toda su atención en la mandíbula de Takeshi, que no se había apartado. Sus torsos se rozaban y ambos respiraban de forma entrecortada, esperando a que el otro diera un paso.

—¡Madre mía, Takeshi, qué rápido eres! ¡Gracias a Dios! —exclamó la anciana—. Winnie podría haber salido volando si no la hubieras cogido con esos enormes músculos que tienes. La verdad es que son de gran ayuda. Te dan ganas de agarrarte a ellos y no soltarlos nunca. ¿No crees, Khalani?

Winnie enarcó las cejas varias veces con picardía.

Un portazo les indicó que los ocupantes de la cabina se habían apeado. Khalani recobró la compostura, se puso en pie y bajó del vehículo con torpeza. Un destello indescifrable cruzó los ojos de Takeshi. Despacio, la imitó y saltó de la caja como si la camioneta fuera suya.

—¿Por qué hemos parado? —preguntó Khalani.

Solo llevaban unas pocas horas de trayecto. Echó un vistazo a su alrededor en busca de algo que indicara que Prometeo estaba cerca, pero lo único que vio fue una señal caída.

«Base de la Fuerza Aérea Edwards, 80 km».

—Adan cree haber visto algo… ¿Adan? —dijo Derek cuando el joven salió corriendo.

Intercambiaron una mirada de confusión y lo siguieron por la arena. Se detuvo unos pocos metros más adelante, y todos se quedaron atónitos ante el objeto que tenían ante sí.

Un enorme artefacto metálico y plateado, con la parte superior negra, sobresalía de la arena. Casi igual de grande que Takeshi.

Khalani sintió un nudo en el estómago. Su sentido común le gritaba que regresaran todos al vehículo y salieran pitando de allí.

—¿Qué es? —preguntó Serene con indiferencia.

Adan observaba el artefacto con los ojos abiertos de par en par y una expresión preocupada.

—Una bomba.

De inmediato, todos retrocedieron un paso. En cambio, Takeshi se acercó, o quizá Khalani se lo imaginó porque su mente volvía a jugarle malas pasadas.

—¡No pasa nada! —exclamó Adan, alzando una mano, pese a que también había dado un paso atrás—. Está intacta, pero debe de ser defectuosa.

—¿Y por qué lanzarían una bomba aquí? Estamos en medio de la nada —preguntó Derek.

Tenía razón. Estaban en medio de un desierto.

—Quizá tuviera como objetivo una base militar cercana —se estremeció Winnie, con una expresión aterrorizada.

—Será mejor que nos marchemos.

Takeshi habló por primera vez, y la determinación en su voz grave los obligó a salir de aquel trance espeluznante.

Nadie se opuso.

Brock se pegó a Serene. Takeshi siguió a Khalani y todos regresaron a la camioneta y se alejaron a toda prisa, dejando atrás aquella arma de destrucción masiva.

Continuaron el trayecto en un silencio insoportable.

Khalani no podía quitarse de la cabeza el objeto aterrador con el que acababan de toparse, y Winnie no dejaba de murmurar sobre los insensatos que lo habían construido.

Takeshi mantenía los ojos en el horizonte, pero Khalani era incapaz de saber en qué pensaba; su mente seguía siendo una puerta cerrada para ella.

La tensión se palpaba en el ambiente, pero ya estaba acostumbrada.

Aunque no debían de encontrarse muy lejos de Prometeo, tras un par de horas de silencio prolongado, Winnie se enderezó y, con un brillo en los ojos, dijo:

—Tengo una idea.

—¿Cuál?

—Un juego de preguntas y respuestas. Como Takeshi no te recuerda, es una forma perfecta para que te conozca mejor. Pero no te preocupes, Khalani, tú también podrás formularle las tuyas. Winnie cree en la igualdad.

La anciana se llevó el puño al pecho e inclinó la cabeza con solemnidad.

Khalani sintió que el nudo que tenía en la garganta se multiplicaba por diez y evitó mirar a Takeshi.

—Winnie, no creo que le apetezca jugar.

—¿Por qué dices eso? —preguntó Takeshi.

Sorprendida, Khalani volvió la cabeza y lo vio recostarse cómodamente mientras le lanzaba una de esas miradas penetrantes e inescrutables tan suyas.

—Porque tienes la costumbre de salir corriendo cuando te acercas demasiado a mí —soltó ella mientras recordaba, sin poder evitarlo, aquella noche fatídica.

Cómo los labios de Takeshi se habían unido a los suyos, susurrándole palabras que no debería haberle dicho, cómo le había dado mil besos prohibidos. Y cómo había cerrado la puerta y se había marchado sin más.

—Al contrario, Kanes —respondió él con un brillo oscuro en los ojos—. Quiero conocerte a fondo.

—¿Aún me tienes en esa lista negra tuya?

Takeshi vaciló un instante y frunció el ceño, como si no estuviera de acuerdo con la pregunta, pero enseguida volvió a adoptar esa máscara fría. Con toda la calma del mundo, apoyó un codo en la rodilla al tiempo que casi la rozaba con el otro pie, provocándola y burlándose de ella con esa cercanía.

—¿Y qué importancia tiene eso? —preguntó, observando su reacción.

—Mucha.

—Hemos empezado con muy buen pie, pero creo que podemos mejorarlo —interrumpió la anciana, incapaz de contener la sonrisa mientras atravesaban el desierto a toda velocidad, tratando de alejarse de la bomba—.

Winnie os formulará algunas preguntas a los dos para que podáis ver de qué va el juego.

¡Bien, empecemos! —Dio una palmada—. Primera pregunta: ¿cuál es vuestra comida favorita?

Khalani esperó a que Takeshi respondiera.

—Las damas primero —dijo él, cediéndole el turno con un ademán.

Khalani entornó los ojos.

—Estofado de rata.

Takeshi asintió, apenas sorprendido por la respuesta. El estofado de rata era la delicatessen por antonomasia del subsuelo.