30. Pido socorro a gritos, pero las palabras se alejan como si tuvieran alas invisibles.
Pido socorro a gritos, pero las palabras se alejan como si tuvieran alas invisibles.
— K halani, ¿estás lista?
La voz de Serene atravesó la tenue penumbra.
Khalani llevaba horas en el mismo lugar, mirando a través de la ventana hacia el cielo gris.
Takeshi había cargado con ella hasta la casa, como si fuera un ladrón en plena noche.
Mientras ella lloraba, se había sentado a su lado en el sofá, arropándola entre sus brazos protectores.
En algún momento, Khalani se había quedado sin lágrimas y había permanecido allí inmóvil, aturdida y fría como una estatua.
No, las estatuas tenían cierta belleza, y su interior era retorcido y nudoso, como si le hubiera crecido un árbol podrido en el corazón.
La sangre le manchaba la ropa y la piel.
Por mucho que se la frotara a conciencia hasta dejársela en carne viva, no podría eliminar el olor de todas aquellas muertes.
Y Elise…
Se le escapó otra lágrima. Quizá la jefa estaba equivocada y esa fotografía en la biblioteca representaba la verdad que no se atrevía a admitir.
Quizá el monstruo fuera ella.
—Khalani…
Serene posó una mano sobre su hombro y la obligó a volverse.
—Es la hora —dijo con un hilillo de voz, tratando de ocultar el llanto.
Regresando a su cuerpo, Khalani finalmente la miró y asintió. Salieron al exterior, hacia un frío amanecer. Una bruma plomiza lo cubría todo, como si la tierra los envolviera en un manto tejido de lágrimas ya derramadas.
La calle estaba desierta, al igual que el resto de la ciudad. Pero, cuando llegaron al centro de Oasis, comprendió la razón.
En el campo de entrenamiento había una enorme pila de cuerpos, tanto de combatientes de Oasis como de Pecadores. Los que habían sobrevivido formaban un gran círculo a su alrededor.
Las mujeres lloraban.
Los hombres tenían un semblante serio y sombrío, como si nunca hubieran sonreído o creyeran que jamás volverían a experimentar alegría.
Distinguió a Takeshi y a Brock, que lanzaban cuerpos al montón sangriento. Takeshi llevaba una gruesa venda en el brazo izquierdo, pero eso no lo ralentizaba. Tampoco se quejaba.
Cargaba con los cadáveres como si fuera su obligación.
Khalani se preguntó si sentía ese peso.
Si experimentaba la culpa de haber quitado tantas vidas.
Aunque parecía soportar bien la presión, Khalani reconoció el sufrimiento en sus ojos. Esa miseria que ocultaba para que los otros no advirtieran la ternura que albergaba en su interior.
Se le hizo un nudo en la garganta cuando vio que lanzaban el cuerpo sin vida de Patreus al montón. Pensaba que los odiaba, que los despreciaba, pero Patreus había muerto protegiéndolos.
Y, cuando Takeshi y Brock alzaron el pequeño cuerpo de Elise, le flaquearon las piernas. Serene y Winnie la agarraron de inmediato de la cintura para que no se desmoronara.
—Esperad —alcanzó a decir con un hilillo de voz antes de que lanzaran el cadáver a la pila.
Confundidos, los dos hombres se volvieron y depositaron el cuerpo en el suelo.
En silencio, Khalani se acercó.
Elise estaba más pálida de lo que jamás la había visto, casi azul. Tenía los labios entreabiertos y los ojos aún entornados. Pero no parecía aterrorizada. Parecía extrañamente en paz.
Khalani no podía soportarlo. No podía.
Ni siquiera un rayo de sol atravesó las grises nubes cuando se arrodilló junto al cuerpo de su amiga, pronunciando unas disculpas entre sollozos que se llevó el frío viento.
Reparó en que Elise seguía llevando el anillo de plata en el dedo. El que tenía grabada la inscripción «Corp. Prometeo».
Había pertenecido a su padre y era su posesión más preciada.
Algo le dijo que no debía dejarlo desaparecer con ella. Aún aturdida, le sacó con cuidado el anillo del dedo frío.
Sintió su peso en el bolsillo mientras Takeshi y Brock depositaban con suavidad el cuerpo de Elise en el montón, con los demás.
Cuando la jefa dio la orden, los guerreros de Oasis encendieron la pira.
Las cenizas y las llamas se alzaron hacia el cielo, y Khalani grabó la desgarradora imagen en su mente.
En cuanto Penny se hubo secado las lágrimas que le resbalaban por el rostro bronceado, les pidió con una clara determinación que la acompañaran.
Serene y Winnie flanquearon a Khalani, como si temieran que pudiera hundirse en cualquier momento. Derek rodeó con un brazo a Adan, que tenía los ojos rojos y hundidos. Brock y Takeshi cerraban la comitiva, vigilándolos y cuidándolos a todos.
La jefa los condujo hacia la sección noreste de la ciudad, y Khalani abrió los ojos de par en par ante la inmensa extensión de cultivos. Jamás habría pensado encontrarse con algo igual fuera del subsuelo.
Pero Penny pasó de largo y se encaminó hacia un granero junto al muro.
—He estado pensando mucho esta noche —dijo, deteniéndose ante el edificio rojo—. Sobre mi vida antes del Gran Colapso. Sobre lo que hemos construido aquí. Sobre todo lo que he perdido al tratar de convertir este mundo en un lugar mejor.
Todos guardaron silencio. Penny tomó aliento y los miró.
—Padre siempre decía que los humanos eran las peores de las criaturas.
Que el mundo era mejor sin su eterna lacra.
Y, durante mucho tiempo, lo creí. Pero todos habéis tenido la oportunidad de marcharos, de salvar vuestras vidas, y no lo habéis hecho.
Lo habéis arriesgado todo para ayudarnos.
Sé muy bien que nada podrá reemplazar a la amiga que habéis perdido, pero quiero ayudaros.
Penny le hizo una seña a Ferren, que quitó la cadena de las puertas del granero, revelando una camioneta negra y polvorienta.
Todos retrocedieron sorprendidos. La jefa puso los brazos en jarras y clavó los ojos en Khalani.
—Deseas saber por qué tu fotografía estaba en la biblioteca. Yo no tengo respuestas, pero sé de un lugar en el que quizá las encuentres.
Sacó un fajo de papeles enrollados.
—Aquí tenéis un mapa que os conducirá hasta el laboratorio en el que nos crearon. El edificio está escondido en una vieja base militar de California. Está a unas cinco horas en coche hacia el desierto de Mojave.
Al oír el nombre, Khalani enarcó las cejas. California. Un estado que, según sabía, había quedado demolido por el Colapso.
Aunque quizá eso también fuera mentira.
—Creo que tenéis suficiente etanol de maíz para hacer el viaje de ida y vuelta —añadió Penny—. Y lleváis un par de barriles extra detrás.
—¿Nos estás dando el vehículo? —preguntó Derek, perplejo.
—Bueno, nos gustaría que lo devolvierais, aunque ya tenemos otros reparados —dijo Penny, tendiéndole el mapa—. Esto os llevará directamente hasta el laboratorio. Ahora os dejaré solos para que toméis una decisión.
Derek desenrolló el mapa y los seis lo rodearon. En el centro había un enorme círculo rojo. Cuando Khalani leyó las dos palabras escritas en su interior, se llevó una mano a la boca.
—¿Qué ocurre, Khalani? —le preguntó Serene, frunciendo el ceño.
—Que me aspen. Está ahí —murmuró Winnie.
—¿El qué está ahí? —soltó Brock.
«Corporación Prometeo». Esas eran las dos palabras.
«El camino comienza en Prometeo».
Por fin habían encontrado la última misión de Timothy Talbot. El secreto que les permitiría averiguar qué era realmente el Proyecto Hélix.
Pero ¿qué tenía que ver la fotografía de Khalani con Prometeo?
La sonrisa sádica de Alexander Huxley apareció ante ella y tuvo que retroceder un par de pasos.
Al hacerlo, se topó con Takeshi, que estaba apostado a su espalda.
Su alta figura ocultó todo lo demás, cerniéndose sobre ella y mirándola con sus ardientes ojos negros, tan diferentes de los del gobernador.
—¿Prometeo? ¿No es eso lo que me pediste que investigara, Winnie? —preguntó Adan.
Winnie asintió con un destello de entusiasmo en los ojos. Tomó aliento y les contó a todos lo que sabía sobre Prometeo y el Proyecto Hélix. Sin embargo, Khalani apenas escuchaba, incapaz de borrar de su mente la repugnante visión del gobernador.
—Pero ¿cómo se supone que vamos a confiar en un vehículo que funciona con maíz? —preguntó Brock con aire incrédulo.
—Es otra clase de gasolina, pero funcionará —insistió Derek—. La he destilado yo.
—Aun así, no hay tiempo para irnos de excursión a California. Tenemos que encontrarnos con Jack y los Ases.
—Es solo un viaje de cinco horas, podemos volver en un día —aseguró Serene.
Brock la fulminó con la mirada, en absoluto convencido.
—Todavía tienes el walkie , ¿verdad? Llama a Jack y así sabremos dónde están.
—No quiero desperdiciar la batería.
—Solo será un minuto —aseguró Serene poniendo los ojos en blanco.
—Estoy de acuerdo con Serene —añadió Derek.
Refunfuñando, Brock sacó el aparato. Desplegó la antena y ajustó la frecuencia.
—Aquí Brock. Contesta, Jack. Cambio.
Una voz entrecortada salió del walkie , pero las palabras llegaban confusas.
—Aq… ack. Os… bio.
—Repítelo.
Brock se inclinó hacia el aparato.
—Aquí Jack. Os recibimos, cambio.
La voz de Jack llegó finalmente clara y todos suspiraron con alivio.
—Me alegro de oírte —dijo Brock—. ¿Habéis salido de la ciudad?
—Hemos tenido algunos problemas con el equipo, pero hemos recuperado el tiempo. Nos reuniremos con vosotros en el punto de encuentro dentro de tres soles.
En tres días. Con un vehículo, tenían tiempo suficiente para llegar a Prometeo y, después, partir hacia Apolo.
Todos se entusiasmaron, excepto Brock, que se mantuvo sereno y concentrado en la conversación.
—Recibido. Allí estaremos.
—¿Habéis podido recoger a vuestro amigo científico? —preguntó Jack.
—Sí, está con nosotros.
—¿Y los demás? ¿Han podido cruzar la Zona Muerta?
Se hizo un silencio ensordecedor y la pregunta quedó unos instantes sin respuesta. No podían mirarse entre ellos. En especial, Khalani, que clavó los ojos en el suelo, el mismo que había sostenido el peso moribundo de Elise.
—Hemos perdido a una. —Brock tragó saliva—. A Elise.
Jack guardó silencio durante un buen rato.
Sospechaba que Jack y Elise se conocían de Hermes, de mucho antes de que Khalani llegara. Su pena se hizo tangible a través del aparato.
—Siento oír eso. Era… —Jack tosió, como si tratara de ocultar una emoción más intensa—. Era una buena chica. Y seguro que querría que acabáramos la misión. Asegúrate de no perder a nadie más.
—Lo haré —prometió Brock con firmeza.
Cuando cortó la comunicación, Khalani seguía con la vista clavada en el suelo mientras el rostro de Elise la acechaba, reviviendo el momento en que había dejado caer el cuchillo.
—Khalani…
Sorprendida, alzó la cabeza. Era la primera vez que Adan le dirigía la palabra desde la noche anterior. Tenía la misma expresión que el día en que Khalani había llegado a Braderhelm. Presente sin estarlo. Vivo…, aunque no del todo.
—Lo que le ha pasado no ha sido culpa tuya —afirmó con los ojos empañados en lágrimas—.
Elise decidió acompañarnos por voluntad propia.
Todos aceptamos el riesgo, y, aunque no tuve el privilegio de conocerla mucho…
—añadió, con un temblor en el labio inferior—, estoy seguro de que, si pudiera retroceder en el tiempo, tomaría las mismas decisiones.
Me da igual lo de esa fotografía o de dónde vienes.
Estamos juntos en esto. Así que, si necesitas ir a California a encontrar las respuestas antes de que acabemos con todo en Apolo, yo te sigo.
Esperó a que alguien se opusiera. Que alguien gritara que todo había sido por su culpa. Que era un fracaso y, probablemente, ni siquiera humana.
Pero nadie otorgó a sus demonios confirmación ni munición.
Poco a poco, las voces oscuras en su mente se fueron silenciando al ver que todos la observaron con comprensión, empatía y… amor. Como si las palabras que Adan acababa de pronunciar confirmaran lo que ya sabían desde el principio.
Y, pese a que la verdad la aterrorizaba, Khalani alzó los ojos, los miró y se dio cuenta de que, pasara lo que pasase, nunca la abandonarían.
Quizá esa fuera la mayor muestra de amor que existía.